- En 2022, mujeres mapuche y kawésqar se dieron cuenta de que enfrentaban un mismo problema: la desaparición de los bancos naturales de mariscos, peces y algas en los territorios originarios del sur de Chile.
- A partir de ese diagnóstico común, decidieron organizarse y fundar la Red de Mujeres Originarias por la Defensa del Mar, impulsadas por los impactos de la pesca industrial y la expansión de la salmonicultura en sus territorios.
- La red está integrada por mujeres de 11 territorios y cinco pueblos originarios —mapuche, kawésqar, yagán, chango y diaguita—, unidas por la defensa del mar y el borde costero desde sus saberes tradicionales y roles comunitarios.
- “Si nos quitan el acceso a vivir en el mar, se va a generar un genocidio de nuestra cultura costera y una obligación de olvidarnos de dónde venimos”, afirma Coñuecar Llancapani.
Cuando las mujeres mapuche y kawésqar comenzaron a conversar, descubrieron que todas cargaban un dolor compartido. Al mirar hacia sus mares —esos que alguna vez tuvieron bancos naturales rebosantes de mariscos, moluscos, peces y algas—, se dieron cuenta de que ya no eran los mismos. El alimento que antes recolectaban para compartir, o para ahumar y guardar para sobrellevar el invierno, estaba desapareciendo.
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“En nuestras ollas estaba el mismo mal”, dice Yohana Coñuecar Llancapani. “A mí me dolió mucho saber que eso era así en todos los pueblos, desde la región de Los Lagos hacia el sur de Chile”, agrega la originaria de la Isla Llanchid, en el territorio de Walaywé, ubicado al sureste de la ciudad de Puerto Montt, donde comienza la Patagonia norte.
La sobreexplotación del mar derivada de la pesca industrial y por la presencia de las salmoneras había provocado una herida común entre las siete compañeras presentes en aquella reunión ocurrida en 2022. Eso las hizo dar un paso adelante hacia la organización, dice Coñuecar Llancapani, y formaron la Red de Mujeres Originarias por la Defensa del Mar.

Este espacio agrupa a mujeres de 11 territorios pertenecientes a cinco pueblos originarios: mapuche, kawésqar, diaguita, yagán y chango. Todas conscientes de que cada una tiene un rol importante en el cuidado y defensa de la naturaleza, el mar y el borde costero, sostiene Coñuecar Llancapani.
“Las mujeres somos las que cocinamos, somos las que tenemos la memoria de la comida y de la gastronomía propia de los pueblos”, sostiene Coñuecar Llancapani. “Hay todo un conocimiento ligado a los recursos naturales que lo llevan y lideran las mujeres. Ese es un desafío actual que tenemos: cómo ir cuidando y protegiendo esos bancos naturales, y cómo repoblar lo que se pueda repoblar”.
En Mongabay Latam conversamos con Yohana Coñuecar Llancapani, coordinadora del territorio de Walaywé en la Red de Mujeres Originarias por la Defensa del Mar, sobre la lucha que lideran en los territorios costeros de Chile.
—¿Cómo se conformó la Red de Mujeres Originarias por la Defensa del Mar?
—Nos juntamos hace tres años en el territorio de Walaywé para discutir la publicación de un libro sobre las contribuciones de las mujeres en los espacios costeros, en el que habíamos sido partícipes. Nos sentamos a pensar porque era importante saber qué haríamos ahora, porque no podíamos quedarnos solamente con la creación del libro.
Así que en marzo de 2022 decidimos crear esta red para apoyar y fortalecer los conocimientos de las mujeres y darles más herramientas para que sea más fuerte su defensa de los espacios costeros en los que participan.
Actualmente hay un abandono del Estado en las temáticas que tienen que ver con el fortalecimiento de las mujeres originarias en la protección de sus territorios. Por eso la red siempre ha querido ser ese canal de herramientas para que las mujeres puedan fortalecer sus conocimientos y puedan seguir en la lucha de la protección de sus territorios.

—¿Cuáles fueron los impactos que identificaron como comunes en sus distintos territorios?
—Compartimos, por ejemplo, que en nuestro territorio antes podíamos pescar libremente. Íbamos a pescar a pocos metros de la casa y teníamos bancos o cuevas de congrio a los que llegábamos en bote de remos y sacábamos lo que necesitábamos. Íbamos a unos bancos naturales de cholga y sacábamos lo necesario para el curanto, para la comida, para ahumar y guardar.
Los climas en el sur de Chile, en el territorio donde vivo, son complejos: es invierno prácticamente todo el año y se aprovechan los buenos tiempos para buscar mariscos, ahumarlos y guardarlos. Antes no había refrigeradores, así que las técnicas ancestrales de ahumado eran y siguen siendo relevantes. Miramos y sufrimos por ese territorio que antes teníamos tan diverso en recursos, y que hoy ya no.
Hubo un tiempo donde el Estado de Chile permitió el ingreso a los territorios marinos de otro tipo de actividad —más compleja y extractivista— que es la producción del salmón. Fue tomando lugares donde estaban precisamente aquellos bancos naturales y donde las mujeres y los hombres iban a pescar y a mariscar. Cuando las mujeres empezamos a sentir ese dolor que implica la violación de los territorios, vimos que nuestra comida empezó a disminuir, de tal manera que en algunos lugares ya no hay.

Las representantes mapuche y kawésqar, que éramos las que iniciamos esta red, empezamos a contarnos estos dolores y nos dimos cuenta de que eran los mismos: que se han perdido bancos naturales de todos los moluscos más cercanos a las costas, por sobreexplotación y porque la pesca industrial también ha hecho lo suyo, con la captura de cualquier pez para alimentar a los salmones.
De manera dolorosa hay territorios en los que ya no hay recursos naturales y, donde sí hay, se han cuidado casi con uñas y dientes. En el caso de mi isla —por suerte y porque hemos tenido esa vigía constante—, tenemos todos los recursos que nuestros ancestros tenían. Nuestra olla todavía está limpia y no hemos permitido que alguien la ensucie. Porque si eso llegara a suceder, sería un genocidio no solo a la cultura originaria costera, sino también a las comunidades tradicionales: la pesca artesanal, los buzos mariscadores y las mariscadoras de orilla.
Demanda un ejercicio bastante interesante de acciones en virtud del resguardo de los recursos naturales y su recuperación, porque uno puede hablar de lo que se perdió, pero todavía hay esperanza de recuperar. Creo que eso, para todas las organizaciones que son aliadas en esta lucha de la protección del mar, es un desafío común. Si no hacemos nada hoy, creo que la próxima generación no tendrá nada. No estoy hablando de 10 años más, sino de la generación que está hoy: probablemente mis nietos no van a conocer todo lo que pude conocer cuando era niña.

—¿Cómo ha afectado históricamente la industria salmonera a los territorios costeros?
—La industria del salmón empezó a hacer sus instalaciones en las zonas costeras más o menos en 1987, en la época de la dictadura militar. Llegaban y se instalaban en cualquier espacio: no le preguntaron a nadie, les dio lo mismo.
Recuerdo que un tío que fue pescador, que ya está mayor ahora, decía: «Mira, hija cuando las salmoneras se instalaron acá, nosotros fuimos con nuestros botes a mirarlos porque eran gente extraña, fuimos a ver qué estaban haciendo. Y dijimos que con esto el mar se iba a morir, pero ¿qué íbamos a alegar nosotros si estábamos en dictadura? Si yo alegaba esto, iba a desaparecer. ¿Quién iba a alimentar a mis hijas?”
Desde ese tiempo, este modelo de monocultivo marino se ha instalado en el sur de Chile, principalmente en la región de Los Lagos. En ese tiempo era muy complejo alegar que no se quería esta industria en el borde costero. Con la llegada de la Ley 20.249 —que crea Espacios Costeros Marinos de Pueblos Originarios (ECMPO)—, las comunidades presentan la idea de que las solicitudes de espacio costero realzan los usos tradicionales que ellos siempre han hecho en el mar.

Sin embargo, que la industria no se pueda expandir, no tiene que ver con esta ley. El Estado hizo una moratoria en 2012, diciendo que, si aquí había 100 concesiones, ya no podía haber más, porque si no el ecosistema marino de la región de Los Lagos se iba a socavar. El mismo Estado puso esa condición.
Mientras tanto, estaban las solicitudes de Espacio Costero que buscaban precisamente resguardar aquellos espacios en donde no está la industria y que son lugares donde se pueden recuperar los alimentos. La ley no fue hecha para obstaculizar el desarrollo, sino para resguardar los usos tradicionales consuetudinarios de las comunidades originarias en el mar. Que ahora la misma industria diga que todas las comunidades levantaron Espacios Costeros para evitar su expansión, es una forma de justificarse, echándole la culpa al originario.

—¿Qué aspectos de la Ley 20.249 consideran fundamentales de proteger y qué riesgos identifican en los cambios que se están discutiendo actualmente?
—La Ley 20.249 ha sido un instrumento importantísimo porque nos permite recuperar una parte del territorio marino. De alguna manera, el Estado de Chile irá devolviendo a las comunidades originarias lo que el mismo Estado les quitó. Es como pagar la deuda histórica que tiene con los pueblos originarios.
Sin embargo, no está siendo respetado ese derecho que tenemos los pueblos originarios porque la ley está sufriendo una modificación presentada por el Parlamento, a través de una moción que pretende restringir mucho más el acceso de las comunidades originarias a los espacios propios que siempre han usado. Tiene mayores restricciones, mayores requisitos para que en mi propia tierra yo pueda solicitar un espacio de mar y pueda protegerlo para las futuras generaciones.
Hay un negacionismo histórico y hay un negacionismo presente sobre nuestro alcance geográfico como pueblos originarios para ejercer la pesca, y lo está propiciando el Parlamento de Chile. Ese desconocimiento de la forma propia de los pueblos originarios de navegar es el que hoy pone en riesgo de modificación a la ley, porque está restringiendo mucho más el espacio territorial en que los pueblos nos movemos, navegamos, pescamos y mariscamos.
Eso es un peligro porque en el fondo vamos a quedar encasillados a una suerte de pequeñas microparcelas dentro del mar. Es inviable para los tiempos actuales y mucho más inviable para el tiempo futuro.

El concepto de superficie es algo que a los parlamentarios les ha incomodado bastante. El hecho de que haya comunidades que soliciten 200 hectáreas, los hace decir: “Oye, pero ¿qué van a hacer con 200 hectáreas? ¿Cómo se le van a dar 200 hectáreas a una comunidad originaria? Eso es imposible. No van a poder administrarlas, ¿qué van a hacer ahí?” Entran en caos cada vez que un pueblo originario pide una superficie.
Eso es histórico y no solamente está asociado al mar, sino que sucede cuando se ha generado la recuperación de tierra, también dicen: «Oye, ¿pero por qué le dieron tanto terreno a este ‘indígena’ que lo tiene lleno de bosque y no lo trabaja?» Y eso es no entender la dinámica de los pueblos originarios. No se recupera un territorio para llenarlo de monocultivos o de casas, que es lo que el Estado quiere en el fondo. Asimilan que si un pueblo originario tiene bajo su administración una superficie del mar, ese mar debe estar produciendo y tiene que estar lleno de salmoneras, porque si no, ¿para qué se lo dan?
Hay muchos instrumentos que hablan del aporte eficiente de los pueblos originarios en la recuperación territorial y en la salvaguarda de los recursos naturales. Pero estos parlamentarios no los están leyendo, por eso proponen lo contrario: seguir cercando a las comunidades y seguir reduciendo el espacio territorial en que los hombres y mujeres de pueblos originarios viven y conviven.

—La Red lidera un programa de Monitoreo Biocultural Comunitario como un componente importante dentro de la protección de esos espacios, ¿en qué consiste?
—La idea de los monitoreos es que puedan dar resultados y que podamos obtener datos. Cada territorio ha levantado distintos tipos de monitoreo. En algunos casos tienen que ver con cómo están los recursos naturales en la playa, ver cómo están ciertas fibras para las mujeres que se dedican a la cestería, o incluso un monitoreo de oficios que están ligados al mar. En mi territorio hemos pensado en hacer un monitoreo legislativo y en otros sitios se piensa en el monitoreo de las aguas bebibles, que se harán en algunos ríos.
Por eso el concepto de monitoreo es bastante amplio y no está solamente centrado en asuntos específicos del mar. Este programa dará herramientas para aprender a monitorear, porque no es solo pararse en la playa y mirar, sino saber a qué queremos ponerle atención. Si vamos a monitorear un banco natural de cholgas en una superficie grande, lo vamos a medir, vamos a cuantificar el número de cholgas y el número de especies, si es que crecieron o disminuyeron.
Cada territorio tiene distintas cosas que va a monitorear y para cada uno habrá distintas metodologías y formación para las monitoras. El desafío es cómo estos datos después podrían contribuir a generar una modificación en las políticas públicas. Estamos buscando la forma en que estos datos que se puedan captar con este proceso de monitoreo, sean considerados como un insumo que el Estado tenga en alguna plataforma para que puedan incidir.

—¿Qué significa el mar para las mujeres originarias chilenas?
—El mar es como un brazo, es como una pierna, es como un pie. Si nos quitaran ese mar, para todos va a ser bien difícil vivir sin una extremidad. El mar es parte fundamental de nosotras. Nos da origen, nos motiva, nos cobija e incluso nos recibe cuando nos tengamos que ir de esta vida terrenal.
El mar es un espacio que tiene vida, que tiene un espíritu del que somos parte. Como pueblos originarios, no solo somos parte del mar, sino responsables de él, de su protección, de su cuidado y su defensa.

—¿Qué esperanza tiene usted respecto a la conservación del mar para los pueblos originarios en Chile?
—Creo que la articulación entre mujeres siempre va a generar cambios importantes en los territorios. Cuando las mujeres nos organizamos, cuando las mujeres nos educamos, cuando las mujeres nos enfrentamos unidas a las situaciones negativas que pasan en los territorios, hay cambios que quizás no van a ser en el momento mismo, pero son cambios que van a poder ver nuestras hijas e hijos, nuestros nietos.
Mi llamado es precisamente a unificar el pensamiento de mujer que vive en el borde costero. Que pongamos mucha atención en lo que está pasando hoy en el litoral de Chile, no solamente pensando en las mujeres originarias. Empecemos a mirar el territorio con lo que tenemos hoy, para seguir protegiéndolo. Somos responsables históricamente de hacer cambios importantes en las discusiones sobre cómo queremos vivir en los territorios.
Somos las encargadas de sostener culturas. Las mujeres de la pesca artesanal son las encargadas de sostener la cultura, porque sin ellas, muchas actividades de la pesca artesanal no se podrían hacer. Eso es algo que hay que valorar. Levantemos nuestras voces en los espacios y organizaciones en los que estemos, para defender nuestra conexión con el mar.

*Imagen principal: Yohana Coñuecar Llancapani, coordinadora de la Red de Mujeres Originarias por la Defensa del Mar en el Territorio Walaywé. Foto: cortesía Red de Mujeres Originarias por la Defensa del Mar – Graciela Escorza P.
*Esta entrevista se hizo con reportería de Natalia Figueroa.