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Reconstruir la historia del medio ambiente: una herramienta para la defensa de los mares | ENTREVISTA

Vista a un islote con guano en Baja California Sur, México. Foto: Diego Ramírez / Hagoc

  • Micheline Cariño Olvera es una historiadora ambiental e investigadora mexicana, dedicada a indagar en la relación entre las sociedades y la naturaleza. Su especialidad son los mares y sus formas productivas sustentables.
  • La experta propone visibilizar los logros de la organización social para romper con la asimetría histórica en el uso abusivo del poder sobre los ecosistemas.

Su acercamiento a la historia ambiental se dio sin saber que existía esta área de estudio. La búsqueda de respuestas a preguntas de investigación, a principios de los años noventa, llevó a la historiadora Micheline Cariño Olvera a indagar en las relaciones entre las sociedades y sus entornos naturales.

“Poco a poco fui encontrando que, precisamente, en la historia ambiental se encuentra una enorme cantidad de explicaciones que, de otra manera o con otros enfoques, se pasan por alto”, dice Cariño Olvera, profesora investigadora en la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS).

Por aquellos años llegó a vivir a ese estado ubicado en el noroeste de México. La originaria de la Ciudad de México se asentó en la ciudad costera de La Paz, en donde encontró un fascinante campo de estudio: el Golfo de California, también conocido —y mal llamado, dice la historiadora ambiental— como el “Mar de Cortés”, en alusión al conquistador español.

Micheline Cariño durante su participación en el 4to Congreso Internacional «Ciudades + humanas», en La Paz, Baja California Sur. Foto: Ian Balam.

“Llamar Mar de Cortés al Golfo de California es todavía enfatizar más el entreguismo, la pérdida de soberanía y la pérdida de identidad, de arraigo y de capacidad de decidir sobre el destino de nuestro mar”, asevera la experta.

Cariño Olvera creó el proyecto y grupo interdisciplinario de investigación de Historia Ambiental del Golfo de California (HAGOC), dedicado a la reconstrucción colectiva de la historia de las comunidades costeras de este espacio geográfico. El equipo busca contribuir a visibilizar los procesos de organización social que proponen diferentes alternativas productivas y el aprovechamiento sustentable de los ecosistemas marino-costeros.

En Mongabay Latam conversamos con Micheline Cariño Olvera respecto a la importancia de explorar la historia ambiental  para entender el presente y construir el futuro de los ecosistemas.

—¿Qué es la historia ambiental y para qué sirve?

—La historia ambiental es un enfoque de investigación histórica que tiene como finalidad el estudio de las relaciones entre las sociedades y sus entornos a través del tiempo, pero, fundamentalmente, a partir de la problemática de la crisis civilizatoria que vivimos y que está compuesta por una crisis socioecológica muy grave, más un colapso del sistema hegemónico.

Los manglares del Área de Protección de Flora y Fauna Balandra, en Baja California Sur. Foto: Astrid Arellano.

—¿Por qué es importante conocer la historia ambiental para la construcción del futuro, sobre todo, cuando se trata de proponer y trabajar estrategias de conservación?

—La historia ambiental implica dos tipos de historia: por una parte, la historia de la insustentabilidad y, por otra, la historia de la sustentabilidad. Cuando esto se estudia desde un enfoque regional, uno puede darse cuenta de que, en determinados tiempos, ciertas sociedades tuvieron relaciones con sus entornos que pudieron mantener durante largo tiempo, sin que sus entornos se vieran afectados y garantizando, por lo tanto, su reproducción social. Esta es la historia de la sustentabilidad.

Después, por diferentes circunstancias y más o menos casi en todas las regiones del mundo, este metabolismo social de baja entropía se rompe y las sociedades suelen sobreexplotar su base de sustento y también ser cada vez más dependientes de las relaciones con otras regiones. Es decir, pierden tanto su autonomía como su seguridad alimentaria; sus ecosistemas tienden a degradarse y el tejido social a romperse, empiezan a surgir muchos conflictos de tipo ecológico distributivo y, en general, a sobreexplotar todos los recursos naturales. Esa es la historia de la insustentabilidad.

Entonces, en términos generales, la historia busca siempre explicarnos el presente a la luz del pasado, pero, en buena medida, al hacer eso lo que se hace es evitar cierta angustia y cierta incertidumbre sobre el futuro. No porque el futuro se pueda predecir de esa manera ni mucho menos, sino porque las tendencias y las causas que explican la problemática del presente quedan esclarecidas y, entonces, hay una mayor claridad sobre el tipo de construcción de futuro. Los futuros no se hacen solos, sino que los actores históricos los construimos en cada presente.

Al estudiar la sustentabilidad y la insustentabilidad de las regiones es posible, primero, hacer la crítica de la insustentabilidad que vivimos, encontrar las causas y, por lo tanto, ver hacia dónde deben orientarse las transformaciones que las corrijan. También, conocer la historia de la sustentabilidad de las regiones permite entender cómo en otros tiempos, con las mismas características geográficas, otras sociedades encontraron formas de utilizar durablemente la base ecológica sobre la cual vivimos. La relación a futuro, en ese sentido, nos permite entender la causa de los problemas, identificar los errores, ver la manera de cómo corregirlos; nos inspira en formas adecuadas de vivir en esos entornos a partir de las historias locales de la sustentabilidad. Ese proceso, en ciencias sociales, corresponde a un concepto que se llama utopística y que consiste en la construcción de futuros con base en la evaluación seria de las alternativas históricas.

La salina de la Isla San José, en el Golfo de California. Foto: Diego Ramírez/Hagoc.

—¿Qué papel han jugado los pueblos indígenas y las comunidades locales en la historia ambiental y la construcción del futuro más sustentable?

—Depende mucho de cada región y de los tiempos de los que estamos hablando. Hay regiones en donde no existen pueblos indígenas ni sociedades tradicionales. Hay otras regiones en donde sí están, pero han sido oprimidos y marginados y, a duras penas, logran defender sus territorios. Hay otros en donde han tomado la batuta en los movimientos sociales que reivindican un futuro menos insustentable.

—¿Cómo romper las asimetrías en el ejercicio del poder y resignificar los territorios a partir del trabajo que hacen los grupos interesados en el medio ambiente, las comunidades locales y los pueblos indígenas? ¿Dónde radica la esperanza?

—La simetría en el ejercicio del poder la rompen los movimientos sociales cuando deciden resistir a esas formas de opresión. Pueden llegar a presentar alternativas que sustituyan esas formas de opresión y que les permitan vivir sus formas de vida tradicionales u otras formas de vida menos abusivas con los entornos.

Hay esperanza en la medida en la que exista gente luchando por las cosas que tengan sentido: por el respeto de la vida, por el reconocimiento de la crítica de este sistema suicida en el que vivimos y por los movimientos que tengan capacidad de organizarse y de hacer propuestas alternativas, que les permitan defender sus territorios y encontrar otras formas para vivir en ellos y para para hacerlos valer.

El Área de Protección de Flora y Fauna Balandra es una zona protegida con importantes comunidades de manglares, en La Paz, Baja California Sur. Foto: Astrid Arellano.

—¿Qué podemos encontrar en la historia de los mares mexicanos? Usted ha dicho anteriormente que en su riqueza radica su maldición.

Es una pregunta de muy larga respuesta. Sin embargo, lo que podemos aprender haciendo una macro síntesis es que, primero, el mar generalmente no es visto en toda su importancia en cuanto al geosistema y tampoco es visto en cuanto a su vulnerabilidad. Es decir, no es un almacén de recursos inagotables. Los mares del mundo han sido tremendamente sobreexplotados en cuanto a sus recursos pesqueros, pero también sumamente contaminados en todas las formas habidas y por haber, con desechos sólidos o líquidos que escurren o se vierten directamente. Esta es la situación de los mares a nivel global y esta región no es una excepción. Están verdaderamente muy cerca de un punto de quiebre, de un punto de no retorno, de sobrepasar su capacidad de resiliencia.

Esta historia general de sobreexplotación ya afecta profundamente a todos los mares, incluyendo al Golfo de California; cada vez da menos recursos. Esto no hace que la gente que los explota piense en formas diferentes de relacionarse con ellos, sino más bien en acabárselos. No solamente es la sobreexplotación directa de sus recursos o esta continua contaminación, sino que además la transformación de sus líneas de costa —especialmente por el avance del mercado inmobiliario y de la urbanización— también destroza el paisaje costero. Enfrentan una situación verdaderamente grave, de la que la gente parece no darse cuenta ni forzosamente importarle.

Guardianas del Estero El Conchalito, un grupo de mujeres defensoras sudcalifornianas que lograron erradicar la pesca ilegal del callo de hacha, disminuir los robos y mejorar el ecosistema del Estero el Conchalito, en La Paz, Baja California Sur. Foto: Astrid Arellano.

—¿Cómo hacer, entonces, para que la ciudadanía se interese en estos ecosistemas? ¿De qué manera deberíamos ver e interpretar a los mares?

—Requiere de mucha educación sobre la importancia de los mares y de cómo afectan, prácticamente, el resto del sistema terrestre, sobre los servicios que nos brindan a nivel de alimentación y mostrar los efectos nocivos que tienen muchas prácticas totalmente inadecuadas que se hacen en los mares. Por ejemplo, los cruceros que tiran cantidad de desechos en el mar, que hacen una cantidad espantosa de ruido, que provocan la modificación de la línea de costa para la construcción de puertos y muelles en donde atracar. La gente no forzosamente sabe todos los efectos nocivos que tienen este tipo de prácticas, la gente tampoco ha sido informada sobre la importancia de preguntarse sobre la trazabilidad de los productos del mar que consumen, con los que se alimenta y tampoco cómo la destrucción de la línea de costa —bajo muy diversas circunstancias, ya sea por puertos, marinas, construcciones residenciales u hoteles—, afecta también a los mares. La gente no sabe que todas esas actividades son tremendamente nocivas y que el mar ya no aguanta más.

La base está en la educación, por una parte y, por otra, también en la legislación, en impulsar políticas públicas. La gente que sí sabe tiene que ser capaz de organizarse para proponer políticas públicas que protejan realmente a los mares de todas estas formas abusivas e inadecuadas de tratarlos.

Taller participativo sobre las asimetrías en el Golfo de California, en la UABCS, 2018. Foto: Carlos Ibarra.

—Respecto a la historia del Golfo de California, donde usted radica y trabaja, ¿por qué ha propuesto en sus estudios que “el Mar de Cortés no existe” y cómo deberíamos repensar esta región?

—El Mar de Cortés no existe porque este mar se llama Golfo de California. Su nombre oficial, real y mexicano es ese. El apodo de “Mar de Cortés” tiene implicaciones políticas. Hay una cosa muy curiosa: quien lo empezó a llamar Mar de Cortés fue John Steinbeck [escritor norteamericano del siglo XX, autor del libro Por el Mar de Cortés], pero lo hizo con un afán crítico hacia llamarlo Golfo de California. Le pareció un apelativo más sexy, más llamativo.

Después, los intereses y los desarrolladores turísticos e inmobiliarios continuaron llamando Mar de Cortés al Golfo de California. En realidad, es una forma colonial de referirnos al mar que, de por sí, Golfo California es evidentemente un nombre que le fue dado en la época colonial, pero por lo menos es un hombre oficial e histórico; en cambio, el otro, oficialmente no existe y no debería de ser llamado así, porque estamos considerándolo como un espacio abierto del cual se pueden apropiar las industrias inmobiliarias y turísticas sin tomar en cuenta las otras formas en las que vivimos y usamos el Golfo California.

Algo interesante es que todas las diferentes formas de habitar y usar el Golfo, por las poblaciones locales, suelen no ser incompatibles entre sí. En cambio, la industria turística e inmobiliaria, que persigue la idea de la exclusividad del uso de las costas, sí es excluyente en relación con los demás usos y actores del Golfo. También ciertas formas de conservación son excluyentes.

Micheline Cariño con sus perros Thor y Gaia en la bahía de La Paz; la experta señala que la dunas fósiles que hay en la zona deberían estar protegidas. Foto: Ananda Monteforte.

—¿Cómo hacer frente, como sociedad, a un sistema que sigue acabando con los recursos naturales de los mares? ¿Hacia dónde deberíamos mirar y caminar?

—La respuesta en este y en todos los casos de defensa de los territorios y de los maritorios es la organización social y la conciencia. Además, no hay organización social si previamente no hay educación que detone la conciencia político-ecológica. Con estos usos asimétricos, abusivos y coloniales de nuestros entornos marinos, quienes obtienen los beneficios son los empresarios, los dueños del capital, los que al final de cuentas hacen negocio con nuestros territorios y maritorios, y las poblaciones locales se quedan con los costos sociales y ecológicos.

Esta es una buena razón, un buen motivo para emprender una organización y una movilización social. Toca a cada territorio, a cada lugar, a cada pueblo, a cada grupo de actores, educar y compartir estas visiones críticas y después organizarse. Es difícil, lleva tiempo. La gente muchas veces vive al día, procurando el sustento cotidiano y además hay que hacer la defensa del territorio, porque si no, pues todavía vamos a tener menos de lo poco que tenemos, ni podremos recuperar lo que nos han quitado. Entender que la acción política y la defensa de nuestros territorios no es algo que le compete al Estado, sino que es algo que nos compete a los ciudadanos. Sentarse a esperar que alguien haga algo, no es la mejor opción.

Colaboradores del taller metodológico para la realización del volumen 4 de «Nuestro Mar», un ejercicio de reconstrucción colectiva de la historia del Golfo de California. Foto: Carlos Ibarra.

—Usted habita un territorio compartido con el mar, lo vive, lo escucha y lo estudia, ¿qué es lo que encuentra fascinante en estos espacios y que quisiera que más personas comprendieran?

—Cuando uno aprende a disfrutar el mar naturalmente, sin necesidad de ruido, así con nuestros cuerpos, se tiene una sensación de paz enorme y superprofunda. Podríamos decir que el mar cura todos los malos espíritus y todas las formas de estrés. Se vuelve una persona distinta. Va uno aprendiendo a ver la naturaleza de forma diferente y a convivir en ella de forma diferente.

Para eso, la gente necesita darse la oportunidad de hacerlo. Solemos tener una relación muy poco respetuosa con el mar. Por ejemplo, vamos y se pone música súper fuerte en la playa cuando, en realidad, la música ya la está dando el mar solito. No aprendemos a escuchar el mar. O andamos buscando montar las olas con jet skis o con lanchas rápidas, haciendo ruido sin darnos la posibilidad de contacto de nuestros cuerpos con el agua del mar, ir despacio, sin ruido, para tener la posibilidad de ver las pocas aves y los pocos peces que aún habitan en el mar. Si la gente se diera la oportunidad de vivir y de sentir el mar, seguramente encontraría muchas más razones para protegerlo, pero también encontraría toda esa retribución de paz, salud, armonía, pérdida de estrés que nos otorga.

Playa El Saltito, en La Paz, Baja California Sur, donde se acostumbra acampar. Foto: Hagoc.

*Imagen principal: Vista a un islote con guano en Baja California Sur, México. Foto: Diego Ramírez / Hagoc.

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