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Las mujeres que reviven el manglar en la Península de Yucatán: “Nuestro trabajo es recuperar las áreas muertas” | ENTREVISTA

Miembros de Las Chelemeras consultan con Keila Vázquez (con sombrero) antes de continuar con su trabajo. Imagen de Caitlin Cooper para Mongabay.

  • Las Chelemeras son un grupo de 18 mujeres del puerto mexicano de Chelem que, desde 2010, han trabajado para restaurar y proteger los manglares de su localidad en la costa norte de la península de Yucatán.
  • Hasta la fecha, han contribuido a la reforestación de aproximadamente 50 hectáreas de manglar, lo que representa el 50 % de la cobertura forestal de Chelem.
  • “Hemos aprendido que nuestro trabajo no solo es un trabajo o es una paga, sino que también colaboramos con el medio ambiente y eso sí nos da una satisfacción”, dice Keila Vazquez, miembro fundadora del grupo.
  • En una entrevista con Mongabay, Vázquez habla de su trabajo con Las Chelemeras, de los retos que su comunidad tiene por delante y de cómo la reforestación de su entorno ha marcado a las nuevas generaciones.

En la península de Yucatán, tres palabras describen los oficios más comunes: pescador, comerciante, madre. Pero durante la última década, el puerto de Chelem ha dado lugar a un nuevo tipo de trabajo. Desde el 2010, un grupo de 18 mujeres, muchas de ellas de descendencia maya, se ha dado a la tarea de conservar y restaurar los manglares de la zona. Se llaman a sí mismas Las Chelemeras.

Ubicado aproximadamente a 51 kilómetros al norte de Mérida, el puerto de Chelem colinda con unas 100 hectáreas de manglar rojo y negro, donde abundan los cocodrilos, las mojarras y los martines pescadores entre una diversidad de especies nativas. Sin embargo, durante las últimas décadas, la demanda desmedida del turismo y el desarrollo urbano ha provocado el deterioro y, en algunos casos, la deforestación del ecosistema de los manglares.

En Chelem, la construcción del puerto de abrigo en 1969 permitió la conexión artificial de la laguna costera con el mar. Más tarde, el dragado para las autopistas provocó un grave deterioro al obstruir el flujo de agua de la laguna hacia los árboles. No fue hasta el 2010 que Chelem, sus manglares y su laguna fueron decretados como área natural protegida dentro de la Reserva Estatal Ciénegas y Manglares de la Costa Norte de Yucatán.

La península de Yucatán, que abarca los estados de Campeche, Yucatán y Quintana Roo, alberga la mayor extensión de manglares de México, estimada en unas 544 000 hectáreas. Sin embargo, casi la mitad de estos manglares están fuera de áreas naturales protegidas. Las zonas que sí cuentan con un programa de manejo medioambiental se enfrentan constantemente al problema del cambio de uso del suelo, pese a que desde 2007, la Ley General de Vida Silvestre prohíbe la remoción, relleno, trasplante o cualquier actividad que afecte a los manglares.

Al ayudar a la laguna a recuperar su topografía natural, Las Chelemeras han contribuido a la reforestación de aproximadamente 50 hectáreas de manglar en dos sitios, primero en el puerto de Yucalpetén y ahora en el puerto de Progreso. En conjunto, los dos lugares comprenden alrededor del 50 % de la cobertura forestal actual de Chelem. Aunque su reforestación completa puede tardar décadas, Las Chelemeras ya han observado una diversidad de nidos, crías y caracoles en los manglares, indicadores prometedores de que su método está funcionando.

Las Chelemeras limpian sedimentos de un canal en su actual sitio de trabajo en Progreso. Imagen de Caitlin Cooper para Mongabay.

 

Una jornada de trabajo suele consistir en la construcción de canales y la limpieza de las vías fluviales existentes para que entre el agua fresca a las zonas deforestadas o degradadas. Para los viveros de mangle que han sobrevivido, Las Chelemeras construyen pequeñas barreras con postes de madera y mallas para que las plántulas se queden y arraiguen, en lugar de ser arrastradas al mar. Ese método significa que Las Chelemeras no han plantado ni una sola semilla para reforestar sus manglares.

Al ver el éxito que han tenido en los dos sitios, Las Chelemeras buscan ampliar su alcance. Sin embargo, el financiamiento de su trabajo es temporal y esporádico; los fondos provienen de una combinación de becas, donaciones e inversión extranjera. Los biólogos que iniciaron y administran el proyecto —Jorge Herrera del Cinvestav-Mérida y Claudia Teutli, de la Escuela Nacional de Estudios Superiores (ENES-Mérida-UNAM)— buscan y solicitan de forma habitual los recursos para apoyar el trabajo de Las Chelemeras.

Para los pueblos de la costa peninsular del Golfo de México, la conservación de la cobertura forestal tiene un impacto marcado y duradero tanto en la comunidad local como en el medio ambiente. Los huracanes son eventos anuales que, según se prevé, aumentarán en frecuencia e intensidad debido al cambio climático. La pérdida de manglares ha hecho que los habitantes sean más vulnerables a las tormentas y a la subida del nivel del mar. También ha limitado los recursos marinos disponibles para los pescadores. Además de almacenar carbono «azul», los manglares acobijan tanto a la población humana como a la vida silvestre y sirven como criaderos importantes, a la vez que sostienen las actividades económicas de la población. Y como ejemplo está el caso de Las Chelemeras.

A Keila Vázquez, de 43 años y miembro original de Las Chelemeras, le gusta que el nombre de su grupo represente tanto al pueblo como al lugar. En maya, la palabra chelem puede referirse a un tipo de ave y también a un tipo de planta, pero Chelemera sugiere que este nuevo oficio de restauración nació en Chelem. De este modo, dice Vázquez, otras personas «nos identificarán como las mujeres trabajadoras de Chelem». Según las mujeres, Chelem es solo el comienzo de lo que esperan se convierta en más apoyo y oportunidades de financiamiento para las labores ambientales en toda la región.

Keila Vázquez, 43 años, una de las miembros originales de Las Chelemeras. Imagen de Caitlin Cooper para Mongabay.

En una reciente visita a los manglares de Chelem, Mongabay habló con Vázquez sobre su trabajo con Las Chelemeras, los retos que su comunidad tiene por delante y cómo la reforestación de su entorno ha marcado a las nuevas generaciones.

—Tradicionalmente, las mujeres siempre se han dedicado a tareas relacionadas con la pesca en Chelem y en todo Yucatán. ¿Por qué se interesaron en un trabajo de conservación?

En un principio, no sabíamos la aportación que estaba haciendo nuestro trabajo para el medio ambiente. Para nosotros, [los trabajos de restauración] eran oportunidades de ingreso más que nada. Pero ya al pasar el tiempo, saber que estábamos colaborando con el medio ambiente nos dio más interés. Y pues ya sabemos de qué manera realmente colaboramos. O sea, la función que tiene el trabajo, para qué nos sirven los manglares…. Que, de hecho, es por el medio ambiente, es por la pesca, por el cambio climático, por los ciclones. Que [los manglares] nos sirven como barreras para los ciclones y la protección de la población. Tiene tantas funciones el manglar que nos sentimos orgullosas del trabajo que estamos realizando.

—¿Cuándo empezaron a trabajar Las Chelemeras en el manglar y cuándo se formalizó su organización?

Como grupo constituido tenemos ocho años, pero trabajando tenemos como 12, 13 años aproximadamente. Las mismas personas. Hay un varón, solo un varón. Pero sí, la mayoría somos mujeres.

Keila Vázquez camina en una zona elevada de Yucatán. Imagen de Caitlin Cooper para Mongabay.

—¿En qué condiciones estaba el manglar cuando empezaron a restaurarlo?

El primer día, sinceramente, desconocíamos a lo que íbamos. No teníamos ni siquiera idea de para qué iba a servir lo que nos estaban pidiendo, porque anteriormente, varias de las mismas señoras ya habíamos trabajado en otro tipo de, digamos, experimentos para la recuperación de las áreas que trabajamos, y vimos que no habían funcionado. Como todo empezó por economía, entonces, dijimos, “bueno, si van a hacer otro experimento, vamos”.

Pero este fue diferente. [Los biólogos] nos dijeron: “Tienen que hacer zanjas, zanjas de tres metros por 60 metros de profundo”. Sí, nos sorprendía porque pues decíamos: “¿Para qué? ¿Para qué lo quieren?”. Después de dos, tres días de formar lo que ellos nos pidieron, nos fuimos sorprendiendo de ver cómo brotaba el agua en un lugar que era muy seco, que no tenía nada de agua y entonces pues como que te vas animando un poquito más para ver qué es lo que va pasando.

—¿Cuántos sitios han restaurado como grupo? ¿Y cómo han cambiado esos sitios desde que empezaron a trabajarlos?

Dos [sitios]. Yucalpetén fue nuestra primera área de trabajo. Ahí empezó todo nuestro aprendizaje, por así decirlo. Era un lugar donde pasaban los carros y solo veías un desierto. Ahora pues, pueden pasar y ya ven mangle. Lo que nos explicaron es que esa área tenía demasiada sal acumulada. Entonces por más que le ponían semilla no iba a sobrevivir porque estaba en un área con un exceso de sal. Al crear esos canales y conectarlos a la laguna para que entrara y saliera esa agua del suelo, esa agua como que gira y vuelve a salir, hace lavar todo el exceso de sal y ese mismo proceso metía semillas que estaban en la laguna. Ellas ya se sintieron en un lugar para adaptarse y se fueron quedando y ya empezaban a salir las plantas de mangle.

Al ayudar a que la laguna recupere su topografía natural, Las Chelemeras han contribuido a la reforestación de unas 50 hectáreas de manglar. Imagen cortesía de las Chelemeras.

—¿Y qué pasó luego? ¿Cuánto se recuperó?

¿Para empezar a ver los primeros resultados? Un año. Lo que pasa es que [las plantas] crecen lentamente. No es algo rápido. Tiene que llevar un proceso de no abandonarlo, de estar dándole seguimiento [al sitio]. Hay que estar cada determinado tiempo vigilando, volviendo a componer detalles por las inclemencias del tiempo. Es un trabajo que no acaba.

Para ver especies nos llevó dos a tres años, que de verdad ya fueran árboles. Los pájaros, para que hicieran sus niditos, tenía que tener un arbolito. Por la parte de los peces, pues también ya tienen que tener raíces, ya fomentadas, ya agarradas para que ellos tengan sus cuevitas. Entonces, eso te lleva de dos a tres años, depende de las inclemencias del tiempo o de la manera de adaptarse a ese sitio. Nada es igual en un lado que en otro.

—¿Cómo cultivan y siembran el mangle? ¿Qué otros trabajos realizan para cuidar las plantas?

Nuestros trabajos no conciernen tanto el acto de sembrar. Nuestro trabajo es recuperar las áreas dañadas y las áreas muertas, secas. Áreas que han servido como un vertedero que rellenan de arena o un exceso de cosas malas y se muere. Nuestra labor es recuperar, dejarlo como un lugar abonado para que las semillas vuelvan a sentirse en un área agradable para que puedan volver a vivir.

[Cuando no hay trabajo pagado] vamos dos, tres o turnadas para echar el ojo y ver qué es lo que hace falta para la próxima vez que haya un recurso [económico]. Para que cuando ya haya recursos, ya tengamos una idea más o menos de lo que es, de lo que podemos componer o de lo que nos sugiera el biólogo. Por ejemplo, nos dicen: «mira, esto o lo otro es lo que vamos a hacer2. Pero igual se nos pregunta, «¿cómo lo ven ustedes que son las que están aquí?». Ellos tienen sus ideas, nosotros ponemos nuestras ideas también.

Parte del sitio de restauración en Progreso, donde las Chelemeras han construido refugios para que las semillas de manglar echen raíces. Imagen de Caitlin Cooper para Mongabay.
Manglar restaurado en Yucalpetén. Imagen de Caitlin Cooper for Mongabay.

—¿Es el cuidado del manglar su ocupación a tiempo completo? ¿Quién les remunera? ¿Los ingresos cubren las necesidades de su familia?

Lo del manglar es, digamos, unos pequeños espacios [financiados] del año. Pero sí, tengo otro trabajo. Soy comerciante y saco de mi tiempo para este tipo de trabajo [de restauración]. Pero también tengo otras obligaciones. [Vázquez es dueña de una tienda de abarrotes].

La mayoría de las mujeres que estamos en ese grupo, creo que nos quedamos en ese grupo porque tenemos algo en común. Son mujeres muy trabajadoras, son mujeres que luchan por su familia, son mujeres que les ha gustado estar en un empleo o en otro empleo. Y cuando llegamos a ese trabajo creo que nunca nos imaginamos quedarnos tanto tiempo y yo creo que va a ser para siempre esto, o sea, estar como grupo porque les gusta el trabajo, por eso se adaptaron, no les asustó la fuerza. Y repito, hemos aprendido que nuestro trabajo no solo es un trabajo o es una paga, sino que también colaboramos con el medio ambiente y eso sí nos da una satisfacción. Y nuestras familias también han aprendido y siguen aprendiendo sobre esto.

—Las Chelemeras es un nombre único. De cierta manera, está cobrando protagonismo o responsabilidad por el lugar de donde proceden. ¿Cómo explicarías este nombre a alguien que nunca ha estado aquí?

Nos pusimos el nombre de Chelemeras para que identifiquen que somos de esa localidad, que somos de Chelem y que somos mujeres tratando de conservar el manglar de nuestra localidad, por lo menos de nuestra localidad, para empezar.

Nuestros antepasados nos decían que Chelem era como una penca, más o menos así. Eso quiere decir Chelem. Es el nombre de una planta, que la verdad creo que ya ni existe. Te lo dejo de tarea.

—¿Qué han aprendido Las Chelemeras sobre el valor de su trabajo? ¿Cómo han cambiado sus percepciones sobre los trabajos que hacen las mujeres?

A nosotras, las mujeres que estamos en ese grupo, no solamente hemos aprendido cosas sobre el trabajo, cosas relacionadas con el manglar, sino que nos ha cambiado el carácter.

Hemos tenido enfrentamientos, hemos sido como una familia, hemos peleado, hemos llorado, pero quiere decir que somos un buen grupo porque a pesar de todo, somos las mismas. Seguimos juntas, nos hemos aprendido a tolerar como personas. Hemos aprendido que todas pueden expresar lo que sienten, lo que piensan. Hemos podido aprender a dividir entre el hogar y nuestras obligaciones en el trabajo. Nos dimos cuenta de que podemos con bastante carga. Y pues nos gusta. Nos gustan las personas que hemos aprendido a ser.

Doña Antonia, 76 años, la Chelemera de más edad. Imagen de Caitlin Cooper para Mongabay.
Las Chelemeras observan el vivero antes de entrar a la laguna. Imagen de Caitlin Cooper para Mongabay.

—¿Cómo crees que debe adaptarse la economía de su comunidad para mantener el ecosistema y la cadena de valor de la pesca?

En lo personal, a mí me gustaría que la comunidad tuviera un poquito más de información e información en las escuelas por parte de nuestra comisaría… enseñarle un poquito a los pescadores, a las amas de casa, a todos, la importancia y el valor de lo que tenemos cerca de nosotras… Si muchos de los pescadores supieran que gracias a los manglares incuban las especies y gracias a eso se reproducen con más facilidad. O todos los que viven cerca de las partes de los manglares no lo destruyeran para leña o para formar una casa. Primero, porque están en zonas vulnerables. Y dos, porque están destruyendo las barreras para los ciclones. Entonces, más que nada, lo que les falta a las localidades, a esta y a muchas más, es la información.

Sinceramente, la gente vive de la pesca, vive del turismo. Si tenemos manglares bonitos, la gente viene a ver las aves y con todo eso, habría más oportunidades de trabajo, pero si tenemos algo feo o destruimos los manglares, ¿cómo van a venir las aves? ¿O si no hay comida para esas aves? Por ejemplo, nosotros tenemos el flamenco por aquí, ¿cómo van a venir? Es una cadena: manglares, especies y trabajos.

—¿Cuál fue el factor que más contribuyó a la degradación del manglar de Progreso? ¿Y cuáles son los mayores riesgos para su recuperación?

En los dos sitios fue el depósito de sedimentos, de espacios donde dragaron. Por ejemplo, en Yucalpetén fue un puerto de abrigo donde hay barcos de pesca. Dragan para que tenga la profundidad que necesitan esas embarcaciones y todo eso lo depositaron en los sitios donde nosotros trabajamos. La acumulación de todo eso fue lo que fue elevando los suelos. Y en el otro sitio, que es la pista de canotaje en Progreso, fue lo mismo. Fue todo lo que dragaron para que un área que era laguna quedara más profunda.

Yo no sé en manos de quién son esas obras de dragas y todo eso, pero por ejemplo, hemos dedicado tanto tiempo a esos lugares que lo más feo sería que vuelvan a hacer lo mismo para causar el daño que ya estaba hecho. Que no les importe o que no tengan en cuenta tanto trabajo o lo que van a matar y que digan: “Ah, pues vamos a volver a tirar ahí porque pues ciénega, al fin y al cabo”. Pero lo más feo sería que no piensen en las consecuencias.

[Nota del editor: La inclusión de los dos sitios en la Reserva Estatal Ciénegas y Manglares de la Costa Norte de Yucatán supone su protección, aunque la aplicación de la ley tiende a ser débil en México. La reserva recibió la designación de Ramsar en febrero de 2022, lo que puede reforzar el nivel de protección.]

Keila Vázquez camina por una zona elevada en Progreso, Yucatán. Imagen de Caitlin Cooper para Mongabay.

—¿Qué objetivos tienen como grupo?

Nuestra meta a largo plazo sería dejar los beneficios para nosotros como comunidad. Vamos a decirlo así, que en verdad logremos ver que se recupere al 100 % el área porque va a llevar muchos, muchos años. Pero sí nos gustaría tener, por ejemplo, nuestra área de trabajo, poner un lugar para que la gente llegue a visitar, para que la gente aprecie todo nuestro trabajo.

—¿Puedes contarme de una experiencia en el manglar que haya sido importante para ti?

No sé si llamarle experiencia. Lo que pasa es que a veces dan tanto tiempo trabajando y es un trabajo fuerte. Pues imagínese. Día tras día estar haciendo canales, caminar no sé cuánto tiempo y con mucha dificultad en ese lodo. Llevar a depositar a lugares lejanos. Todo al paso del tiempo. Dos, tres años de ese trabajo. Cuando vemos más que nada las plantas. Ver que ya están floreciendo. Así es como cuando ves que tus hijos tengan un logro y dices: “Vale la pena lo que estoy haciendo, voy a seguir en lo que estoy haciendo». Aunque nos dé un poquito de dolores, a veces por tanta fuerza, pero en realidad sí vale la pena y la satisfacción. Esas experiencias es ver cómo florecen esas plantas.

—¿Tiene hijos? ¿Ellos participan en restauración, pescan, trabajan o juegan en el manglar?

Tengo tres hijos, dos muchachas y un varón. Y sí, ellos y de varias compañeras, los hijos han participado, ya saben nuestro tipo de trabajo. En algún momento ellos nos han acompañado al jornal del trabajo y ellos mismos se sorprenden de las cosas que hacemos las mamás. Y sí, ellas mismas a veces nos dicen: “Vamos”, o un sobrino o un niño. Como les digo, ya tenemos como 12 o 13 años y un niño de ocho años ya te explica para qué sirven los manglares, cuáles son los manglares y sí nos ha beneficiado esto.

—¿Qué retos se enfrentan Las Chelemeras?

Como grupo nos daría tristeza o a la vez coraje que no les importe tanto. Tanta dedicación, tanto trabajo. O sea, sí es cierto que son años de trabajo, pero también hay mucha inversión y buscar o que de repente llegue alguien y que diga “¿sabe qué?”. Ese apoyo al lugar, a la naturaleza, como le quiera llamar, no es fácil también tener los recursos, entonces que de la noche a la mañana vengan a destruir todo. Sí daría más que nada coraje.

«A nosotras, las mujeres que estamos en ese grupo, no solamente hemos aprendido cosas sobre el trabajo, cosas relacionadas con el manglar, sino que nos ha cambiado el carácter», dice Vázquez. Imagen cortesía de Las Chelemeras.

*Imagen principal: Miembros de Las Chelemeras consultan con Keila Vázquez (con sombrero) antes de continuar con su trabajo. Imagen de Caitlin Cooper para Mongabay.

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