La Navidad guatemalteca no es buena para el pinabete

  • Pese a las prohibiciones y los cultivos voluntarios, el tráfico ilegal del abeto más sureño del continente americano solo ha conseguido aumentar.
  • En 1979, los pinabetes ocupaban un área de 710 km². En 1999, disminuyó a 392 km². Actualmente se calcula en 250 km².
  • El antiguo hábitat del pinabete es ahora propiedad privada, principalmente de empobrecidas comunidades mayas.
El pinabete guatemalteco ha sido tan depredado durante décadas que restan pocos ejemplares que rebasen su estatura techo, 45 metros. Este ejemplar fue sembrado hace unos 40 años junto al casco antiguo de la finca Chichavac, situada en el occidente guatemalteco. Foto de Carlos Chávez.
El pinabete guatemalteco ha sido tan depredado durante décadas que restan pocos ejemplares que rebasen su estatura techo, 45 metros. Este ejemplar fue sembrado hace unos 40 años junto al casco antiguo de la finca Chichavac, situada en el occidente guatemalteco. Foto de Carlos Chávez.

La Navidad supone la temporada más fatídica para el pinabete. Este abeto es endémico de las sierras guatemaltecas, así lo delata su nombre científico: abies guatemalensis Rehder. Sin embargo, desde hace unos 60 años ha sido instituido como “el adorno y el aroma de la Navidad guatemalteca”.

Un pinabete de dos metros puede costar mucho menos que un árbol de plástico “Made in China”: 110 quetzales —unos $ 15—. A estas alturas, la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora, o CITES, lo ubica en el índice uno de su lista de especies en extinción.

Encontrar un ejemplar que sobrepase los 40 metros de altura raya en lo mitológico,  ya que cada diciembre se desata el saqueo de sus ramas para convertirlas en árboles de Navidad. La Universidad de San Carlos de Guatemala estima que esta costumbre —que hunde su raíz en Alemania— fue “adquirida” aquí alrededor de 1950. A partir de entonces la demanda habría crecido hasta nuestros días en un promedio de 100.000 árboles talados por año en las grandes ciudades guatemaltecas. 

En 1979, los pinabetes formaban una mancha de 710 km². En 1999, disminuyó a 392 km². Actualmente se calcula en 250 km². El Gobierno de Guatemala lleva más de una década intentando frenar su depredación, pero el contrabando navideño continúa. Hace unas semanas, cerca de la fría ciudad maya de Quetzaltenango, la policía hizo un decomiso histórico: un furgón atiborrado de ramillas de pinabete valoradas en casi $ 76.000. La mercancía iba en dirección a Ciudad de Guatemala, la metrópoli más grande de Centroamérica y que apiña a más de cuatro millones de almas.

Más allá de los decomisos, hay quienes pujan por reforestar. “El problema es que no hay espacio suficiente para sembrar pinabete. Tenemos que convencer a los propietarios de fincas. De lo contrario, seguiremos teniendo los mismos 250 km² que tenemos que cuidar para que no los depreden”, dice Benedicto Lucas del Consejo Nacional de Áreas Protegidas (Conap).

El antiguo hábitat del pinabete —el que hace un siglo se extendía por casi todas las cumbres de Guatemala y algunas de El Salvador y Honduras— es ahora propiedad privada, principalmente de empobrecidas comunidades mayas. Ellos lo llaman “tzin´chaj” o “pashaque”. Y siempre lo han utilizado como leña, viga o para decorar el suelo de sus templos.

Actualmente, el Gobierno les ofrece un incentivo de unos $ 2.400 por hectárea reforestada de seis años; $ 3.300 cuando cumple diez años. La ONG suiza Helvetas también se ha propuesto reforestar diez hectáreas anuales en comunidades empobrecidas de Quetzaltenango. Los cultivos agroforestales estarían aumentando. Sin embargo, el bosque natural no está siendo restaurado o reforestado, lejos de eso, estaría reduciéndose debido a la tala indiscriminada. 

En 2008, Uffe Strandby Andersen, un biólogo de la Universidad de Copenhague, aseguró que esta estrategia agroforestal podría tener resultados “moderados” en la conservación del pinabete: el conocimiento del cultivo era dominado –al igual que en la actualidad- por pocos latifundistas y cerca del 46 % de los guatemaltecos prefería comprar un “pinabete ilegal” frente al 2.3 % que prefería uno cultivado (el 35 % prefería uno plástico). Andersen atestiguó que, contra lo esperado, el comercio ilegal se disparó alrededor de 2005 a causa de que muchos guatemaltecos notaban que uno cultivado era mucho más caro.

Felipe Lares ha dedicado 22 de sus 48 años de edad a cuidar pinabetes para comercializarlos en época navideña. Cree que son caros, pero justifica que tardan mucho en crecer y son vulnerables a plagas y al cambio climático. Foto de Carlos Chávez.
Felipe Lares ha dedicado 22 de sus 48 años de edad a cuidar pinabetes para comercializarlos en época navideña. Cree que son caros, pero justifica que tardan mucho en crecer y son vulnerables a plagas y al cambio climático. Foto de Carlos Chávez.

La asociación de pinabeteros

A la sombra del Tajumulco —el volcán más alto de Guatemala, 4.222 metros— emerge Ixchiguán. Un villorrio maya con su propia asociación pinabetera. Cultivan unos 10.000 pinabetes, pero se quejan comercialmente del lento crecimiento del árbol. Un pinabete de dos metros —el que usualmente ameniza hogares durante un mes— tarda alrededor de diez años en crecer. La Asociación de Investigación y Estudios Sociales (Asies) les ha sugerido que “introduzcan especies que crezcan más rápido que el pinabete”, como el “abeto fraseri”, de origen canadiense; o el “abeto de Douglas” de origen estadounidense. 

La demanda es alta. El altiplano occidental guatemalteco ha empezado a motearse de fincas pinabeteras. Las que dominan mejor el conocimiento del cultivo del pinabete se hallan en la región de Tecpán, en Chimaltenango.

La primera es El Espinero, ubicada a más 3.000 metros de altitud. Posee el mayor número de pinabetes del país: 120.000.

El Espinero se halla a tiro de piedra de Chichavac, una finca que alrededor de 1986 se convirtió en pionera del “cultivo pinabetero”. Su centenario caserón de estilo alemán luce empequeñecido a la sombra de un gigantesco pinabete, que parece silbar con el viento de esta época. Su dueño es Salvador Pira, quien también es uno de los directivos de la Asociación Nacional de Productores de Pinabete de Guatemala (Anpropigua), que cobija a más de 250 productores. Él no es maya, pero asegura que la mayoría sí lo son.   

Salvador Pira, el propietario de la finca Chichavac, podría jurar que la fragancia del pinabete es el "Chanel #5" de los abetos. Dice que su olor balsámico es intenso y sabroso. Este aroma  sería la principal razón por la cual es tan demandado. Foto de Carlos Chávez.
Salvador Pira, el propietario de la finca Chichavac, podría jurar que la fragancia del pinabete es el “Chanel #5” de los abetos. Dice que su olor balsámico es intenso y sabroso. Este aroma sería la principal razón por la cual es tan demandado. Foto de Carlos Chávez.

Salvador Pira cultiva unos 10,000 pinabetes. Y cosecha algunos este mes: sus clientes pueden elegir cortar el que deseen. El precio se fija según su estatura; cada pie cuesta 110 quetzales. Por ejemplo, el de siete pies es vendido por alrededor de $ 100, seis veces más que uno “ilegal”. Estos pinabetes, legales, poseen marchamos, una especie de brazalete numerado que emite el Gobierno desde el año 2003. El número de marchamos parece modesto: este diciembre entregaron 15.000 marchamos para árboles y 1.000 para ramillas.

“Hemos buscado un precio atractivo para que la población lo cultive en lugar de depredarlo. Si le bajamos el precio, se bajaría también el incentivo”, explica Pira.

Sus pinabetes son más caros porque es una especie muy quisquillosa. Exige vivir entre 2.500 y 3.800 metros de altitud, siempre y cuando exista un ambiente subtropical, muy húmedo, donde la temperatura oscile entre 2 y 10 °C. Encima, un pinabete produce semillas hasta cumplir más de 25 años de edad y con intervalos de dos años. Solo el 12 % de sus semillas logran germinar. Y por si fuera poco, las semillas suelen convertirse en alimento de aves, roedores y hongos. Así las cosas, es difícil que se regenere naturalmente.   

Pira juraría que su finca ha sabido mezclar el negocio con la ecología. Mientras lo dice, sobre uno de sus pinabetes se posa un pajarillo rosado que también es endémico: el chipe cabeza rosa o “ergaticus versicolor”, el cual se encuentra en amenaza de extinción.

Pira dice que gracias a cultivos como los suyos,  la depredación ha menguado. De hecho, Anpropigua ha montado la décima edición de la “Feria del Pinabete”, ubicada muy cerca del sector más adinerado de la capital guatemalteca.

Él cree que sus pinabetes han propiciado que Guatemala importe menos árboles navideños —naturales— desde Estados Unidos y Canadá.

Sin embargo, lo contradicen a pocos kilómetros. A orillas de la Carretera Interamericana, varios campesinos mayas —que prefirieron omitir su nombre— ofrecían coronas de pinabete a tres dólares cada una. Las mostraban con discreción, medio ocultas, entre otras mercancías: sacos con heno, legumbres y unas “ovejas navideñas”, confeccionadas con tusas de mazorca.

“Somos pobres. No tenemos tierra para cultivar (pinabete), necesitamos unos centavos para empezar el nuevo año”, justificaba uno de los campesinos a sabiendas de que el comercio ilegal de pinabete es penado con prisión —entre cinco y diez años— y una multa de alrededor de $ 2.000. Esto es solo un botón de la depredación.

El pillaje de pinabete se ha disparado vertiginosamente. En 2012, el Conap reportó la incautación de 11.000 ramillas. En 2013, se triplicó a 35.437. Este año se rompió récord: más de 130.000 ramillas en los primeros ocho días de diciembre. Doce veces más que hace tres años. Esta depredación de ramas debilita a muerte a muchísimos pinabetes. Y se sabe que las incautaciones son la punta del iceberg.

Las cifras son tan escandalosas que Eric Alvarado, asesor forestal del Conap, ha debido declarar lo evidente: los 450 policías medioambientales de esta temporada navideña no son suficientes. “Requerimos 1.000 agentes más para monitorear a los bosques; porque cuando se confisca pinabete en carreteras el mal ya está hecho”.

Pira cree que el Congreso de Guatemala debería replantarse la sustitución de la ceiba por el pinabete como árbol nacional. “A diferencia de la frondosa ceiba, el pinabete es endémico de este país. Y ha sido utilizado por culturas ancestrales. Hoy día, se ha constituido en el aroma de la Navidad guatemalteca. Es nuestro símbolo de fin de año”. 

Decomiso de varias ramillas de pinabete en el occidente guatemalteco. Foto cortesía de la Policía de la División de Protección a la Naturaleza (DIPRONA).
Decomiso de varias ramillas de pinabete en el occidente guatemalteco. Foto cortesía de la Policía de la División de Protección a la Naturaleza (DIPRONA).

Un mercadillo repleto de pinabetes ilegales

Desde hace varios diciembres, las autoridades guatemaltecas reiteran: “No compres pinabetes sin marchamos”. Esto resulta una contradicción al visitar la Feria Navideña que ha sido instalada junto a El Guarda, un inmenso mercado capitalino donde se comercian muchos productos pirateados o contrabandeados.

La feria es la suma de 600 covachas donde se ofrece cualquier tipo de adorno navideño que riñe con el medio ambiente: musgos de bosques nebulosos, orquídeas, pinos, cipreses y varias ramillas de pinabete que parecen recién haber perdido sus piñas, que es donde se cuajan sus semillas. Según el Conap, esta amputación de ramas y piñas “es lo que más amenaza su supervivencia”, porque las semillas del pinabete se producen en diciembre.

En este sitio, las ramillas de pinabete —el abeto más sureño del continente— son engrapadas a una vara de madera, hasta hacerlas lucir como el típico “árbol navideño de revista” a un costo de alredor de $ 15.

Estos árboles son ilícitos en toda regla. Lo enfatizó así Mario Salguero, el director forestal del Instituto Nacional de Bosques (INAB): “Todos los árboles que son armados con ramillas, todos, todos, son ilegales”.

Muchos conservacionistas no entienden cómo el Conap admite este mercadillo de pinabete. A media cuadra de distancia, cuatro policías de la División de Protección a la Naturaleza —Diprona— se niegan a explicar la legalidad de este mercado. “Solo vigilamos que nadie transporte grandes cantidades de pinabete”, dijo uno. Pareciera que es un punto medio: ser indulgente con los comerciantes empobrecidos y vigilar de cerca este tráfico arraigado en la cultura guatemalteca.

Para la asociación Anpropigua, este mercadillo simboliza “la falta de voluntad por atacar al tráfico ilegal. Y parece esconder un interés debajo de la mesa de Diprona, considerada la división policial donde existe más corrupción”. Hace pocos meses, Álvaro Rossell Mérida Natareno, inspector de Diprona, denunció que le constaba que este cuerpo policial era corrupto y que tenía contubernios con varias asociaciones pinabeteras para explotar los bosques del altiplano.

Cierto o no, aquí los vendedores hacen lo suyo: vender. Uno que vino del altiplano asegura cosas difíciles de creer: “El que corta (pinabete) en la montaña es el ilegal, nosotros no, solo revendemos, no hacemos mal. Lleve el suyo. Mire qué calidad”.

El bosque de pinabete continúa bajo amenaza. Todo pinta a que habrá un aumento de demanda: la tasa de crecimiento poblacional de Guatemala es de un 2,5 % anual, una de las más altas de América Latina; el PIB creció un 4% este año. Y como espejo: esta Navidad ha tenido decomisos de ramillas como nunca antes.

Hasta este día, el gobierno guatemalteco no ha anunciado cambios en su estrategia. Previsiblemente, en diciembre de 2016 habrá más de lo mismo: algunos decomisos, se promoverán cultivos, se darán unos marchamos más y serán permisivos con la feria navideña donde los pinabetes cuestan alrededor de $15.   

“El mensaje de las campañas usualmente está dirigido a potenciales consumidores de árboles navideños, y hay menos énfasis en sensibilizar a las comunidades rurales cercanas a los bosques donde se extrae ramilla año con año”, criticó el año pasado Jackeline Brincker, técnico forestal del Conap. Mientras se planea cómo erradicar el tráfico de raíz, la Navidad sigue siendo la época más fatídica para el pinabete.

Los volcanes guatemaltecos suelen rebasar los 3,500 metros de altitud. Sus suelos y humedad son el habitat ideal del pinabete o abeto guatemalteco. Foto de Carlos Chávez.
Muchos volcanes guatemaltecos rebasan los 3,500 metros de altura. Sus suelos y humedad son el habitat ideal del pinabete o abeto guatemalteco. Foto de Carlos Chávez.
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