Noticias ambientales

Historias de la colonización de Bitaco y Chicoral, La Cumbre, Valle

Narradas al recopilador por Don Alfonso Hernández en enero de 1995


Reunidos con Don Alfonso, indígena caucano de nacimiento y colono por necesidad, nos contó esta historia durante una mañana en la finca El Lucero, en Bitaco.



“Mi papá nos trajo a estas tierras hace mas de setenta años; yo tendría unos siete años, nos trajo desde el Cauca por la montaña, caminamos muchos días; éramos de Munchique, pero el conocía un camino por la montaña que nos trajo por estos lados; entramos por el filo de atrás, el que divide con Lomitas; todo esto era pura selva, no había ni un claro, solo selva espesa; llegamos hasta la orilla del río Bitaco, por donde está ahora el pueblo; allí tumbamos los árboles con hacha y mi papá hizo el rancho, con pura madera y techo de hoja; sembramos maíz y algunos colinos de guineo y no nos faltaba nunca la comida pues en el monte había mucha cacería, había guagua, venado, puerco de monte, guatín, armadillo, de todo, hasta tigre; el oso real tenía una casa en las peñas de arriba en Chicoral, allí vivía; también habían monos de tres clases, el congo era el que llaman aullador; pavas de varias, gallinetas; en las quebradas había mucho pescado, sabaleta mas que todo, de hasta tres libras y se cogían fácil; de resto todo era montaña; por aquí no vivía nadie, o eso creíamos.



Un día mi papá dijo que nos íbamos a cazar para la montaña arriba, hacia las peñas, pues había visto rastros de un venado grande que estaba comiendo pepas de arrayán en un claro; salimos temprano por entre el monte; el tenía una trocha que usaba para cazar y que cogía de la casa río arriba, por la quebrada de Minas y torcía hacia las peñas mas altas. Luego de unas horas de andar vimos un trillo en el monte, era un caminito que apenas se veía, pero mas adelante se juntaba con un camino bien mantenido, con puentes de madera en las cañadas. Con recelo seguimos por el camino hasta que llegamos a un rancho de madera, con techo de hoja, redondo, no como los que hacía mi papá, cuadrados; entonces salieron unos indios, no tenían ropa, solo un taparrabo, como un pañuelo que les tapaba al frente, tenían el pelo largo y la cara pintada con rayas rojas; tenían arcos y flechas y apenas nos vieron empezaron a gritarnos cosas que no entendíamos, nos señalaban y nos asustamos; salimos corriendo, de pa’ trás, huyendo, no paramos de correr como en una hora, pero no nos siguieron. Pasado el susto regresamos a la casa; mi papá estuvo muy nervioso toda una semana pues creía que nos iban a caer por la noche; no nos dejaba alejar del rancho, el casi no salía, pero siempre con la escopeta a mano.



A la semana le dio porque teníamos que volver para ver quienes eran esas personas, el decía que eran indios bravos, de los que comen sin sal, pero que no les tenía miedo; alistó una escopeta de fisto que tenía, con perdigones de los grandes y fulminantes, el machete y salimos de madrugada para la montaña; luego de la caminata llegamos al sitio donde habíamos encontrado el camino con puentes, pero los puentes los habían dañado, así que cruzamos casi vadeando, pero al llegar vimos el rancho quemado, solo quedaban unas columnas y nada mas, de los indios no quedaba ni el rastro; entonces bajamos de nuevo y nunca mas los volvimos a ver ni a saber de ellos”.