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Ecuador: la difícil realidad del delfín nariz de botella en el Golfo de Guayaquil

  • ¿Cuáles fueron los resultados de estas comparaciones?
  • ¿Qué medidas se sugieren para disminuir las amenazas hacia estos animales?

Ellos y los pescadores se desplazan en el agua en busca de un mismo recurso, van detrás del mismo objetivo. Y es en esa búsqueda de alimento, en esos encuentros, que se producen interacciones que han afectado a estos habitantes del estuario interior del Golfo de Guayaquil, en la provincia del Guayas. Hablamos del  Tursiops truncatus o delfín nariz de botella.

Para estos animales,  los estuarios son hábitats importantes. Con un área aproximada de 12 000 kilómetros cuadrados al suroeste del país, el Golfo de Guayaquil es el mayor complejo estuarino de Ecuador. Y es también hábitat de una población de esta especie.

Cicatrices en el cuerpo de un delfín. Foto de Fernando Félix.

El Golfo de Guayaquil está dividido en dos estuarios: el exterior, que se extiende al oeste de la isla Puná; y el interior, desplegado hacia al este y noreste de esta misma isla. En este último, un equipo de biólogos ecuatorianos integrado por Andrea Calderón, Michelle Vintimilla y Rosa Bayas, y liderado por el biólogo Fernando Félix, retomó hace cuatro años la investigación que Félix inició hace 20 para estudiar a esas comunidades de delfines.

Fue entre 1990 y 1992 que en el interior del Golfo de Guayaquil —que incluye toda la zona cubierta con manglares: el Estero Salado desde Guayaquil hasta Posorja;  islas y canales como la isla Puná y el Río Guayas y todo el lado este del estuario, desde Churute hasta el archipiélago de Jambelí—  Félix hizo expediciones para estudiar la ecología de estos animales. Los resultados fueron publicados en 1994, en un artículo que dio cuenta de que esta población estaba integrada por unos 637 individuos.

Luego, en 1997, publicó otro estudio abordando su organización y estructura social. El documento estableció que esta población de delfines está organizado en comunidades de unos 115 animales.

Ahora, en un nuevo artículo científico que figura en el número de junio de la revista Aquatic Conservation: Marine and Freshwater Ecosystems bajo el título “Decreasing population trend in coastal bottlenose dolphin (Tursiops truncatus) from the Gulf of Guayaquil, Ecuador se indica que las comunidades estudiadas en el estuario interior del Golfo de Guayaquil que antes tenían 115 individuos en promedio, ahora tienen unos 55 ejemplares, lo que representa una reducción de 50 %.

“Este es un estudio que he venido a hacer 20 años después. Estoy trabajando ahora muy intensamente con esta población en esta zona porque mi primera sorpresa cuando retomé el estudio fue que los grupos eran más pequeños, entonces comencé a investigar, a hacer estimaciones poblacionales. Este realmente es un estudio completo, habla de la estructura de la población en esa zona de Posorja, de El Morro, tiene cuantificación del tamaño de los grupos de delfines, de las comunidades, porque los delfines viven en comunidades que antes tenían un promedio de 115 animales y ahora lo que vemos es que tienen alrededor de 55 animales. Vemos también análisis de la estructura grupal, de qué animales se asocian con quién y hemos determinado, por ejemplo, que los que están en Posorja son diferentes a los que están en El Morro. Ese artículo tiene un montón de información biológica y se trata de comparar estos parámetros poblacionales con lo que encontré hace 25 años atrás.  Obviamente la diferencia es enorme”, relata Félix a Mongabay Latam.

Los resultados se basan en la comparación de cuatro parámetros demográficos: el tamaño promedio de las comunidades, que fue un 51 % menor en relación con los números registrados a principios del 90; el tamaño promedio de los grupos, que lo fue en un 54 %; la tasa de encuentro promedio, que se mostró un 56 % más baja;  y finalmente,  la densidad poblacional media, que reflejó una disminución del 39 %.

Fernando Félix estima que en el estuario interior del Golfo de Guayaquil quedan actualmente unos 300 delfines. Foto de Fernando Félix.

“Se indica en el artículo que de otros sitios del estuario interior (Puná y Bajoalto) no hubo suficientes datos para estimar la población, por eso se excluyeron del cálculo. La estimación se hace con base a modelos que se llaman de marca-recaptura, que estiman la población basado en el número total de animales marcados y la proporción de estos en subsecuentes monitoreos.  Basado en el tamaño actual de las comunidades de delfines en las que sí se logró estimar la abundancia (Posorja y El Morro-Estero Salado) comparado con el tamaño de la comunidad de delfines de hace 25 años, es aproximadamente la mitad. Es decir, extrapolando este porcentaje al resto del estuario interior del golfo de Guayaquil, quedarían alrededor de 300 delfines”, explica el investigador a Mongabay Latam.

¿Es posible que hayan migrado a otros estuarios y que a ese hipotético desplazamiento responda la disminución de esta población? Félix dice que no, porque los animales territorialistas residen y tienen un rango de acción limitado, y porque si se hubiesen movido a otros sitios, los hubiesen encontrado. «El punto es que si se hubieran cambiado a otros sitios, dado el esfuerzo que hemos hecho, en cuatro años los hubiéramos encontrado en uno o en otro lado».  Además, precisa, «el margen de error en el resultado de la estimación de abundancia no da como para pensar que la población es más grande o que hubiera migrado, pues el valor la sobrevivencia/emigración fue del 99 %”.

En el documento, asimismo, los autores cuentan que durante el estudio se registraron entre 735 y 793 delfines en 92 grupos. Al respecto, Félix indica que si bien ese es  el número total de animales registrados en las expediciones que se llevaron a cabo entre 2011 y 2015, la gran mayoría son reavistamientos de los mismos animales. “No es el total de animales diferentes”, precisa.

“Cada animal ha sido identificado individualmente con marcas naturales, mayormente muescas en el borde posterior de la aleta dorsal. La estimación (de cuántos delfines quedan) no se hace por conteo directo sobre los animales registrados. Es mucho más complejo que eso, porque el modelo de marca-recaptura para poblaciones abiertas usado estima varios parámetros como la sobrevivencia, mortalidad/emigración, reclutamiento y la probabilidad de que un animal ya visto pueda ser visto una subsecuente vez. Con la información con la que se alimenta al modelo, que básicamente es el número de veces que cada animal identificado fue visto y las fechas de observación, el resultado computado por el modelo es el reportado en el artículo”, advierte Félix.

¿Qué está afectando a esta especie?

Tal como se narra en la introducción del artículo científico, en base a previa bibliografía científica citada, los ambientes estuarinos se caracterizan por su alta productividad y es debido a su relevancia ecológica y económica que se encuentran entre los ambientes más gravemente afectados por factores antropogénicos: “Las poblaciones humanas se concentran alrededor de los estuarios lo que resulta en la  alteración del uso de la tierra, el aumento de las descargas de aguas residuales industriales y agrícolas que afectan la calidad del agua y los servicios ecosistémicos. Por lo tanto, las poblaciones de delfines nariz de botella que viven en ambientes estuarinos estarían más expuestas que otras poblaciones costeras a actividades humanas como las interacciones con la pesca, la sobrepesca, el acoso del turismo, el tráfico marítimo, la infraestructura costera y diversas formas de degradación del hábitat”.

Delfín afectado por la pesca. Foto de Fernando Félix.

Es el caso de la población del estuario interior del Golfo de Guayaquil. Los delfines han convivido con los seres humanos por décadas. Con los años, esa convivencia ha comenzado a deteriorarse y se ha traducido en la disminución de la que estos expertos dan cuenta para alertar sobre los problemas que enfrentan, así como para alentar a los tomadores de decisiones a implementar “medidas urgentes” para asegurar la conservación de la especie.

El llamado, refiere Félix, es a empezar a buscar alternativas que permitan garantizarle un futuro a esta población. Si esta tendencia no se detiene, advierte,  la especie corre el peligro de desaparecer de este hábitat en las próximas décadas, algo que sería una pérdida ecológica y socioeconómica. La observación de dos de las comunidades de delfines en el estuario interior del Golfo de Guayaquil, las de El Morro y Posorja, se ha convertido en una actividad turística formal.

“De las últimas cinco crías que ha habido en la zona de Posorja en los últimos tres años, solo una ha sobrevivido dado el tráfico marítimo que hay. Este es un llamado de atención a las autoridades, y esperamos que el público también se conecte porque como van las cosas realmente, en 20 años más yo creo que ya no tendremos bufeos en  el Golfo de Guayaquil. Y eso sería lamentable”, expresa Félix.

Lo que Félix y su equipo creen necesario es buscar estrategias para tratar de proteger a los delfines, porque su recuperación natural implica un proceso largo.

El nuevo artículo señala las causas del decrecimiento poblacional de las comunidades de delfines del estuario interior del Golfo de Guayaquil. Se mencionan, por ejemplo, las colisiones con embarcaciones como las principales presiones, pero también se habla de capturas incidentales, la contaminación y la degradación del hábitat, impactos que son más difíciles de evaluar.

Las cicatrices en el cuerpo de los animales. Foto de Fernando Félix.

Félix insiste en que el uso de redes en la actividad pesquera es uno de los principales problemas. Al respecto, el grupo de investigación que lidera publicó otro trabajo tras haber evaluado la presencia de cicatrices en el cuerpo de delfines, causadas por artes de pesca y hélices de botes en la costa suroccidental de Ecuador.

Prevalence of scars of anthropogenic origin in coastal bottlenose dolphin in Ecuador es el artículo que en abril salió en la revista Journal of the Marine Biological Association of the United Kingdom. Allí se concluye que por el impacto de la pesca, en el estuario interior del golfo de Guayaquil, la tasa de cicatrices en estos animales aumentó cinco veces en los últimos 25 años, pasando de 2,2 al 11,1 %, lo que se correlaciona a la disminución de su población en este hábitat.

“En el documento de las cicatrices se ve a algunos animales atrapados en redes y en una línea de anzuelos, los tres casos ocurrieron este año, vemos también cómo las puntas de las aletas están mutiladas, dobladas y una cantidad de cicatrices a lo largo del cuerpo. Todo esto es evidencia de que esto no es natural. Todo es evidencia de que estos animales han tenido interacciones con hélices, con motores fuera de borda, con barcos, con redes. Aquí está la evidencia de lo que está ocurriendo”, resalta Félix.

Entre las recomendaciones que este equipo hace para  asegurar la conservación en el largo plazo de delfines en el Golfo de Guayaquil están adoptar medidas como la eliminación del uso de redes para la pesca en zonas de alta concentración de animales, que las embarcaciones reduzcan su velocidad, que se implemente  la obligatoriedad del uso de protectores de hélices o que se dé paso a una extensión de áreas protegidas.

“Del Golfo de Guayaquil está protegida la zona de El Morro. Acá adentro cerca de Guayaquil hay otra área protegida (la Reserva de Producción de Fauna Manglares El Salado) pero acá casi no hay delfines, entonces es una mínima parte. En la parte sur, a lo largo de Guayaquil hasta Machala, no hay una sola área protegida en la zona del manglar, ¿se da cuenta? Y de lado norte solamente en el Estero Salado y en El Morro, pero a lo largo de casi toda el área de distribución de esta especie, que es el estuario interior, los canales interiores, los manglares, el área protegida probablemente no representa ni un 2 o 3 %, entonces por eso hablamos de la necesidad de extender algunas áreas” sostiene Félix.

El Refugio de Vida Silvestre Manglares El Morro fue creado mediante acuerdo ministerial en septiembre de 2007 y “entre sus principales objetos de conservación están una población residente de bufeos costeros y una población de fragatas”, tal como se detalla en el Plan de Manejo de  del Refugio de Vida Silvestre Manglares El Morro, publicado en 2010 por el Ministerio del Ambiente de Ecuador.

En esta área protegida se estipuló una zona de uso múltiple con prioridad para pesca (ZUMp), donde la actividad pesquera está regulada. La extracción de peces, por ejemplo, de acuerdo el Plan de Manejo, “debería de realizarse con anzuelo” y el trasmallo pequeño “solo podrá ser utilizado en lugares donde los canales sean lo suficiente largos, anchos y profundos para que no afecte la navegación, ni tampoco afecte a otro tipo de fauna, en especial los delfines que constituyen un objeto de conservación del Refugio”, reza el documento.

“Aun así, justamente estos tres ejemplos que están en el artículo de las cicatrices los hemos encontrado en El Morro. De todos modos los pescadores van. Aquí hay que entender algo que es muy importante, tanto los pescadores como los delfines saben dónde están los peces, entonces la interacción en un momento determinado es inevitable”, expresa Félix, quien considera que lo que hace falta es implementar una medida más específica: un plan de acción para conservar a los delfines en el Golfo de Guayaquil y que este se genere mediante un proceso participativo.

El pasado 14 de junio Mongabay Latam pidió una entrevista a las autoridades de El Morro para conocer más detalles sobre esta problemática, pero hasta el cierre de esta edición la entrevista no se concretó.

“Uno no puede decir aquí no se pesca sin previamente tener acuerdos con quienes están utilizando estas áreas para pescar (…) Los pescadores pueden ser una fuente muy importante no solo de información, también nos pueden ayudar a controlar. A ellos no les gusta matar a los delfines, eso yo ya lo he comprobado. Ellos tienen buenos sentimientos hacia los delfines, hemos hablando con ellos y dicen que son compañeros, que les indican dónde están los peces, no les quieren hacer daño, pero tampoco están haciendo nada para no causarles indirectamente daños con sus artes de pesca, entonces ahí lo que hace falta es educación”, opina.

 

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