‘Ese árbol es un milagro’

 

En un estudio de 2019, la Declaración de Nueva York sobre los Bosques señaló que el índice anual de pérdida de bosque húmedo tropical ha aumentado un 44 % en todo el mundo desde 2013.

Entre las regiones más devastadas se encuentra América Latina, que sufre más pérdida de bosque primario cada año que ninguna otra parte del mundo. El corredor del Chocó Andino en Ecuador, una reserva de la Biósfera de la Unesco llena de bosques y tucanes de todos los colores y orquídeas aterciopeladas, se está consumiendo lentamente a causa de las mismas amenazas perennes que atormentan a los bosques en todas partes: la minería, la tala, la agricultura y el desarrollo.

Aun así, Pinkul Tayta, situado en el valle semiurbano cerca de la región del Chocó Andino, es un recordatorio de que la desaparición de un solo árbol puede ser causa de duelo y reflexión sobre nuestro clima cambiante.


El árbol solitario quizá sea la figura natural favorita de la humanidad: aparece en las banderas de al menos 100 gobiernos y organizaciones mundiales. Tiene un papel prodigioso en grandes religiones y mitos por todo el mundo.

Y se mantiene firme en la memoria de millones de personas como un receptor paciente de nuestros juegos de infancia y confidencias, como Pinkul Tayta lo hace para generaciones de residentes de Pucará Alto.

“Mi padre solía decir que ese árbol es un milagro”, dijo Josefina Eras, mujer de 75 años que se crio en Pucará Alto, en una entrevista en idioma kichwa. Recuerda sacar a los cerdos de su familia a pastar cerca del árbol cuando era joven. “Mi madre decía que siempre había sido así de grande, incluso cuando ella era pequeña”.

La procesión funeraria avanza más allá de los interminables campos de arroz de Pucará Alto. Foto de Johnny Magdaleno.

Un funeral para un árbol

En Pucará Alto el funeral para un árbol sagrado es igual que el funeral para un humano.

Los hombres cargan sobre sus hombros al fallecido en un féretro ceremonial  y avanzan sombríos por el principal camino de tierra de la comunidad. Pasan delante de casas de ladrillos y las caras que observan desde las ventanas. Ascienden por la carretera hasta Pinkul Tayta, se detienen en la cima y giran el féretro para darle al muerto una última oportunidad de ver el volcán Imbabura y el lago San Pablo que forman un estoico valle debajo.

Para el funeral de Pinkul Tayta, sin embargo, el féretro no llevaba al árbol. Dentro yacía la figura de un bebé, esculpido con sábanas atadas fuertemente y telas con patrones para representar a los niños de pasados recientes y distantes enterrados alrededor de la base del árbol.

La mayoría nunca tuvo un nombre: murieron antes de pasar por la ceremonia de nombramiento que es habitual en Pucará Alto en la que las familias deciden el nombramiento del niño después de observar cómo y quién es durante sus primeros años.

“Nuestros abuelos nos solían contar que Pinkul Tayta alimentaba a esos niños eternamente”, dijo José Velásquez, presidente de Pucará Alto y hermano de Cahuasquí. “Era una figura maternal y paternal”.

Pinkul Tayta era miembro de la familia de plantas Euphorbiaceae y se conocía de forma coloquial como El Lechero porque supuraba látex blanco cuando se cortaba la superficie. Esa leche era la fuente de vida de la que se alimentaban los espíritus, según Velásquez. “Cuando el árbol cayó muchos de los abuelos no pensaban solo en el árbol, pensaban en los willki wawa que no van a tener quien los cuide”, dijo.

El árbol era un icono cultural no solo para Pucará Alto sino para las comunidades kichwa en toda la región de Otavalo, donde casi el 60 % de los aproximadamente 105 000 residentes son indígenas. El gobierno de Otavalo tuiteó “#OtavaloEstáDeLuto” cuando el árbol cayó el 16 de enero.

“Es un sitio muy especial para nuestra gente, un lugar sagrado donde venir a hacer rituales”, dijo Mario Conejo, alcalde de Otavalo, quien asistió al funeral. “Los pueblos indígenas siempre han tenido la necesidad de identificar espacios sagrados como este donde puedan conectar con la madre naturaleza”.

José Velásquez sitúa una ofrenda de frutas y patatas en un hoyo cavado al lado del tronco de Pinkul Tayta. Foto de Johnny Magdaleno.

Para ayudar a que las vacas queden embarazadas, los visitantes que creían en el poder milagroso del árbol, frotaban velas en el cuerpo del animal y luego las ponían en la fresca tierra andina alrededor de Pinkul Tayta. Luego las encendían y rezaban.

Las impresionantes vistas en 360 grados desde la colina Pinkul Tayta también atraían a turistas de Europa y América Latina que llegaban para ver los valles volcánicos y las cordilleras del norte de Ecuador.

Pero el respeto universal por Pinkul Tayta y los willki wawa enterrados a su alrededor no significa que viviera una existencia pacífica. Los ancianos como Eras cuentan recuerdos espantosos de acercarse al árbol y encontrar cadáveres que los perros locales habían sacado de la tierra. Era la consecuencia desafortunada cuando los miembros de la comunidad no conseguían enterrar lo suficientemente hondo las tumbas para sus jóvenes queridos.

En 2017, el árbol sufrió su mayor revés.

Aunque nadie ha admitido ser responsable, la teoría de los líderes comunitarios es que el accidente se debió a una ceremonia ritual que salió mal. La gente que visitó el árbol colocó velas encendidas cerca de su base para pedir protección, como siempre se había hecho. Pero las velas se quedaron encendidas sin vigilancia hasta que se consumieron y se cree que en algún momento el viento las arrastró hasta el árbol.

En lugar de quedarse sin cera y desaparecer entre humo, las llamas secaron a Pinkul Tayta y quemaron el tronco. Casi el 80 % de la base del árbol fue consumida por el fuego.

Mario Añazco, ingeniero forestal de la Universidad Técnica del Norte en la ciudad cercana de Ibarra, que era parte de un equipo académico que investigaba la restauración del árbol, comparó el daño a Pinkul Tayta con quemaduras de tercer grado en un humano. “Es exactamente igual que si te quemaras y se dañaran tus órganos”, dijo Añazco. Incluso con una intervención, las posibilidades de recuperación eran escasas, según concluyeron los técnicos forestales.

Angustiados por sus heridas, los miembros de la comunidad, apuntalaron las ramas ancianas de Pinkul Tayta. Colocaron una alambrada en forma de recinto circular alrededor del perímetro para garantizar que la gente no pudiera acceder al árbol después de la puesta de sol y cuando no había vigilancia comunitaria.

Pero nada de lo que hicieron podía servir contra un día de vientos ávidos.

Caído, pero no olvidado

(de derecha a izquierda) Josefina Eras y Mercedes Morales comparten sus recuerdos de Pinkul Tayta frente a la iglesia de la comunidad. Foto de Johnny Magdaleno.

En lo alto de la colina más alta de Pucará Alto, la procesión funeraria, a la que asistieron más de 80 miembros de la comunidad, acabó en la base leñosa de los sucesores de Pinkul Tayta. Después de cada funeral hay una celebración silenciosa de la vida, y esa celebración se llevó a cabo en el lugar donde estaba lo que quedaba de Pinkul Tayta.

Tres nuevos lecheros se alzaban firmes en la tierra alrededor del tronco de Pinkul Tayta cuando llegó la procesión funeraria. La tierra de la base seguía sin vegetación y de color café de cuando se plantaron dos de ellos hacía dos semanas. (El tercero se plantó en 2017 para ayudar a sostener las ramas de Pinkul Tayta después del incendio).

Los vecinos llevaban años cuidando de estos árboles en sus propiedades desde hacía años. El mismo día que Pinkul Tayta se cayó, Pucará Alto y el gobierno de Otavalo reunieron un equipo de residentes y un tractor para sacar los lecheros de los vecinos y llevarlos para ser instalados, como guardianes, alrededor del tronco de Pinkul Tayta.




La historia en 1 minuto. Ecuador: la hazaña de conservar murciélagos en medio de los prejuicios. Video: Mongabay Latam. 

Algunos miembros de la misma comunidad tomaron ramas de Pinkul Tayta y las plantaron en parques y propiedades de todo Pucará Alto. “Puedes cortar un trozo y plantarlo y de ahí volverá a crecer el árbol”, dijo Velásquez.

En el campus forestal de la Universidad Técnica del Norte en Ibarra ya crece un bebé Pinkul Tayta. Aunque no pudieron salvar el árbol, los ingenieros forestales de la universidad transportaron trozos del original a su laboratorio donde incubaron descendientes con la misma composición genética.

Nunca informaron de esto en Pucará Alto. Añazco dijo que es porque el contacto principal de la universidad era con el gobierno de Otavalo y no la propia comunidad. Como consecuencia de este reportaje, Pucará Alto se ha comunicado con la universidad para repatriar la plántula de Pinkul Tayta a la colina donde vivía su padre.

Añazco duda de la tradición local que dice que el árbol original vivió cientos o incluso mil años, pero puede ser difícil saberlo con seguridad. Dice que la falta de estaciones diferenciadas en el Ecuador hace que sea difícil que algunos árboles desarrollen anillos de crecimiento, las reglas naturales que los científicos utilizan para medir la edad.

“Un lechero puede vivir 50 años, otro, 38 años, otro, 62 años”, dijo Añazco. “¿De qué depende? La calidad de la tierra, el microclima y el tratamiento que recibe de los humanos”. Que uno viva 300 o 400 años “es muy improbable”, dijo Añazco. “Pero demostrarlo también sería difícil”.

Meses después de la muerte de Pinkul Tayta, Velásquez y otros residentes discuten cómo convertir la colina y su cuarteto de lecheros en una fuente de apoyo para la comunidad. Mercedes Morales quiere plantar hileras de plantas cosechables en un anillo alrededor del perímetro exterior de los árboles, que después cultivarían y venderían a los turistas.

También se debate cobrar una pequeña cuota, de alrededor de 1 dólar, a los visitantes que quieran entrar más allá de la alambrada y escuchar a un guía local hablar sobre el gran árbol que una vez protegió a sus willki wawa.

“A algunos de nuestros vecinos les gusta viajar o prefieren trabajar en otro lugar o trabajar como comerciantes”, dijo Morales. “Pero a otros que viven aquí les gusta la idea. Con cinco personas podríamos mantener el lugar, tenerlo limpio, hacer shawarmishky”, dijo, refiriéndose a un zumo potable que sale de la planta de agave.

Es una idea viable para el número de turistas que visitan Pucará Alto cada fin de semana. En un paseo por la comunidad con Cahuasquí y Morales un domingo, pequeños grupos de coches subían y bajaban el camino de adoquines que lleva a Pinkul Tayta. Una pareja joven se bajó de su moto para comprar maíz asado de un puesto de comida que dirigen los vecinos y preguntaron si era verdad que El Lechero se había caído.

Caído, sí, como millones de árboles antes de él, pero nadie que lo quisiera lo ha olvidado.

*Imagen principal: Alberto Cahuasquí, residente de Pucará Alto visita los restos de Pinkul Tayta, un árbol sagrado que se creía que cuidaba de los espíritus de cientos de niños sin nombre enterrados alrededor de su base en el siglo XX. Foto: de Johnny Magdaleno. 

El artículo original fue publicado en Mongabay News. Puedes leerlo aquí.

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Artículo publicado por Maria Salazar
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