Todo eso, más los acopios de escorias sobrantes de la fundición de cobre, acumulados a orillas de la carretera sobre lo que fue un humedal, es el panorama actual de Ventanas. Zona declarada saturada por anhídrido sulfuroso y material particulado en 1994 y que, desde hace dos semanas, protagoniza el último de sus escándalos ambientales: 408 personas, entre niños y adultos, intoxicadas por gases provenientes de las emanaciones del parque industrial. El episodio de vómitos y desmayos masivos ocurrió el pasado 21 de agosto. 15 días después, otro centenar de personas, número aún no definido por las autoridades, llegaron al hospital por las mismas razones.

Nadie recuerda que alguna vez esto fue un balneario y que, en la caleta de pescadores, los botes llegaban por las mañanas con pescados, lapas, ostiones, machas… Ahí, las abuelas de Carlos compraban sus productos para abastecer El Pacífico y La Estrella. Dos de los restaurantes que abundaban en la bahía y que hoy no son más que un montón de ruinas. Las grandes y ricas casas de veraneo también fueron olvidadas por sus dueños, quienes arrancaron en busca de aguas limpias y un panorama menos parecido a una película futurista del fin del mundo.

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Los años dorados

 

Carlos no era más que un veinteañero cuando comenzó a trabajar en la fundición de cobre que se había instalado en su pueblo, en 1964. Era auxiliar de horno, de esos donde el cobre se derrite hasta quedar un líquido rojo dorado. También manejaba el carro que trasladaba la escoria hacia el lugar que se había definido para su depósito y que aún sigue siendo el mismo. En sus horas libres, buceaba. Había aprendido el oficio de su padre que era buzo escafandra, con esos trajes pesados, como de astronautas, que hoy son piezas de museo.

Carlos se había casado con una mujer nortina, de la cultura minera del desierto de Chile y vivían en un pequeño cuarto, con baño de hoyo. El salario no alcanzaba para mucho más, pero las ganancias del buceo le habían permitido comprarse una radio y un televisor. Cuando Carlos entendió que ganaría más dinero en la pesca, renunció a la empresa y se fue a bucear. El mar era generoso en esos años de la década de los 80. Erizos, lapas, almejas y pescados sacaban los hombres; y los bancos de machas tan grandes “que pensábamos, ignorantes, que nunca se acabarían”. Al poco tiempo, Carlos reunió el suficiente dinero para comprarse un equipo de buceo, ya no como el de su padre, sino de los modernos, y un bote. Ahora era microempresario, alquiló una casa con baño y el negocio iba cada vez mejor. Otros invirtieron también. Salvador Ureta, más conocido como Colocolo, también compró botes y equipos de buceo, se transformó en empresario y daba trabajo a otros compañeros. Los barcos salían a la playa cada vez más llenos de machas, hasta que los bancos, que parecían inagotables, un día se acabaron.

Carlos y unos pocos otros compañeros eran los únicos que habían completado los estudios en la escuela. Los hombres mayores de la caleta habían decidido que los más letrados, debían ser los dirigentes del sindicato que en 1987 decidieron crear. Carlos, como secretario, y Eugenio Silva, como presidente, organizaron entonces la caleta. “Habíamos entendido que existía lo que hoy llamamos sobrepesca” y por intuición, sin más estudios que lo aprendido bajo el agua, se autoimpusieron cuotas de extracción para que la poblaciones de machas se pudieran recuperar. También construyeron un área de manejo para cultivar y cosechar recursos, locos principalmente, de manera sustentable.

Además, como recurso alternativo, decidieron sembrar pelillo en una nueva área de cultivo. Justo en la bahía, frente a la empresas que ya por esos años habían aumentado, pero que eran ignoradas por los pescadores, concentrados en sus proyectos pesqueros. “Nosotros estábamos enfocados en nuestro negocio. No nos preocupábamos por lo que hicieran o dejaran de hacer las empresas. No sospechábamos nada de lo que ocurriría”, recuerda Carlos en la caminata que nos lleva hacia el desaguadero de aguas servidas que cae, directo al mar, sin tratamiento alguno.

El pelillo, un alga conocida también como el oro negro, crece abundante en los mares del sur del país. Con el respaldo de la Universidad Católica de Valparaíso habían hecho los estudios y comprobado que todas las condiciones estaban dadas para poder reproducirlo. Sin embargo, el pelillo no se afirmó al fondo marino y el proyecto no funcionó. “Después supimos que los metales pesados que habían en el fondo funcionaban como alguicidas y que por eso perdimos el alga. Cuando eso pasó, como éramos testarudos, decidimos sembrar en la columna de agua ostras japonesas, choritos y ostiones”.

Era 1996 y con el apoyo de una ONG alemana consiguieron los recursos para instalar las líneas de cultivo, con las boyas, las linternas y las semillas. Los pescadores pusieron el trabajo: las horas de buceo, de mantención y los gastos de operación -como el combustible de los botes. Los mariscos comenzaron a crecer, así como el negocio y también los piures que se adosaron, solos, a las líneas de cultivo. A los cuatro años, los pescadores producían unas 5.500 ostras. El mercado era aún pequeño, pero el proyecto era escalable y la mira estaba puesta en producir un millón de unidades. Esa era la apuesta de la inversión que comenzaba a dar frutos. La ostra japonesa era el producto estrella.

Un día Carlos fue a Horcón, una caleta de pescadores ubicada a pocos kilómetros más al norte. Allá sus colegas también cosechaban ostras japonesas y cuando las vio se quedó sorprendido. “El color no era el mismo que las que teníamos nosotros. La nuestras era más verdosas”.

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Los años negros

 

En 2000 el Servicio Nacional de Salud cayó sobre las ostras japonesas verdes y los demás recursos del cultivo con la prohibición absoluta de comercializarlos. La razón: contaminados con metales pesados y coliformes fecales.

“Fue una época oscura, muy triste”, dice Carlos y casi se le quiebra la voz. El trabajo duro de años y la inversión quedaron reducidos a nada. “Todavía teníamos el área de manejo ¡pero quién nos iba a comprar! Fue la miseria más grande”. El negocio con la empresa conservera que compraba las lapas, también contaminadas, se acabó. Los turistas salieron espantados a colonizar nuevas bahías donde vacacionar. Sin público, los restaurantes cerraron y sin trabajo, los pescadores se emplearon en las empresas. Muchos emigraron. Carlos armó su maleta ese mismo año, se despidió de su mujer y de sus tres hijos y se fue al sur.

En Puerto Montt, una comuna al sur de Chile, a más de mil kilómetros de Ventanas y poco más de 12 horas de viaje por carretera, Carlos comenzó a trabajar como buzo para una empresa salmonera. Durante 10 años trabajó 24 días por seis de descanso y los últimos seis años, 20 días por ocho de descanso. En cada pausa, Carlos subía a un bus para regresar a Ventanas, donde había quedado su familia, y luego regresaba una vez más a Puerto Montt. “Fue así hasta que mis hijos terminaron los estudios. Todos profesionales” dice y se le infla el pecho.

Sentado frente a un televisor, Carlos miraba, desde la impotencia de la distancia, la furia de sus compañeros cuando en mayo del 2014 bombardearon con jaibas a la empresa Codelco e incendiaron los botes gritando que ¡hasta cuando!

Una investigación realizada por la organización de conservación marina Oceana y el laboratorio GCL de Fundación Chile, había realizado muestreos en almejas, lapas, locos y jaibas. El 100% de las especies estaban contaminadas con cobre, arsénico y cadmio. Los índices más altos estaban en los locos del área de manejo de los pescadores de Ventanas con cinco veces más cobre y cuatro veces más arsénico que lo que permite la normativa chilena. Además de y 5 veces más cadmio que lo que permite la norma europea. Las jaibas también tenían cuatro veces más cobre y arsénico que lo que se permite en Chile y mucho más de lo que dictan las normas internacionales.

Pero de nada sirvió la indignación de los pescadores. Cuatro meses después de las protestas, 38.700 litros de petróleo fueron vertidos al mar, según un informe de la Gobernación Marítima, luego de que se rompiera una conexión entre uno de los buques y el terminal de puerto. Un segundo derrame ocurrió en agosto de 2015, mientras otro buque reponía combustible. Cerca de 500 litros cayeron entonces al mar y en 2016, otro desastre se sumaba a la lista cuando una nave filtró aceite decantado (slurry oil) por el desprendimiento de un tubo de acero revestido. Los tres accidentes ambientales fueron responsabilidad de la Empresa Nacional del Petróleo (ENAP).

Casi un año después del derrame ocurrido en 2014, el Instituto de Fomento Pesquero comenzó a realizar una investigación sobre los impactos del accidente en los recursos marinos. La conclusión fue que “en general, no se encuentró evidencia que las poblaciones locales de las especies principales de las áreas de manejo hayan sido afectadas de manera directa por algún evento de perturbación ambiental específico como el derrame de petróleo”.

Organizaciones ambientales denunciaron que la metodología del estudio presentaba graves irregularidades partiendo por el casi un año de desfase con el que se había realizado. Sin embargo, las denuncias no lograron cambiar lo que el papel decía ni tampoco se iniciaron nuevos estudios.

Tras 16 años de exilio, como le gusta a Carlos llamar a esa etapa de su vida, volvió a Ventanas a intentar, junto a los demás pescadores, revivir el área de manejo. Un pedazo de mar que intenta sobrevivir a pesar de todo. Hoy, es el presidente del sindicato.

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El regreso y los años, hoy

 

El loco es el marisco que los pescadores cultivan, preferentemente, en ese espacio. “Un lugar sagrado” lo define Carlos, donde también han destinado un área para una reserva no extractiva, con la que buscan impulsar la biodiversidad del área de manejo. Lo combinan con huiros, algas marinas que arrancan con chuzos en un trabajo difícil y agotador, y con la pesca de merluza aunque es escasa y ahora, durante el mes de septiembre, está en veda.

El resto de los ingresos viene de los 30 mil pesos –unos 43$USD- que AES Gener y Puerto Ventanas paga a los pescadores, por día de trabajo, para que recojan con palas el carbón que el mar arroja sobre la arena. “Un incentivo para que reclamemos menos” dice uno de los pescadores recolectores, que prefiere no decir su nombre “porque mi hijo trabaja en la empresa”.

Carlos nunca ha querido recoger el carbón. Es “como una cosa de orgullo” dice. Prefiere hacer otros trabajos, también pagados por la empresa, como recoger las algas del estero Campiche y limpiar el borde costero. También trabaja como buzo comercial reparando barcos y muelles. Pero el pescador que no ha querido decir su nombre no tiene opción. La pesca de huiros no vale el sacrificio del trabajo pesado y ha decidido no salir por un tiempo. 60.000 pesos por 500 kilos de alga, 87$USD, repartidos entre cuatro personas en una jornada entera de trabajo. Eso, sin contar el costo del combustible, unos 12.000 pesos menos.

El 21 de agosto pasado, los habitantes de las comunas Quintero y Puchuncaví, empezaron a llegar, entre vómitos y desmayos, al hospital. Los primeros en llegar fueron 50 niños y dos adultos de tres colegios que fueron evacuados rápidamente. A finales de esa semana, fueron un total de 408 personas intoxicadas, según la Dirección Regional en Valparaíso de la Oficina Nacional de Emergencia. La causa: niveles por sobre la norma de 120 gases detectados en el aire, por los monitoreos realizados por el Ministerio de Medio Ambiente. Entre ellos, el Meticloroformo, un líquido volátil prohibido, desde 2015, en Chile y en otros países del mundo.

 

El 4 de septiembre, un segundo episodio de intoxicación afectó a otras 100 personas. Dos días más tarde, las autoridades ambientales entregaron su veredicto tras la investigación puesta en marcha para encontrar a los responsables: “Esta Superintendencia ha llegado a la siguiente determinación: formular cargos a la empresa ENAP Refinerías S.A., (…) por la utilización del sistema de tratamiento de sus residuos industriales líquidos en condiciones distintas a las aprobadas ambientalmente”. La empresa rechazó las acusaciones y anunció que recurrirá a “todas las acciones legales y derechos que le corresponden para demostrar que no tiene vinculación alguna con los hechos que se le imputan”.

Mientras tanto, la venta de locos se ha detenido una vez más. Nadie quiere comer mariscos de la caleta de Ventanas, “el Chernobyl chileno” como la llaman. Ni siquiera la empresa que compra los huiros quiso llevarse la última cosecha. Y todo ese día de trabajo está ahí tirado sobre la arena. Los pescadores pasan de la rabia a la resignación de vivir en una versión grisácea de lo que alguna vez fue el pueblo que los vio crecer. “Será que nos vieron como el basurero, como el patio trasero… yo no sé cómo nos vio el Estado” dice Carlos y se acalora. Luego dice, como siempre que eso le pasa y sube el tono de su voz, “mi padre murió con rabia profunda hacia estas empresas… ni te imaginas lo que decía contra estos canallas. Esa rabia, cuando murió, me la pasó a mi”.

Foto portada: Michelle Carrere

 

 

 

 

 

 

Artículo publicado por michelle
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