Pero no es el único padecimiento que ha vivido la zona. El Anillo Rojo, que es diseminado por un insecto conocido como picudo (Rhynchophorus palmarum), también ataca a la planta de aceite y a otros cultivos como el chontaduro. “En condiciones naturales es muy fácil que la palma controle ese proceso, pero cuando están en un área reducida ─pues una hectárea puede tener 1000 palmas de una misma especie─, es más probable que se propague. Muchas de las especies nativas empezaron a manifestar la enfermedad con más frecuencia”, explica Giovanny Ramírez, subdirector del Instituto de Investigaciones Ambientales del Pacífico (IIAP).

Y es que todo monocultivo es un detonante para las plagas, sobre todo en una región tan biodiversa como el Pacífico. Es así como esos bichos que afectan, en este caso, a la palma de aceite, también terminan perjudicando a otros cultivos. William Tolosa Montaño, ingeniero agrónomo y profesional de Investigación de Agrosavia, la Corporación Colombiana de Investigación Agropecuaria, antes conocida como Corpoica, cuenta que desde hace dos años descubrieron que el insecto Dynamis borassi, parecido a un cucarrón, que se sabía que afectaba a la palma aceitera, ahora también ataca al chontaduro. “Cuando te extiendes en un área muy grande y no diversificas, estás más expuesto a que te lleguen las enfermedades”, añade.

Aunque todos estos insectos tenían reportes desde hace más de 30 años, se han fortalecido desde hace poco. Hay quienes no dudan en responsabilizar de esa situación al monocultivo de la palma africana. Es el caso de Dalila España Solís, especialista en proyectos productivos y miembro del Consejo Comunitario Acapa, quien cree que el Rhynchophorus palmarum acabó con el chontaduro de la región. “Ese picudo busca llegar al palmito, el corazón de la palma, y cuando se lo come, la acaba completamente”, explica y, al mismo tiempo, resalta que estos insectos se están propagando porque se ha acabado con sus hábitats, como los bosques de la palma naidí, que crecen en zonas húmedas inundables.

Para ella, la clave está en sembrar diversidad y tener modelos agroforestales que permitan hacer control biológico. Cree que el monocultivo es enemigo del medioambiente y no es sostenible en el tiempo. “Todo esto sin contar que la palma africana es exigente en fertilizantes y ocasiona otro tipo de daños”, explica.

Este último punto también lo comparte Giovanny del IIAP, sobre todo después de estudiar el daño que ocasionó la palma de aceite en las comunidades de Curvaradó y Jiguamiandó, en el departamento de Chocó, en donde los habitantes fueron desplazados por grupos paramilitares y empresas (no vinculadas al gremio de palmeros colombianos, Fedepalma) que llegaron a sembrar el cultivo y que, ahora, están en procesos de restitución de tierras ─un programa estatal que pretende devolverle sus tierras a las víctimas del conflicto armado en Colombia─. Al investigar ese caso, Giovanny comprobó que los químicos que usaban para manejar el cultivo mataron muchos de los polinizadores de otras plantaciones, como abejas y escarabajos, que garantizaban el funcionamiento de los cultivos de plátano, banano y chontaduro.

Celso Tenorio, presidente de la junta directiva de Palmasur, la organización que reúne a los pequeños productores de palma de aceite de Tumaco, no cree que su plantación afecte tanto al medioambiente como dicen algunos. “Nosotros le hacemos un tratamiento a la palma con fertilizantes para no deteriorarla y que no cause daño. Hay otros cultivos que son más contaminantes, como los de uso ilícito”, dice, y deja claro que la llegada de esta planta en Tumaco “mejoró los ingresos de las personas” y “no desplazó” poblaciones, como ocurrió en otros lugares de Colombia.

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Una palma bañada en dolor

 

Mientras en Tumaco la bonanza de la palma aceitera llegó a ser una esperanza para muchos; en Chocó llegó con desplazamiento y muerte. Allá, a finales de los 90, el grupo paramilitar Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) se encargó de despojar las tierras de los habitantes de las cuencas de los ríos Jiguamiandó y Curvaradó, mientras varias empresas palmeras, como Urapalma S.A., se beneficiaban de la violencia para apropiarse de los territorios de las comunidades afrodescendientes e implantar su modelo productivo.

Jens Mesa Dishington, director de la agremiación que reúne a los palmicultores, Fedepalma, asegura que este caso fue ajeno al sector y que siempre estuvieron al margen. “En Fedepalma nos sorprendimos tanto como muchos colombianos de esos desarrollos en este departamento.  En su momento, cuando tratamos de averiguar, pudimos establecer que estos cultivos se estaban adelantando por personas y capitales muy poco claros”, aclara.

Los nexos del paramilitarismo con los empresarios fueron comprobados por las autoridades y poco a poco han ido capturando a los responsables de este atroz episodio, que se terminó convirtiendo en uno de los emblemas del desplazamiento forzado en el país. Tan solo el año pasado, el Tribunal Superior de Medellín condenó a 10 años de prisión al socio de Urapalma, Antonio Nel Zuñiga, por sus vínculos con las AUC. Ahora, esas más de 100 000 hectáreas del Bajo Atrato chocoano deben regresarse a las comunidades negras y se encuentran en procesos de restitución de tierras.

Por más que pase el tiempo y las comunidades chocoanas intenten olvidar esa época lúgubre, el daño ambiental que ocasionó la palma les recuerda nuevamente toda la película. Esa plantación llegó a una tierra en la que no tenía cabida: un lugar de ciénagas y ríos que tuvieron que intervenir y que desencadenó un secamiento de los ecosistemas, que pertenecen a bosques cenagosos e inundables.

“La palma necesita suelos bien drenados, y los del Bajo Atrato son demasiado saturados de agua. Tuvieron que bajar 6, 7, hasta 12 metros para hacer drenajes”, explica Giovanny Ramírez, a la vez que resalta que las empresas que se apropiaron de las tierras de Jiguamiandó y Curvaradó también “taponaron” caños y modificaron la dinámica hídrica de muchos cuerpos de agua. Fue así como muchas ciénagas se secaron; especies endémicas de fauna desaparecieron; y los químicos que usaban para tener la planta libre de hongos y enfermedades terminaron en los ríos, matando a los polinizadores de otros cultivos de pancoger.

Los bosques, como era de esperarse, se destruyeron. Eran tan grandes las extensiones de palma, que las empresas trazaron carreteras ilegales para movilizar los elementos de trabajo y poder comunicarse entre fincas. Un daño irreparable.

Como si todo esto fuera poco, Giovanny resalta que las enfermedades que afectan a la planta africana, también perjudicaron ─y casi acabaron─  con varios grupos de palma que se encuentran especialmente en la Costa Pacífica, como los ‘naidizales’, que son asociaciones casi puras de la palma naidí (Euterpe oleracea), y los ‘panganales’, conformados por la palma pangana (Raphia taedigera). El primer ecosistema prestaba muchos servicios ambientales para la fauna nativa, como dantas (Tapirus) y chigüiros (Hydrochoerus hydrochaeris); y el segundo era casi el principal hábitat de los monos aulladores (Alouatta seniculus) y otros mamíferos.

El experto explica también que el monocultivo hizo que, al igual que en Nariño, se aumentaran las poblaciones del picudo, el enemigo número uno de los cultivos de chontaduro. Esta fruta nativa “era muy importante en la agricultura de las comunidades étnicas, y para el caso de Chocó todas desaparecieron”, dice. Pero no fue lo más grave. El funcionario del IIAP explica que, un alto porcentaje de las comunidades que vivían del chontaduro, al no saber de qué iban a subsistir, se pasaron a la minería.

“En el caso de Chocó hay una relación directa entre la palma de aceite y la pérdida del chontaduro. Además de que se transformó el uso del suelo de la agricultura a la minería. El impacto ambiental es muy alto. La gran minería de Chocó, que se fortaleció desde 2006, se hace en el Alto San Juan, que era un territorio altamente productivo en chontaduro”, dice. Su afirmación la confirma Luis Gindrama, el consejero de la comunidad indígena Emberá de este departamento, quien agrega que apenas la palma se terminó, los grupos al margen de la ley que operan en la zona fueron los principales encargados de incentivar la minería ilegal.

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Tumaco: los que se resisten a desaparecer

 

“Cuando se fortaleció la palma de aceite en Tumaco prácticamente se acabaron 35 000 hectáreas de bosque que acogían fauna y flora de la región. Ahora se calcula que hay, apenas, unas 1000 o 1500 hectáreas de selva. Todo está deforestado. Ya no hay árboles nativos como el chanul (Humiriastrum procerum) y el tangare (Carapa guianensis)”, lamenta César Quiñones, del Alto Mira y Frontera. Dice, sin titubear, que esta es una de las pruebas de que el monocultivo “sí tiene consecuencias en el medioambiente”. Y este mismo punto lo resalta Gerardo Arteaga, coordinador del Centro Ambiental de la Costa Pacífica de Corponariño ─autoridad ambiental en Tumaco─, quien asegura que, aunque “no hay ningún impacto ambiental confirmado” que produzca específicamente la palma de aceite, sí es claro que la única gran afectación evidente es que el “bosque nativo ya no está en Tumaco”.

Pero la pérdida del bosque no se puede relacionar solamente con la llegada de la palma de aceite al Pacífico. La extracción de madera, la minería ilegal, la ganadería y los cultivos ilícitos también han tenido responsabilidad en esta catástrofe ambiental. El director ejecutivo de Fedepalma defiende su plantación y considera que, contrario a lo que dicen los miembros de los consejos comunitarios, la palma “ha entrado con posterioridad a recuperar esos suelos previamente degradados”.

Más allá de quién es el responsable, queda claro que restaurar los bosques debe ser una de las prioridades de las autoridades ambientales. En Agrosavia tienen un jardín en el que trabajan para recuperar esas especies nativas de flora que están en peligro de extinción y que son importantes para el ecosistema. Se espera que el próximo año puedan entregar unos 50 000 árboles forestales.

A su vez, César Quiñones resalta que en los territorios donde se murió la palma y no se ha vuelto a sembrar, han emergido rastrojos naturales que están permitiendo que algunas especies de fauna, así sean pocas, retornen al territorio, como el venado (Odocoileus virginianus tropicalis), el tatabro (Tayassu pecari), el saíno (Tayassuidae), el guatín (Dasyprocta fuliginosa), y el conejo (Oryctolagus cuniculus). Ver nuevamente los animales, así sea “uno que otro”, les da un cierto empuje que los hace creer que van por el camino correcto.

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Chontaduro y cacao toman fuerza

 

Los pequeños productores de palma de aceite de Tumaco que se vieron afectados por la enfermedad de la Pudrición del Cogollo (PC) aprendieron de sus errores: ahora optan por no invertir todos sus esfuerzos en este monocultivo. Para ellos, es importante mantener la diversidad característica del Pacífico.

“Después de vivir esa época tan dura que acabó con toda la palma, se recomendó a la gente no colocar los huevos en un solo canasto. Creo que aprendimos la lección y la idea ahora es diversificar y tener plátano, cacao o chontaduro. De tal manera que, si alguien tiene 10 hectáreas de tierra, las distribuya y en algunas tenga palma de aceite y en las restantes otros cultivos”, cuenta Celso Tenorio, de la junta directiva de Palmasur.

El miedo a la propagación de enfermedades ha hecho que los tumaqueños opten por regresar a lo propio ─así sea de a poco─. William Tolosa, ingeniero agrónomo de Agrosavia, cuenta que, mientras antes en Nariño se reportaban solo 54 hectáreas de chontaduro dispersas, ahora calculan la existencia de unas 254 en este departamento. La meta cercana, dice, es entregar en Tumaco unas 60 000 plantas de ese fruto para febrero del próximo año, así como unas 350 000 de cacao.

Este último cultivo parece ir de viento en popa. Liliana Obregón, jefe de la Unidad Técnica de Fedecacao, la federación que reúne a los cacaoteros nariñenses, explica que actualmente hay unas 17 600 hectáreas de cacao en Tumaco, que están beneficiando a unas 5000 familias de manera directa y a otras 1000 indirectamente. Tiene la esperanza de que se pueda aplicar pronto un paquete tecnológico que permita incrementar la producción ─que ahora alcanza los 200 kilos por hectárea al año─ y hacer de este negocio una alternativa de progreso.

Aunque queda mucho camino por recorrer, este cultivo se torna seductor. Tanto así que, de los 900 productores de palma de aceite que estaban en el Alto Mira y Frontera, 500 decidieron reactivar el cacao y combinarlo con chontaduro y algunos árboles frutales. Esperan que el aumento de estas plantaciones fortalezca la imagen de que en Tumaco se produce el mejor chocolate del mundo y se le vaya quitando protagonismo a la coca, que hasta el año pasado tenía 19 517 hectáreas cooptadas en ese municipio ─según el más reciente informe de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC)─. No la tienen fácil, pero ya tienen terreno ganado. Hace tres años, el Salón del Chocolate de París galardonó a 900 cultivadores de este “alimento de los dioses” con el sello Cocoa of Excellence, que lo reconoce como el mejor del mundo. El sueño es mantener el título.

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Cultivos prometedores

 

En Fedepalma no bajan la guardia y siguen trabajando para convertir a la palma africana en un cultivo más resistente a las enfermedades. Según el director, esta actividad agrícola tiene ahora “un manejo agroforestal” y un “mejoramiento genético” con especies del continente americano, como la Elaeis oleífera. Estos híbridos son la apuesta para hacerla más resistente y les quita, según dicel, este título de “monocultivo”.

Pero ahora es la población en Tumaco la que mira con cierta desconfianza esta prometedora plantación. “El sector palmero quiso, después de la crisis, reavivar de forma rápida la planta y les vendieron a las comunidades unos híbridos. Hoy en día, después de cinco o seis años que se deberían ver los resultados, se dan cuenta que no son tan buenos como esperaban. Muchas familias están decidiendo erradicarlos completamente”, dice César, del Consejo de Alto Mira y Frontera.

Y mientras el gremio palmero trabaja en mejorar la palma para que sea más productiva, los cultivos tradicionales no se quieren quedar atrás. William Tolosa, de Agrosavia, cuenta que mientras hace dos años en Tumaco se observaba un solo punto de venta de chontaduro, ahora hay unos seis. “Ya se ven más de 40 ‘platoneras’ vendiendo la fruta en las calles, antes se veían escasamente unas 10”, dice Tolosa, al referirse a esas mujeres que durante años han trabajado en la venta de esta fruta.

Además de este cultivo o del cacao, hay otras plantaciones que están esperando ser aprovechadas. Son nativas y poco a poco están disminuyendo. El administrador ambiental Nixon Arboleda, que ha trabajado en las universidades del Valle y del Pacífico, nombra la palma de seje o también conocida como “mil pesos” (Oenocarpus bataua), que es fundamental para el equilibrio del ecosistema ─pues de ella se alimentan diferentes especies de roedores─ y puede producir, según él, un aceite de mejor calidad que el de oliva.

También está la tagua (Phytelephas), conocida como el marfil vegetal, una palma que hace 40 años fue una de las más representativas de Tumaco, cuando las comunidades comercializaban productos como los botones de tagua, tanto al interior como fuera del país. Actualmente no hay personas que vivan de esta plantación ni existe un comercio establecido.

Y por último, no se podía pasar por alto la palma naidí (Euterpe oleracea), que crece en zonas húmedas inundables y presta servicios ecosistémicos ambientales para la fauna nativa del Pacífico. Esta planta, que brinda un aceite de fina calidad y genera un “súper fruto” silvestre llamado açaí, cada vez gana más adeptos por sus propiedades y vitaminas. Brasil es el principal productor de la fruta y tiene un consumo interno que alcanza las 6000 toneladas de pulpa anuales. En Colombia, según un artículo de la Universidad de los Andes, la mayor empresa productora se llama Corpocampo, tiene sembradas aproximadamente 5000 hectáreas entre Buenaventura (Valle) y Putumayo y cuenta con tres plantas de producción en Tumaco (Nariño), Guapi (Cauca) y Puerto Asís (Putumayo).

“Los cultivos de açaí en el Pacífico son un ejemplo de desarrollo sostenible para el agro colombiano. (…) Este cultivo no es agresivo con la selva nativa, puesto que sustituye modelos como la ganadería u otros cultivos extraños a la región, en los cuales es necesaria la deforestación”, resalta la Universidad de los Andes, al mismo tiempo que hace un llamado para fortalecer su producción en el país.

Sin duda, la palma africana deslumbró en este territorio azotado por la violencia y les permitió a los campesinos soñar con un anhelado desarrollo. Ahora la experiencia les está enseñando a volver a lo propio, a retomar las raíces y a luchar porque lo nativo se vuelva productivo. Tienen una ventaja: saben que sus cultivos juegan de locales en una tierra que también debe restaurarse. “La palma africana puede parecer más rentable, pero el único cultivo que siempre se mantendrá vigente es el cacao. No se deja tumbar. Nosotros somos cacaoteros por tradición, y así nos mantendremos”, concluye Liliana de Fedecacao. Los expertos esperan que los demás gremios se empoderen de la misma forma.

*Foto de portada: Palmasur.

Artículo publicado por antonio
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