- Apropapur comenzó en 1997 como una asociación de productores y vendedores de sandía (citrullus lanatus), impulsados por la necesidad de vender la fruta a un precio justo.
- Actualmente son 23 familias que trabajan de manera mancomunada por un desarrollo mutuo que se ha mantenido a pesar de múltiples retos económicos y ambientales.
- La Ciénaga grande del bajo Sinú cuenta con más de 42 000 hectáreas.
- Es un ecosistema altamente degradado y sedimentado, a causa de la minería, el represamiento del agua, la ganadería y la sobreexplotación de sus recursos.
Los canales Zenúes forman parte del patrimonio inmaterial colombiano. Este proceso arquitectónico ancestral, cuyo auge suele situarse entre el 200 a.C y el 1.100 d.C, es un ejemplo de cultura anfibia, de cómo convivir con el agua. El proyecto de la Asociación de Productores, Pescadores, Agricultores y Artes Agroecológicos de Purísima, Córdoba, Apropapur, se ha encargado desde 2013 de recuperar y replicar este sistema que pretende servir de contención ante los retos sociales y climáticos.
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Era otro paisaje cuando Manuel Tovar salía con su abuelo a pescar a la ciénaga y encontraban sábalos (megalops atlanticus) que podían llegar a pesar 150 kilogramos. Cuando veían manatíes gigantes (trichechus manatus) con sus crías. En esa época que recuerda Tovar, hoy con 93 años, abundaban los árboles, tanto que –según rememora— era posible perderse entre los caños de la ciénaga si no se tenía cuidado.

Ahora en la ciénaga no se consigue mucho pescado, lo que los pescadores capturan es muy poco y muy pequeño. El panorama es llano, con unos pocos parches de árboles y plantas alrededor. “En el bosque estaba uno resguardado del sol, ahora sale uno y no se puede refugiar en ningún lado, el sustento lo sacaba de acá, de la ciénaga”, relata Tovar. Aunque la pesca no fuera abundante, siempre había comida.
En septiembre de 1997, varias familias de Purísima, Córdoba, decidieron juntarse bajo el nombre de Apropapur. La asociación se estableció ante la necesidad de producir y comercializar frutas y verduras a un precio justo. Con el tiempo se han cimentado como un proyecto productivo comunitario que convive con el agua y aprovecha los recursos de la ciénaga.
En este proceso de transformación, uno de los hitos fue la construcción e inauguración de la Central Hidroeléctrica Urrá I, en el año 2000. Este proyecto cambió radicalmente el paisaje y afectó a las comunidades de la Ciénaga grande del bajo Sinú porque la dinámica natural del río se alteró, así como su relación con la ciénaga.
El bocachico (Prochilodus magdalenae), especie de pez emblemático del río Magdalena, en Colombia, desovaba en la parte alta del río Sinú. Una vez represada el agua para Urrá I, este proceso natural se detuvo. Varios miembros de la Apropapur cuentan que desde ese momento no se encuentran peces en estado natural. Los peces que hoy abundan en la ciénaga son de laboratorio, provenientes de estanques de producción.

En ese momento Apropapur formaba parte de la Asociación de Pescadores Campesinos Indígenas y Afrodescendientes para el Desarrollo Comunitario de la Ciénaga Grande del Bajo Sinú, Asprocig, y a través de ésta, se logró una compensación del proyecto. Una parte consistió en la entrega de un terreno de diez hectáreas donde la comunidad construyó cuatro estanques para el cultivo de peces.
Esta compensación fue el comienzo de un camino diferente para Apropapur. Es así como en 2013, junto a la fundación Herencia Ambiental, con el apoyo de la Corporación Autónoma Regional de los Valles del Sinú y del San Jorge (CVS) y de un fondo del Global Environment Facility (GEF), ejecutaron un proyecto para replicar el sistema ancestral de los canales Zenúes.
El experimento de los camellones y canales Zenúes
Carlos Castaño-Uribe, cofundador de Herencia Ambiental, experto en antropología biocultural, explica que “hay una brecha muy grande entre el deseo de las políticas en la instancia nacional y la identidad de las comunidades que sienten la política de una forma muy diferente”. Para Castaño-Uribe, la mayoría de los proyectos que se construyen en Colombia no tienen un polo a tierra, son ideas sin raíces.
Este antropólogo cree que la política pública en Colombia debería tener en cuenta tres aspectos: social, ambiental y cultural. Es por esto que al llegar desde el lado de una fundación fue también empezar a pensar de otra forma, desde lo comunitario.
Tras haber trabajado en la elaboración políticas públicas, así como en la dirección del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales, Ideam y en Parques Nacionales Naturales de Colombia, Castaño-Uribe cree que la falta de continuidad de los proyectos a nivel estatal, así como la fragilidad de los procesos generan fallas estructurales a esas iniciativas. Es mediante la antropología biocultural que se puede integrar el conocimiento biológico, cultural y ambiental de un territorio.
“Este modelo, a mi juicio, permite entender un poco mejor el sentido y el propósito de lo que se quiere alcanzar en un proyecto”, precisa Castaño-Uribe. De ese modelo de diseño de proyecto es que surge la iniciativa de replicar los procesos ancestrales Zenúes mediante un proyecto experimental.
El propósito inicial era buscar soluciones paliativas al cambio climático y mejorar las condiciones de soberanía alimentaria de la población. Apropapur fue la asociación beneficiada para implementar un proyecto experimental en el que se trató de aprovechar la dinámica anfibia propia del territorio.
Durante los meses de sequía se construyen una serie de zanjas en forma de pequeño reservorio de agua. El material removido, una mezcla de tierra con otros minerales, se apila en los bordes de estos reservorios, formando un camellón o colina, que se empieza a preparar para siembras y plantaciones.
Los canales consisten en una serie de camellones, una técnica agrícola para la producción de cultivos en la que se amontona la tierra en línea, para brindarle mejores condiciones a la planta, y en este caso, en los que se aprovechan las tierras inundables del territorio durante el invierno cuando la ciénaga aumenta. De esta manera queda un espacio inundable y alrededor un espacio elevado en el que se plantan cultivos.
Los resultados de esta practica permiten disponer del agua, canalizar su cauce para evitar que inunde casas o cultivos y aprovechar los sedimentos para abonar la tierra. Ademas, este sistema permite convivir con la variabilidad climática y con el ecosistema cenagoso.
Es decir, en temporada de lluvias, los camellones sirven de contención para evitar que el agua se suba a zonas más altas, y en temporada de sequía, se convierten en reservorios de agua para cultivos aledaños. El proceso se realizó por fases, desde 2013 hasta 2019, con un resultado final de 23 camellones construidos.
Cada camellón tiene un canal de agua de aproximadamente 100 metros de largo por 15 metros de ancho, con una profundidad de entre tres a cuatro metros. El estimado que hace Antonio Coneo, miembro fundador de Apropapur, es que el costo de este proyecto, al menos de la construcción de los canales, fue de 134 millones de pesos, (33 000 dólares).

Coneo cuenta que prácticamente desde que se inició el proyecto, han retornado especies como el chavarrí (Chauna chavaria), que algunas personas en municipios de la costa Caribe suelen tener en cautiverio. Esta es un ave exótica insignia de humedales y sitios cenagosos que suele alimentarse exclusivamente de plantas. Por otra parte, están adelantando un plan de cuidado de tortugas hicoteas (Trachemys callirostris). “Ya hemos liberado más de 2000”, afirma.
En los canales se encuentra el proyecto productivo más importante de la asociación, el cultivo de pescado. Las cifras arrojan que para cultivar una tonelada de pescado se requiere al menos de 4 800 000 pesos (1200 dólares). En los últimos años, los insumos han aumentado considerablemente. Hoy esa tonelada de pescado, una vez cosechada, puede tener precios por encima de los 8 500 000 pesos (2150 dólares).
Para Coneo, este es un proceso replicable, principalmente en el territorio de La Mojana, Ayapel y Córdoba. Para él, sólo hay que querer ejecutar el proyecto y hacerlo real. A pesar de que ha habido intentos de instalar este proyecto en otros lugares de la ciénaga, hasta ahora no ha sido posible por falta de recursos e iniciativa local y nacional.
En este punto coincide Elsy Cárdenas Ávila, tesorera de la organización, quien afirma que “la responsabilidad principal es tenerle amor al proyecto”. Y el amor, para ella, implica organizarse bien, no pelear y mantener el lugar limpio. Cada afiliado tiene su propia parcela en la que pueden cultivar, pero en sí el proyecto es de todos. “Necesitamos mostrar que sí se puede, estamos en la ciénaga que es una tierra salitrosa pero con todo el cuidado podemos producir y tener para comer”, dice.
“De los que estamos allí ninguno recibe un sueldo, no es que nos den todo, también nos toca sacar recursos a nosotros y sabemos que para algunos es difícil”, sostiene Lorenza Tovar, actual presidenta de la asociación. Es por esa razón que siguen tocando puertas de ministerios, gobernaciones, organizaciones y entidades que puedan apoyar este proyecto, así como replicarlo en otros lugares de la ciénaga.
A pesar de esto, las dos mujeres líderes aseguran que gracias a los cultivos y al pescado que producen en Apropapur, pueden suplir entre el 60 % y el 80 % de su alimentación. El reto que tienen por delante es grande, no solo porque requiere de una labor constante sino porque los recursos para ejecutar los proyectos no siempre están a su alcance.

La Depresión Momposina
La ciénaga grande del bajo Sinú, con unas 42 370 hectáreas de extensión, forma parte de un complejo más grande denominado Depresión Momposina, un ecosistema que ha sido transformado de manera antrópica desde hace varios siglos.
Gracias al trabajo de investigadores como Ana María Falchetti, Clemencia Plazas, Gerardo Reichel Dolmatoff, Thomas van der Hammen, Fernando Montejo, entre otros, se han podido establecer algunas de las prácticas ancestrales en el territorio. Entre esas prácticas, la que suele destacar es la ingeniería de camellones.
Sneider Hernán Rojas, director del programa de la Depresión Momposina en la Universidad de Antioquia, trabaja junto a su equipo en varios frentes de investigación: sobre la cerámica, su procedencia y origen; con análisis estratigráficos para determinar cómo se construyeron los canales y camellones; y un análisis de fitobotánica para determinar las especies cultivadas y la fauna de ese momento, todo eso bajo un análisis temporal por medio del uso de carbono- 14.
Hay dos hipótesis de la construcción de estos canales y camellones, una es que lo hicieron arrastrando sedimento y poniéndolo encima, haciendo una zanja y superponiendo el material sobre un costado. Y la otra hipótesis es la de dejar que el agua actúe. “Pero eso lo debemos confirmar con la micro estratigrafía de los camellones, porque los canales están colmatados de material reciente”, explica Rojas.
Falchetti y Plazas siguieron la caracterización que hizo Fray Pedro Simón en el siglo XVII, según la cual allí habitaban los pueblos Finzenú, Panzenú, y Zenufana. De ahí surgió la idea de que estos pueblos eran grandes orfebres y grandes ingenieros por haber construido esos camellones, pero además “eran pueblos herederos de una tradición jerárquicamente organizada donde las mujeres lideraban”, afirma Sneider Rojas. Según las investigadoras, en total se modificaron alrededor de 500 000 hectáreas en la Depresión Momposina.
La ciénaga de hoy es otra
Para el profesor Rojas, es notable cómo este suelo se ha sedimentado y degradado con el tiempo. “Las ciénagas eran reservorios de agua, antes había ciénagas que tenían dos y tres metros de profundidad, hoy pueden ser lagunas de 50 centímetros de profundidad, eso no es nada, entonces no hay ni cría de animales ni alevinos ni nada, es un charco”.
Según investigadores y habitantes de la región la ciénaga no es la misma de hace unos años, pues su paisaje ha cambiado, así como la fauna que habita allí. Los factores que han influido son múltiples: la hidroeléctrica Urrá I, la ganadería, la construcción de la vía variante al mar de Lorica y la sobreexplotación de recursos por parte de las mismas comunidades.
Apropapur es un proyecto experimental que da cuenta de que sí es posible convivir con los cambios propios de la ciénaga. Juan Manuel Coneo, hijo de Lorenza Tobar y Antonio Coneo, está liderando la elaboración de proyectos y la consecución de recursos para seguir fortaleciendo el camino de la asociación.
“Cuando venía la ciénaga, en la infancia, uno era feliz, uno anhelaba que viniera, y cuando se iba, uno decía, ya viene la patilla”, cuenta este hombre que nació en la ciénaga. Además, cree que la falta de planificación sobre el territorio aumentó el nivel de degradación del cuerpo de agua.
Otro de los inconvenientes que han tenido en la asociación ha sido la relación con otras personas, pues en varias ocasiones han intentado quemar árboles que ellos han sembrado. También los afecta la ganadería, pues se ha incrementado la presencia de búfalos, animales mucho más pesados que las vacas, que aumentan la compactación del suelo.
“A veces uno dice, me devuelvo para la ciudad, busco un trabajo y lo que sea. Pero uno dice, vamos a seguir la lucha, porque no es solo de uno sino que hay una comunidad de por medio”, agrega Juan Manuel Coneo.
La asociación está apuntando a crear un modelo mixto con el turismo como otra alternativa económica. En un futuro cercano quisieran crear un mirador a la ciénaga, un restaurante, así como espacios para que las personas se hospeden.
Sin duda replicar el sistema tal cual lo crearon antiguamente las comunidades que habitaron la zona es algo imposible. Se trata de hacer una réplica que se adapte a las condiciones actuales del ecosistema.
Sneider Rojas apunta a que hoy es distinta la dinámica hídrica de la región, por el cambio climático, “lo que sí podemos es aprender a mirar cómo se hacía antes para poderlo adaptar a nuestras propias necesidades, necesitamos entender cómo funcionan las familias, cómo se organizan las familias en el territorio”, concluye.
Foto portada: los canales hechos por Apropapur son una réplica de los canales zenúes. Foto: cortesía Apropapur