- Hasta principios de noviembre de 2025, el país contaba con 32 Zonas de Refugio Pesquero vigentes.
- En ellas, se restringe la pesca en forma total, temporal o parcial para proteger por lo menos 130 especies marinas.
- Desde 2007, la legislación mexicana reconoce el concepto de Zonas de Refugios Pesqueros, pero, desde mucho tiempo antes, comunidades costeras ya usaban esta herramienta de conservación para garantizar la permanencia de especies marinas.
- Para 2026 se prevé sumar 50 refugios más, sin embargo, la dependencia encargada de su regulación no tiene presupuesto para fortalecer estos sitios, cuya vigilancia y monitoreo depende de los propios pescadores.
En estas tierras costeras muchos recuerdan que hubo un tiempo de abundancia. La langosta, el pulpo, el mero, la lisa o el pargo se pescaban con facilidad. No era necesario navegar demasiado, no se requería pasar horas y horas en el mar para lograr una captura generosa. Los pescadores de más edad hablan de esos tiempos con nostalgia, los más jóvenes tratan de imaginar cómo era aquello. Ahora, dicen, es diferente. Hay más gente pescando. Y no sólo eso, la pesca ya escaseó. Pareciera que los peces se han ido.
Eso es lo que se escucha cuando se recorren las comunidades costeras de la Península de Yucatán, donde el Río Lagartos es el vecino y el Golfo de México se mira en el horizonte. Eso es lo que dicen hombres y mujeres que han heredado la pesca como forma de vida. “Se alejó el pescado o no sé qué pasó que ya se pesca poco”, dice con pesadumbre Carlos Dzul Sánchez, presidente de la Sociedad Cooperativa de Producción Pesquera Unidos de San Felipe.
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El Negri, como realmente lo conocen, tiene 49 años. Desde los 15 es pescador como su padre, sus tíos y vecinos. Su hijo ya está aprendiendo a pescar. En esta pequeña comunidad de casas de madera cubiertas con tonos coloridos, la pesca delinea la vida. Y por ello, tanto mayores como jóvenes no olvidan cuando la comunidad comprobó que es posible hacer algo para ayudar al mar y a las especies que lo habitan. De eso, incluso, se habla con orgullo, con añoranza.

Fue en 1995. Ante la baja en la pesca, la comunidad decidió crear “una reserva natural comunitaria”. El Negri recuerda que en esa zona sólo se permitía pescar durante la temporada de nortes (cuando hay viento fuerte, descenso de temperatura y lluvias) y se tenía que hacer con anzuelo, no podían usar otro arte de pesca.
Meses después, los resultados comenzaron a verse: “Sí dio resultado. Había mucho pescado”, cuenta Leandro Fernández, El Boti, presidente de la Sociedad Cooperativa Legítimos. También se recuperaron las poblaciones de mero (Serranidae), langosta (Panulirus argus) y pulpo (Octopus maya), las principales especies de las que viven los pescadores del lugar.
La reserva natural comunitaria duró casi 10 años. Quienes no respetaban las reglas, se hacían acreedores a una multa. “Después se abandonó la vigilancia. Primero entró una persona y usó artes de pesca que no debía, después otra y otra”, recuerda un pescador que pide ser llamado sólo como Ramón. Tiene 77 años y aún trabaja en el mar. Que no se sancionara a quienes ignoraban las restricciones acordadas “molestó a la gente». «En una asamblea se desbarató la reserva”, lamenta El Negri.
Cuando en San Felipe la pesca comenzó a hacerse aún más difícil, los pescadores recordaron la historia de su reserva. Ellos ya habían comprobado que sí funcionaba darle un descanso al mar. Teniendo esa experiencia en mente, en 2022 la comunidad comenzó a preparar todo para solicitar el establecimiento de una Zona de Refugio Pesquero. Desde 2007, ese es el nombre con el que la legislación mexicana define a estas áreas que buscan conservar los recursos pesqueros y el ambiente en donde éstos se desarrollan.

Presencia en pocos estados costeros
Aunque el concepto de Zona de Refugio Pesquero se oficializó en 2007, fue hasta el 16 de noviembre de 2012 cuando se publicó el primer acuerdo para crear una red de 11 refugios en el corredor San Cosme-Punta Coyote, en Baja California Sur.
Hasta noviembre de 2025, México cuenta con 32 refugios vigentes para proteger al menos 130 especies, de acuerdo con la información proporcionada por la Comisión Nacional de Acuacultura y Pesca (Conapesca). De los 17 estados costeros del país, sólo cinco tienen estas áreas: Baja California Sur, Colima, Campeche, Quintana Roo y Yucatán.
Ninguno de los 32 refugios tiene restricción de pesca total y permanente. Sólo nueve en Baja California Sur y los diez de Quintana Roo prohíben todo tipo de pesca por temporadas. El resto tiene una categoría parcial-temporal, es decir se permite utilizar sólo ciertos tipos de arte de pesca y durante un periodo del año.
Para 2026 se espera que al menos otros cinco estados cuenten con estos refugios, ya que están en revisión alrededor de 52 solicitudes para establecer estas áreas en Oaxaca, Nayarit, Jalisco, Sonora y Tamaulipas, explica Miguel Ángel Huerta, de la Dirección General de Ordenamiento Pesquero y Acuicultura de la Conapesca, dependencia encargada de regular esta herramienta de conservación.
Con la creación de los nuevos polígonos se sumarían más de 150 000 hectáreas a las poco más de dos millones que ya se tienen como refugios. Eso representaría un área marina equivalente al territorio de Belice.
Aunque el Gobierno federal considera esta herramienta “muy importante para promover la recuperación de las pesquerías” y tiene como objetivo crear un Sistema Nacional de Zonas de Refugio Pesquero, lo paradójico es que en 2025 no existió un presupuesto etiquetado para estas áreas. Tampoco se contempla tenerlo en 2026.
Años antes de que la legislación incluyera el concepto de Zona de Refugio Pesquero, comunidades costeras del país ya habían creado sitios en donde se acordaba no pescar en forma permanente, temporal o parcial. A esas áreas, las llamaban zonas de veda, reservas marinas o reservas comunitarias explica en entrevista Francisco Fernández, director operativo de la organización no gubernamental Comunidad y Biodiversidad (COBI).
Desde hace más de una década, COBI trabaja con comunidades costeras para promover la creación de refugios. “No podemos poner áreas naturales protegidas en toda la costa, así que empezamos a ver esta otra herramienta como una opción para la conservación”, destaca Fernández.
En el Pacífico Norte, por ejemplo, COBI ha documentado que durante los periodos cada vez más frecuentes de olas de calor, que provocan la muerte de especies como el abulón, los caracoles o los pepinos de mar, las zonas de refugio han actuado como sitios de resguardo en donde esos efectos climáticos son menos intensos. “No sabemos aún cómo explicarlo, pero hemos visto que en esas áreas las especies son más resilientes”, comenta Fernández, quien ha diseñado varias estrategias para explicar a los pescadores por qué estos sitios pueden ser una alternativa para darle futuro a la pesca.

Iniciativas comunitarias
Fernández llena una mesa con dulces de tamaños y formas diferentes. Integra grupos de tres o cuatro pescadores. Les pide que, a la cuenta de tres, tomen el mayor número de dulces. En pocos minutos, la mesa se queda sin ningún paquete. Cuando los pescadores miran lo que cada grupo obtuvo comienzan los reclamos: “Ellos usaron una gorra”, “aquellos no dejaron pasar”, “ese grupo se llevó todo y no dejó nada”.
El director operativo de COBI los escucha sin emitir juicio. Cuando todos terminan de hablar, les dice: “Vamos a suponer que esto es la pesca. Ustedes se llevaron todo, no dejaron a los peces necesarios para que las poblaciones se reproduzcan y permanezcan”.
Después del juego, Fernández habla de cómo otras comunidades han creado refugios pesqueros para garantizar la permanencia de diversas especies. Incluso invita a pescadores que ya cuentan con un refugio, para que compartan su experiencia.
A los pescadores de San Felipe no fue necesario que otras comunidades les hablaran de las ventajas de crear estas zonas. Ellos ya habían comprobado su efectividad.
Fue por ello que en 2022, las cooperativas pesqueras de San Felipe solicitaron al Gobierno federal el establecimiento de un refugio. Decidieron que se creara en el mismo sitio que ocupó su reserva natural comunitaria.
Fernández puntualiza una diferencia vital que existe entre las áreas marinas protegidas y las zonas de refugio: las primeras son decretadas por el Gobierno, las segundas surgen a partir de una iniciativa ciudadana: son las cooperativas pesqueras las que presentan una solicitud a la Conapesca, dependencia encargada de publicar el acuerdo de creación de la zona.
El director operativo de COBI precisa que sólo el refugio pesquero del Golfo de Ulloa, en Baja California Sur, fue propuesta en forma directa por Conapesca. Ahí se permite la pesca comercial, pero está prohibido el uso de redes para evitar la captura incidental de la tortuga caguama o amarilla (Caretta caretta). Como lo documentó Mongabay Latam, la existencia del refugio no ha evitado que entre 2014 y 2025, al menos 2375 tortugas hayan muerto.
Fernández resalta que si un refugio pesquero “es promovido por la comunidad es más fácil que la zona sea respetada”. Organizaciones como The Nature Conservancy México también destacan que los beneficios de estas zonas son evidentes “sólo si están bien diseñadas, tienen la forma correcta, tamaño y duración, están ubicadas estratégicamente, son manejadas y operadas de manera eficiente y cuentan con el respaldo comunitario o social”.

Rescatar el conocimiento de pescadores
Un refugio pesquero no se constituye de la noche a la mañana. Fernández menciona que desde el primer contacto que se tiene con una comunidad, hasta el tiempo en que se declara pueden pasar de cinco a diez años. “No es nada más proteger al ambiente y los peces. Se tiene que trabajar en proteger también la vida y subsistencia de las comunidades pesqueras. Ese es el objetivo”, explica. Por ello, es necesario hacer un trabajo profundo de información con la comunidad, mapeos de actores y, en especial, varios monitoreos.
Uno de los primeros pasos es determinar qué especies son el objetivo de la protección. “No es lo mismo un área para la almeja que para tiburón”, ejemplifica Fernández. También se debe considerar cómo se realizará la vigilancia. A partir de eso, se identifica cuál es el mejor lugar para establecer la zona, cuya vigencia es por cinco años. Después de ese tiempo, las comunidades pueden solicitar su renovación.
Huerta, de Conapesca, destaca que esta herramienta también permite recuperar el conocimiento empírico que tienen los pescadores, ya que son ellos quienes mejor conocen cuáles son los lugares de reproducción o agrupamiento de especies.

COBI es una de las organizaciones que ayuda a las comunidades pesqueras a realizar el estudio técnico justificativo para la solicitud de un refugio. En especial impulsa la capacitación de las mujeres para que sean ellas las que realicen los monitoreos, antes y después de creada la zona. Stacy Acevedo, Gloria Perera, Valeria Solano y Jessica Marfin, de entre 30 y 19 años, se conocieron en una de esas capacitaciones. Las cuatro son pescadoras.
Pescadoras-monitoras
Las cuatro mujeres aprendieron a bucear y pescar igual que lo hacen los hombres que crecen en San Felipe y Río Lagartos: acompañando a sus padres o a otros pescadores. Primero, observando desde arriba de la lancha y ayudando como timonel. Después, lanzándose al mar, practicando con esnórquel y luego usando las mangueras y el compresor. Porque en estas aguas de Yucatán, la pesca de langosta se hace buceando con compresor.
Las cuatro desafiaron a los incrédulos que pensaban que una mujer no podía ser pescadora. Ellas demostraron que sí. Incluso ahora integran el Grupo de Monitoreo Buzas y Pescadoras del Oriente de Yucatán. En San Felipe, El Cuyo y Río Lagartos, ellas llevan al menos dos años registrando “todo lo que hay bajo el agua, los datos de invertebrados, de peces, sus tallas, el tipo de sustrato”, explica Acevedo.
En sus primeros monitoreos, algo que le sorprendió es encontrar sitios muy deteriorados. Perera describe que han encontrado redes de pesca abandonadas y varias botellas de cloro: “Sabemos que ese cloro lo usan para sacar a los pulpos de las cuevas. Entonces, cuando llegas a la cueva, todo está blanqueado, todo muerto. Ni una especie”.

A partir de las capacitaciones y de aquello que han visto bajo el mar, las cuatro buzas-pescadoras se han transformado en defensoras de las Zonas de Refugio Pesquero. “Para nosotras ha sido muy fuerte”, confiesa Aceves. Ella, por ejemplo, a veces se siente confundida: “Como pescadora buscas el pez más grande, el premio mayor. Pero con todos estos cursos y conocer más de los peces, pues ahora me pregunto: ¿y si estos peces son los últimos? ¿Y si yo voy a terminar con ellos? ¿Cómo puedo hacer que su población siga y que yo también siga viviendo de la pesca?”
Perera también reflexiona: “Sabemos que hay una pérdida de especies a nivel global, pero si tenemos estas iniciativas [crear refugios] y más pescadores se dan cuenta que podemos hacer cambios, podemos encontrar un equilibrio”.
Fernández explica que cuando se busca establecer un refugio también se deben diseñar alternativas económicas para reducir las consecuencias que tenga el cerrar un área a la pesca. A las comunidades, por ejemplo, se les propone desarrollar proyectos turísticos.

Remar contra los desafíos
Yucatán es el estado donde más refugios pesqueros se han establecido en el último año. En sus litorales, actualmente hay seis. Uno de ellos es el de San Felipe. El 19 de diciembre de 2024, se publicó el acuerdo de su creación en el Diario Oficial. Su comunidad vecina, El Cuyo, también creó un refugio para la protección de la langosta. Eso sucedió el 18 de febrero de 2025.
Entre San Felipe y El Cuyo se encuentra la comunidad de Río Lagartos. Ahí, desde hace al menos tres años, se busca tener el consenso necesario para también establecer un refugio.
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“El cambio climático nos ha afectado mucho. Antes había mucha langosta. Ibas a bucear y las aguas estaban heladas. Nosotros ya sabíamos que si el agua estaba fría, tendríamos buena temporada de pesca. Pero ahora ya hasta buceas sin traje, porque el agua está tibia, pero no hay langosta”, explica Pablo Perera, pescador de Río Lagartos.
En esa comunidad no han tenido antes ni reserva o refugio, pero la pandemia de Covid-19 les dejó un aprendizaje: “Si dejamos todo en descanso, las especies se recuperan. Lamentablemente, al mar no le damos tiempo”, dice el pescador Eber Marfil.
Si en Río Lagartos logran el consenso, en la zona oriente de Yucatán se formaría una red de tres refugios. Eso ayudaría a conectar las áreas naturales protegidas, tanto estatales como federales, que se encuentran en esa región del país, una de ellas es la Reserva de la Biósfera Ría Lagartos.

En San Felipe, los pescadores bautizaron su refugio como “Actam Chuleb”, un término que hace referencia al primer nombre que tuvo la comunidad. La zona abarca poco más de 2000 hectáreas y tiene forma de trapezoide: se encuentra entre Punta Bachul y la Isla El Cerrito, sitio de anidación de aves, muchas son migratorias.
En el refugio hay manglares, dunas y pastos marinos. “Hay muchas cuevitas. La mayoría de los peces, las langostas, crecen aquí. Todo se reproduce, el róbalo, la barracuda”, describe el pescador Manuel Acevedo, mientras muestra el lugar. En este refugio sólo se permite la pesca deportiva-recreativa y la de consumo doméstico exclusivo de la barracuda (Sphyraena barracuda).
Huerta, de Conapesca, resalta que la publicación en el Diario Oficial del acuerdo del establecimiento de un refugio marca el punto de partida de una serie de acciones encaminadas a garantizar que la zona funcione. Por ejemplo, las comunidades deben crear un comité de manejo del área, organizarse para realizar actividades de vigilancia y el monitoreo de especies. Este punto es vital, ya que esos datos les permitirá saber si hay mejoras en las poblaciones, en su reproducción y en el aumento de las tallas.
Fernández, de COBI, remarca que una parte primordial del proceso es socializar con la comunidad los objetivos y responsabilidades que se asumen cuando se establece un refugio pesquero.
En el caso de San Felipe, esa tarea la ha realizado el Grupo de Monitoreo Buzas y Pescadoras del Oriente de Yucatán. Ellas han distribuido carteles y folletos entre la población. También han visitado escuelas para explicar la importancia del refugio.
Leandro Fernández, El Boti, de la Sociedad Cooperativa Legítimos, tiene confianza de que el refugio funcione: “Ya una vez vimos que esto da resultado. Así que hay que intentar buscar otras formas para ver si le damos vida al mar”. Por lo pronto, el 10 de octubre de 2025, ya colocaron las balizas que delimitan el polígono de la zona.
El director operativo de COBI destaca que la continuidad de un refugio pesquero depende de un sin número de factores: desde el liderazgo en las cooperativas hasta factores climáticos. Algo fundamental es la gobernanza al interior de las cooperativas pesqueras.
En San Felipe saben que además de esa gobernanza, el gran reto será la vigilancia, el conseguir que tanto los pescadores de la comunidad, como aquellos que hacen pesca furtiva, respeten el refugio y no se repita la historia que ya vivieron años atrás, cuando su reserva natural “se desbarató”. En San Felipe no quieren que otra vez se eche por la borda el trabajo realizado para darle al mar un respiro, para que la pesca y la comunidad tengan futuro.
Imagen principal: monitoreo de especies en una de las zonas propuestas para establecer refugios pesqueros en el oriente de Yucatán. Foto: cortesía Gloria Perera