- La expedición “Ecos de Dos Cañones” investigó cómo los cañones submarinos del Frente del Quiebre de Plataforma influyen en corrientes, masas de agua y ecosistemas marinos del mar Argentino.
- El equipo científico busca confirmar que los valles submarinos podrían canalizar aguas frías y ricas en nutrientes de la Corriente de Malvinas, aumentando la productividad biológica y sosteniendo la pesca local.
- El estudio combinó el uso del ROV SuBastian, ecosondas y muestreos de agua para cartografiar el fondo marino y analizar salinidad, oxígeno, carbono y biodiversidad.
- La campaña científica a bordo del buque de investigación Falkor (too) estuvo dirigida por un equipo de cuatro investigadoras, guiando a más de 30 especialistas de Argentina y el mundo.
Durante la última inmersión de la campaña, justo antes de que el capitán ordenara subir el ROV SuBastian por el mal tiempo, el equipo científico a bordo del buque de investigación Falkor (too) decidió aventurarse una vez más: explorar un último cañón a 342 metros de profundidad, frente a las costas de Argentina. Mientras el vehículo operado remotamente avanzaba entre un paisaje de pequeñas montañas con cimas muy angostas, su cámara principal captó algo sorprendente. En la pantalla comenzó a desplegarse una imagen hipnótica: una enorme cantidad de corales asociados a sus paredes y, debajo, lo que parecía un gran acuario en movimiento.
“Ya veníamos viendo peces —congrios y otras especies asociadas al fondo—, pero cuando el ROV miró hacia abajo, vimos una cantidad de peces impresionante: estábamos paradas arriba de un cardumen de merluza de cola (Macruronus magellanicus). Pasó justo cuando nos teníamos que ir, pero estábamos tan emocionados que nos queríamos quedar mirando todo eso”, recuerda Silvia Inés Romero, investigadora principal y jefa científica de la más reciente expedición en aguas profundas argentinas, organizada por el Schmidt Ocean Institute (SOI), el Servicio de Hidrografía Naval (SHN) y el Centro de Investigaciones del Mar y la Atmósfera (CIMA-UBA-CONICET).
La expedición “Ecos de Dos Cañones”, realizada en octubre de 2025, se propuso descifrar cómo interactúan los cañones submarinos, su morfología, las masas de agua, las corrientes oceánicas y la dinámica de los ecosistemas marinos en una de las regiones más productivas del mar Argentino: el Frente del Quiebre de Plataforma.
La exploración se concentró en dos áreas ubicadas a unos 500 kilómetros de la costa. Una corresponde al Sistema de Cañones Submarinos Bahía Blanca, frente a la ciudad de Viedma, en la provincia de Río Negro; y la otra, al Sistema de Cañones Submarinos Almirante Brown, situado frente a Rawson, en la provincia de Chubut.

Este trabajo multidisciplinario, sin precedentes en la región, busca responder una pregunta clave sobre la dinámica oculta del mar Argentino: ¿pueden los valles submarinos —que se corresponden con los cañones del Talud Continental— modificar la dinámica de las corrientes y masas de agua en las profundidades?
Los científicos sospechan que sí. Su hipótesis plantea que la presencia de estos cañones podría modificar el flujo oceánico y favorecer el ingreso de aguas de la Corriente de Malvinas, frías, salinas y cargadas de nutrientes, hacia la plataforma continental. Al mezclarse con las aguas más cálidas y menos salinas de la plataforma —donde los nutrientes se agotan rápidamente—, se produciría una fertilización natural que impulsa la productividad biológica. Este proceso sería, en gran medida, el que sostiene la abundancia de vida marina y la riqueza pesquera a lo largo del quiebre entre la plataforma y el talud del mar Argentino.

“Elegimos estos dos sistemas, Bahía Blanca y Almirante Brown, porque en estos lugares veíamos que las imágenes satelitales de color del mar mostraban que hay zonas que tienen desvíos o daban lugar a que hubiera intrusiones de agua de esta Corriente de Malvinas”, agrega Romero, oceanógrafa física y jefa de Dinámica Oceánica del Departamento de Oceanografía del Servicio de Hidrografía Naval. “Queríamos hacer todas las mediciones necesarias para comprobar si nuestras hipótesis se aceptaban o no”, sostiene la científica.
Un paisaje submarino sorprendente
Cada kilómetro recorrido bajo el mar revelaba algo nuevo. La geóloga Graziella Bozzano, del Servicio de Hidrografía Naval, investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y una de las coinvestigadoras principales de la expedición, recuerda que Argentina cuenta con unos seis millones de kilómetros cuadrados de territorio sumergido, pero que antes de esta expedición apenas se conocía una mínima parte de su relieve.
Dos de los grandes logros, explica, fueron precisamente haber podido observar en detalle su morfología y alcanzar zonas de difícil acceso, como las cabeceras de los cañones. El equipo logró relevar cuatro en total: dos en la Patagonia y dos en el sistema bonaerense de Bahía Blanca.
En cada tramo, el paisaje submarino cambiaba: derrumbes esculpidos por las corrientes de fondo, paredes rocosas cubiertas de corales, extensas planicies arenosas habitadas por fauna muy diversa, un valle con parches de sedimento grueso donde crecen organismos bentónicos y otras zonas cuya superficie ondulada indica el paso de las corrientes, describe Bozzano.
Durante la expedición, el equipo se topó con dos hallazgos inesperados. El primero fue la presencia de sedimentos cargados con gas, evidentes cuando, al tomar las muestras, comenzaron a salir burbujas del fondo marino. Estas burbujas, asociadas a comunidades microbianas y fauna característica, aparecieron en todos los cañones explorados, notables por un tono oscuro del sedimento y manchas blancas formadas por masas bacterianas.
El segundo hallazgo fue aún más sorprendente: marcas de arado provocadas por témpanos de hielo. Estos icebergs desprendidos de la Antártida son transportados por la Corriente de Malvinas, de sur a norte, y algunos alcanzan la plataforma continental, donde su base roza el fondo y deja surcos visibles en los mapas batimétricos.
“Encontramos muchas de esas marcas concentradas en una zona de la plataforma, fue algo completamente inesperado y muy importante a nivel científico”, cuenta Bozzano.

A lo largo de la campaña, el equipo combinó distintas herramientas para estudiar el mar desde múltiples ángulos. Además de utilizar el ROV SuBastian, se emplearon ecosondas para cartografiar el fondo marino y medir la velocidad de las corrientes. En puntos estratégicos alrededor de los cañones, se realizaron muestreos con botellas Niskin, que permitieron analizar la salinidad, el oxígeno, el carbono y la diversidad biológica del agua.
Un vehículo submarino autónomo equipado con sensores oceanográficos —también conocido como GLIDER, operado en colaboración con investigadores franceses—, se sumergió de manera independiente para obtener perfiles verticales de alta resolución espacial. Además, se desplegaron 50 boyas derivantes —muchas construidas en Argentina— para analizar las trayectorias de las masas de agua, y se instalaron plataformas ancladas al fondo y una boya superficial con sensores para registrar, durante veinte días, las condiciones del mar y la atmósfera.

“En cada inmersión yo tenía el ojo muy afilado para ver cómo eran las corrientes, en función de cómo se movía la nieve marina, los organismos o anémonas que quedan a la deriva o libres para que las corrientes los muevan”, narra la oceanógrafa Ornella Silvestri, estudiante doctoral en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y una de las coinvestigadoras principales. “Me sorprendió muchísimo cómo, en cada lugar que frenábamos, la dirección de la corriente cambiaba de manera muy intensa: no pensaba que habría tanta variabilidad”.
Los resultados puntuales de la expedición se irán dando a conocer de manera gradual, a medida que se publiquen los artículos científicos de cada área analizada. Además, las científicas contemplan posibles colaboraciones con investigadores de otras disciplinas para resolver nuevas incógnitas.

“Sin embargo, debemos pensar el sistema como un todo”, sostiene la oceanógrafa física Laura Ruiz Etcheverry, investigadora del Centro de Investigaciones del Mar y la Atmósfera, docente de la UBA y una de las coinvestigadoras principales. “Al principio, cada quién seguirá su interés principal, pero después espero —y la mayoría apunta a eso— lograr un trabajo conjunto entre todas las áreas: geológica, física y biológica, para explicar el sistema en su totalidad”.

Mujeres al frente
La expedición a bordo del Falkor (too) destacó por un sello distintivo: estuvo liderada por mujeres. Silvia Inés Romero encabezó el equipo como investigadora principal y jefa científica, junto a las investigadoras Graziella Bozzano, Laura Ruiz Etcheverry y Ornella Silvestri. Juntas, guiaron a un grupo de más de 30 investigadores y técnicos de instituciones nacionales e internacionales.
“Es poco usual que esto pase y no solo somos cuatro mujeres las que lideramos el equipo: hay un porcentaje mayor de presencia dentro, alrededor de un 60 % de mujeres”, explica Graziella Bozzano. “Quizás estamos derribando mitos de que las mujeres no podemos hacer investigación o que no podemos embarcar”, afirma la científica.

Embarcarse en una campaña científica de varias semanas implica dejar en tierra no solo la rutina en los centros de investigación, sino también a la familia. Para muchas de las investigadoras a bordo, ese fue uno de los mayores desafíos. Varias son madres y durante la expedición el cuidado de los hijos recayó en otros miembros de la familia. Otras, incluso, tienen a su cargo a padres mayores.
La travesía, entonces, no solo exigió planificación científica, sino también una red de apoyo personal. “Con cooperación, colaboración y un poco de suerte —reconoce Bozzano—, las cosas se pueden hacer”.

Compartir la ciencia
Sin importar la región explorada, las transmisiones en vivo del Schmidt Ocean Institute siempre generan expectativa. Estos dos cañones no fueron la excepción para tender un puente hacia la superficie, con la gente. Para acompañar esa experiencia, el equipo científico creó una cuenta de Instagram, meses antes de zarpar, con la idea de construir una comunidad y mostrar cómo se hace ciencia marina. Desde entonces, los seguidores comentan, comparten y preguntan, formando parte de la travesía en tiempo real desde tierra firme.
“Les explicamos que esta campaña tenía otros fines, que no íbamos a recolectar a animales bentónicos del fondo marino”, comenta Ornella Silvestri. “A medida que iban pasando el tiempo y las inmersiones, la gente ya tenía el ojo puesto en cómo se movían las cosas para ver cómo era la corriente, el fondo y las paredes. Era nuestro objetivo: divulgar lo que nos apasiona y eso fue muy bien recibido, así que estamos muy contentas por eso”.

En el chat de las transmisiones en vivo, el público se mostraba asombrado ante la belleza del fondo marino. Para las científicas, brindar a la sociedad la posibilidad de contemplar aquello que quizás ni siquiera podían imaginar, genera un vínculo afectivo con su territorio, lo que podría despertar en las personas un mayor deseo de conocerlo, amarlo y protegerlo.
“Además de seguir investigando, también tenemos que divulgar”, concluye Laura Ruiz Etcheverry. “Creo que esto empieza desde abajo, no directamente yendo a tocar las puertas de los tomadores de decisiones, sino logrando que la gente conozca lo que tiene. Así se puede actuar en colectivo, con mucha gente diciéndoles: ‘Protejamos esto’. Si todo queda solamente del lado científico, tal vez sea más difícil golpear esas puertas, pero si logramos que el resto de la sociedad acompañe, todo se vuelve más fácil”.

Imagen principal: pez rubio (del género Helicolenus), junto a dos ejemplares de estrellas canasto (Gorgonocephalus chilensis), además de otras estrellas frágiles (Ophiosabine vivipara). Foto: cortesía ROV SuBastian / Schmidt Ocean Institute