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¿Se están adaptando los animales a las ciudades más rápido de lo que creemos?

  • Las ciudades son centros evolutivos, hogares de las polillas que cambian de color para camuflarse entre los árboles cubiertos de polución, “supergusanos” que pueden masticar metales pesados y aves que cambian su melodía para batallar contra el ruido de la contaminación.
  • Un nuevo artículo indica que las ciudades pueden estar provocando que estos cambios evolutivos ocurran más rápido de lo que los científicos creyeron posible.
  • Si la evidencia actual del ritmo de cambio es correcta, habrá “consecuencias significativas para el bienestar ecológico y humano a una escala de tiempo relativamente corta”, concluye el artículo.

La naturaleza ya no es tan natural. Nuestra interacción con el mundo que nos rodea la ha cambiado drásticamente y sobre todo en las ciudades, vastos paisajes artificiales carentes de biodiversidad. No obstante, las ciudades son también centros evolutivos, hogares de polillas que cambian de color para camuflarse entre los árboles cubiertos de polución, “supergusanos” que pueden masticar metales pesados y aves que cambian su melodía para batallar contra el ruido de la contaminación. Las especies están cambiando sus cuerpos y su comportamiento para adaptarse al hábitat del ser humano.

Según una publicación reciente en la revista Trends in Ecology & Evolution, estos cambios podrían estar ocurriendo más rápido de lo que los científicos creyeron posible. “Lo que muestran las pruebas es que se está produciendo una ‘rápida evolución’”, le dijo a mongabay.com Marina Alberti, autora del estudio y profesora de planificación urbana y ambiental en la Universidad de Washington en Seattle.

Mientras construimos nuestras ciudades, jugamos con los ecosistemas y generamos condiciones que obligan a las especies a adaptarse. Al hacer esto, desencadenamos el cambio en las faunas silvestres. Antes, los científicos pensaban que tal cambio tardaría un tiempo en producirse. Sin embargo, Alberti escribe conforme a un estudio citado en su artículo que “los cambios característicos propiciados por los seres humanos se producen aproximadamente dos veces más rápido que aquellos generados por fuerzas [naturales]”.

De acuerdo con Alberti, si la evidencia actual sobre el ritmo de cambio es correcta, habrá “consecuencias significativas para el bienestar ecológico y humano a una escala de tiempo relativamente corta”.

En zonas urbanas, modificamos el número de las especies y su diversidad, pero también creamos hábitats ─o la carencia de ellos─ que nos convierten en “agentes selectivos” con el poder de decidir quién y qué puede vivir allí. Artrópodos (insectos, arañas y crustáceos que no tienen columna vertebral), aves, peces, mamíferos y hasta plantas son forzados a adaptarse a nuestros espacios urbanos o a morir.

Un caso típico es el de la mariposa de los abedules (Biston betularia), que en general tiene pequeños puntos negros sobre su cuerpo principalmente pálido. No obstante, durante el siglo diecinueve, cuando el smog y la contaminación se avecinaban sobre las ciudades inglesas, los investigadores descubrieron que las mariposas de abedules que vivían en ciudades contaminadas eran completamente negras. Esto les permitía mezclarse en los árboles cubiertos de hollín, donde generalmente descansaban. En zonas menos contaminadas, donde los árboles no estaban ennegrecidos por las cenizas, las polillas más claras eran más abundantes. Luego de que los niveles de polución cayeran en los años sesenta y las fábricas comenzaran a mejorar su conducta, la pigmentación negruzca se desvaneció. La vulnerabilidad de las polillas blancas urbanas ante los depredadores provocó una proliferación de polillas negras.

En otro ejemplo, estudios en Inglaterra y en Gales han demostrado que los carboneros comunes urbanos (Parus major) cantan sus canciones en un tono más alto que los de campo, probablemente para poder ser escuchados por encima del estruendo del tráfico y sus nuevos vecinos de dos piernas.

Los carboneros comunes (Parus major) cantan en un tono más alto para que se los escuche por encima del bullicio urbano. Foto de Tatiana Bulyonkova/ Flickr.

Sin embargo, el cambio evolutivo no está solo limitado a nuestros centros urbanos. La demanda de energía, alimentos y agua extiende el alcance de urbanización más allá de los límites de la ciudad. Por ejemplo, las lombrices de tierra (Lumbricus rubellus) de Gales y del norte de Inglaterra, consideradas exclusivamente una nueva especie desde su descubrimiento y apodadas “supergusanos”, se dan un festín de metales pesados como el cobre, cinc, arsénico y plomo que se encuentran en antiguas zonas de minería. Esta adaptación permitió que los supergusanos crezcan en donde otros no lo harían. Desarrollaron una habilidad peculiar para superar la exposición a los metales pesados tóxicos luego de una prolongada contaminación de la tierra. “Estos gusanos parecen ser capaces de tolerar concentraciones increíblemente elevadas de metales pesados y los metales parecen impulsar su evolución”, informó a National Geographic News Mark Hodson, profesor de ciencia ambiental en la Universidad de York que descubrió los peculiares hábitos alimenticios de los supergusanos. “Si sacan a una lombriz de tierra de la parte trasera de su jardín y la colocan en estos suelos, moriría”.

Asimismo, un estudio citado en el artículo de Alberdi descubrió que hay especies de peces se han adaptado a los cambios provocados por los humanos en su hábitat. Se descubrió que la sardinita cola negra (Cyprinella venusta) de embalse son casi irreconocibles. Tienen cabezas más pequeñas, cuerpos más profundos, una aleta dorsal más corta ─hasta sus ojos están en otra posición─ que los de sus hermanos que viven en el río. Los investigadores que llevaron a cabo el estudio creen que estos cambios se deben a la falta de la corriente de agua en los embalses y que pudo haber afectado la salud y la maniobrabilidad de los peces.

Puede que haya más Cyprinella venusta allí. “El estudio de la dinámica impulsada por el ser humano y ecoevolutiva todavía está en ciernes”, expresó Alberti. A pesar de que la idea de que las personas puedan provocar que las especies evolucionen se conjeturó hace poco más de medio siglo, los científicos recién ahora están obteniendo pruebas suficientes para respaldarla. “Tales estudios requieren observaciones a largo plazo e investigación”, manifestó la profesora.

El estudio de Alberti observa el terreno en el que el rol de la urbanización impulsa la evolución. Cree que el desafío de comprender nuestra influencia en el proceso evolutivo es demasiado amplio para que lo trate solo un campo de la ciencia. Para comprender en su totalidad cómo la urbanización afectará al cambio evolutivo, los expertos de campos tales como estudios urbanos, ecología y biología evolutiva necesitarán trabajar en conjunto, dijo la experta.

En su artículo, la profesora compara las tendencias actuales con la Gran Oxidación, una de las mayores extinciones en la historia de la Tierra que comenzó aproximadamente hace 2,5 mil millones de años, que aniquiló varias especies intolerantes al oxígeno. No obstante, a pesar del matiz catastrófico del artículo, Alberti augura esperanza para el futuro. Sugiere que en vez de seguir el mismo camino que la Gran Oxidación, la humanidad puede aprender a coexistir con las especies y los ecosistemas, evolucionar juntos y cambiar nuestras formas así el resultado no será tan desastroso.

Puede que la naturaleza ya no sea tan natural, pero, de acuerdo con la profesora, podríamos asegurar la supervivencia de las especies si nos amoldamos a nuestros espacios urbanos para adaptar la naturaleza y si dejamos a las zonas naturales restantes como están. “El cambio es inevitable”, manifiesta, “pero podemos aprender a cómo permitir que la naturaleza tome algo de control”.

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