Hemos llegado a la concesión ecoturística Taricaya (el nombre de una tortuga amazónica), junto a la Reserva Nacional Tambopata y a orillas del río del mismo nombre. En sus 466 hectáreas de bosque virgen, Taricaya es casi una extensión de la reserva: solo aquí se han registrado 517 especies de aves (muchas más que las que hay en todo Reino Unido) y, a través de cámaras trampa, la presencia de 17 jaguares (Panthera onca), además de venados, añujes (Dasyprocta punctata), sachavacas o tapires amazónicos (Tapirus terrestris), osos hormigueros, armadillos gigantes (Priodontes maximus) y demás animales de monte, que dejan sus huellas en el barro como testimonio de su presencia y, por tanto, de la buena salud que tiene este bosque.

La presencia de los shihuahuacos también es una buena señal.

—Nadie toca los árboles aquí y menos a este viejito —dice Espejo, que pudo determinar la edad de este árbol gracias a la visita de Tatiana Espinoza y Mónica Romo, dos de las estudiosas más respetadas en el continente en el estudio del shihuahuaco.

Mauricio Espejo —cabeza rapada, tatuajes tribales en los brazos— aún no ha terminado la carrera, pero sus años trabajando en proyectos de conservación en Bolivia (Estación Biológica de Santiago de Chirca) y Brasil (Proyecto Tamar) lo han vuelto un experto en monos, tortugas y anfibios, y ahora en un hombre obsesionado con el shihuahuaco, el árbol maderable más explotado del Perú: su madera es de las más duras que existen y por eso se ha convertido en la fijación de contratistas y decoradores. Su alta densidad permite que sea ideal para fabricar pisos parquet y vigas de construcción (por algo su nombre en inglés es ironwood) que terminan, sobre todo, en China, la Unión Europea y Estados Unidos (juntas suman más del 80 % de las exportaciones hechas entre 2016 y 2022). El peligro es que su sobreexplotación puede ponerla en serio riesgo de desaparecer.

Crédito: Fernando Pano

De acuerdo a las fichas de categorización de este árbol —elaboradas por la bióloga y doctora en ecología Mónica Romo para el Servicio Nacional Forestal y de Fauna Silvestre—, el shihuahuaco (Dipteryx ferrea y Dipteryx micratha, dos de las tres especies que habitan la selva peruana) se encuentra en Peligro Crítico, la categoría de amenaza más grave de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Las mismas fichas también establecen que entre los años 2000 y 2015 se extrajeron 309 955 shihuahuacos adultos. Vale la pena hacer cálculos: hablamos de más de 19 000 árboles talados cada año. Unos 1600 al mes. Más de 50 árboles cada día.

Ahora el shihuahuaco está incluido en el Anexo II de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES). Esto, por supuesto, ha sido motivo de debate. Para quienes extraen el árbol, se trata de un error pues afirman que la especie no está amenazada en el Perú: aseguran que hay millones de shihuahuacos en las reservas nacionales y los territorios de los pueblos originarios en aislamiento. Para los científicos, sin embargo, existe peligro real: si el shihuahuaco continúa siendo extraído como hasta ahora puede entrar en un proceso de extinción (como ya ocurrió en otras zonas de la selva peruana con el cedro y la caoba) con graves consecuencias para el ecosistema amazónico.

Mauricio Espejo ha visto de cerca esa destrucción. Nunca olvidará la primera vez que unos madereros, en una concesión forestal donde hacía monitoreo de monos aulladores, cortaron en una hora, a punta de motosierra, un shihuahuaco de 200 años. Vio como le ataron cadenas y lo arrastraron hacia el río. Recuerda el olor del shihuahuaco, como de “madera guardada”, un aroma, dice, que le recuerda a su abuelo que pronto cumplirá 100 años.

Hoy su obsesión lo ha llevado a que, en sus noches de insomnio, salga de su cabaña a las tres de la mañana a caminar las trochas de Taricaya en busca de nuevos shihuahuacos.

Mauricio Espejo asegura que el shihuahuaco huele a “madera guardada”. Foto: Max Cabello Orcasitas

Cómo nace un árbol milenario

—La clave está en las hojas —dice y señala un shihuahuaco bebé, el número 301—. Es la mejor manera de identificarlo cuando está pequeño. Si no, sería como buscar una aguja en un pajar.

Las hojas del shihuahuaco son compuestas, explica Espejo: cada hoja está dividida en varias hojuelas (entre seis y ocho) llamadas foliolos. Cada foliolo, a su vez, es asimétrico (uno de sus lados es más angosto que el otro), sus filos son ligeramente ondulados y pueden moverse de manera independiente, de modo que, cuando hace mucho calor, las hojas pueden reducir su área para no recibir demasiada luz solar y deshidratarse.

Si Espejo da con un árbol bebé que calce con esa descripción, entonces registra su ubicación con el GPS y le pone una etiqueta rosada donde escribe el número del ejemplar, la cantidad de hojas, la estatura y el diámetro del tronco.

—A todos los shihuahuacos que tengo me los sé de memoria.

(De hecho, a un par de shihuahuacos de medio siglo les ha puesto los nombres de sus gatos: Tito y Pacae. A otro, le puso Fernanda, el nombre de su novia peruana, también veterinaria.)

Uno de los bebés de shihuahuaco que ha registrado Mauricio Espejo. Foto: Max Cabello Orcasitas

Gracias a ese trabajo, y a lo largo de los últimos ocho meses, Mauricio Espejo ya ha registrado 640 shihuahuacos bebé y 40 adultos, luego de recorrer el 70 % de la concesión. Toda la información que está recopilando servirá para su primer artículo científico sobre la propagación de este árbol en un bosque virgen (y que se sumará a larga lista de estudios que en los últimos años se han hecho sobre esta especie).

Pero, ¿cómo nace un shihuahauco? Mientras caminamos por una de las trochas de Taricaya, Espejo se detiene de cuando en cuando frente a los shihuahuacos más pequeños para explicarnos. Todo empieza al sexto año de edad cuando, con la llegada de las lluvias, las copas de los shihuahuacos maduros comienzan a llenarse de pequeñas flores de pétalos rosas, que una vez polinizadas por abejas silvestres sin aguijón (y a veces por mariposas), comienzan a concebir sus frutos: hasta unas 5000 bayas ovaladas de un gris verduzco, que comienzan a verse entre agosto y noviembre. Al madurar, muchas de ellas caen en la tierra hasta que gracias a la combinación de determinados factores (la lluvia, la sombra, la luz solar) encuentran el momento de germinar.

El problema es que caer cerca del árbol madre puede ser letal para el árbol hijo: debido a su enorme copa, el shihuahuaco adulto no permite que llegue suficiente luz solar al pequeño que está por desarrollarse.

—Los árboles compiten y si tienen que evitar que otro como ellos crezca a su lado, pues lo evitan —advierte Espejo—. En la selva, nuestra medida de lo bueno y lo malo no funciona.

Infografía e ilustración: Aldo Domínguez de la Torre

La semilla, aunque germine, está destinada a morir. De ahí que el papel de los diseminadores animales sea tan importante para la supervivencia del shihuahuaco.

Cuando las bayas están maduras, los murciélagos del género Artibeus comienzan a merodear sus copas. Entonces uno toma un fruto y, para no gastar energía, planea hasta una palmera cercana, tal vez a unos 500 metros del gran shihuahuaco. No es una palmera cualquiera: es la palmera que siempre usa para comer. Entonces se cuelga allí y devora la pulpa rica en lípidos, hasta dejar solo la nuez que protege la semilla del shihuahuaco.

En un momento del camino, vimos uno de esos comideros. Bajo una palmera, entre los excrementos de estos animales, uno o varios murciélagos habían dejado un buen montón de frutos del shihuahuaco. Pero ya estaban abiertos: los añujes, unos roedores amazónicos del tamaño de una ardilla, ya se habían dado un festín abriendo las nueces y comiendo las semillas de su interior.

—Lo bueno es que el añuje es un animal olvidadizo y a veces se lleva las nueces y las entierra y luego se olvida dónde las puso. Sin querer, así va sembrando shihuahuacos.

Fruto del shihuahuaco ya abierto. Foto: Max Cabello Orcasitas

A lo largo de nuestro recorrido vimos varios ejemplares enormes de dos o tres siglos. En lo alto, sus ramas se abren como brazos que parecen sostener las nubes. Son las ramas donde los monos araña (Ateles chamek), agrupados en centenares, van a dormir cada noche; donde los guacamayos y las águilas arpías (Harpia harpyja) hacen sus nidos; donde las abejas sin aguijón hacen sus panales y el murciélago recoge su alimento. Incluso cuando el shihuahuaco muere, su cadáver sirve para dar vida a otras especies: la madera que se va pudriendo ayuda a formar las colpas, donde el tapir, el oso hormiguero y el venado van a comer una arcilla rica en minerales y buena para su digestión.

—Tumbar un árbol aquí es tumbar toda una cadena del ecosistema que viene desde atrás.

Por eso Mauricio Espejo dice que seguirá saliendo de madrugada con sus botas de jebe, su machete y su linterna frontal para encontrar todos los shihuahuacos que pueda. Hace unos días, por ejemplo, “rescató” a uno más: a un lado de su cabaña, junto a la escalera, tiene una pequeña planta dentro de una bolsa negra con un poco de tierra. De ella sale un tallo con una hoja compuesta de ocho foliolos verdísimos. Es un bebé shihuahuaco, nos dijo Espejo, lo encontró “dobladito” debajo de una palmera caída.

—Si sobrevivió es porque tiene ganas de vivir.

A los guacamayos les gusta anidar en este majestuoso árbol. Foto: Max Cabello Orcasitas

No solo un árbol: también una persona

Dicen los científicos que los primeros árboles surgieron sobre la faz de la Tierra hace unos 300 millones de años. Y tal vez por esa monumental antigüedad, es que, en varias tradiciones culturales y religiosas conectadas con la naturaleza, han sido considerados criaturas mágicas, a veces deidades, seres capaces de transmitir sabiduría a hombres y mujeres que sabían escucharlos. Ahí están el árbol del conocimiento y el árbol de la vida de la doctrina judeocristiana. O los poderosos robles de la tradición celta, cuyos surcos sagrados sirvieron como templos de la Madre Tierra. O el Bodhi, la higuera sagrada bajo la cual Buda alcanzó la iluminación. O el Yggdrasil, el Árbol del Mundo en la mitología nórdica. O los sicómoros, mencionados por los egipcios en el Libro de los Muertos como parte del último lugar de descanso del alma. Incluso los Ents, centinelas mitad árbol y mitad gigantes nacidos en las ficciones de Tolkien.

En la Amazonía, el bosque tropical más extenso del planeta, con 420 naciones indígenas habitándola durante generaciones, los árboles también protagonizan sus propias leyendas.

Cuentan los ese’ejja (“gente verdadera” en su lengua) que en el principio, luego de que los primeros humanos bajaran del cielo por una soga de algodón, existía un árbol originario: el mawi o almendrillo, otro de los nombres que los ese’ejja (sobre todo quienes habitan la cuenca del Beni, selva de Bolivia) le dan al shihuahauco. Cuando las aves vieron aquel coloso de madera en una playa del Tambopata, fueron a posarse en su copa. Pero el peso de todas ellas hizo gritar de dolor a sus ramas, hasta que se rompieron en pedazos y los pájaros se fueron volando por todos los rincones de la Tierra.

—Y de esas ramas quebradas salieron otros árboles y así nomás se formó el monte donde ahora vivimos.

Víctor y Juan Pesha recuerdan esa y otras historias que su abuelo solía contarles cuando eran niños, mientras navegaban río abajo por el Tambopata y les señalaba el árbol más alto de esa ribera: un shihuahuaco. Ahora, más de medio siglo después, mientras observamos el mismo árbol desde el bote, dicen que “está igualito”: su copa se expande unos 40 metros a la redonda, superando a sus vecinos. No pueden precisar su edad —tampoco saben qué significa shihuahuaco—, pero por el grosor de su tronco le calculan varios cientos de años.

—El árbol tiene espíritu, su eshawa, hay que respetarlo porque te puede hacer daño. No es una planta nomás, también es persona.

Los hermanos Pesha son gente respetada entre los ese’ejja. Víctor, el mayor, fue presidente de la Federación Nativa del Río Madre de Dios y Afluentes (Fenamad) y Juan, el menor, es secretario del Consejo Ejecutivo de la nación ese’ejja y presidente de su comunidad, con 600 habitantes y un nombre amenazante: Infierno.

—Así le decían los colonos japoneses que llegaron por acá, hace años de años —se ríe Víctor, el pelo canoso, la cara roja por el sol, los ojos achinados detrás de sus gafas—. Mucha calor hacía, mucho mosquito, mucha avispa, parece un infierno, decían.

Vista en un mapa satelital, Infierno es un rectángulo verde atravesado por el serpenteante Tambopata, y al que uno puede llegar viajando 45 minutos en taxi colectivo desde Puerto Maldonado. Por su flanco norte, sufre amenazas de tala ilegal e incendios forestales que se propagan con los ventarrones, cuando sus vecinos rozan y queman sus parcelas. En su flanco sur, sus bosques vírgenes están protegidos en un área de 30 kilómetros cuadrados (la quinta parte de su territorio) colindantes a la Reserva Nacional Tambopata, una de las zonas con la mayor diversidad de plantas y animales que existen.

Una de las imágenes que es posible mirar en la Reserva Nacional Tambopata y sus zonas colindantes. Foto: Max Cabello Orcasitas

Precisamente en ese espacio, los ese’ejja de Infierno poseen una reserva comunal dedicada a la conservación y al turismo vivencial. Allí tienen dos albergues y hemos llegado a uno de ellos —el ecolodge llamado Ñape, por el mítico curandero ese’ejja, un eyámitekua— para ir en busca de shihuahuacos.

En la cosmovisión ese’ejja, los edósikiana, “dueños de la naturaleza”, adoptan la forma de cualquier ser del bosque. Un jaguar. Una serpiente. Un águila arpía. O un shihuahuaco, como el que ahora vemos mientras caminamos por el bosque (encontraremos siete ese día), entre otros tantos “paisanos” con dones curativos que los hermanos Pesha se saben de memoria: la flor morada del piri piri (Cyperus articulatus) para tener suerte en el amor, la corteza del chiric sanango (Brunfelsia grandiflora) para el resfrío, la raíz tuberosa del jergón sacha (Dracontium loretense) para la mordedura de culebra, la resina de sangre de grado (Croton lechleri) para cicatrizar heridas, el agua del ajo sacha (Mansoa alliacea) para botar la “saladera”, y la chacruna (Psychotria viridis) para potenciar las visiones del ayahuasca (Banisteriopsis caapi), planta maestra que los ese’ejja aprendieron a usar gracias al conocimiento de curanderos shipibos, llegados de la selva norte del Perú.

—Al ayahuasca lo hervimos con la corteza del shihuahuaco para tener más protección espiritual. —dice Juan Pesha, antes de disponerse a abrazar un shihuahuaco de 300 años— Como es árbol duro, fuerte, como coraza de hierro, así te protege.

Mucho antes de que la industria maderera y minera fueran los motores económicos de Madre de Dios, los ese’ejja vivían en grupos familiares, dispersos en la selva. Recién en los años setenta, ante la necesidad de tener una escuela, ese’ejjas y colonos decidieron juntarse para fundar Infierno. Por esos días, las familias construían sus casas lejos del shihuahuaco —su altura los hace peligrosos, nos dijeron, porque atrae los rayos— y lo talaban muy de vez en cuando: su tronco durísimo era difícil de cortar con hachas, y sacarla a rastras de la profundidad de la selva requería la fuerza de un buen puñado de hombres. Una vez, Juan Pesha ayudó a tumbar uno para construir un puente y vio como el agua almacenada en su tronco comenzaba a brotar. La bebió y le gustó: sabía a chicha de jora, una bebida fermentada de maíz. Sus mayores le habían dicho que era buena para el corazón y un gran afrodisiaco. Pero que no olvidara pedir permiso a los edósikana antes de tomar alguna “pertenencia” del bosque.

El chullachaqui es uno de esos “dueños del bosque”. Un duende parecido a un hombre bajito y fornido, con un sombrero de paja, ropa haraposa color de las hojas secas, un pie de animal y otro de humano, que vive en la base de los árboles más altos y más viejos. A veces, cuentan los ese’ejja, toma la forma de alguien que conoces para que lo sigas “y hacerte perder en el bosque”, o golpea las aletas tablares de los shihuahuacos, tum tum tum, como un tambor, como si enviara un mensaje.

—Así hace el chullachaqui cuando se molesta, cuando gente extraña corta los árboles solo por la plata.

A partir de los noventa, la explotación del shihuahuaco por la industria maderera se hizo más agresiva. Foto: Max Cabello Orcasitas

Por desgracia, admiten los hermanos Pesha, desde mediados de los noventa, con la expansión de las carreteras en la selva —en especial, con la construcción de la Interoceánica Sur, que dio acceso a los bosques de Madre de Dios—, la explotación del shihuahuaco por la industria maderera se hizo más agresiva. Hubo comuneros de Infierno que se integraron rápidamente a esa economía. Por un lado, estaban los colonos que llegaban de la sierra con “otra mentalidad”, se queja Juan, “no se les pasa por la cabeza el cambio climático ni la conservación”. Y, por otro lado —y para él quizá sea lo más grave—, estaban los ese’ejja más jóvenes, cada vez más desconectados de sus tradiciones, de su lengua y de la vida en comunidad.

—Hay un pensamiento más individualista. Ahora cada uno defiende su pellejo, cada uno ve por su persona y pocos participan en las asambleas. Pero si avisas: va a haber plata del bono de carbono, plata del albergue turístico, al toque la casa comunal está llenecita.

Frente a esos vínculos rotos, y pese a que en Infierno nadie puede cortar un shihuahuaco sin permiso de sus autoridades, los Pesha creen que es imposible evitar que alguna vez, en alguna zona remota del bosque, alguien derribe a punta de motosierra un árbol de varios siglos en poco más de media hora.

La razón es simple: cuando se trata de tener dinero rápido en los bolsillos, un shihuahuaco vale más muerto que vivo.

Autobiografía de la madera

Este es su cuerpo: un shihuahuaco de casi 70 toneladas yace tirado sobre la selva húmeda, luego de aplastar incontables alimañas, hongos, musgos y otros árboles más débiles que él. La caída deja ver sus raíces leñosas, extendidas varios metros en todas direcciones, como tentáctulos petrificados.

El carpintero Gilbert Arróspide nos ha guiado hasta este claro de su bosque para probarme que él no ha tumbado este shihuahuaco que, según su cálculo, debe medir unos 45 metros de largo y tener no menos de tres siglos. Fue una mañana de 2021 cuando, vigilando esta zona, lo encontró tumbado, probablemente por el peso de sus ramas y la fuerza de algún ventarrón.

Para mostrar lo gigantesco que es, Arróspide va abriéndose paso con su machete, cortando la maleza para no tropezar sobre el monte, hasta que lo vemos de cerca: en la base de su antigua copa, el tronco del shihuahuaco se abulta y se ramifica en cuatro brazos tan gruesos que “parecen árboles ellos solitos”.

De una de esas ramas, una vez limpia de su corteza llena de hormigas, hongos y telarañas, Arróspide ha cortado tablones de madera, con anillos apenas visibles que —según la dendrología— dan cuenta de la vida que llevó este shihuahuaco. La madera de un árbol es su memoria: sus anillos son un registro de los cambios ecológicos y físicos que ha sufrido. Un anillo grueso puede ser fruto de un año lluvioso o de un estirón en la adolescencia; puede ser grueso en un lado y estrecho en otro por la ausencia o presencia de otros árboles competidores; quién sabe si por la caída de una rama.

Un árbol, cualquier árbol, escribe dentro suyo su biografía.

El tronco de un shihuahuaco yace tirado sobre la selva húmeda. Foto: Max Cabello Orcasitas

En cuanto a este shihuahuaco, digamos que sus anillos configuran una escritura sutil: los árboles de bosques tropicales, con crecimiento continuo durante todo el año, sin estaciones marcadas, tienen anillos muy poco definidos, como puede verse en la madera rojiza y densa que Gilbert Arróspide ha sacado de este árbol caído.

De esta madera, dice, ha fabricado el nuevo letrero de bienvenida para la comunidad, además de un par de largas mesas rústicas con sus bancas, mesas de noche, mesas de centro, lavatorios de baño y repisas, algunas vendidas en ferias de artesanos y otras hechas para el hospedaje ecoturístico que ha puesto en un claro de su terreno. Le queda, por supuesto, mucho más de la mitad del shihuahuaco por aprovechar.

—Solo uso lo que ya está caído de mi parcela —asegura el carpintero nacido en Puerto Maldonado, pero criado en Infierno—. Mis árboles valen más así, paraditos como los ves.

Cuando era un veinteañero, trabajó como cuartelero y luego como guía de turismo en Posada Amazonas, uno de los albergues que, desde 1996, la comunidad de Infierno administra junto a Rainforest Expeditions. Allí, mientras guiaba a biólogos y fotógrafos de vida salvaje, entendió la importancia ecológica del shihuahuaco (aunque tampoco pudo averiguar qué significaba ese nombre): aprendió a treparse a estos árboles para estudiar cómo los guacamayos hacen sus nidos en los agujeros de los troncos más robustos.

—Por eso no los corto. Mira este, por ejemplo —dice Gilbert Arróspide y señala un shihuahuaco algo inclinado.

En una bifurcación de dos ramas altísimas se alcanza a ver una ruma de maleza y ramitas secas: es el nido de una águila crestada, especie amenazada por la deforestación y el tráfico de animales.

—¿Cómo voy a talar este árbol para hacerlo carbón? Ni loco.

No es que no se le haya ocurrido. De un solo árbol adulto, cuenta Arróspide, se puede sacar hasta unos 7000 kilos de carbón y ganar entre 12 000 y 15 000 soles (alrededor de 4000 dólares) en un mes de trabajo. Lo sabe porque vecinos suyos están en el negocio.

Investigaciones periodísticas han revelado el daño que el negocio del carbón vegetal en Madre de Dios le hace a los shihuahuacos: solo en 2021, más del 57 % de la madera usada para hacer carbón venía de esta especie en “Peligro Crítico”. En las afueras de Iñapari, al norte de esta región, en la frontera con Bolivia, pueden verse troncos encerrados en enormes hornos de leña y tierra, carbonizándose lentamente durante días, para luego salir en sacos hasta los supermercados y restaurantes de pollo a la brasa y pizzerías de la capital.

La madera del shihuahuaco se exporta, pero también se comercializa en Perú para fabricar carbón. Foto: Max Cabello Orcasitas

La extracción de este árbol para obtener madera también es algo problemático. Si bien su crecimiento en altura es relativamente rápido (alcanza una estatura de hasta 25 metros a los 20 años de edad), los shihuahaucos tienen un crecimiento en diámetro extremadamente lento: según la ficha de especie elaborada por las autoridades forestales, esta especie tiene una tasa promedio de crecimiento de 2.77 milímetros por año durante el primer siglo de vida y de 0.86 milímetros luego de los tres siglos. Es decir, para que un shihuahuaco pueda alcanzar su diámetro mínimo de corte (51 centímetros), tienen que pasar 260 años desde su germinación. Ese dato, según una investigación liderada en 2020 por la ingeniera forestal Tatiana Espinoza, permite concluir que, para el shihuahuaco, “no sería sostenible ninguna forma de extracción con fines maderables”.

—Vecinos vienen por acá, me dicen: tienes harta madera, ¿por qué no la sacas? Pero yo siempre digo que no. Si lo hago me va a servir una semana, un mes. Incluso ganaría más plata convirtiéndolo en tablas o fabricando muebles, pero muchos no tienen ni la capacidad ni las ganas —dice Gilbert Arróspide, que ha planteado a varios comuneros de Infierno hacer un taller de muebles rústicos con árboles caídos. Hasta ahora sigue solo en esa empresa.

Tampoco se trata de detener por completo la tala de árboles. Se trata, sobre todo, de no ver los árboles como simple mercancía. En su libro Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal, el botánico italiano Stefano Mancuso ha explicado que las plantas —y entre ellas los árboles— “son organismos inteligentes”: son sensibles (están dotadas de sentidos), duermen, memorizan y se comunican (entre ellas y con otros animales) a través de sus raíces interconectadas en una amplia red formada por millones de diferentes hongos, como una Wood Wide Web, que les permite conectar con cada ejemplar, recopilar y difundir información entre sus compañeros árboles. Tal vez se trate entonces, como ha ensayado Mancuso, de reconocer que la destrucción indiscriminada de los bosques (y en especial de especies como el shihuahuaco) “es moralmente injustificable”.

Los shihuahaucos tienen un crecimiento en diámetro de su tronco extremadamente lento. Foto: Max Cabello Orcasitas

—Estos patas [amigos] que están acá parados son inocentes ¿no? Si tuviesen herramientas para defenderse de todo esto, de hecho, nos sacan la mugre, pero el hombre abusa. No soy cien por ciento radical, pero creo que estos árboles merecen su oportunidad. Por más que digan que el hombre tiene que progresar, puedes verlo de otra forma.

Gilbert Arróspide ha visto a otros comuneros vender sus árboles. Su padre, por ejemplo.

En su chacra, a orillas del Tambopata, el anciano tenía un shihuahuaco enorme, de más de 200 años. Pero un día, urgido por alguna deuda, vendió el árbol a un vecino. Le pagaron 1800 soles, menos de 500 dólares.

—Yo siempre que lo iba a visitar, miraba ese árbol. Pero un día, caminando por el monte, ya no lo encontré. Lo habían hecho carbón todito. Le reclamé a mi viejo y se sintió un poco triste… Luego se enfermó y en el momento menos pensado, se fue.

Quizá por eso, luego de su pérdida, el carpintero Gilbert Arróspide se prometió conservar en pie todos sus shihuahuacos. No solo por el negocio turístico que tiene con sus hijos. No porque ese árbol le recuerde a su padre. Solo no quiere cometer el mismo error por dinero. Hacer algo de lo que luego se arrepienta.

 

*Ilustración principal: Aldo Domínguez de la Torre

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Artículo publicado por Thelma gomez
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