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Conectar los bosques, salvar especies: un grupo conservacionista diseña un gran corredor biológico en Panamá

Pronto, las lluvias azotarán las empinadas laderas de la Península de Azuero en Panamá, arrastrando la tierra hacia el río y de ahí al mar. Los siglos de agricultura de roza y quema hacen que queden pocos árboles que resistan los diluvios durante la época lluviosa. La erosión conlleva que a los ganaderos les sea difícil cultivar buenos pastos para su ganado y comida para ellos en la tierra que queda tras las lluvias. Sin embargo, un ambicioso plan dirigido por el Proyecto Ecológico Azuero (PEA), una organización sin ánimo de lucro con sedes en Nueva York y Panamá, podría ayudar a invertir ese patrón.



Con la cooperación entre cientos de ganaderos e investigadores, el PEA pretende replantar una franja de bosque tropical seco y, de este modo, conectar el bosque tropical seco Achotines, en la costa del Pacífico, con el bosque nuboso en el Parque Nacional Cerro Hoya. Los árboles a lo largo del corredor biológico de 140km (80 millas) crearán un hábitat continuo para el mono araña de Azuero (Ateles geoffroyi azuerensis) en peligro crítico de extinción, y mejorará la tierra para que los habitantes puedan desarrollar actividades agrícolas en la zona.



“Nos hemos centrado en la reforestación porque es un factor clave para el medioambiente y la economía” afirmó Roman Yavich, director de desarrollo del PEA. “La deforestación ha acarreado la pérdida del hábitat del mono araña, además de dejarnos con una tierra menos productiva.”






Según el plan, el corredor biológico se extenderá a lo largo de 140 quilómetros (80 millas) y conectará el bosque tropical seco de la costa con el bosque nuboso en el interior. Mapa de desarrollo del corredor creado por Guillermo Durán y formato de Ryan Dibala. Clic para agrandar.




La península de Azuero, también conocida como “el corazón” de Panamá, tiene unos 100 quilómetros (60 millas) de ancho y unos 80 quilómetros (50 millas) de largo, y yace a lo largo de la costa del Pacífico. Esta zona está a tan solo a cuatro horas de la bulliciosa capital, Ciudad de Panamá, y se conoce por un ritmo de vida lento que permanece desde sus orígenes españoles en el siglo XVII. El ganadeo y la agricultura como modo de subsistencia no han cambiado demasiado desde que se estableciera la península. Sin embargo, los métodos de ganadeo tradicional han eliminado la selva tropical seca casi por completo.



Hace quinientos años, había 500.000 quilómetros cuadrados (200.000 millas cuadradas) de bosque tropical seco que se alargaba desde México occidental hasta Panamá, según el biólogo Daniel Janzen, profesor en la Universidad de Pensilvania. En la actualidad, los bosques secos se consideran uno de los ecosistemas tropicales más escasos. “Si tiene que haber un bosque seco neotroprical lo suficientemente grande como para mantener los organismos y hábitats que existían cuando los españoles llegaron… tendremos que plantarlo”, escribió Janzen hace veinticinco años. Esta afirmación es aún más cierta hoy.



En la zona que el PEA ha designado para el corredor biológico queda menos del cinco por ciento del bosque original. De los árboles que siguen en pie, hay pocos que sean especies autóctonas que crecen desde hace años, como la caoba, el cedro o la teca. El bosque tropical seco no es conocido por una concentración de biodiversidad como la que tiene su homólogo pluvial. Su ecosistema alterna condiciones de sequía, cuando los árboles caducifolios cambian las hojas, y diluvios. A causa de estas condiciones tan duras, las especies vegetales crecen con mayor lentitud.



El mono araña de Azuero en peligro crítico de extinción vive en el bosque seco tropical de la península de Azuero. Foto de: Steven G. Johnson.

El ciclo de la agricultura coincide con la estación lluviosa. En los meses entre diciembre y abril el clima es seco, las lluvias más intensas empiezan en junio y julio. Los agricultores queman sus campos cuando creen que se acercan las lluvias, según afirmó Jonathan Clay, el director de los programas de educación del PEA. Sin una vegetación que aplaque la fuerza de las lluvias o absorba la humedad, las laderas estériles sirven de embudo para el agua cargada de ceniza que llega a ríos pequeños y deja el terreno desprovisto de nutrientes.



“El método de roza y quema puede ser sostenible en niveles con poca densidad de población” −afirmó Clay− “pero aquí hemos sobrepasado el umbral y la tierra no tiene tiempo de recuperarse”.



Para mejorar el uso de la tierra –y las cosechas− gran parte del trabajo del PEA se centra en compartir nuevas estrategias para mejorar el rendimiento de la tierra. Se han desarrollado una serie de guías ecológicas sobre la mejora de la resistencia de la tierra sin recurrir a pesticidas y fertilizantes. Una manera de devolver los nutrientes a la tierra es el sistema silvopastoril, que combina los árboles con los pastos. Otra alternativa para los agricultores es descartar el alambrado de púas e instalar parcelas agroforestales empleando el tocón de los árboles que florecen en la estación lluviosa y, así, beneficiar a los polinizadores y otras especies. Los trabajos de reforestación iniciales se centran en reconstruir el dosel de los árboles de múltiples alturas a lo largo de los ríos.



La fragmentación del bosque es un gran problema en la Península de Azuero. La agricultura y otros proyectos humanos han reducido el bosque seco a lo que ahora son islas dispersas, obstruyendo los movimientos naturales de muchas especies naturales. Para descubrir cómo cerrar las brechas entre los fragmentos forestales, los investigadores han creado una serie de mapas que tienen en cuenta diferentes factores como el agua, aldeas cercanas, propietarios interesados y avistamientos de especies. Con estos mapas, han desarrollado un algoritmo para planear el arco del corredor. Sin embargo, esta ruta no está escrita en piedra; hay más de 400 propietarios que viven en los límites de la zona y algunos están más dispuestos a colaborar con la reforestación que otros.




Panamá es el hogar de muchas especies, como este tucán pico iris (Ramphastos sulfuratus). Foto de Rhett A. Butler.



La colaboración es una de las claves para el éxito del proyecto. A diferencia de lo que sucede con la creación de otros corredores, nadie ha comprado parcelas de tierra para que el proyecto funcione. El PEA depende de los propietarios que dan permiso voluntariamente para que se reconstruya la vida silvestre en sus tierras.



“Será un desafío conseguir el consenso que necesitamos” afirmó Yavich.



El alcance del proyecto en la comunidad es de gran relevancia en el proceso para conseguir apoyo. A finales de mayo se celebrará un congreso, “Opciones para paisajes productivos sostenibles en Azuero: aprendiendo de los expertos y la experiencia local”, que reunirá a expertos de todo el mundo con agricultores y rancheros locales. El congreso también contará con programas para los niños que algún día heredarán las tierras.



Sin embargo, aunque todos los interesados apoyen el proyecto de inmediato, conseguir que el bosque crezca llevará tiempo, de unos 8 a unos 15 años hasta poder ver una cubierta forestal notoria. Mientras eso sucede, el PEA está dispuesto a trabajar con investigadores y con ciudadanos científicos.



“Necesitamos estudios sobre la vida silvestre, la flora y la fauna para desarrollar unas bases y determinar los efectos de este proyecto” afirmó Yavich. “Hay mucha información sobre esta zona que no se conoce”.



Jessica Fort es una investigadora que trabajo con el PEA durante su servicio en el cuerpo de paz en Panamá. Ahora ha vuelto para estudiar a los jaguares como parte del trabajo de su máster en la Universidad de Southern Illinois. Junto con su supervisor, Clayton Nielsen, ha colocado unas 30 cámaras remotas con sensor a lo largo de los caminos y zonas que las especies animales frecuentan en el Parque Nacional Cerro Hoya; con esto casi da por finalizada su primera gran estación de trabajo de campo. Llevarán a cabo estudios similares durante la estación seca el año que viene. ¿Usarán los jaguares este corredor cuando esté acabado? “Eso esperamos”, afirmó Nielsen.



Aunque el corredor biológico es un gran proyecto, no es algo sin precedentes. Desde 1987, se ha trabajado en Costa Rica para proteger el “Camino del Tapir” de unos 50 quilómetros (30 millas) que cubre más de 30 ríos principales y hábitats que van de santuarios marinos a reservas forestales. Sin embargo, no hay nada que se pueda comparar con el Corredor Biológico Mesoamericano, una iniciativa que suma 900 quilómetros cuadrados (350 millas cuadradas) para las especies que migran entre México y Colombia.



“Solo pensad que un día podríamos estar conectados con todo eso”, afirmó Yavich.







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