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Perú: COVID-19 golpea la economía de pescadores artesanales

Perú derrames de pretróleo

Gregorio Eche, sargento de playa de Lobitos, en su embarcación llamada "San José". Foto: Karen de la Torre

  • Los comerciantes, sin garantías de que puedan vender el producto, han dejado de financiar los viajes de pesca.
  • La informalidad en el sector pesquero artesanal ha agravado la situación debido a que los pescadores no pueden acudir a soluciones económicas alternativas.




La historia en 1 minuto. Video: Mongabay Latam. 

La pesca artesanal es una de las actividades productivas que el Gobierno del Perú ha permitido que siga funcionando durante la cuarentena decretada por la crisis del COVID-19. Sin embargo, esto no ha evitado que este sector se vea seriamente afectado. Para tener una idea del impacto, la organización científica ProDelphinus, que ha empezado a monitorear la situación de los pescadores artesanales en el norte del país, señala que “solo en Lima han cerrado 12 mil cevicherías”, establecimientos que están entre los puntos de demanda más importantes a nivel nacional.

Los puertos pesqueros que las investigadoras están incluyendo en su análisis son cuatro:  San José de Chiclayo, Máncora, Cabo blanco y Lobitos. En cada uno de ellos analizan el impacto económico de la pandemia, partiendo de la caída en las ventas y precios del pescado que, en el caso de algunas especies, bordea el 66 % según cálculos de la organización.

Lo que las científicas han podido observar hasta el momento es que las localidades más afectadas serían las de Máncora y Lobitos, pues el recurso pesquero es comercializado fuera de la zona. En lugares como San José de Chiclayo, en cambio, donde la pesca es vendida en mercados locales, “la resiliencia ha sido mayor”, asegura Daniela Thorne, investigadora de ProDelphinus.

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Pescadores en crisis

 

Javier Belupu es comerciante de pescado en Máncora, una localidad de la región de Piura en la que sobre todo se extrae tiburones zorro (Alopias superciliosus), azul (Prionace glauca) y diamante (Isurus oxyrinchus). En tiempos normales, Belupu abastece de hielo, gasolina y víveres a tres embarcaciones —una de las cuales es de su propiedad— para que los pescadores se internen mar adentro por un período de 10 a 20 días. Cuando regresan a puerto, el comerciante lleva la pesca hasta Chiclayo, la capital de Lambayeque, a unas ocho horas de camino desde Máncora, para vender el pescado en el terminal pesquero de Santa Rosa.

Foto: Oceana-Andre Baertschi

Javier Belupu cuenta que, antes de que comenzara la emergencia por el COVID-19, podía vender en tan solo un día hasta seis toneladas de tollo, como comúnmente se conoce al tiburón. Pero la última vez que viajó hasta Santa Rosa fue durante la primera semana de la cuarentena y le llevó cuatro días poder vender dos toneladas de tollo.

El mercado de Santa Rosa, además, cerró sus puertas cuando se detectaron los primeros casos de coronavirus en el lugar. Hoy, a pesar de que el mercado ya retomó la atención, el impacto de la crisis y el miedo por lo ocurrido han espantado a la clientela.“A raíz de muchos casos y muchas muertes de compañeros vendedores, comerciantes, choferes, la verdad es que es muy poca la llegada de gente al terminal por el temor a lo que aconteció en ese lugar”, dice Belupu. Para retratar mejor la situación, el comerciante explica que si antes vendían “entre 10 y 12 soles [el kilo de pescado], ahora más o menos está a seis y cuatro soles el kilo”.

Pescadores en los Manglares de Tumbes. Foto: Sernanp/Walter Wust

El escaso público que actualmente llega al terminal de Santa Rosa para abastecerse de pescado y los bajos precios hacen imposible la inversión de 12 000 soles que cuesta, aproximadamente, un viaje de pesca por embarcación. “No es conveniente hacer una inversión a sabiendas que se corre el riesgo de no poder vender el producto”, dice Belupu.

La falta de ingresos no solo ha traído problemas para cubrir los gastos diarios de alimentación, vivienda y servicios básicos, sino también les ha impedido a muchos armadores poder pagar los créditos bancarios que han adquirido para poder comprar sus barcos. “La mayoría de nosotros para tener nuestras embarcaciones hemos dependido de un préstamo bancario porque es un costo grande. Si no hay producción, no hay ingresos. ¿Cómo nosotros podemos hacer nuestros pagos a los bancos?”, se pregunta Belupu.

¿Localidades resilientes?

 

En Lobitos, los 170 pescadores que conforman casi el 70 % de la población también han visto disminuidos sus ingresos. La demanda del comprador de pescado, que traslada el recurso que obtienen los pescadores hasta los mercados de Piura, no bajado. “El comprador hay días que no recibe porque dice que el mercado está saturado en Piura”, cuenta Jorge Pazos, presidente del gremio de pescadores de Lobitos, refiriéndose al exceso de oferta del producto en el mercado. A esto se suma que no hay público para vender el pescado a nivel local, considerando que la mayoría de la población se dedica a la pesca.

Pescadores artesanales del Perú. Foto: Andina

En Lobitos, así como en otras localidades, los pescadores han prohibido la llegada de embarcaciones ajenas al lugar. “Si llega alguna embarcación a descargar pescado, solamente baja una persona y para Lobitos no hay ingreso”, dice Pozo. Para protegerse de los contagios, los pescadores han decidido construir, con sus propios medios, una cabina de desinfección para desinfectar a las personas que llegan a puerto. Además, Pozo agrega que están tratando también de conseguir equipos para medir la temperatura, pero la búsqueda ha sido difícil. “No tenemos apoyo, estamos olvidados”, asegura el dirigente.

La localidades de San José y Cabo Blanco son, entre los lugares observados por ProDelphinus, los que se encuentran en una situación menos preocupante. En San José, que es donde se ubica el terminal pesquero de Santa Rosa, Daniela Thorne asegura que la población reaccionó rápidamente a la cuarentena. Según la científica, “al estar el mercado ahí mismo, las personas que ahí viven están muy acostumbradas a comer pescado por lo que eliminar ese consumo es muy difícil”. Así, aunque las ventas han disminuido, al punto que a comerciantes como Javier Belupu no les conviene invertir en pesca,  los pescadores de San José logran vender algo de su producción.

La pesca tradicional con veleros artesanales en Cabo Blanco y El Ñuro es considerada desde el 2018 como Patrimonio Cultural de la Nación. Foto: Vanessa Romo

En Cabo Blanco, los pescadores artesanales pescan sobre todo con embarcaciones que son a vela. Esa técnica, al no requerir de gasolina, es considerablemente más económica que aquella que utiliza motor. Por lo mismo, los pescadores han continuado pescando, asegura Thorne, aunque “solamente está habiendo un consumo local en el pueblo de El Alto y no lo están transportando”, precisa.

A pesar de estas excepciones, Renato Gozzer, ingeniero pesquero de la Asociación para la Sostenibilidad Pesquera Redes, señala que muchos pescadores no están pescando, incluso aquellos que se dedican a la captura de la pota, la segunda pesquería artesanal más importante del país. “La gente dejó de pescar por propia decisión por temor a contagiarse y por dificultades logísticas”. Como consecuencia, “la crisis por el COVID-19 ha generado muchas pérdidas para el pescador artesanal, de limitados recursos económicos y donde la pesca es su único ingreso”, añade Joanna Alfaro, directora de ProDelphinus.

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Ayudas que no llegan

 

El gobierno de Perú, a través del Fondo Nacional de Desarrollo Pesquero (Fondepes), dispuso la creación de un programa especial de créditos para pescadores. Ellos podrán solicitar préstamos de hasta 2000 soles.

Sin embargo, Gozzer señala que la medida generó en un inicio falsas expectativas entre los pescadores debido a que, hasta la semana pasada, este programa solo estaba dirigido a aquellas personas que no se embarcan para pescar, como pescadores de orilla y recolectores de algas. Es por eso que Jorge Pozo se queja de que en Lobitos “de los 170 pescadores, a tres nomás les han dado el bono”.

Un informe de la Contraloría General de la República señala que a la fecha el Fondepes solo ha ejecutado el 2,9 % del presupuesto asignado para otorgar créditos, lo que corresponde a 462 de los 9500 créditos programados. Con esta situación “se genera el riesgo de que no se cumpla con la finalidad de coadyuvar oportunamente a la recuperación de las actividades pesqueras y acuícolas afectadas por las consecuencias del COVID-19”, señala el informe.

Foto: Oceana-Andre Baertschi.

Gozzer agrega que la informalidad en el sector pesquero ha agravado el problema. Según un informe de Oceana, el censo más reciente de pesca artesanal, que data de 2012, precisa que para ese año “había en el país 16 045 embarcaciones de pesca artesanal, de las cuales solo 6117 contaban con matrícula y permiso de pesca […] Dicho de otra manera: en 2012, 62 % de las embarcaciones artesanales operaban de modo irregular”. Esa situación, explica Gozzer, impide que las personas puedan acceder a soluciones alternativas como, por ejemplo, un crédito bancario puesto que al no tener registrada su embarcación está no puede ser hipotecada.

Además, el crédito de Fondepes que recientemente se ha ampliado a pescadores embarcados tiene como requisito presentar el carné de personal acuático.“Acá descendientes de hombres de mar solemos decir que el carné de pescador ‘no es el que trabaja’, pero vaya que es ahora cuando se dan cuenta que es esencial estar al día en cuanto a la documentación”, dice Belupu.

Por último, tomando en cuenta que el pescado representa el 26 % de las proteínas animales que consumen los peruanos, “si la cadena de abastecimiento se comienza a romper es peligroso”, precisa Alfaro, en alusión a la importancia de este recurso para la seguridad alimentaria de la población.

Desde ProDelphinus aseguran que “las medidas post cuarentena que el gobierno, con el apoyo de la sociedad, tome serán necesarias para que el país mantenga una de las principales fuentes de alimento y trabajo como lo es la pesca artesanal”.

Imagen Principal: Pescadores en los Manglares de Tumbes. Foto: Sernanp/Walter Wust

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