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El Edén asediado: la increíble fauna salvaje del Amazonas saqueada por traficantes

La Reserva de la Biósfera Maya es el último hábitat de la guacamaya roja que queda en Guatemala, y contiene el área de anidación más importante para la especie en el país. Foto cortesía de Arcas.

 Brazilian Hyacinth Macaws. Photo by Alexander Yates licensed under the Creative Commons Attribution 2.0 Generic license.
Guacamayos jacinto brasileños. Foto por Alexander Yates autorizado por Creative Commons Attribution 2.0 Generic license.

El tráfico de vida animal conforma una red tóxica de impactos negativos en la totalidad del paisaje al que empobrece.

Las espeluznantes imágenes de campo sobre la caza furtiva en África que aparecen en los medios de comunicación han provocado una sensación horrífica en la comprensión pública sobre el sexto evento de extinción masiva: una trifecta destructiva de cambio climático, pérdida de hábitat, y caza furtiva y comercio animal para el consumo doméstico y extranjero.

Ahora, Latinoamérica, hogar de las últimas poblaciones aisladas del mundo, de los pulmones amazónicos del planeta, y de una diversidad de especies impresionante, se está forjando como otro epicentro para las redes criminales de tráfico que alimentan el mercado negro global de animales exóticos.

Los problemas de tráfico de Latinoamérica han pasado prácticamente inadvertidos hasta ahora, quizás debido a sus otras preocupaciones ambientales: rápida deforestación, construcción de presas, extracción petrolífera, minería e incursiones ilegales en áreas protegidas.

No obstante, la destrucción de la fauna salvaje de la región sigue ocurriendo, y cada vez más.

El aumento de tráfico en Latinoamérica sigue los mismos patrones generalizados vistos en África: está parcialmente fomentado por capital chino, industrias de extracción chinas y el bullicioso mercado chino para “medicina tradicional”, exquisiteces dietéticas y otros usos silvestres. También se ve facilitado por los oficiales autóctonos corruptos latinoamericanos; leyes débiles y llenas de lagunas; y ejecuciones arbitrarias. A toda esta desolación se añade un comercio nacional silvestre, fuerte y públicamente aprobado.

Incontables contenedores de transporte llegando a los puertos de EE UU cada día y saturando a los 130 inspectores del USFWS en busca de envíos ilegales de fauna salvaje. Foto cortesía de NOAA

Mientras tanto el crimen organizado, liderado por los infames y poderosos cárteles de la droga de Latinoamérica, reconoció hace poco que el tráfico de animales es una mina de oro: un mercado lucrativo cuyo potencial monetario rivaliza con los narcóticos, armas y esclavitud humana.

Consecuencias de la (falta de) inversión

Los consumidores elitistas chinos y sindicatos criminales no son los únicos culpables de esta creciente crisis: gran parte de la demanda de tráfico silvestre de Latinoamérica viene de los Estados Unidos.

Un estudio realizado por Defensores de la Fauna Salvaje publicado hace tan solo un mes identifica las cinco rutas de comercio más usadas para envíos ilegales de fauna animal en EE. UU. desde Latinoamérica: de México a El Paso, Texas; de Haití a Miami, Florida; de México a Sandiego, California; de México a Louisville, Kentucky; y de Bahamas a Miami. Los animales objeto de tráfico que pasan por estos puntos de exportación/importación proceden de hábitats a cientos o incluso miles de kilómetros de distancia en la cuenca Amazónica, los Andes y toda Latinoamérica.

Existen 328 puertos de entrada reconocidos en EE. UU., pero solo 18 ciudades americanas son las designadas para la recepción de envíos legales de fauna animal y quedan supervisados por inspectores del Servicio de Pesca y Vida Silvestre estadounidense. De todos ellos, solamente tres (Los Ángeles, Chicago y Miami) poseen perros rastreadores cuyo olfato puede descubrir contrabando de fauna animal cien veces antes que las personas.

Unos escasos 130 agentes del USFWS se encargan de procesar los envíos silvestres autorizados, interceptando el tráfico ilegal y ejecutando la ley nacional e internacional. Esto supone una ridícula cantidad de recursos humanos encargados por la nación más rica del planeta y una falla que inevitablemente juega a favor de los traficantes.

Un vistazo a las estadísticas de un único puerto de entrada nos revela la magnitud del problema. En 2013 los desbordados agentes federales en Los Ángeles pudieron examinar 22 409 envíos de fauna animal importados. Pero las instalaciones conjuntas de importación de la ciudad procesaron más de 1,9 millones de toneladas de cargamento aéreo, 5,5 millones de contenedores y 3,9 millones de toneladas de mercancía oceánica ese mismo año. La minúscula cantidad de cargamento verdaderamente inspeccionado palidece frente a la que no lo fue, de manera que un porcentaje asombroso de mercancía entra al país sin que la ley sepa en ningún momento qué animal, vivo o muerto, pudiera contener.

Jaguar. Foto cortesía de USFWS

Tigre americano

Aunque probablemente miles de especies latinoamericanas estén en peligro de extinción por la creciente red de la epidemia de caza furtiva internacional, este análisis se centra solo en unas pocas de las especies más comunes del Amazonas: jaguares, guacamayos, osos de anteojos, nutrias gigantes y vicuñas que están siendo ahora capturadas o asesinadas para sacar beneficios.

Así pues, abordemos sin temor y decididos de igual forma que un gran felino lo hace con un caimán, y observemos el estado de tráfico del depredador endémico por antonomasia en los bosques tropicales de América: el jaguar.

El jaguar Panthera onca es el felino nativo más grande en esta parte del planeta y pertenece al mismo género del león, tigre y leopardo. Los jaguares actualmente pueblan 18 países latinoamericanos desde México hasta Argentina y, ocasionalmente, realizan incursiones en las Islas del Cielo del suroeste de los Estados Unidos. Su hábitat anterior incluía Texas del Sur, el suroeste de Nuevo México, la mayor parte de Arizona y porciones del sur de California.

Los jaguares, como todos los superdepredadores, a excepción de los humanos, son extremadamente sensibles a las alteraciones de su hábitat. El crecimiento de la población, la tala, extracción de recursos, construcción de carreteras y caza furtiva han eliminado el 40 por ciento del dominio histórico de estos felinos. Si atendemos a la definición de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) de animales Casi Amenazados, hay aún aproximadamente 150 000 jaguares deambulando por su hábitat salvaje —lo que significa que todavía hay tiempo tomar decisiones de conservación documentadas.

De robusta cabeza y una formidable envergadura corporal de 1,5 a casi 2 metros (sin incluir un rabo de casi 1 metro) y con un peso de hasta 160 kilogramos, la dieta del jaguar es extraordinariamente diversa: con un total de 85 especies de presa registradas. Es su capacidad de adaptación omnívora, una necesidad en un entorno que echa en falta extensas manadas de ungulados que sostengan su pariente del Viejo Mundo, lo que tiene a algunos ecologistas señalando al jaguar como un candidato ideal para la una coexistencia satisfactoria del ser humano y la vida salvaje.

El doctor Alan Rabinowitz es Director Ejecutivo del grupo de abogados Panthera. Él cree que la relativa integridad de la mayor parte del hábitat residual del jaguar y el bajo nivel de intrusión humana en comparación con África o Asia podrían hacer del jaguar un emblema para la contención a largo plazo de los depredadores de la megafauna en Latinoamérica.

Jaguar moviéndose entre la maleza. Foto por Gary M. Stolz cortesía de US Fish and Wildlife Service

“El hecho de que los jaguares hayan sido más resistentes y, de muchas formas, más afortunado en su supervivencia que otros grandes felinos es exactamente el motivo por el que centramos nuestra atención y esfuerzos de conservación en ellos”, dice Rabinowitz. “Este podría ser el mayor éxito histórico en mundo para la conservación de grandes carnívoros y sobre cómo los grandes depredadores pueden, de hecho, convivir con los humanos”. La Iniciativa Pasillo para el Jaguardel grupo Panthera aumenta toda la extensión existente de estos grandes felinos, y trabaja con representantes de los gobiernos, negocios y comunidades para proteger el hábitat crítico para la transferencia genética constante necesaria por la especie para permanecer fuerte a nivel reproductivo.

Aunque la fragmentación del hábitat, los conflictos con los ganaderos y la caza de la presa del jaguar para fomentar el mercado en auge de carne de animales salvajes son los principales retos a los que se enfrenta la especie hoy en día, existe otra amenaza ominosa que acecha en el horizonte: el tráfico animal.

Los cuerpos de seguridad brasileños y estadounidenses han confiscado dientes y cráneos de jaguar. comerciados ilegalmente. Pero la gran preocupación es la creciente participación china en la región. Las compañías chinas están dedicándose a la construcción de presas, tendidos eléctricos, carreteras y a la explotación forestal, actividades que abren el camino a áreas remotas y agilizan el tráfico de fauna salvaje y productos animales.

La creencia, sin fundamentar, en las propiedades curativas de los huesos de los grandes felinos, especialmente popular entre los nuevos ricos de China, ha diezmado las poblaciones de tigres por toda Asía y ha contribuido a la reducción de los leones africanos en un 42 por ciento en tan solo 21 años. Dado el dinero que se gana, los ecologistas temen que sea solo cuestión de tiempo que los codiciosos mercados de Asia lleguen a Latinoamérica para sustraerle al mundo otro de sus irreemplazables grandes felinos. Los mercados chinos ya han devastado los tiburones (para sopa de aleta de tiburón) y los pepinos de mar de Latinoamérica y la totoaba (cuyas aletas son otra “delicadeza” asiática).

Hasta la fecha, no se han detectado o arrestado traficantes de grandes jaguares en Latinoamérica, pero hay historias anecdóticamente alarmantes y sin confirmar —algunas originadas en Bolivia— contadas a los reporteros de Mongabay que trabajan en la Serie de Tráfico de Fauna Salvaje en Latinoamérica. Estas historias dicen que existen partes de jaguar con rumbo a China.

Cotorra de pecho gris (Pyrrhura griseipectus) Foto por writhedhornbill autorizado por Creative Commons Attribution 2.0 Generic license.

Nidos vacíos

Mientras que el jaguar puede pasar relativamente inadvertido por el momento, las especies aviarias latinoamericanas no corren la misma suerte respecto al tráfico ilegal. El comercio internacional de mascotas es una de las industrias más destructivas ecológicamente y menos reguladas, exprimiendo los hábitats de tortugas, monos, peces tropicales y, especialmente, pájaros en todo el mundo.

Una de las familias salvajes más en el punto de mira es la Psittacidae, la encantadora, popular e inteligente familia del loro, representada en Latinoamérica por especies desde los conures, con un tamaño de periquito, hasta grandes y radiantes guacamayos que nos sobreviven en el hábitat salvaje y son muy codiciados por los traficantes.

En 2012, la Interpol anunció la conclusión de “Operación Jaula”, un blanco masivo de ventas ilegales de pájaros y huevos en Latinoamérica y Europa. Más de 8700 pájaros y otros animales fueron confiscados y casi 4000 personas arrestadas en puertos, aeropuertos, mercados abiertos, tiendas de animales y locales de taxidermia.

La Operación Jaula había sido lanzada en respuesta al creciente mercado ilegal de aves y huevos salvajes y a la creciente participación de redes criminales en su tránsito de Latinoamérica a Europa, un fraude extremadamente rentable.

Las especies de guacamayo de plumaje radiante son el objetivo principal del mercado negro. De sus 19 especies de guacamayo —normalmente siendo traficados los loros más caros— la UICN tan solo lista ocho con poblaciones bastante estables. El resto va desde casi amenazada (una especie) a vulnerable (tres), en peligro de extinción (tres) hasta en peligro crítico de extinción (tres). Para el guacamayo cubano ya es demasiado tarde.

Los guacamayos se ven amenazados por las presiones humanas generalizadas, incluyendo pérdida de hábitat y desarrollo. El tráfico intensificado —que se centra especialmente en “pichones”, crías de aves sustraídas de los nidos— podría servir de punto crítico para muchas de estas especies que se ven forzadas casi a la extinción.

Oso de anteojos. Foto por Cburnett autorizado por GNU Free Documentation License, Version 1.2 or any later version

Ecologistas del Amazonas

La caza furtiva es una importante amenaza por todo el extenso dominio del oso de los Andes o de anteojos —un animal ya en peligro de extinción por culpa de la explotación forestal, minería, desarrollo hidroeléctrico y asentamientos humanos. El último ejemplar superviviente de la subfamilia del oso de hocico corto (Tremarctinae), el oso de anteojos, es prácticamente vegano, solo con alrededor de un siete por ciento de su ingesta de nutrientes procedente de la carne; además, comparte con el panda la estructura dental y musculatura mandibular que le permite comer plantas muy fibrosas.

Junto con los osos negros de América y Asia, es también la especie de oso más arbórea y, de encontrarse con un humano, escalará rápidamente el árbol más cercano para evitar el conflicto.

Este comportamiento le ha permitido crecer entre los arqueros amazónicos, pero desafortunadamente es imposible protegerlo frente a los rifles, cepos y venenos de hoy en día. Los osos de anteojos son perseguidos por entrar en campos de maíz y presuntamente (dudosamente) matar ganado.

Ahora, los osos de anteojos están siendo el blanco de mercados locales y, cada vez más, extranjeros. Los productos de oso, incluyendo su vesícula biliar, se usan con finalidades pseudomedicinales o rituales; los osos vivos también se capturan y venden a zoos de carretera con una calidad lamentable por toda Latinoamérica para entretener a turistas o para exposición privada. La especie está listada por la UICN como Vulnerable.

Tortuga boba. Foto por Damien du Toit autorizado por Creative Commons Attribution 2.0 Generic license

Atractivo mortal

El caparazón de tortuga es un preciado bien de lujo y así lo ha sido desde la época clásica. El sutilmente moteado escudo, o la coraza-caparazón de la tortuga marina de carey, por ejemplo, eran cuidadosamente talladas en peines, cajas, marcos, incrustaciones y chapas por griegos y romanos —para el César las vastas reservas de caparazones de tortuga de la antigua Alejandría eran su principal logro tras conquistar el Egipto tolemaico.

Poco o nada ha cambiado respecto al ansia humana por tortugas y galápagos desde entonces. En el último siglo, por ejemplo, decenas de millones de tortugas bobas marinas fueron asesinadas por sus caparazones y carne en Latinoamérica y otros lugares. Incluso aunque el comercio en Eretmochelys imbricata fue prohibido por el tratado del Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES, por sus siglas en inglés) en 1977, el tráfico continuó: 29 países caribeños y latinoamericanos comerciaron el 44,2 por ciento de los caparazones de tortuga boba —esto es, 460 220 tortugas— con la industria artesanal japonesa bekko entre 1950 y 1992.

A pesar de la ley internacional, el tráfico de tortugas bobas sigue asolando Latinoamérica actualmente en lo que la UICN llama un “comercio clandestino extensivo” facilitado por “la ejecución de la ley y gestión, que son ineficientes en toda la región”. Para las tortugas bobas, el porcentaje de recolecta ilegal de huevos tanto para comida o tráfico se acerca con frecuencia al 100 por cien.

Aunque el reciente reinicio diplomático con Cuba podría contribuir a la rápida reducción de capturas de tortugas bobas desde 1990, que ha salvado decenas de miles de tortugas de la industria bekko, este prometedor destello de luz es una excepción en un mundo en que las poblaciones de tortugas bobas han caído en picado más de un 80 por ciento en tres generaciones.

El tráfico ilegal latinoamericano de caparazones de tortuga, carne y huevos va más allá del caso de la tortuga boba; sin embargo, a muchas de las chelonias acuáticas y terrestres de Latinoamérica, como la Tortuga de Río de Centroamérica en peligro crítico de extinción, o la tortuga blanca de Belice. Y ahora añadamos a esos problemas el atractivo de muchas tortugas para el mercado voraz de mascotas de Europa y Estados Unido.

La pantropical tortuga boba, reptil extraño y beatífico con amplias alas manchadas, una sonrisa tímida y grande, y ojos curiosos, deambula más cerca del filo del abismo que ningún otro animal revisado en este artículo, con un ranking en la UICN de en peligro crítico de extinción.

Nutria de río gigante. Foto por David.Monniaux autorizado por Creative Commons Attribution-Share Alike 3.0 Unported

El lobo de río

Aunque se extiende ampliamente por Sudamérica, la nutria gigante de río (Pteronura brasiliensis) ocupa menos de un uno por ciento de cualquier parteaguas, de manera que incluso cualquier cambio localizado en su hábitat específico puede tener graves consecuencias. Todo un superdepredador, caza especialmente peces —la mayor parte cíclidos y characinos, incluso pirañas— pero también crustáceos, pequeños caimanes y anacondas.

Con 1,7 metros de longitud (sin contar un rabo de más de medio metro) y más de 30 kilogramos, las nutrias gigantes de río adultas no tienen enemigos naturales más que nosotros… sí, nosotros.

Los tramperos dirán que entre todos los animales capturados vivos al este de EE. UU. —marmotas, mapaches, zarigüeyas, ratas almizcleras— la nutria de río (Lontra canadensis) es, de lejos, el más astuto y capaz de abrir cerrojos simples y escalar fuera de las cajas en cuestión de minutos tras la captura. Al verse amenazados, estos sinuosos nadadores también suelen defenderse de manera impresionante, usando su escasa fuerza y dientes rechinantes hasta el final. Imagina entonces cómo responderá una nutria atrapada de 1,7 metros de longitud.

Poco común entre los mustélidos, de la familia de la comadreja, la nutria gigante es un gran vocal, especialmente a la hora de demarcar territorio o retar a un caimán por espacios con peces de calidad. Conocida localmente como el “lobo de río”, el chillido agudo y estridente de la nutria gigante se extiende por todos sus dominios frente a construcciones de presas, residuos mineros tóxicos y caza furtiva para el tráfico. Su simple piel, vendida en el mercado negro, puede brindarle a un pobre pescador del Amazonas el sueldo de todo un año, lo que explica por qué la UICN la lista como en peligro de extinción.

Tamarino león dorado. Foto por su neko autorizado por Creative Commons Attribution 2.0 Generic license

Un amado prisionero

Ahora trataremos un poco a mamíferos menos conocidos de Latinoamérica que también sufren el ansia de los traficantes. El tamarino león dorado (Leontopithecus rosalia), pequeño mono cobrizo nativo de los bosques de tierras bajas del Atlántico de Brasil, que están desapareciendo fugazmente, es demasiado bonito para su propio bien —y muy atractivo para el comercio de mascotas.

Omnívoros como nosotros, disfrutan de futas, flores, néctar y pequeñas presas animales como ranas, caracoles, lagartos, arañas e insectos. Con 25 cm de altura y pesando los más robustos tan solo unos 700 gramos, el tamarino león dorado, del tamaño de una ardilla, muestra una melena rojiza y vive en grandes familias de cuatro a ocho miembros.

La gente de Latinoamérica, tanto del núcleo rural como urbano, tiene una larga tradición de posesión de vida animal recluida en sus hogares, no tanto como mascotas sino como trofeos. La sala común de capturas en el hogar donde se exhiben lo que los brasileños llaman xerimbabos (“algo amado”), puede comprender especies desde monos a tortugas, desde osos hormigueros a aves tropicales e incluso pacaranas (Dinomys branickii) — un roedor poco común y muy grande— enjaulado con vida.

Gracias a su encanto bufonesco, los pequeños monos como el tamarino león dorado llevan siendo el objetivo durante mucho tiempo del comercio animal. Las nuevas carreteras allanadas para sacar madera y por intereses mineros sirven como camino ideal para invadir áreas inmaculadas, facilitando así atrapar a sus habitantes salvajes y volviendo con la mercancía a las ciudades latinoamericanas.

Los tamarinos león dorados viven en grupos familiares y quedan desligados de las mismas por culpa de los traficantes. Foto por Steve autorizado por Creative Commons Attribution-Share Alike 2.0 Generic license.

Las poblaciones de tamarino león dorado en algunas áreas están mejorando, debido principalmente a un raro ejemplo de animales criados en cautividad que están siendo retornados con éxito a su hábitat (actualmente, un tercio de los tamarinos salvaje se crían en cautividad). No obstante, hay graves amenazas que se ciernen sobre ellos, principalmente debido a la fragmentación y destrucción del hábitat viable.

El estado costero de Brasil de Río de Janeiro es el más poblado del país, y la deforestación para cultivos, producción de carbón, ganado y urbanizaciones ha dejado al tamarino león dorado con escasos espacios vitales. La UICN informa que “aproximadamente el 20 por ciento de la extensión original de L. rosalia sigue aún cubierta de árboles, pero el 60 por ciento de este total lo comprenden parches de 1000 hectáreas (2471 acres) o menos, de los cuales el 96 por ciento son menos de 100 hectáreas (247 acres)”.

Si estos microhábitats aislados —que son suficientes para mantener temporalmente a la especie aunque no expandirla— se desvanecen como el resto de bosques de tierras bajas costeros en peligro supremo de extinción, los logros temporales de la cría en cautividad no habrán servido de nada. Esto plantea una pregunta existencial: ¿qué clase de bien es una especie resucitada si la culminación de su vida solo es la reproducción tras los barrotes como xerimbabos (“algo amado”)?

Leopardo tigre hembra. Foto por Tambako en Flickr

Nacido libre

El leopardo tire o gato manchado (Leopardus tigrinus) es uno de esos felinos pequeños que han sido apartados de la atención del público debido a sus hermanos mayores: el jaguar, león, tigre y leopardo. Pero el reservado leopardo tigre también sufre a manos del hombre.

del hombre.
El leopardo tigre está muy relacionado con el ocelote y el margay, poco conocidos en EE. UU. pero que juntos forman la espina dorsal de la escala natural pequeña-mediana de depredadores en Latinoamérica. Poco más de medio metro de longitud con un rabo de medio metro y un peso escaso de tres kilogramos, el fibroso leopardo tigre tiene básicamente el tamaño de un gato doméstico moteado muy muscular y bonito. No obstante, en lugar de ser una especie exótica conocida que mata una media de 12,3 mil millones de pequeños mamíferos, 2,4 mil millones de aves y 650 millones de reptiles y anfibios en EE. UU. cada año, el leopardo tigre es un felino nativo americano que caza insectos, pequeños roedores, pájaros y lagartijas, y él mismo es presa de felinos mayores —sobrevive en armonía y equilibro en su ecosistema.

Siguiendo el rastro de eliminación de leopardos tigre fácilmente accesibles para el comercio de piel desde hace unas décadas, el leopardo tigre pasó a ser —en la terrible lógica del goteo de los traficantes de animales— una nueva mina de oro, lo que hizo que sus poblaciones descendieran estrepitosamente. Aunque la CITES y otros acuerdos internacionales han comprobado a fondo la exportación de leopardos tigre, hay una parte más difícil de gestionar en el ámbito del tráfico: el comercio nacional.

El efecto de invalidación xerimbabos, que busca animales exóticos para resaltar un estándar social, una vez más se consagra como líder promotor del tráfico. Los cachorros de leopardo tigre —encadenados o enjaulados, constantemente de un lado para otro— son relativamente común en zoos de mala calidad, paradas para turistas y en las residencias por todo Latinoamérica. Estado en la UICN: vulnerable.

Las gentes aisladas indígenas del Amazonas tienen tanto por perder contra los traficantes como con la fauna salvaje de la región. Foto por Gleilson Miranda / Governo do Acre autorizado por Creative Commons Attribution 2.0 Generic license.

The human cost of wildlife trafficking

La cuenca superior del Amazonas y la ladera de los Andes incluyen vastos bosques tropicales intactos y miles de kilómetros de vías navegables que contienen unos niveles de biodiversidad fuera de lo común, lo que los sitúa como el corazón de Latinoamérica en la batalla de la caza furtiva.

Estas áreas remotas también son hogar de algunas de las últimas poblaciones aisladas del planeta, cuya supervivencia cultural se ve amenazada por las mismas incursiones de infraestructura que promueven la caza furtiva. Estas gentes indígenas están convirtiéndose también rápidamente en peones y bajas humanas en la crisis de tráfico animal.

En algunos casos, como en ciertas partes de Brasil, las tribus indígenas están contraatacando, a veces violentamente, contra leñadores, agricultores, tasadores petrolíferos y cazadores que destruyen la relación equilibrada con la naturaleza que les ha permitido vivir en relativa armonía con el medio ambiente.

Para las poblaciones nativas cuya cultura lleva generaciones ligada a la vida salvaje para el sustento y a la espiritualidad, el resultado de la desgracia del tráfico en Latinoamérica es una cuestión cultural de vida y muerte —incluyendo la pérdida de libertad para tomar decisiones independientes respecto al grado de interacción que desean tener con la sociedad moderna.

Otra de las tragedias de la crisis del tráfico de animales es que a menudo hace uso de la población indígena como colectores de ejemplares salvajes. El proceso es una reacción en cascada: las compañías petrolíferas abren carreteras hacia el bosque tropical, a menudo con regalos de lanchas fueraborda, vehículos todo terreno, rifles modernos de caza y munición para lograr el acceso a las tierras tribales. Estas carreteras y regalos atraen a la población tribal inexorablemente a la sociedad moderna y al comercio ilegal.

Con frecuencia, antiguos cazadores y recolectores se desplazan más cerca de las nuevas carreteras y se vuelven dependientes de ciudades distantes, comida procesada y otras comodidades modernas. Al necesitar gasolina para sus canoas motorizadas y cuadriciclos, así como munición para sus armas, han pasado de cazar para la subsistencia a capturar animales salvajes para venderlos a los traficantes y pagar sus bienes. Sus modernos medios de transporte, armas y munición, reemplazarán sus viajes y arcos de flechas, lo que pondrá a la vida salvaje en una situación de gran desventaja —estas prácticas modernas de caza son insostenibles y agotan la vida animal de los bosques tropicales.

Por ello, las poblaciones indígenas se han convertido en los cómplices capaces pero inconscientes del comercio animal nacional e internacional que, si no se controla, destruirá su estilo de vida tradicional para siempre.

Asistentes al evento del USFWS de Especies en Peligro de extinción en Mayaguez, Puerto Rico examinando artículos ilegales confiscados por los inspectores. La educación es una herramienta vital para combatir el tráfico. Foto por Lilibeth Serrano, USFWS

Efímeras criaturas en un paisaje primigenio

Las laderas andinas y la cuenca del río Amazonas siguen siendo la cubierta de miles de kilómetros cuadrados de hábitat intacto —desde los bosques nublados de montaña en su día gobernados por la civilización Inca, el último imperio americano urbanizado en caer ante los españoles, hasta abajo hacia la costa atlántica moderna hiperindustrializada.

Aquí se describen solamente unas pocas criaturas de las muchas que son cazadas, envenenadas, descuartizadas, enjauladas y traficadas por toda esta región sin igual en el mundo salvaje —una explosión continental desde las montañas hasta el mar de vida evolucionada especialmente para sobrevivir en este paisaje biológicamente exuberante.

Hay unos pocos —no muchos, sino pocos— débiles puntos de esperanza en el horizonte para estos animales atormentados del Amazonas. Precisamente el último mes, Brasil firmó la Convención sobre Especies Migratorias, dirigida por la ONU, en la que se unió a otros 121 países en lo que “se está reconociendo cada vez más como un importante foro para fomentar la conservación de especies migratorias amenazadas incluyendo muchos animales emblemáticos”.

Organizaciones internacionales como el Fondo Mundial para la Vida Salvaje, TRAFFIC y la Sociedad de Conservación de Vida Salvaje junto con grupos locales como Freeland Brasil están trabajando para reducir el tráfico de fauna salvaje desde el Amazonas hasta los Andes. Y tan solo hace unos días, Perú anunció la creación del Parque Nacional Sierra del Divisor, un “Yellowstone del Amazonas” de 3,3 millones de acres que, si puede permitirse una protección a largo plazo significativa, promete servir como reserva inestimable tanto para la fauna salvaje como las poblaciones nativas, así como un parapeto vital contra la explotación por parte de traficantes.

La fascinación de la sociedad moderna por los animales salvajes de Latinoamérica se vio estimulada en los siglos XVIII y XIX cuando artistas naturalistas crearon hermosas ilustraciones para publicarlas, como aquella en el Dictionnaire universel d’histoire naturelle Atlas Zoologie de 1846. Hoy, los colectores quieren poseer más que imágenes o cuadros, creando un mercado perfecto para traficantes de animales raros y amenazados. La imagen por Werner & Annedouche está en el dominio público

En otro evento muy reciente, esta vez en EE. UU., el congreso de modo encomiable aprobó la Ley Global Anti-Caza Furtiva (HR 2494), que aunque limitada actualmente a apoyar los esfuerzos de conservación en África, iguala el crimen de tráfico de vida salvaje a aquellos relacionados con armas y narcóticos.

Las relaciones estadounidenses con algunos países latinoamericanos que últimamente se han torcido se encuentran convalecientes, mientras sus gobiernos y gentes se muestran cada vez más desafiantes ante las suposiciones autoritarias de las corporaciones de extracción chinas dirigidas por el estado y ante el comercio de fauna salvaje y su tráfico que en ocasiones se produce en Latinoamérica. Una encuesta reciente por el Pew Research Center descubría que el 86 por ciento de los brasileños se describen como “muy preocupados” por el cambio climático””… el mayor índice en el mundo. Si ese nivel de conciencia y preocupación se transfiriese a la desaparición de animales en el continente, no todo estaría perdido.

No obstante, hay mucho por hacer, y debe hacerse rápido si queremos proteger los animales de Latinoamérica.

Las agencias de vida salvaje por todo el espectro gubernamental están tristemente poco financiadas, faltas de personal y poco valoradas —abrumadas por el vasto comercio de los mercados globales. Pero los encargados de su cumplimiento son la gente en primera línea de la guerra del tráfico ilegal.

Si abordamos con seriedad el problema de poner fin a la horrible situación de caza furtiva de fauna salvaje, entonces, instituciones como el USFWS y sus homólogas en los países latinoamericanos necesitan una reestructuración dramática de sus parcelas de asignación, con una campaña importante de contratación que iguale a la patrulla fronteriza estadounidense, junto con el establecimiento de puntos de control adicionales de entrada y salida, así como el entrenamiento y despliegue de perros rastreadores y otros métodos.

La fauna salvaje del Amazonas es única y todo un patrimonio tanto cultural como natural, un componente extendido de identidad nacional cuya pérdida haría de uno de los ecosistemas tropicales más verdes y esenciales de la Tierra un desierto biológicamente estéril.

Todas las criaturas aquí descritas, así como miles de ellas más, se encuentran en una situación de extrema necesidad de atención y acción. Todos y cada uno juegan un papel vital en la forma en que su parte del mundo natural se mueve; cada uno merece, en el sentido más estricto de la palabra, jugar únicamente su papel en el gran río de la vida que fluye de los Andes al este, a través de la cuenca del Amazonas hasta el mar.

Leopardo tigre caminando. Foto por Tambako en Flickr