La costumbre se traspasó y el ingeniero apuesta a que si uno le pregunta a la persona más longeva del pueblo si sabe nadar, su respuesta será un rotundo no. A partir de esta paradoja surgió, entre los pescadores artesanales de Juan Fernández, una de las más importantes estrategias para conservar la Langosta (Jasus Frontalis), el principal y más emblemático recurso pesquero del archipiélago.

A fines de la década de 1980, fueron los propios isleños quienes propusieron que  las langostas solo fueran extraídas con trampas y no por medio del buceo. No querían que la gente foránea al archipiélago, que si sabía nadar, comenzara a cazarlas de esa manera y que perjudicaran así el recurso y la actividad económica que ya era tradicional de los isleños. Esta fue la primera de una serie de iniciativas que sorprendieron al Estado. Luego determinaron tallas mínimas en las langostas para evitar pescar las juveniles, establecieron vedas y restricciones respecto a quien puede extraer el recurso y solicitaron la declaración de áreas protegidas. Gracias a todo ese trabajo, hoy los isleños gozan de una importante certificación de sustentabilidad que le da valor agregado a sus productos.

Esta es la historia de cómo la organización y trabajo colectivo de los habitantes de Juan Fernández ha logrado proteger uno de los laboratorios naturales más prístinos de Chile.

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Los pescadores se organizan

 

Estas islas oceánicas chilenas poseen más plantas endémicas por kilómetro cuadrado que cualquier otro sistema insular en el mundo.

Juan Fernández, lugar que fue portada de diversos diarios internacionales luego de que fuera duramente golpeado por el tsunami de 2010, también es conocido por su apetecida langosta que es principalmente exportada a los mercados de Europa y China.

“Los habitantes de la isla Robinson Crusoe basan principalmente su economía en la pesca. Esta representa el 75 % de la actividad económica”, comenta Manríquez, quien es parte del equipo de la Universidad de Concepción que, desde el 2006, realiza un monitoreo biológico de las pesquerías del archipiélago Juan Fernández e islas Desventuradas.

Daniel González, presidente del sindicato de pescadores de la isla Robinson Crusoe, asegura que, en total, cada año se capturan entre “80 000 y 90 000 langostas por temporada de pesca”. Estas cifras lo convierten en el recurso más explotado, seguido del cangrejo dorado (Chaceon chilensis) y luego de peces como la breca (Pagellus erythrinus) y la vidriola (Seriola lalandi).

A pesar de la gran cantidad de langostas que son recolectadas cada temporada, esta pesquería ha logrado mantenerse saludable gracias a la organización de los pescadores que se han autoimpuesto reglas para proteger el recurso. La primera de ellas fue establecer las trampas de madera como la única arte de pesca con la que pueden ser capturadas las langostas. Guillermo González de Rodt, integrante del sindicato de trabajadores independientes pescadores de Juan Fernández, explica que fue en la década de 1940 que empezaron a pescar con jaulas por ser más sustentable.

Al contrario de la técnica de buceo, con la que las langostas pueden ser atrapadas incluso estando en sus escondites, las trampas son más selectivas puesto que con ellas no se persigue el recurso y además tienen medidas de abertura para que las más pequeñas puedan escapar. “Esta trampa de madera es así porque nosotros podemos sacarla hacia la superficie de la embarcación y podemos elegir las pequeñas [para devolverlas al mar] y las grandes de tamaño comercial”, recalca el dirigente. Además agrega que si la jaula se queda enganchada en el fondo marino o se traba, al ser de madera se degrada en un período máximo de tres meses, evitando que se contamine el fondo marino.

Luego, se estableció también que los únicos autorizados para pescar este recurso bajo el sistema de marcas son los pescadores artesanales residentes de la isla. Esto último, según explica González, “son puntos geográficos [establecidos] en el mar que se heredan de nuestros abuelos y van pasando de generación en generación. En algunos casos el dueño de la marca se la traspasa a la persona que lo acompañó hasta los últimos días de su vida en la pesca”.

Los pescadores solo pueden usar embarcaciones relativamente pequeñas capaces de calar o recoger unas pocas trampas por día. También se autoimpusieron una veda de cuatro meses y medio, y una talla mínima legal, que establece que el caparazón de la langosta capturada no puede ser menor a 115 mm. Esto último fue idea de Francis Green, un escocés que se asentó en la isla Robinson Crusoe al enamorarse de su belleza y de una isleña. Germán Recabarren Green, familiar directo de Francis, cuenta que el escocés se percató de que una conservera francesa, que por esos años pescaba en la zona, extraía las langostas de manera indiscriminada. Fue así que incitó a los pescadores del archipiélago a solicitar al Estado una regulación que incluya que las hembras con huevos fueran devueltas al mar, así como las que tenían una talla inferior a lo estipulado.

Las medidas en seguida trajeron buenos resultados y, en 2015, la pesquería de langosta alcanzó la certificación del Marine Stewardhip Council (MSC). Con ello, las langostas pasaron a llevar una ecoetiqueta azul, sello que demuestra que provienen de una fuente ambientalmente sostenible y bien gestionada. La certificación del MSC fue un logro significativo pues las langostas de Juan Fernández se unieron a un selecto grupo de 248 pesquerías certificadas en el mundo que están ayudando a garantizar ecosistemas marinos saludables para el futuro.

Sumado a todo esto,  los pescadores artesanales en 2003 solicitaron al Servicio Nacional de Pesca (SERNAPESCA), organismo en Chile encargado de ejecutar la política pesquera y fiscalizar el cumplimiento de las normas, que designara un fiscalizador para que todas las medidas autoimpuestas se cumplan a cabalidad. “En gran parte de las caletas del continente no desean este tipo de medidas”, enfatiza Manríquez.

Este grupo de buenas prácticas pesqueras llevaron a que el Estado ratificara y validara el camino que esta comunidad había trazado, con la creación de zonas marinas protegidas.

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Los años de destrucción

 

¿Cómo podemos cuidar nuestros recursos si viene gente de otras partes a pescar frente a nuestros ojos?, fue la pregunta que se hicieron los habitantes de la comunidad local de Juan Fernández, a principios de 2000, cuando miraban con impotencia cómo la zona marina que tanto habían cuidado estaba siendo devastada.

A fines de los noventa, el gobierno aprobó una medida que permitió que pesquerías foráneas industriales trabajaran con el método de pesca de arrastre en los montes submarinos de toda la cordillera de Juan Fernández, para pescar exclusivamente dos dos especies muy cotizadas: el Alfonsino (Beryx splendens) y el Orange Roughy (Hoplostethus atlanticus).

Poco a poco, los pescadores artesanales del archipiélago comenzaron a ver mermados sus recursos. Andrés Salas, dirigente de los pescadores de Juan Fernández, cuenta que la pesca del cangrejo dorado, un recurso que se extraía cerca de la zona donde operaba la flota industrial, se vio fuertemente afectada. «Nos cortaban las trampas que teníamos caladas y se vio disminuido drásticamente el recurso del bacalao de Juan Fernández”.

Manríquez recuerda que se podía ver desde el poblado de la isla Robinson Crusoe a una veintena de buques industriales pasando de un lado a otro. “Las redes que utilizaban esas embarcaciones arrasaban con las colonias de corales, algas y peces como la vidriola y el cangrejo”, dice.

Salas destaca que hoy en día con la protección de las reservas marinas han podido observar que la biomasa ha aumentado considerablemente en esas zonas afectadas.

Si bien los pescadores recuerdan este hecho con tristeza, reconocen que también generó una mayor consciencia entre la comunidad local sobre la necesidad de proteger los ecosistemas marinos. Así comenzó un largo camino de peticiones, reuniones y trabajo local aguerrido para conseguir que se crearán áreas marinas protegidas.

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El trabajo para crear áreas protegidas

 

La historia se remonta al año 2004, cuando un grupo de investigadores de la Universidad de Concepción, interesados por la problemática pesquera del lugar, arribó a la isla Robinson Crusoe para apoyar a los pescadores artesanales. Hasta ese entonces los isleños no contaban con ningún sistema de registro formal que diera cuenta de su producción pesquera, por ende, no tenían cómo dar cuenta del daño que la flota industrial estaba provocando. “Se calculó cuánto, cómo, dónde y qué extraía anualmente del mar el gremio pesquero artesanal”, señala Manríquez, agregando que posteriormente el informe fue presentado a la Subsecretaría de Pesca (SUBPESCA), el organismo público encargado de regular y administrar la actividad pesquera y de acuicultura.

En 2009, la organización de conservación marina Oceana logró una histórica reforma a la Ley de Pesca que prohibió la pesca de arrastre de fondo en los ecosistemas marinos vulnerables, incluyendo el cierre precautorio de todos los montes submarinos. Con ello, la pesca industrial se retiró totalmente de la zona. Matthias Gorny, director de ciencias de Oceana, cuenta que fueron a filmar y documentar la biodiversidad en las cimas de los dos montes submarinos más cercanos a la isla Robinson Crusoe (JF1 y JF2) tras el retiro industrial. “En primer lugar se observaron fondos completamente arrasados por los arrastres, verdaderos desiertos que no presentaban ningún coral de mayor tamaño, habitantes muy comunes y frecuentes en las cimas de los montes submarinos. Tampoco vimos ejemplares de alfonsino o del orange roughy, los peces objetivo de la pesca de arrastre”, dice Gorny.

El experto explica que junto con la sobreexplotación de estas especies —que fue confirmada por la misma industria pesquera— al destruirse los corales del fondo marino se arrasó con el hábitat del alfonsino o del orange roughy por lo que “simplemente desaparecieron de la cima de estos montes”. Gorny agrega que también les llamó la atención la escasez de “depredadores tope” como tiburones o bacalaos, registrándose tan solo cuatro ejemplares de tiburón de profundidad (Squalus mitsukurii), “otro índice muy claro de que el ecosistema de estos montes fue intervenido”, concluye.

Tras la reforma que vino a apoyar la gestión de protección de aquellos ecosistemas marinos, el gremio de pescadores artesanales comenzó a fortalecer su gestión buscando apoyo en la ciencia y lo encontraron en una destacada académica y científica de la Universidad Católica de Chile, Miriam Fernández, quien formuló el proyecto para la creación de la primera área marina protegida.

“Tras varias conversaciones con SUBPESCA recibimos un fondo de protección ambiental para realizar una consulta ciudadana, que pretendía aclarar el real compromiso de la comunidad fernandeziana con el cuidado del mar”, cuenta González. Los resultados fueron sorprendentes. La encuesta arrojó que el 98 % apoyaba la idea de crear un área marina protegida. “Ese proceso socializó el tema y el estudio de monitoreo biológico y pesquero realizado por la Universidad de Concepción desde 2006 ayudó a que el Estado nos tomará en cuenta”, agrega.

Finalmente, en 2014, se dictaminó proteger  12 000 kilómetros cuadrados de mar. Ese espacio está conformado por cinco parques marinos que gozan del máximo grado de protección y por un Área Marina Costera Protegida de Múltiples Usos (AMCP-MU), donde solo es posible desarrollar actividades productivas que sean sustentables. Esa AMCP-MU fue bautizada por la comunidad como como Mar de Juan Fernández.

En 2017 la AMCP-MU Mar de Juan Fernández se amplió alcanzando un tamaño de 24 000 kilómetros cuadrados y, además, se creó el parque marino Mar de Juan Fernández de 262 mil kilómetros cuadrados, donde solo es posible realizar investigación, observación y turismo regulado.

El atún de aleta azul del sur (Thunnus maccoyii), el tiburón marrajo dentudo (Isurus oxyrinchus), el tiburón azulejo (Prionace glauca), tortugas marinas (Dermochelys coriácea) y ballenas viven en el parque marino Mar de Juan Fernández.

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Más áreas protegidas: las Islas Desventuradas

 

Desde inicios del 1900, los isleños de la isla Robinson Crusoe practicaban, temporalmente, la pesca a pequeña escala en las islas San Ambrosio y San Félix, llamadas Las Desventuradas, al norte del Archipiélago Juan Fernández. Fue ese mismo grupo de pescadores artesanales que solicitó al Estado, en 2014, que también protegiera esas aguas pues pescadores foráneos venían constantemente a extraer albacora (Xiphias gladius).

La declaración de la nueva zona protegida, bautizada Parque Marino Nasca-Desventuradas, fue posible gracias a la colaboración entre Pristine Seas de National Geographic y la ONG Oceana. Las Desventuradas, que son forma parte de la dorsal de Nasca y que se extiende desde Perú hasta la isla de Pascua, se hallan en un entorno oceánico excepcional, capaz de albergar a la vez especies tropicales y de aguas templadas. Su aislamiento explica que buena parte de estas especies sean endémicas.

Oceana señala que lugares como Juan Fernández, Desventuradas o Rapa Nui destacan por su alto grado de endemismo, es decir, presentan especies que viven solo alrededor de cada isla y en ningún otro lugar del mundo. “Si ellas desaparecen de ahí, significa una pérdida para siempre”, recalca Gorny y agrega que el archipiélago tiene la mayor abundancia de peces costeros endémicos del mundo alcanzando un 98 %. Además, “luego de nuestras expediciones pudimos determinar que los fondos costeros del archipiélago albergan una gran biomasa de peces”. Por cada hectárea en Robinson Crusoe existen 2,3 toneladas de peces. Estos valores, que son similares a los observados en las Islas Desventuradas, son incluso superiores a los reportados en emblemáticos lugares como Rapa Nui.

Con el Parque Marino Nasca-Desventuradas y las otras áreas marinas creadas anteriormente en el archipiélago, Chile creó la segunda mayor reserva marina de todo el continente americano, subraya Manríquez. El país pasó así a ocupar el quinto lugar en el mundo en materia de conservación de océanos contribuyendo al cumplimiento de las metas Aichi que instan a todos los países firmantes a proteger el 10 % de sus mares para el 2020.

Alex Muñoz, director para América Latina del proyecto Pristine Seas de National Geographic, asegura que la comunidad de Juan Fernández tiene una vocación excepcional para el cuidado del medio ambiente. “Fueron pioneros en el mundo en el manejo de la langosta en los años 30 del siglo pasado, cuando nadie se preocupaba por la sustentabilidad”, explica y agrega que “gracias a la conciencia y voluntad de los pescadores, del sector turismo y de las ONG pudimos lograr la creación de los dos parque marinos más grandes de Latinoamérica”

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Lo que queda por hacer

 

En 2019, el Núcleo Milenio de Ecología y Manejo Sustentable de Islas Oceánicas (ESMOI), que es parte del grupo Milenio, un programa del Ministerio de Economía, Fomento y Turismo que fomenta el desarrollo de centros de investigación de excelencia en el país, se adjudicó la licitación para ejecutar el plan de administración del AMCP-MU y los cinco parques marinos, más el parque Marino Mar de Juan Fernández.

Katerina Varas, integrante de ESMOI, explica que el reglamento de parques y reservas marinas de la Ley de Pesca ya tiene definido un plan de administración que contempla reglas de cómo funcionará el área protegida. Agrega que en ese proceso es fundamental la generación de indicadores. Por ejemplo, los indicadores biofísicos (si disminuyen o aumentan especies) y los socioeconómicos o de gobernanza.

La investigadora señala que se está realizando un ejercicio participativo que involucra a la comunidad local, a través de mesas de trabajo, reuniones y encuestas. “Algunas veces nos hemos reunido en la sede de los clubes deportivos y compartimos un café para hacerlo más ameno”, cuenta Jacqueline Vergara, dirigente de la agrupación de pescadores. Las capacitaciones son para todas las personas interesadas en participar y desarrolladas en un lenguaje sencillo, para “que todos podamos entender”, dice la isleña.

Las expectativas son altas. “La comunidad está tan bien organizada y es tan proactiva, que de seguro el plan comenzará a ponerse en marcha en los próximos meses”, dice Varas.

El cuanto al parque Marino Nazca Desventuradas, en 2017 se propuso un plan de administración que será gestionado por SERNAPESCA. Por ahora, sin embargo, no ha sido posible aplicarlo puesto que aún no ha sido aprobado.

*Imagen principal: Las jaulas de madera son el mecanismo más sustentables que encontraron los pescadores. Foto: Universidad de Concepción

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Artículo publicado por michelle
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