- En Bujama Baja, los pescadores artesanales enfrentan jornadas difíciles, no solo por las intensas olas y vientos que azotan esta zona del litoral peruano, sino también por la creciente presión de la pesca industrial.
- La pesca a gran escala no solo arrasa con los recursos marinos, sino que deja a su paso un ecosistema contaminado, aseguran los pescadores artesanales.
- Mongabay Latam dialogó con Alejandro Bravo, presidente de la Asociación Gremio de Pescadores Artesanales San Pedro de Bujama Baja, sobre el impacto de la pesca industrial, que obliga a los artesanales a lidiar con los residuos dejados por las grandes embarcaciones.
- Desde su asociación, los pescadores lideran esfuerzos para garantizar una pesca sostenible, con trazabilidad y cuidado del ecosistema.
Desde que tiene memoria, Alejandro Bravo sabe que enfrentar al mar en Bujama Baja es un desafío. Recuerda a los viejos pescadores arriesgando su vida cada vez que salían a faenar, surcando olas cada vez más grandes en la costa peruana, al sur de Lima, cuyos vientos intensos terminaban por destrozar sus pequeñas balsas a remos. “Siempre vi esforzarse a mis ancestros. Más de uno salía muy mal golpeado, pero tenían que alimentar a la familia”, dice el pescador artesanal. Hoy, incluso con motores, la historia no ha cambiado mucho: el mar sigue creciendo y los sigue hundiendo.
Leer más: Los ecosistemas invisibles en la lucha contra la crisis climática
Con el paso del tiempo, los pescadores de la zona entendieron que no bastaba con adaptar sus embarcaciones. Las más grandes resultaban lentas y vulnerables; las más pequeñas, aunque ágiles, no siempre resistían la furia creciente de las olas. Parecía que la mar —como la llaman los pescadores con respeto— respondía con una fuerza desmedida. “Es como si cobrara vida, como si la mar se pusiera en una actitud defensiva”, dice Bravo, hoy presidente de la Asociación Gremio de Pescadores Artesanales San Pedro de Bujama Baja.
Así fue como surgió una relación que va más allá de lo físico: comenzaron a hablarle al mar, a ofrecerle algo a cambio de su clemencia. Una rosa o una fruta fresca, pero siempre lo mejor que se tenga. Pararse frente al agua, rezar y encomendarse. No importa cuán experimentado sea el pescador: todos, desde el primero hasta el último, se santiguan antes de zarpar. “Ponemos nuestra vida, todo lo que tengamos en manos de Dios”, sostiene Bravo.

Sin embargo, sus esfuerzos se ven constantemente amenazados por el avance imparable de la pesca industrial, cuyas embarcaciones superan con creces la capacidad de las artesanales —pues capturan de 40 a 100 toneladas por salida—, no solo acaparan el recurso pesquero, sino que también dejan una huella ambiental que afecta directamente a quienes dependen del mar para sobrevivir.
“En el lado norte del país se están construyendo tremendas embarcaciones, a diferencia de nosotros que solamente cargamos 500 kilos, cantidad que nunca vamos a alcanzar porque las grandes embarcaciones se están acabando el recurso”, dice con resignación. “Y encima de que acaban con el recurso, nosotros vamos detrás como si fuéramos los recolectores de basura, porque tenemos que ir recogiendo lo que estos generan. Es decir, van, pescan y no hacen nada por cuidar a la mar. En cambio, todo lo que tengo —incluyendo las profesiones de mis hijos—, se lo debo a la mar. Por eso la cuido, la protejo y la defiendo”, asevera.
En Mongabay Latam conversamos con Alejandro Bravo sobre los esfuerzos de los pescadores artesanales en Bujama Baja por realizar una pesca sostenible, garantizando la trazabilidad de los productos del mar y la salud de los ecosistemas del litoral peruano.

—¿Qué desafío representa la pesca industrial para los pescadores artesanales de Bujama Baja?
—El mayor reto es que nuestro gobierno deje de jalar la balanza hacia los industriales. Nosotros, los pescadores artesanales, somos quienes generamos más que los mismos industriales. Cambiemos la óptica y hablemos con la verdad. El desafío que representa la pesca industrial para Bujama Baja y para toda la costa o litoral peruano es bastante alarmante.
Debemos tener en consideración que la anchoveta es el inicio de la cadena trófica —con respeto total al plancton y zooplancton que están antes— y que si no la protegemos y no cuidamos su veda reproductiva, si no realizamos una cuota totalmente responsable y de acuerdo con el stock que podríamos tener en nuestra mar, nosotros no podríamos seguir existiendo.
Pero eso no está pasando. En las redes sociales se puede ver cómo están las embarcaciones industriales cargadas, con cada una de sus mallas llenas de anchovetas en tallas juveniles no permisibles. Eso para nosotros significa un atropello total a nuestra existencia. Si no hay anchoveta, ¿de qué vamos a vivir si es primordial para que las demás especies se alimenten y puedan crecer, puedan desovar y seguir la reproducción? La alimentación de la humanidad depende de eso.
Estamos sobreviviendo, pero ¿cuánto tiempo, si tenemos a las autoridades en contra? Estamos tratando de resistir aún a costa de la cuota que se le da a la industria. Todas las normativas están hechas para la industria, porque la idea es desaparecer al sector pesquero artesanal. Nosotros somos la piedra en el zapato para el Gobierno.
La pesca industrial es un tema de nunca acabar. Nunca vamos a poder ganarles: ellos son los elefantes y nosotros somos las hormiguitas. Pero todos juntos nos hacemos respetar, porque trabajamos en unidad y aunque sea “picándoles las orejas” sientan que nosotros insistimos.

—¿Cómo se ha organizado la Asociación de Pescadores para enfrentar a la pesca industrial y la ilegal?
—Acá tenemos un sargento de playa, que vendría a ser el nexo entre el pescador y la autoridad marítima. También se crearon los Comités Regionales de Vigilancia de Pesca Artesanal en Perú (Corevipas), que ven temas como la pesca ilegal. ¿Quién ve a los Corevipas? El Ministerio de la Producción. Pero ni uno ni otro funcionan. Ahí están los teléfonos para las denuncias y está publicado en redes sociales ¿Pero qué sucede? Tú les llamas y no aparecen. Y cuando aparecen, ¿a quiénes intervienen? A los que hemos denunciado.
Nosotros mismos hemos tenido que ir a capturar a los piratas en el mar, cuando atacaron a nuestros pescadores. Vino la policía y dijo: «No son mis funciones. Esto es función de la capitanía”. Incluso hemos creado grupos de WhatsApp, donde, ante cualquier situación anómala que exista, estamos prestos para salir en apoyo. Son embarcaciones grandes y muy abusivas. Las denuncias que hagamos ante la Capitanía en su condición de autoridad marítima o al Ministerio de la Producción, en su condición de administrador nuestro, es como hablar al vacío.
Por eso creemos que para que el pescador sea escuchado, se tiene que restituir el Ministerio de Pesca y Acuicultura. Que nosotros tengamos nuestro propio ministerio como siempre lo habíamos tenido y que luego fue absorbido por el Ministerio de la Producción. Eso es lo que queremos y que nuestras voces se escuchen en el mundo.
En el caso de nuestra organización, somos pequeños, pero orgánicamente muy bien constituidos. Eso es lo que le causa dolor al Gobierno, al Ministerio de la Producción y a todas sus autoridades. Les causa molestia que nosotros seamos pequeños y que nos codeamos con todas las organizaciones grandes. No tenemos desembarcadero, pero producimos. No tenemos forma de enfrentar los vientos, pero lo hacemos con la bravura que nos identifica y siempre agradeciendo a Dios por llevarnos y traernos con bien a casa. Pero al Estado no le debemos nada.

—A pesar de las múltiples problemáticas, ¿qué significa, en la práctica diaria, hacer pesca sostenible en Bujama Baja?
—Realizar una pesca responsable y sostenible en el tiempo para nosotros no es una imposición, sino una herencia. Nosotros hemos heredado esto de nuestros padres y nuestros abuelos. Ellos nos enseñaron que, si tú pescas más, tu precio baja. Si tú traes lo necesario, todos los días vas a vender y todos los días vas a poder manifestar tu rentabilidad. Nosotros existimos porque si hoy yo pesco sin depredar, mañana voy a poder seguir pescando. Hemos aprendido a pescar lo necesario para vivir.
Quien se esmera y le da un buen trato a su recurso capturado, una buena manipulación y busca lo más limpio que pueda hacer este trabajo, en mejores y en óptimas condiciones lo tendrá para la venta al público. Ya no tendrá pescado guardado para venderlo después de una semana. De esta manera, nosotros hemos podido resistir en el tiempo y queremos seguir haciéndolo.
Los grandes [industriales], ¿qué hacen? Llevan 60 toneladas y, de esas, sacan todo el pescado de descarte —el que está maltratado y que perdió su estructura—, que equivale a un promedio de 10 a 15 toneladas. Esa cantidad de pescado descartable y que ya no sirve ni para la venta lo devuelven al mar, lo botan y eso es contaminación.

—¿Qué medidas toman los pescadores artesanales para proteger los ecosistemas marinos y especies de la zona?
—Para nosotros son muy importantes el ecosistema y su biodiversidad. Para que funcione —así nos digan basureros—, vamos recogiendo toda esa basura que encontremos en el camino. A diario salimos a pescar y no estamos varando con nuestra basura, sino con la que han generado esas embarcaciones. Eso significa contaminación.
Estamos luchando contra aquellas embarcaciones grandes que traen de 40 a 60 toneladas y que solamente llegan a vender 30 o 35, pero que botan más de 10 o 15 toneladas al mar. La norma dice claramente que, para ellos, existe hasta pena privativa de la libertad. Pero no los detienen. ¿A quién sí? Al pescador artesanal que por dos lisas y un lenguado le metieron una infracción impagable y para la que tiene que ir a firmar como si fuera un delincuente al Ministerio Público. Para nosotros sí hay persecución, para nosotros sí hay sanción, para nosotros sí hay mil y una formas de cómo indisponer. Y eso es lo que no debe seguir pasando.
Por eso nosotros queremos preservar y conservar el recurso en el tiempo, realizando una pesca responsable y que mañana se pueda seguir pescando. Eso para nosotros significa realizar una pesca totalmente selectiva. Si se trata de pejerrey, yo no puedo pescarlo con una malla de una pulgada, porque significaría matar al pejerrey juvenil. Por eso el tamaño de la malla es importante y para cada pez debe tener un tamaño. Si tú traes un pescado con las tallas permisibles significa que cuando se vea el desove en la siguiente temporada, vas a tener pescado. Pero los industriales no ven eso.

—¿Por qué es importante para ustedes garantizar la trazabilidad de los productos del mar?
—La trazabilidad de un producto marino es muy importante porque permite seguir el recorrido del pescado, marisco u otro recurso del mar hasta la mesa del consumidor. Eso garantiza la inocuidad y seguridad alimentaria, permite identificar de dónde viene el producto, cómo fue manipulado, almacenado, transportado y es fácil detectar rápidamente si hay contaminación. Se trata de la transparencia y confianza del consumidor.
También luchamos contra la pesca ilegal INDNR [siglas para pesca ilegal, pesca no declarada y pesca no reglamentada], tenemos un cumplimiento normativo y acceso a mercados internacionales, tenemos la sostenibilidad, el cuidado del ecosistema marino y el valor agregado del producto.
Es decir, un pescado con trazabilidad comprobada se vende mejor y a mayor precio que uno sin registro alguno. Diferencia a los pescadores y empresas que trabajan de manera responsable. La trazabilidad para nosotros no es solo un requisito técnico, sino una herramienta de seguridad, confianza, sostenibilidad, competitividad para el sector pesquero.
—Desde hace un año, los pescadores artesanales de Bujama Baja comenzaron a colaborar en la iniciativa La Buena Pesca, impulsada por la organización Future of Fish. ¿Qué beneficios concretos le ha traído a su asociación formar parte?
—Hemos tenido el honor de trabajar con restaurantes con categoría A1 en Lima, entre ellos Maido, que ha sido uno de los galardonados y de los mejores en el mundo. Cada uno de ellos con su propia identidad y estilos.
El producto tenía que ser de muy buena calidad, situación que para nosotros no era difícil. Hemos participado llevándoles recursos y lo mejor que obtuvimos de ellos ha sido educación, atención y respeto por nuestro producto. Para nosotros es un honor saber que nos han calificado con palabras elogiables de chefs y restaurantes de muy buena posición y calidad.

—¿Cómo imagina la pesca artesanal de Bujama Baja en el futuro? ¿Qué sueña dejar como legado a las próximas generaciones de pescadores?
—Sueño con un futuro en el que la pesca artesanal sea orgullo, donde nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos no tengan que emigrar para sobrevivir, sino que encuentren en la pesca un camino digno, con justicia, unidad y respeto. Nuestro trabajo no es solo capturar peces, es mantener viva una cultura sembrando esperanza en cada ola. Es demostrar que se puede vivir del mar sin destruirlo.
Tenemos que pensar en la tecnología al servicio del pescador, que las embarcaciones estén equipadas con sistemas de navegación y localización más seguras, con redes, artes y aparejos de pesca selectiva para evitar la captura de especies y tallas no permisibles. Una plataforma digital donde los pescadores registren sus capturas y vendan directamente sin tantos intermediarios.
Que se tenga la sostenibilidad como regla y que cada pez o marisco tengan trazabilidad digital, con un código QR que cuente su historia: quién lo pescó, dónde, cómo y cuándo. Una pesca controlada por tallas mínimas, vedas respetadas y Áreas Marinas Protegidas que garanticen la abundancia de recursos.

También el bienestar del pescador y su familia. Creo que debería haber un mayor reconocimiento social, y que los pescadores sean vistos como guardianes del mar, no solo como proveedores de alimentos. Que exista una integración en el turismo vivencial y la gastronomía del pescador artesanal, que también es narrador de historias en el mar.
Leer más: Sin mujeres no hay pesca: siete historias de pescadoras que rompen barreras en Latinoamérica
Como legado para las próximas generaciones, sueño con dejar un mar vivo y rico, donde todavía existan peces, mariscos y diversidad para pescar. Un orgullo por la identidad pesquera, que haya un sistema justo, unidad y organización para que nunca más los pescadores artesanales estén desprotegidos o a la deriva. Con valores como la disciplina, el respeto a la naturaleza y la solidaridad, porque el mar no es un recurso, es un hermano que nos alimenta.
*Imagen principal: integrantes de la Asociación Gremio de Pescadores Artesanales de Bujama Baja. Alejandro Bravo, presidente, al centro de la imagen. Foto: cortesía Future of Fish Perú