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#EnCorto: Pescadores mexicanos ayudan a la ciencia a descifrar los misterios del tiburón ballena

Foto: Jonathan Green

  • El tiburón ballena ha llegado, por cientos y todos los años, a una tranquila bahía del Golfo de California, en el norte de México.
  • Un pueblo de tradición pesquera adoptó a la especie como su nuevo símbolo y, junto a científicos, creó un grupo de monitoreo comunitario que ha reportado más de 1250 individuos en más de 17 años de trabajo.

En Bahía de los Ángeles, un pueblo mexicano del Golfo de California, los pescadores que toda la vida han salido al mar en busca de lenguado, cabría, cochito o pulpo, ahora se transforman en investigadores para aportar, con datos, al conocimiento científico. Desde hace más de 17 años, trabajan con una de las especies marinas más desconocidas del océano: el tiburón ballena (Rhincodon typus).

Este lugar que pertenece a la Reserva de la Biosfera Bahía de los Ángeles, Canal de Ballenas y de Salsipuedes, se ha convertido en uno de los referentes para la investigación y protección de esta especie considerada En Peligro por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), pues se trata de un importante sitio de alimentación durante la temporada de junio a diciembre.

Anualmente, cientos de tiburones ballena llegan a esta zona –pues se mantiene relativamente aislada del turismo– donde pescadores, científicos y habitantes conformaron, en 2008, un grupo de monitoreo comunitario llamado originalmente ‘Pejesapo’, para estudiar y proteger a este pez, el más grande conocido hasta el momento.

Con su trabajo, han logrado aportar a la base internacional –un registro de individuos de esta especie a nivel mundial– más de 1250 ejemplares. ¿Cómo lo lograron?

El Tiburón Ballena se convirtió en el ícono de un pueblo ubicado en el Golfo de California. Foto: cortesía Pejesapos.

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Las preguntas por resolver

A pesar de que el tiburón ballena es una especie con una amplia distribución a nivel global, se sabe muy poco sobre ella y hay preguntas que la ciencia lleva años intentando responder: ¿Dónde se aparean? ¿Dónde nacen? ¿A dónde van cuando alcanzan la adultez y dejan el Golfo de California para adentrarse en el Océano Pacífico?

Con cada visita anual de estos peces, de junio a diciembre, los pescadores y los científicos se sumergen para intentar descifrarlas. Para lograrlo, fotografían el patrón de puntos o manchas que tiene cada animal, que son como su huella dactilar, ubicadas en una de las aletas dorsales. Luego se colocan debajo de sus panzas para determinar el sexo. Así, desde que empezó el monitoreo en 2008, han logrado identificar hasta 250 animales por temporada.

“Desconocemos mucho de su biología, de sus hábitos. Esa es la importancia del programa de identificación con foto”, explica Abraham Vázquez, científico fundador de la organización ‘Pejesapo’.

Aun con la nula señal de celular y la complicada conexión a internet, el relativo aislamiento en el que vive la población de Bahía de los Ángeles no ha sido impedimento para convertirse en una importante fuente de información sobre la especie.

Integrantes del grupo Pejesapos realizan fotografías para conocer las características de los ejemplares que llegan. Foto: Cortesía Pejesapos.

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Los logros del equipo

La información que el grupo de monitoreo comunitario en Bahía de los Ángeles genera ha permitido, por ejemplo, que la organización Tiburón Ballena México reúna los datos necesarios para llegar a conclusiones importantes. Una de ellas es que los ejemplares que se quedan en el Golfo de California son los “juveniles”, es decir, aquellos que no han alcanzado su madurez sexual y, por lo tanto, nunca se han reproducido.

“El Golfo de California es como el ‘kindergarden’, la primaria y la secundaria para estos animales”, asegura Dení Ramírez, directora de esa organización. De hecho, “una vez que están cerca de la madurez sexual, [los tiburones] se van y ya no los volvemos a ver”, asegura la experta. “Tenemos animales que los hemos visto durante 10 años, pero luego dejan el Golfo de California y no sabemos a dónde se van”, asegura.

Esto se ha podido comprobar porque a ciertos ejemplares les han colocado marcas satelitales. Con ellas, los científicos han rastreado a los tiburones ballena por hasta seis meses en aguas cercanas. Pero, cuando se internan mar adentro, se les pierde el rastro.

Pero eso no es todo. Hasta ahora, la ciencia ha establecido que los tiburones ballenas no emiten sonidos, sin embargo, en Bahía de los Ángeles aseguran lo contrario. “Sí hacen ruidos. Suenan como un tamboreo”, dice Vanessa Vázquez, veterinaria especializada en biotecnología marina y quien está a cargo del proyecto comunitario. Si los tiburones ballena emiten o no sonidos, es un debate vigente entre científicos porque no existe, por ahora, un registro claro.

Atardecer en Bahía de los Ángeles, en el norte de la costa del Pacífico mexicano. Foto: Josep Díaz López

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El símbolo del pueblo

Norma es el nombre de un tiburón ballena que se ha convertido en uno de los símbolos del proyecto de monitoreo y conservación. Es hembra y se llama así porque, de acuerdo con Vázquez, su estado físico es el ideal para un ejemplar. Además, se convirtió en “la consentida del pueblo” porque lleva cerca de 12 años visitando la bahía cada junio, sin falta, y la han visto crecer desde los 4.6 hasta más de 10 metros, aproximadamente.

“La primera vez que se vio fue casi empezando el proyecto y estaba chicona. Aquí la vieron crecer. Le pusieron así porque es una hembra impecable. No tiene ni un rasguño, nada, es inmaculada, un tiburón impecable. Es la norma de cómo tiene que verse un tiburón”, explica Vázquez.

Cuando Norma llegó por primera vez, eran tiempos en los que la población de Bahía de los Ángeles no le daba la importancia que hoy le da a estos animales. Incluso se montaban y surfeaban sobre ellos. Ahora, durante la temporada en la que llegan, el Estado no permite la pesca en la zona de bahía que estos animales ocupan, por lo que el pueblo ha dejado de vivir solo de la pesca y ha adoptado al tiburón ballena como su nuevo motor económico a través del turismo.

“Si no lo conservamos y cuidamos, se acaba eso”, dice el pescador José Arce, pionero en el proyecto Pejesapo, quien ve con buenos ojos el giro económico que los tiburones han traído a su pueblo. Desde que tiene memoria —dice— ha estado seguro de vivir en un “lugar único” y con la llegada de investigadores a su pueblo, se dio cuenta de que también estaba a su alcance conservar las especies.

José Arce monitoreando al tiburón ballena. Foto: Cortesía Pejesapos.

Puede leer el artículo completo aquí.

*Imagen principal: Tiburón ballena (Rhincodon typus). Foto: Jonathan Green / Galapagos Whale Shark.

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