Sesenta y cuatro años después, en 2018, nuestros descubrimientos sobre los arrecifes de coral en Rongelap y Ailinginae tenían dos ejes: por una parte, descubrimos arrecifes superficiales y profundos prístinos, rebosantes de corales, peces, invertebrados y depredadores, no parecía haber señal de que esos arrecifes hubieran estado expuestos a un invierno nuclear; y por otra parte encontramos blanqueamiento de coral reciente causado por una ola de calor en 2014, que generó grandes franjas de desierto submarino en las que hay relativamente poca vida.

Nuestros descubrimientos fueron un shock, ya que contradecían lo que pensábamos que podía soportar un arrecife antes de desaparecer y nos pusieron ante la posibilidad de que el cambio climático puede ser peor que una lluvia nuclear para los arrecifes coralinos.

Google Earth image showing Bikini atoll
Imagen de Google Earth que muestra el Atolón Bikini.

El viaje a Rongelap y Ailinginae también nos hizo plantearnos nuevas preguntas sobre las diferentes pruebas con bombas atómicas que tuvieron lugar 100 kilómetros al oeste de Rongelap en el famoso atolón Bikini. La bomba de hidrógeno Castle Bravo es famosa por causar una columna enorme de radiación que envolvió Rongelap. Pero ocho años antes, en 1946, hubo otras dos explosiones nucleares, llamadas Able y Baker, que hundieron una flota de buques de guerra deliberadamente en la laguna de 594 kilómetros cuadrados de Bikini. Hoy en día, esos barcos yacen en el lecho marino a una profundidad media de 55 metros, fuera del alcance del buceo recreativo.

El impacto directo de las pruebas con múltiples bombas nucleares en los ecosistemas del atolón Bikini puede parecer obvio: se destruyó la vegetación de las pequeñas islas del atolón y quedaron cráteres de bombas de kilómetros de amplitud en el lecho marino de la laguna. Los niveles de radiación estaban por las nubes. Sin embargo, sorprendentemente, algunos arrecifes alrededor del atolón se han recuperado y ahora albergan casi tantas especies de coral como los que se estudiaron en los años previos a las pruebas con bombas.

¿Pero qué pasó con los buques naufragados? ¿Era posible que los barcos hundidos por las bombas nucleares se hubieran convertido en un soporte para nueva vida marina después de las pruebas con las bombas? En noviembre de 2018, volví a las Islas Marshall con mi equipo de buceadores técnicos para estudiar los buques de guerra más grandes que yacen fantasmales en el lecho marino.

Planeamos centrar la investigación en los corales duros, esos que forman estructuras calcáreas y pueden dejar arañazos en la rodilla de un buceador. Los corales duros crean la arquitectura de un arrecife al generar el hábitat tridimensional para todos los otros organismos, como peces e invertebrados, que, a su vez, atraen a depredadores como los tiburones. Los corales duros son a los arrecifes lo que los árboles son a los bosques: creadores de hábitat.

Para hacer el recorrido de 27 horas desde nuestro punto de entrada en el atolón Kwajalein hacia el norte hasta el atolón Bikini, fletamos un barco arrastrero con una tripulación experimentada y el equipo técnico necesario para respaldar las operaciones de inmersión. El largo viaje nos dio tiempo para preparar el equipo, las cámaras y los protocolos para la exploración, y para conocer a nuestros anfitriones. Un miembro marshalés de la tripulación había sido uno de los primeros en bucear entre los barcos hundidos a finales de los 80, pero nunca antes se habían llevado a cabo estudios por parte de ecólogos para determinar si los barcos llevaban acumulando coral desde su hundimiento hacía 72 años. El viaje era una nueva exploración para mi equipo y para la tripulación del barco.

Llegamos a Bikini con la luz de la mañana reflejándose en las aguas picadas de la laguna. En la distancia, pequeñas islas repartidas por el borde del atolón se alzaban con palmeras de un verde brillante contra el cielo azul. A medida que nos acercábamos al cementerio de barcos, detectamos trazas de fuel oil o aceite combustible que subía desde el fondo en forma de largas cintas brillantes y serpenteantes, una señal de que nuestra limitada visión superficial del paraíso tropical tenía que cambiar.

Una vez atracamos, trabajamos en las últimas preparaciones de nuestro equipo. Las inmersiones profundas requieren largas paradas de descompresión a 80, 70, 60, 50… hasta 10 pies (24 a 3 metros) de profundidad cuando se sube de nuevo a la superficie, lo cual limita el valioso tiempo de inspección. La mayoría de miembros del equipo llevaban tres depósitos grandes en la espalda y las caderas, arreglados para conseguir un tiempo máximo de inmersión de 30 minutos en cada casco. Dos de nosotros utilizamos recicladores de aire de circuito cerrado con mezclas de helio, oxígeno y nitrógeno para maximizar el tiempo de fondo y llegar a las partes más profundas de cada barco. Los depósitos de emergencia estaban montados a diferentes profundidades por debajo del barco de buceo y una cámara de recompresión estaba lista en cubierta.

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Nuestras primeras inspecciones se centraron en el U.S.S. Saratoga, un portaaviones de 277 metros sumergido durante la prueba de la bomba Baker el 25 de julio de 1946. El barco está de pie en el suelo marino y da la sensación de que sigue en una guerra, con los cañones hacia fuera en la cubierta principal. Bajar al Saratoga fue una experiencia surrealista cuando divisamos lentamente la cubierta de vuelo en tonos de marrón oxidado contra un fondo azul. No se podía ver que había al otro lado del Saratoga desde ningún punto de acercamiento, la cubierta se adentraba en la zona oscura de lo desconocido.

En cada descenso al portaaviones, nos separábamos rápidamente por parejas: dos grupos que bajaban hasta babor y estribor en la cubierta de vuelo, mientras dos de nosotros trabajábamos en la parte más profunda del casco. Tomamos fotos y videos por arriba y por debajo del casco, la cubierta y los cañones, cualquier cosa que pudiera servir de anclaje al coral. Después nos reunimos en la superestructura del barco y la pasarela que se extendían 12 metros sobre la cubierta de vuelo. Cuando se acabó el tiempo, empezamos nuestro ascenso de 3 horas, parando en intervalos de 10 pies para descomprimir. En la marca de 30 pies, nos colocamos en fila en la barra de descompresión de seguridad suspendida bajo la popa de nuestro arrastrero. Compartimos notas en pizarras sumergibles, haciendo cálculos de cuántos tipos de coral podríamos tabular una vez estuviéramos a bordo para analizar las imágenes de las cámaras. Nuestros cálculos parecían implausibles.

En biología, organizamos los seres vivos en un árbol de vida, también conocido como árbol filogenético. Los organismos muy relacionados, llamados especies, se colocan cerca, como hojas en una rama. Los organismos con menos relación se separan en ramas, y así hasta que tienes los “troncos” principales, como el reino vegetal y el animal, en el árbol filogenético de la vida.

Se cree que hay más de 800 especies de corales duros en los océanos tropicales poco profundos del mundo. Muchas de las especies están muy relacionadas y son tan difíciles de diferenciar que a veces hace falta llevar a cabo pruebas genéticas. Sin embargo, en un nivel por encima del árbol filogenético, donde los grupos de especies se organizan por géneros, las diferencias son más obvias para los ojos expertos. Dos géneros de coral distintos se pueden haber diferenciado hace mucho tiempo, separados evolutivamente por fuerzas ambientales y genéticas acumuladas.

Esto es interesante porque si un hábitat solo contiene dos especies de coral de un género y nada más, se entiende que otros géneros no pueden acceder o no pueden adaptarse a ese hábitat, de modo que se reduce el nivel de biodiversidad. Por otra parte, si un hábitat contiene múltiples géneros de corales duros, se considera más biodiverso, lo cual también puede producir un sistema más resiliente. La relación entre biodiversidad y resiliencia es igual que la diferencia entre invertir en acciones en Wall Street o en un fondo de inversión: el primero conlleva más riesgo de sufrir pérdidas, mientras que el segundo es más resiliente ante una pérdida en un tipo de capital particular.

Team members Robin and Sean surveying coral on the keel of the Arkansas. Photo by Greg Asner.
Robin y Sean, miembros del equipo, exploran el coral en la quilla del Arkansas. Foto de Greg Asner.

De nuevo en el barco, tabulamos cuidadosamente los resultados fotográficos de las exploraciones del Saratoga. Para nuestra sorpresa, descubrimos 28 géneros diferentes de corales en la cubierta de vuelo, el casco y la superestructura. Algunos estaban en los enormes cañones y torretas del portaaviones: vida en antiguos instrumentos de destrucción. Para ver nuestros descubrimientos en perspectiva: las especies de coral duro del mundo están organizadas en 122 géneros en el árbol filogenético, lo que significa que encontramos el 23 por ciento de estos en el portaaviones hundido por una bomba nuclear.

En los siguientes días de inmersión, exploramos siete buques de guerra más, como el acorazado Akansas, dos destructores, dos submarinos y el acorazado Nagato de la Armada Imperial Japonesa. El almirante Yamamoto utilizó el Nagato como buque insignia para orquestar el ataque a Pearl Harbor en 1941. Nos encontramos literalmente sumergidos en una historia de violencia y heroísmo: cada uno de los buques y submarinos que exploramos tuvieron su final en las pruebas nucleares de 1946, tan grandes como los bombardeos a Hiroshima y Nagasaki que dieron fin a la Segunda Guerra Mundial un año antes.

Al analizarlas en conjunto, nuestras exploraciones acabaron revelando dos descubrimientos sorprendentes. Primero, el número total de géneros de coral duro que contamos fue 33, un 27 por ciento de los que se encuentran en el mundo. Segundo, descubrimos una relación positiva entre la longitud del buque y el número de géneros de coral; el Saratoga se llevó el premio a la mayor diversidad de corales.

En ecología existe un patrón famoso conocido como curva especie-área, que sigue el aumento del número de especies por área de hábitat natural. También funciona con los géneros. Los aumentos en el número de géneros por área observados, acaban disminuyendo o llegando a la asíntota —en geometría alude a una línea recta que, prolongada indefinidamente, se acerca progresivamente a una curva sin llegar nunca a ella—, lo cual revela la capacidad de carga biológica de un ecosistema. En nuestros estudios nunca llegamos a esa asíntota, lo cual sugiere que barcos más grandes podrían haber albergado más corales distintos.

Greg Asner photographing corals growing on the Nagato. Photo by Rick Miskiv / 22degrees.co
Greg Asner fotografiando los corales que crecen en el Nagato. Foto de Rick Miskiv / 22degrees.co
The deck of the Saratoga. Photo by Greg Asner.
La cubierta del Saratoga. Foto de Greg Asner.

Nuestros descubrimientos son importantes para la conservación y gestión marina porque los cascos de estos buques están muy por debajo de las aguas superficiales expuestas a los daños actuales de los sucesos de agua caliente, que van de la mano del cambio climático. El blanqueamiento de coral suele ocurrir durante las olas de calor en el océano que llegan a una profundidad de 10 a 15 metros. Los enormes buques de guerra de Bikini están muy por debajo de esa zona de peligro del siglo XXI y se han convertido literalmente en arcas de biodiversidad coralina.

Más recientemente llevamos a cabo exploraciones en la flota japonesa hundida de la laguna Truk (también conocida como Chuuk) en Micronesia y sumamos los resultados de 24 buques más que nos recordaron a los que habíamos descubierto en el atolón Bikini. Descubrimos que los naufragios de Truk concentran el 35 por ciento de los géneros de corales duros del mundo. Las lagunas de Bikini y Truk también comparten una importante característica que pesa sobre nuestros pensamientos acerca de los arrecifes artificiales: ambos lugares están protegidos por ley. La protección de los arrecifes artificiales facilita que se establezcan y vivan allí corales, peces y quizás una red cada vez más amplia de ramas del árbol de la vida del planeta.

Team members Robin and Sean surveying coral on the hull of the Arkansas. Photo by Rick Miskiv.
Robin y Sean, miembros del equipo, estudiando el coral en el caso del Arkansas. Foto de Rick Miskiv / 22degrees.co.
The dive team
El equipo de buceo en sentido de las agujas del rejos: Crawford Drury, Chris Balzotti, Robin Martin, Sean Hopson,y Rick Miskiv

Greg Asner es director del centro de descubrimientos globales y ciencias de conservación en la Universidad Estatal de Arizona. Agradece a Indies Trader, Oceans 360, Hollis Rebreathers, Huish Outdoors y Backscatter Underwater Photo & Video su apoyo al viaje Coral Haven en el atolón Bikini. The Proyecto Reefscape de asnerlab.org recibe el apoyo de la fundación Leonardo DiCaprio Foundation y tiene su soporte periodístico en Mongabay.

Puedes leer el artículo original aquí.

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Artículo publicado por Maria Salazar
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