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Preservar la cultura de los orangutanes es clave para su conservación

  • Durante mucho tiempo, los científicos pensaron que el comportamiento animal era instintivo, pero ahora se sabe que muchos animales —en particular, los animales sociales— son capaces de pensar y aprender, y muestran tener conductas aprendidas culturalmente.
  • Ha sido demostrado que esta especie tiene cultura: en cada sitio de estudio, los orangutanes mostraban comportamientos variantes que no tenían orígenes ambientales ni genéticos, lo que significa que sólo pueden deberse a la existencia de cultura.
  • Entre ese tipo de comportamientos estaba la fabricación de herramientas básicas y su uso para recolectar alimentos, la realización de distintos llamados para cada propósito y la existencia de diversos materiales y métodos utilizados para construir los nidos. Los científicos temen que la pérdida de hábitats y la disminución de las poblaciones puedan causar la desaparición de este legado cultural.
  • La pérdida de comportamientos culturales diversos podría resultar en que los orangutanes tengan menos adaptación frente a los cambios en su entorno, en un momento en que, al encontrarse bajo extrema presión debido al desarrollo humano, necesitan todos los recursos de los que puedan valerse.
Una hembra realiza un llamado particular con las hojas que sostiene con las manos. Los científicos están descubriendo que los llamados de los orangutanes varían de una población a otra, y que pueden ser ejemplo de un comportamiento aprendido culturalmente. Fotografía de Tim Laman.

Las variaciones sutiles que se observan en todo el espectro de una especie pueden resultar importantes para una conservación exitosa. Eso se debe a que las poblaciones, cuando se las examina con más detalle, se componen de especies genéticamente diferentes. ¿Pero qué hay de las diferencias de comportamiento geográficas? Pensemos en nuestra propia especie humana, y las variaciones que hay en comidas, vestimentas y costumbres. A estas diferencias las denominamos cultura.

Hasta hace poco tiempo, los científicos desestimaban la posibilidad de que la cultura fuera un rasgo también de los animales, y asumían que todos sus comportamientos tenían origen únicamente en el instinto. Pero ahora se reconoce que algunas especies —sobre todo, los animales sociales— pueden pensar y aprender nuevas conductas, y que por ello poseen cultura. Hay muchas investigaciones que ofrecen evidencia fehaciente de que los orangutanes son una de estas especies.

¿Pero de qué se trata esa evidencia? Una vez reconocidas las variaciones culturales en los grupos de orangutanes, ¿qué representan esas variaciones para su conservación? ¿Podría pensarse que preservar las sutiles variaciones culturales es importante para la conservación de los orangutanes, en este momento de extrema presión debido a la pérdida y degradación de su hábitat en Borneo y Sumatra?

Los comportamientos difieren de un grupo de orangutanes a otro

Se ha observado que los orangutanes poseen comportamientos complejos comunes en un sitio de estudio que son inexistentes (o muy pocas veces vistos) en otros sitios. Por ejemplo: Cheryl Knott y sus colegas de la Universidad de Boston observaron que los orangutanes se alimentaban del fruto de la planta Neesia, de la familia de las malváceas, en forma diferente en dos sitios de estudio distintos. En uno de ellos, los animales extraían las semillas, de gran valor nutricional, sin ayuda de ningún elemento, mientras que en el otro lugar usaban un palo.

“Lo modifican [al palo], lo cual forma parte de la definición de herramienta. Lo agarran y muerden uno de los extremos para modificar su longitud”, apunta Knott. “Si no pueden romper [el fruto] con un palo determinado, lo modifican o utilizan uno distinto. También usan distintas herramientas para [recolectar] insectos”.

La investigadora Cheryl Knott y asistentes de campo verifican datos sobre los orangutanes que están monitoreando en el bosque tropical del parque nacional Gunung Palung, de Borneo. Fotografía cortesía de Cheryl Knott

Los investigadores observaron otros casos en donde los orangutanes utilizan herramientas. Algunas poblaciones utilizan un “guante de hojas” para manipular frutos o ramas con espinas; otras usan musgo para lavarse las manos, de la misma manera en que los humanos usamos una toalla o un paño para el mismo propósito. Lo fascinante es que esas conductas parecen ser culturales: son comunes en algunos grupos de orangutanes pero inexistentes o inusuales en otros.

También hay actividades que son comunes a la especie en general, pero que algunos grupos hacen de manera distinta, así como hay grupos humanos que cocinan distinto de otros. Por ejemplo: los orangutanes arman un nido nuevo cada noche en el follaje del bosque, pero en cada grupo varía el estilo de “decoración”.

“En algunos sitios hacen almohadas, en otros le ponen un techo, en otros los alinean… Hay diferentes maneras”, explica Knott.

Sin embargo, eso no es prueba absoluta de la existencia de cultura. Podría tratarse simplemente de razones ambientales. Si, por ejemplo, una población come bananas pero otra no, quizás se debe a que en el entorno del segundo grupo no hay árboles de bananas, y eso es una variante perpetuada por el entorno, no por la cultura.

Una hembra adulta y su cría de once meses comen frutos de la planta Ardisia. La madre le está enseñando cómo comer. Poco del comportamiento específico del orangután es instintivo, y los individuos jóvenes deben aprender de sus madres qué y cómo comer. Fotografía de Tim Laman

Descifrar las diferencias culturales

Al momento de identificar en forma científica los rasgos culturales de una especie animal, los investigadores tienen que descartar alguna de estas dos opciones: primero, que la diferencia de comportamiento se deba a hábitats diferentes, y segundo, que las poblaciones hayan desarrollado diferencias genéticas que se correlacionen con las diferencias en comportamiento.

“Idealmente, si no fuera moralmente incorrecto, se sacaría a un orangután de una población y se lo pondría con otra”, explica Meredith Bastian, doctora de primates del Zoológico Smithsoniano Nacional, Washington D.C. Eso es algo que se hizo en el laboratorio con peces, por ejemplo, pero en el caso de los orangutanes es más difícil: hay que armar un experimento natural.

“Hay que encontrar una situación en la naturaleza que ya esté configurada para ofrecer la información que uno necesita”, prosigue Bastian, y eso fue precisamente lo que hizo en su trabajo de tesis doctoral.

“Teníamos que encontrar dos poblaciones que estuvieran separadas en ese momento, pero que tuvieran una genética similar, según nuestras estimaciones”. Las características de la geografía local tenían que sugerir que ambos grupos podrían haberse mezclado en el pasado.

Las dos poblaciones seleccionadas por Bastian y su equipo estaban divididas por un ancho río, una barrera infranqueable dado que los orangutanes no nadan. Se analizaron muestras fecales y de pelo para comprobar que la genética de los individuos de cada orilla coincidieran. También tenía que coincidir la flora de ambos sitios, por lo que se estudiaron cuidadosamente las plantas de cada orilla, y se encontró que eran similares.

“Todo eso es para descartar que no haya diferencias de hábitat o geografía”, cuenta Bastian.

Cuando las variables ambientales y genéticas se mantienen constantes pero se observan diferencias de comportamiento, estas pueden atribuirse a la cultura.

Esta hembra joven está preparando su nido para pasar la noche en el Parque Nacional Gunung Palung. Todos los orangutanes construyen un nuevo nido cada noche, pero en cada grupo hay estilos de “decoración” diferentes. Fotografía de Tim Laman

Un ejemplo de la existencia de cultura en orangutanes es la variedad de materiales que utilizan para construir sus nidos, una conducta que Bastian denomina “acarreamiento de hojas”. “Transportan hojas de un lugar a otro, allí donde quieren construir un nido”, explica. Lo particularmente interesante es que las hojas que usan tienen propiedades anti-mosquitos.

En uno de los sitios de estudio, ese era un comportamiento común. En otros sitios, ese comportamiento o bien no existía o era bastante inusual, y quizás se veía hacerlo a un solo individuo.

En otro estudio, Serge Wich y sus colegas descubrieron que los orangutanes hacían distintos tipos de llamados, que no tenían correlación con diferencias ambientales o genéticas. Al momento de armar el nido, en un sitio los orangutanes emitían sonidos que los humanos podrían comparar con “una trompetilla”, mientras que en otro hacían otros que parecían “golpes sobre el nido”; y en otros dos sitios no hacían sonidos específicos para acompañar la tarea.

Los investigadores además descubrieron que en un sitio de estudio las madres hacían llamados especiales para recuperar a una cría de la que se habían separado. “La madre llamaba, y la cría se acercaba a ella”, explica Wich. “Tal caso se puede dar en situaciones en las que la madre cree que hay una amenaza, o cuando quiere abandonar el árbol y hacer que la cría la acompañe”. En dos poblaciones se descubrió que las madres hacían llamados diferentes, y en otras tres, que las madres no emitían ningún tipo de sonido para recuperar a su cría.

Deforestación generada para una plantación de palma. La expansión de la agroindustria está generando una pérdida de hábitat devastadora para las poblaciones de orangutanes. No se sabe con certeza cuánto daño está produciendo en la cultura de los orangutanes. Fotografía de Rhett A. Butler

Qué aprenden los orangutanes

Según Knott, con este tipo de “experimentos naturales” cuidadosamente estructurados se comprobó que los orangutanes tienen diferencias de comportamiento que se deben a la cultura, pero advierte que los rigurosos perímetros utilizados en los experimentos seguramente excluyen muchos casos de cultura que no pueden confirmarse con tanta meticulosidad.

“En términos científicos, consideramos que un comportamiento es cultural cuando difiere entre dos poblaciones y no puede ser explicado por diferencias genéticas o ambientales”, explica. “Sabemos que es una definición bastante estricta, que excluye cosas que también son culturales; [comportamientos] que se transmiten mediante el aprendizaje social”.

Knott señala que poco del comportamiento específico de los primates es instintivo, y eso se debe a que los individuos aprenden a comportarse como orangutanes básicamente de sus madres. Este hecho se ve confirmado con el caso de los orangutanes huérfanos, a quienes se les tiene que enseñar todo en los centros de rehabilitación.

“Las crías de orangután no saben cómo buscar comida instintivamente, no saben cómo armar un nido, tampoco saben cómo trepar un árbol ni moverse en el entorno, realmente”, cuenta Knott. “Hay muchos otras especies que se manejan mucho más instintivamente: si se suelta a sus crías en cualquier lugar, se las arreglarían para conseguir comida. Los orangutanes, en cambio, tienen que aprender qué se come y qué no”.

Desafortunadamente, los científicos no pueden hacer “experimentos naturales” en todos lados para así conseguir la prueba absoluta de que una conducta específica de un grupo de orangutanes —como la fabricación de herramientas— es cultural. Sin embargo, “cualquier tipo de uso de herramientas es cultural, por supuesto”, afirma Knott, incluso sin una confirmación experimental que permita controlar las otras variables.

Pero, dado que los humanos tendemos siempre a la antropomorfización —es decir, proyectar nuestras emociones y motivaciones en animales, incluso cuando el significado de su conducta puede ser muy diferente—, es importante que algunos ejemplos de cultura de los orangutanes cumplan con estándares de prueba rigurosos.

Este ejemplar macho adulto está haciendo un sonido de amenaza en el Parque Nacional Gunung Palung. Los investigadores descubrieron que los orangutanes hacen distintos tipos de sonidos que no se correlacionan con diferencias genéticas o ambientales, lo cual representa una evidencia de cultura. Fotografía de Tim Laman

Aprovechar las diferencias culturales para la conservación

Si bien el descubrimiento de diferencias culturales en los orangutanes es fascinante, ¿estas tienen alguna implicancia para la conservación? ¿Deberían los conservacionistas luchar para preservar la diversidad de culturas conocidas entre los orangutanes, o alcanza con preservar la cantidad suficiente de individuos, porque al hacerlo se protege el potencial de la especie para innovar culturalmente en el futuro?

Una posible respuesta, pensada desde el punto de vista del ser humano, sería que si desaparecen las variaciones culturales de los orangutanes, se perdería evidencia valiosa para que la ciencia investigue nuestro propio origen.

“Si solo existiera una población de orangutanes, no podríamos saber qué grado de flexibilidad tiene”, comenta Knott. “No podríamos comprender la flexibilidad de comportamiento y el hecho de que comparten ese rasgo con los humanos. Al estudiar los orangutanes y la forma de transmisión de ese tipo de comportamientos, podríamos entender los orígenes de la cultura humana”.

Existe el riesgo, también, de perder información valiosa para conocer la evolución del lenguaje humano. “Si siguen despareciendo poblaciones [de orangutanes], no lograremos esquematizar la diversidad de llamados que existe entre ellos, ni de compararla con la que hay en los humanos y otras especies”, advierte Wich. “Sería una pérdida irreparable para la ciencia que trata de comprender nuestra propia evolución”.

El bosque de turba de Borneo, Indonesia, es el hábitat de los orangutanes. Las poblaciones de orangutanes que habitan en orillas opuestas de anchos ríos tienen distintas características de conducta, las cuales, después de estudios exhaustivos, en algunos casos se pudieron atribuir a la cultura. Fotografía de Rhett A. Butler.

La caja de herramientas cultural

Hay algunas técnicas de supervivencia aprendidas que son especialmente útiles para tiempos y situaciones difíciles, como las que ahora están experimentando los orangutanes.

Knott observó que el uso de palos rudimentarios para alcanzar los frutos de la planta Neesia más lejanos y difíciles hace que los orangutanes ingieran ese alimento de gran valor nutricional, ya que las semillas se componen en un 70% de grasa. Este fruto “está recubierto de espinas bastante feas, que parecen de fibra de vidrio”. “Cuando seguimos a los orangutanes que se alimentan de ellos, tenemos que protegernos con mantas para evitar que nos caigan encima. No se quitan con el lavado; penetran en la ropa y pueden generar cortes en las manos”.

Bastian observa que en el sitio de su estudio, donde los recursos eran limitados, los orangutanes dependían de alimentos menos apetecibles y más difíciles de conseguir, como el interior de la corteza de ciertos árboles. A raíz de eso, pudo observar diferencias culturales interesantes entre las poblaciones. “Pensemos que debe haber cientos de especies de plantas en los hábitat de esta especie”, dice Bastian. “¿Cómo saber cuál hay que probar, cuál es la que se puede comer, o cuál es la más sabrosa?”.

En un bosque determinado, puede darse el hecho de que los orangutanes coman solo cinco especies de plantas, de un total de cientos. Por lo que existe mucha experimentación individual. Pero en lugares donde la situación es difícil, la experiencia compartida se vuelve vital: en el caso de estos alimentos de último recurso, que son de difícil obtención, se pueden observar rastros de transmisión cultural.

Un orangután en su nido. Los científicos se encuentran en etapas iniciales de la investigación sobre la cultura de esta especie y sobre cómo preservarla para poder mejorar sus posibilidades de conservación. Fotografía de Tim Laman.

Culturas en desaparición

A medida que el ser humano destruye selvas tropicales y obliga a los orangutanes a vivir en hábitats cada vez más reducidos, van desapareciendo las variaciones culturales.

En el caso de los orangutanes, se observó que una mayor densidad de población en el bosque resulta, por lo general, en culturas más diversas, así como se da que en las poblaciones humanas urbanas donde conviven varios grupos étnicos hay más oportunidades de aprender unos de otros.

Pero en el sitio de su estudio, Bastian encontró una situación inesperada.

“Pensábamos que, dado que en el sitio de mi estudio había una densidad alta de orangutanes —la mayor registrada en Borneo— los individuos se encontrarían dispersos por todos lados, en amplia socialización unos con otros”.

En cambio, debido a que los hábitats se habían visto reducidos o comprimidos en forma extrema debido a la influencia humana y que la competencia por alimentos era muy alta, los científicos notaron que las hembras evitaban relacionarse con otras, probablemente de la misma manera en que en una calle muy concurrida de una ciudad, o en el subterráneo, las personas evitan hacer contacto visual con otras.

Así, cuando los orangutanes habitan un bosque donde la densidad de población y la cantidad de recursos son óptimas, la cultura se comparte. Pero cuando no tienen otra opción más que amontonarse y competir por los recursos, la transmisión cultural disminuye.

“Observamos que [en el sitio de estudio más poblado] había menos oportunidades de aprendizaje social, por lo que había pocas innovaciones que alcanzasen el grado de cultura”, explica.

La pérdida de diversidad cultural —sea por extinciones locales o porque varias poblaciones se ven forzadas a convivir en un espacio reducido— probablemente reduzca la resiliencia de los orangutanes, es decir, su capacidad de adaptarse a los cambios. Eso se debe a que las diferencias culturales brindan a las especies estrategias alternativas de supervivencia.

“Las maneras de sobrevivir de los orangutanes y su capacidad de interpretar el entorno podrían verse comprometidas si no tienen las oportunidades necesarias de aprender unos de otros”, comenta Bastian.

Atardecer sobre la selva tropical de Sabah, en la isla de Borneo, Malasia. Al preservar la cultura de los orangutanes, se podría contribuir a su futura supervivencia. Fotografía de Jeremy Hance

Aprender de los orangutanes

Los científicos continúan con la recopilación de datos, pero hasta ahora puede decirse que las diversas innovaciones culturales que fueron desarrollando los grupos de orangutanes serían fundamentales para los grandes primates para poder afrontar las intensas presiones que actualmente están sufriendo.

Bastian pudo experimentar ese hecho personalmente, de forma dramática. Una vez, cuando estuvo afuera más del tiempo recomendable en el campo, se deshidrató. “Me había quedado sin agua y me encontraba muy lejos del campamento. Necesitaba agua con urgencia”, rememora.

Durante su investigación, había visto que los orangutanes a menudo rompían el tallo de un tipo de palmeras trepadoras conocidas como ratán y que luego bebían el agua que fluía de allí. Al recordar eso, tomó su machete y cortó una planta.

“Tienen espinas gigantes que salen del tallo en múltiples ángulos, es bastante doloroso de manipular. No creo que se me hubiese ocurrido que en la base de eso hay agua. Pero vi que uno de los orangutanes lo hacía, por lo que sabía que iba a encontrar agua pura en la base del ratán. Si no tienes la oportunidad de aprender de otros, puedes perderte conocer habilidades para afrontar situaciones difíciles. Ese dato probablemente haya salvado mi vida”.