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Batalla por el Amazonas: conforme Sinop creció, la selva amazónica desapareció

  • Sinop, una ciudad de 125 mil personas en el corazón de la Amazonía brasileña, dentro del estado de Mato Grosso, es una historia de éxito moderno. Próspero y resonante, el pequeño centro urbano sirve a una región dominada hoy por la agricultura industrial.
  • En tiempos tan recientes como los 70, la región de Sinop era principalmente selva y estaba habitada por indígenas.
  • En aquel tiempo, el gobierno militar de Brasil favoreció enormemente a grandes especuladores del valor de la tierra.
  • Los indígenas y lugareños que carecían de títulos fueron expulsados, con frecuencia de modo violento.
Geraldino Dal’Mazo en la empresa de vehículos de su hijo. “Quien hizo que esta región prosperara fue el presidente João Baptista Figueiredo”, declaró Dal’Mazo. “Vino en 1979 y vio nuestro sufrimiento”. Foto por Thais Borges

(Leia essa matéria em português no The Intercept Brasil. También puedes leer en portugués la serie de Mongabay de la Cuenca de Tapajós en The Intercept Brasil)

La cuenca del Río Tapajós yace en el corazón del Amazonas, en el centro de una explosiva controversia; construir más de 40 grandes presas, un ferrocarril y carreteras, convirtiendo la cuenca en un vasto corredor industrializado de exportación de productos; o, para evitar este impulso de desarrollo, empujar y conservar una de las regiones más ricas biológica y culturalmente que existe en el planeta.

Aquellos que se debaten para darle forma al destino de la cuenca tienen opiniones opuestas, pero ya que el Tapajós es una región aislada, pocos de estos puntos de vista logran ser transmitidos en los medios de comunicación. La periodista Sue Branford y el científico social Mauricio Torres viajaron allí para Mongabay recientemente, y en las siguientes semanas esperan arrojar algo de luz en el acalorado debate que dará forma al futuro del Amazonas. Este es el quinto de sus reportes.

 

Los visitantes de la comunidad amazónica de Sinop son bienvenidos con un letrero que proclama: “Sinop, la capital del Norte”. No es un alarde, la bien planeada ciudad de 125 mil [habitantes], con sus amplias avenidas arboladas y espacios verdes, domina la economía local y se vuelve con rapidez la capital de facto de la parte norte de Mato Grosso. Los ciudadanos de Sinop dicen que los fundadores del pueblo lo modelaron a imagen de Maringá, una “ciudad jardín” en el estado de Paraná (diseñado originalmente por los británicos).

Hoy Sinop se jacta de numerosas tiendas exclusivas, venta de teléfonos celulares, computadoras y ropa de moda. Las agencias de automóviles brillan con sus costosos vehículos nuevos, particularmente 4×4, capaces de manejar los duros caminos de terracería que conducen a las plantaciones de soya y otras granjas grandes que hay a los alrededores.

Las tiendas —algunas flanqueadas por columnas griegas tan grandes como las del Partenón; se puede encontrar incluso una réplica de la Estatua de la Libertad— no se cohíben al momento de transmitir su mensaje: tenemos una gran ambición acompañada de mucho dinero.

Lo que resulta confuso —y de hecho, muy sorprendente en una primera visita— es que Sinop solo cuenta con cuatro décadas de vida. Un pueblo fronterizo tallado de la selva… existe una historia fascinante de la que pocos jóvenes sinopenses saben.

La historia de Sinop es emblemática del Amazonas, donde las riquezas naturales de la región son eliminadas de modo exponencial año con año, década tras década; y donde las selvas y los indígenas ceden lugar, lentamente, a las autopistas, presas, a la tala, a las operaciones mineras, a la agricultura industrial y a pequeños asentamientos que se vuelven ciudades.

Sinop en 1973, poco después de que la ciudad modelo propuesta fuera tallada de la selva del Amazonas. Foto por EduMarcelRibeiro, autorizada bajo la licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 4.0 International

De selva a un pueblo en auge

En tiempos tan recientes como los años cincuenta, los indígenas —particularmente, los Kayabi y los indios Apiaká— estaban entre los únicos habitantes de la planicie donde ahora se erige Sinop. Fue entonces cuando el gobierno los obligó a mudarse al parque nacional del Xingú, en un proceso de restablecimiento orquestado por los hermanos Villas-Bôas. Aunque hoy son criticados por su paternalismo y por su disposición para hacer concesiones a las autoridades, estos tres hermanos fueron los responsables de que toda la parte superior del Río Xingú fuera convertida en un área protegida legalmente —la primera gran área en toda Sudamérica.

Los primeros pobladores de Sinop, ignorantes de aquella evacuación forzada, nos dijeron que recordaban haber desenterrado vasijas de barro y cabezas de hacha indígenas cuando limpiaron sus tierras por primera vez, en los setenta, pero señalaron que solo ocasionalmente se habían encontrado con indígenas, mientras estos ‘pasaban’.

Bajo el gobierno militar brasileño (1964-85) —el cual estaba obsesionado con la seguridad nacional y temeroso de que la cuenca del Amazonas fuera tomada por foráneos— el goteo de familias no indígenas al estado de Mato Grosso se convirtió en un torrente. Los mandos más altos de la nación adoptaron el eslogan “ocupar para não entregar” (ocupar para no renunciar) y tomaron una serie de medidas para asegurar que la cuenca del Amazonas se poblara por “verdaderos brasileños”, su forma de decir “no indígenas”.

Los generales tomaron con seriedad un estudio de los sesenta realizado por el Hudson Institute of New York, que proponía que mucha de la cuenca del Amazonas fuera inundada por presas para de ese modo hacer accesible la riqueza mineral, una inclinación política que ha permanecido fuerte hasta el presente.

El gobierno militar ofreció incentivos fiscales para alentar a las grandes compañías (incluyendo, de modo más o menos paradójico, a algunas como Volkswagen y Mercedes Benz) a quemar y talar la selva y a establecer ranchos de ganado.

También financiaron el gigantesco proyecto Autopista Transamazônica, el cual cruzó la cuenca amazónica de este a oeste, y después se hicieron con el recién formado INCRA (Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria), un instituto de gobierno, para instalar familias sin tierras (traídas del empobrecido noreste) a lo largo de la autopista.

Sinop como puede verse hoy, incluyendo un cruce de trébol en la autopista BR-163 con el eslogan “Sinop, la capital del Norte”. Cortesía del sitio web del gobierno municipal de Sinop

El gobierno también invitó a hombres de negocios del sur de Brasil, hombres con experiencia que ejecutaban programas privados de colonización de tierras, para preparar operaciones similares en Mato Grosso. Vastas hileras de bosques “ganaron propietarios”: Zé Paranpa, en Juara; Ariosto da Riva, en Alta Floresta y Ênio Pipino, en Sinop.

Todo lo que se atravesaba en el camino de estos empresarios y su implacable ola de asentamientos y desarrollo era un bosque exuberante, las comunidades indígenas y las poblaciones tradicionales —todos vistos por los nuevos terratenientes como meros obstáculos por superar.

El salvaje oeste del Amazonas

Muchos de los grandes proyectos iniciados por el gobierno y por el negocio fracasaron en echar raíces. Los más exitosos fueron los asentamientos privados de tierras presionados por los grandes y recientemente llegados terratenientes. Para alentar a estos hombres de negocios, los militares hicieron la vista gorda a sus crímenes, los cuales iban desde la evacuación violenta de campesinos e indígenas, hasta el robo de tierra a gran escala.

Énio Pipino obtuvo un trato excepcionalmente bueno. Nacido de una familia de inmigrantes italianos en 1917, creció en el estado de São Paulo. En 1948, estableció la Sociedad del Noreste del Estado Real de Paraná, o Sinop Terras. Compró a precio muy barato grandes áreas de tierra en el estado de Paraná y luego vendió parcelas a los pobladores.

De acuerdo al periodista Silvestre Duarte, quien ha estudiado la colonización de Paraná, ha sido una época violenta: “Paraná fue como el viejo oeste americano del siglo XIX, cuando todos los conflictos se resolvían con balazos”, dijo Duarte. El nivel de violencia usado para expulsar a los indígenas y a las familias campesinas fue tan intenso que atrajo una respuesta de la prensa brasileña y del Congreso Nacional.

El mismo Pipino desarrolló reputación por su crueldad a medida que modelaba un imperio en el norte de Paraná, dijo el periodista: “Desde la mitad de los 40 hasta el inicio de los 60, la banda de pistoleros de Sinop estuvo muy activa en la región. Bajo el comando de Marins Belo y otros famosos pistoleros, expulsaron familias enteras de ocupantes ilegales y asesinaron a mucha gente, arrojando luego sus cuerpos al Río Piquiri. De hecho, esto se volvió el sello de los asesinos a sueldo de Sinop”. A decir de todos, Pipino hizo mucho dinero.

Un mapa que compara la cobertura forestal de Sinop en 1986 y en 2016. Solo quedan fragmentos. Mapa por Mauricio Torres

El empresario después comenzó a planear cómo podía replicar sus asentamientos de Paraná a una escala mayor en Mato Grosso. El archivista de Sinop, Luiz Erardi, le dijo a Mongabay que en 1970 Pipino y su esposa, Lélia Maria de Araújo Vieir, comenzaron a hacer visitas allí. Alentados por lo que veían, Pipino compró algo de terreno de cierto terrateniente ausente y abrió unos toscos caminos para hacerlo accesible.

Apoyándose de ayuda militar, Pipino se hizo de más tierras, muchas de ellas sin títulos. Sacó parcelas para vender y abrió oficinas inmobiliarias en el estado de Paraná, promocionando su tierra de Mato Grosso con anuncios en periódicos y rimas en la radio.

De acuerdo con un estudio académico, Pipino envió a un asesino a sueldo para expulsar familias de campesinos de las tierras que reclamó en Paraná, y parece probable que usara métodos similares en las tierras de Mato Grosso, que contaban con menos regulación legal. Erardi confirmó que Pipino expulsó familias de campesinos en el Amazonas, aunque no hizo comentarios respecto a los métodos que se usaron.

Aunque es claro que podía ser cruel, Pipino también podía ser encantador, de acuerdo con los residentes de Sinop que lo recuerdan, y tenía habilidades de vendedor para dejar a la gente tranquila. Uno de los primeros pobladores, Geraldino Dal’Mazo, le dijo a Mongabay que la gente se sentía reconfortada cuando Pipino les garantizaba una parcela “con un título legal de tierra”. Aunque su autoridad para designar tales títulos era, en el mejor de los casos, dudosa.

Una afluencia de refugiados ambientales, una vida dura

En 1972, los primeros pobladores hicieron el arduo viaje de siete días desde Paraná hasta Mato Grosso. Con el tiempo, muchos enviaron reportes desalentadores a casa, diciendo cuán difícil era la vida en el corazón de la selva del Amazonas.

Luego vino 1975 y una helada severa en Paraná arrasó con la cosecha de café. “Esa helada terminó para siempre con el cultivo de café en Paraná”, dijo Luiz Erardi. “Muchas familias empezaron a pensar seriamente respecto a mudarse. Grandes terratenientes llegaron haciendo tentadoras ofertas: ‘¡Te daré tanto por tus tierras!’ Muchos dicen que con [la venta de] sus pequeñas parcelas en Paraná, se compraron una granja considerable en Mato Grosso”.

La profesora universitaria María Ivonete de Souza relató cómo a su padre, un obrero rural empobrecido, le dieron una parcela en uno de los asentamientos de Mato Grosso. “Era difícil para los pobladores que llegaban sin capital”, dijo. “Cuarenta años después mi padre es tan pobre como era cuando llegó. Siempre ha tenido que trabajar en la tierra de alguien más para llegar a fin de mes”. Foto por Thais Borges

Aun así, la vida diaria en la frontera agrícola del Amazonas se mantuvo difícil. No había servicios de salud apropiados ni escuelas. Los suelos debajo del bosque eran infértiles. No había apoyo técnico y los pobladores se hallaron con que, las habilidades del campo que conocían del sur, no eran transferibles al Amazonas. Aliviados de que no hubiera heladas, algunos plantaron café solo para ver que fallaba por otras razones.

Muchos se dieron por vencidos. “Llegaron sin un céntimo y se regresaron todavía peor”, dijo Erardi. Quebrados, con frecuencia tenían que encontrar un vecino con una camioneta y persuadirlo para que los transportara, pagándole entonces con la única cosa que les quedaba: su tierra. Prácticamente sin valor en aquel entonces, aquellas parcelas se han vuelto enormemente valiosas y hoy los hijos y los nietos de los conductores de las camionetas se han hecho ricos.

Luiz Erardi y su esposa llegaron en 1982 para trabajar como profesores y se encontraron con que la vida era muy dura. Su generador a diesel se estropeaba con frecuencia; no tenían agua caliente y no había estufa en la cocina.

“Dos meses después de que llegáramos, desperté una mañana, abrí las persianas de madera de nuestra cabaña y vi que todo a nuestro alrededor estaba inundado. Fui a hacer café y el azúcar se había vuelto jarabe. Me dije a mí mismo ‘Este no es lugar para la gente, sino para ranas’”. Las inundaciones fueron la gota que derramó el vaso. “Le dije a mi esposa que teníamos que irnos esa mañana. No podía soportarlo más. Pero ella se rehusó. Dijo que ella no había querido venir pero que no se daría por vencida. Dio un zapatazo y dijo ‘No me voy’. Y no lo hicimos, gracias a Dios”.

Geraldino Dal’Mazo, quien llegara en 1985 (y muriera de cáncer en diciembre del 2016, poco después de que habláramos con él), experimentó una intervención similar de parte de su esposa. Después de unas pocas semanas en Sinop, él ya había tenido suficiente. “Un día, decidí que nos íbamos, pero mi esposa, quien es una luchadora de verdad, no iba a aceptar nada de eso: ‘No nos vamos’, dijo. ‘Aun si tengo que trabajar como una lavandera y tú tienes que trabajar la tierra para alguien más, nos quedamos. No quería venir. Vivíamos cómodamente en Paraná. Pero ahora estamos aquí y no nos vamos’”. También se quedaron y nunca miraron atrás.

João Baptista de Oliveira Figueiredo, general brasileño y el trigésimo presidente del país. Los primeros pobladores de Sinop le dan crédito por rescatar la ciudad de la oscuridad y la pobreza. Foto cortesía de Wikipedia

Un salvador presidencial

Después de unos cuantos años difíciles, Sinop prosperó. Igual que Pipino, quien siempre estaba buscando más tierras aunque la legalidad de sus reclamaciones era con frecuencia dudosa. Se sabe que en cierto punto había reclamado al mentos 645 000 hectáreas, y en una carta fechada el 25 de marzo de 1979, encontrada en el archivo Incra, en Brasilia, Pipino le pide cortésmente a Paulo Yakota, el entonces presidente del INCRA, que le dé título de dos millones de hectáreas con el nombre de Gleba Celeste. La petición parece haber sido concedida parcialmente: Gleba Celeste fue registrada a nombre de Pipino, aunque con una cobertura de tan solo un tercio del tamaño que había pedido. Como en Paraná, Pipino fundó varios pueblos nuevos para sus colonos, dándoles a todos nombres de mujeres —Vera, Cláudia y Santa Carme.

Pipino también usó su influencia para acumular favor del gobierno, especialmente con el General Figueiredo, quien gobernó Brasil de 1979 a 1985. “Quien logró que esta región prosperara fue el presidente João Baptista Figueiredo”, declaró Geraldino Dal’Mazo. “Vino en 1979 y vio nuestro sufrimiento”.

El presidente se comprometió a pavimentar la recién construida autopista BR-163, anunciando que “traería asfalto”. Figueiredo contrató cinco compañías de construcción de Cuiabá y dos años después vino y abrió el camino personalmente. “Y no teníamos señal de televisión ni teléfonos… Y arregló eso en el avión. Los tuvimos en cuatro meses. Y con eso, Sinop despegó… el presidente Figueiredo fue maravilloso. Lo hicimos ciudadano honorario de Sinop”, recordó Dal’Mazo.

Los ricos se vuelven más ricos; los pobres, no tanto

Sin embargo, no todos prosperaron. Los lugareños dicen que fueron los “cabezones” quienes se quedaron y cosecharon los premios, pero volverse millonario en la frontera generalmente requería más que terquedad.

La profesora universitaria Maria Ivonete de Souza relató cómo a su padre, un obrero rural empobrecido, le dieron una parcela en uno de los asentamientos de Mato Grosso. “Era difícil para los pobladores que llegaban sin capital”, dijo. “Cuarenta años después mi padre es justo tan pobre como era cuando llegó. Siempre ha tenido que trabajar en la tierra de alguien más para llegar a fin de mes”.

Tanto Geraldino Dal’Mazo como Luiz Erardi se sintieron felices de haberse quedado. Luiz Erardi, quien obtuvo una serie de buenos trabajos en el gobierno municipal, está orgulloso de tener una nieta que se capacitó como médico. Geraldino Dal’Mazo hizo mucho dinero abriendo gasolineras en sus primeros años, y se convirtió en edil durante el gobierno militar. Después, cuando la economía brasileña pasó por un período difícil en los ochenta, perdió su fortuna. Sin embargo a sus hijos, los cuales casi todos permanecieron en la región, les ha ido muy bien.

Donde una vez crecieron las selvas, ahora se erige la Catedral Sagrado Coração de Jesus. Foto por Pedro Spoladore, bajo los términos de la GNU Free Documentation License, Versión 1.2

El brillante éxito de Sinop

Sinop se ha labrado un rol clave como proveedor de servicios para un área vasta que se extiende desde el Norte de Cuiabá, en el sur del estado de Mato Grosso, y hasta el estado de Pará. La gente envía a sus hijos a los colegios y universidades de Sinop y valora sus hospitales.

Los agricultores de la región, luego de experimentar el fracaso con varios cultivos (incluyendo tapioca para una gran destilería de alcohol que se fue a la bancarrota), consiguieron dar en el clavo.

El hermano de Geraldino Dal’Mazo fue el primero en probar con el cultivo de frijoles de soya, los cuales hasta los ochenta eran poco conocidos en Brasil. “Plantó 1500 hectáreas en 1987 y tuvo una cosecha maravillosa”, recordó Dal’Mazo. Ahora la mayoría de los agricultores siembran frijoles de soya, complementando fuera de temporada el cultivo con maíz y algodón.

Ahora Sinop pertenece al Brasil moderno, y aquellos que pagaron un gran precio por el éxito de la ciudad —las naciones indígenas, las familias de campesinos sin tierras y los pobladores sin capital suficiente— son en su mayor parte invisibles.

El costo para el bioma del Amazonas es más notorio: la manta ininterrumpida de selva que cubrió la región de Sinop hasta los setenta ya casi se ha ido, reemplazada por plantaciones de soya fuertemente fertilizadas y excesivamente gestionadas. En el distrito municipal de Sinop, donde alguna vez las selvas se erigieron vírgenes, hoy solo un tercio del área continúa cubierta de árboles. Dependiendo del punto de vista, Sinop es un territorio salvaje domesticado, o bien una enorme selva y una patria indígena devastadas por el desarrollo moderno.

Viajar más al norte por la BR-163 es como viajar al pasado de Sinop. Al cruzar la frontera del estado de Pará, uno alcanza la actual frontera agrícola, donde la batalla de las tierras todavía se debate —y donde las frágiles culturas indígenas y los ecosistemas están siendo consumidos diariamente en una violencia que arde lentamente.

 

(Leia essa matéria em português no The Intercept Brasil. También puedes leer en portugués la serie de Mongabay de la Cuenca de Tapajós en The Intercept Brasil)

Vista satelital del Sinop actual, donde se muestran las tierras agrícolas circundantes. Cortesía de Google Maps


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