- Aja en shuar significa huerta y su principal característica es la extensa variedad de productos: una despensa natural completa, que favorece a la calidad del suelo y la conservación.
- Durante este siglo, esa característica se ha ido perdiendo, a tal punto que la gran mayoría de las familias shuar que viven en la provincia de Pastaza han cambiado sus ajas por monocultivos.
- Este año, 45 mujeres de tres comunidades iniciaron un trayecto de recuperación de sus ajas para devolverles su diversidad, como parte del ‘Área ecológica de desarrollo sostenible de Pastaza’ y la ‘Plataforma amazónica por los bosques, el clima y el bienestar humano’.
- Esto les ha cambiado la vida a sus familias y la nacionalidad shuar impulsa la expansión del proyecto para los próximos dos años.
Las mujeres cantan a sus plantas: al sembrarlas y cosecharlas, cuando las podan o cuando limpian el terreno en el que crecen. En Nayum Entsa, una comunidad shuar de la provincia de Pastaza, en la Amazonía ecuatoriana, las mujeres siempre cantan a sus plantas. En su lengua, esos cantos se llaman anent.
Dorotea Yankuam, de 62 años, una de las abuelas sabias del pueblo, ejecuta un anent hipnótico, con tono firme en unos sonidos y una leve tibieza en otros. Usa la vestimenta típica de la nacionalidad shuar: vestido azul sin mangas, un largo collar de colores, aretes hechos con plumas, trazos de tinta roja en el rostro; en la cintura su shakap y en los tobillos el makich, adornos que suenan como instrumentos de percusión y van marcando el ritmo de su andar. “Los cantos son para que Nunkui nos escuche”, dice Dorotea en su lengua. En la cosmovisión shuar, Nunkui es la Diosa de la producción. “Le cantamos para que dé buen fruto, para que crezca bien. Ahí da buena yuca, buen plátano. Es importante seguir cantando”.
Dorotea, junto a otras seis mujeres, se encuentra en el aja shuar comunitaria de Nayum Entsa, un espacio que a inicios de este año era un terreno abandonado, un potrero, pero que ahora está repleto de muchas especies de yuca, camote, plátano, malanga, caña de azúcar, papa china, zapallo, guineo, piña, fréjol, chonta, zanahoria, acelga. Las mujeres están rodeadas de los colores y los olores de las plantas, los insectos que cruzan de un lado a otro y la amenaza del aguacero que pronto caerá sobre esta zona de la Amazonía.

Aja en su lengua significa huerta. Pero esta no es una huerta cualquiera: es una de las 46 ajas shuar que las mujeres de tres comunidades de Pastaza —Nayum Entsa, Chapints y Kawa— han recuperado en 2025, gracias a un proyecto agroecológico impulsado por la Federación de Nacionalidades Shuar (Fenash) de Pastaza y la fundación Naturaleza y Cultura Internacional (NCI), con el apoyo del gobierno provincial y el Ministerio de Agricultura.
Estas comunidades pertenecen al Área ecológica de desarrollo sostenible de Pastaza —creada mediante ordenanza provincial en 2019—, que forma parte de la Plataforma amazónica por los bosques, el clima y el bienestar humano, un corredor biológico de bosque continuo que busca evitar la tala, conserva hasta el momento 4.2 millones de hectáreas de selva en tres provincias amazónicas y almacena 2.3 billones de toneladas de carbono.
“Todo era potrero y ahorita vemos los resultados, lo que se está dando”, dice en castellano Esperanza Yanguami, dirigente de la comunidad, mientras se abre paso entre las plantas. Conoce cada especie sembrada en esta aja. Habla con seguridad y solvencia, como alguien que muestra una casa que construyó con sus propias manos.
“En mi idioma, esta se llama sanku, pero en castellano le dicen malanga”. “Esta yuquita da en seis meses, rapidísimo, otras se demoran un año”. “Acá tenemos variedades de fréjol. Nos sirve para hacer sopita, majada, mazamorra, menestra. Muy bueno para la alimentación de nuestros hijos”, cuenta. “También tenemos zanahoria morada. Cuando un niño está mal del estómago o con diarrea, sacamos este tubito y le hacemos el lavado. Y las hojitas sirven también para la gastritis, cuando tenemos dolor de estómago”.

Recuperar el aja shuar
Tradicionalmente, un aja shuar era una huerta con abundante variedad de productos y especies, una despensa natural de plantas frutales, comestibles, medicinales. Sin embargo, desde inicios de este siglo, tras la llegada de la dolarización, esta costumbre se ha ido perdiendo, tanto que las ajas de las familias shuar se fueron convirtiendo prácticamente en monocultivos. La llegada del dólar y de las grandes cadenas de supermercados, la migración de los más jóvenes hacia las ciudades para estudiar y trabajar, el boom de los agroquímicos, los monocultivos y la tala para explotación maderera fueron desplazando de las comunidades esa despensa natural. Poco a poco, las ajas fueron quedando de lado, con apenas uno, dos y máximo tres productos que las familias podían vender, principalmente yuca.
“El aja shuar tiene que ser como un mercado”, dice el presidente de la Federación de Nacionalidades Shuar (Fenash) de Pastaza, Mesías Moncayo: “Pero en la actualidad, la mayor parte hacen monocultivo. Sólo yuca, máximo con plátanos. Nada más. Las semillas se han ido perdiendo porque no están trabajando la tierra. Los niños ya no quieren acompañar a sus madres. Antes tenían todo: chupaban caña, naranjilla, tenían papaya. En la actualidad ya solo hay yuca y plátano. ¿Con qué gusto va a ir un niño a acompañar a su madre?”.
Los padres, explica Moncayo, se han dedicado a otros trabajos, los hijos se profesionalizan y conocen poco de sus saberes ancestrales: “Es importante no perder nuestras costumbres y tradiciones. Algunos jóvenes no saben ni cómo hay que clasificar las semillas, cuál es buena para cultivar, cómo hacer que la cosecha sea productiva”.

Anamaría Varea, bióloga, excoordinadora nacional del programa de pequeñas donaciones del Fondo para el Medioambiente Mundial (GEF, por sus siglas en inglés), ha liderado programas de conservación y manejo de biodiversidad y asegura enfática que mantener la diversidad en los ecosistemas es fundamental para el ambiente.
Y entonces habla del rol que juega el aja shuar: “Las especies seleccionadas cumplen roles similares a los del bosque: protección del suelo, regulación hídrica, refugio de fauna y producción de alimento y medicina. La combinación de especies arbóreas y cultivos mejora la infiltración de agua, el reciclaje de nutrientes y fortalece la salud del suelo. En el aja shuar se integran árboles, arbustos, cultivos y animales, se crean hábitats diversos que atraen polinizadores, controladores biológicos y fauna silvestre”.
Recuperar este tipo de cultivos puede significar una “sanación territorial” y una forma de “desobediencia al monocultivo”, agrega. Y, además, es una respuesta contra la crisis climática: “Los árboles actúan como sumideros de carbono; sistemas agroforestales bien diseñados pueden almacenar más de 300 mg de carbono por hectárea, contribuyendo a la captura de CO2 y a la resiliencia climática. El aja fortalece la soberanía alimentaria, conserva la biodiversidad y reproduce funciones ecológicas del bosque tropical, todo desde un enfoque culturalmente arraigado”.
De vuelta a los orígenes
Siete mujeres continúan caminando por el aja demostrativa. Algunas llevan sus chankin, canastas tejidas a mano con las que van recogiendo la cosecha. Se ven felices.
Esperanza Yanguami continúa hablando de cada especie y sus cualidades: “Aquí tenemos la piña que no tiene espinas, es la piña hawaiana. Es muy dulce”. “Este es el orito grande [una especie de banano] y no muere”. “Esta es otra variedad de yuca, le decimos pata de gallina porque tiene las hojitas así”. “De esta otra, cuando se abren las flores, sabemos que está lista para cosechar”.
Nayum Entsa, Chapints y Kawa están ubicadas en la parroquia Simón Bolívar, del cantón Pastaza. En cada una de estas comunidades, 15 mujeres decidieron convertir sus propias ajas en ajas shuar. Según la cultura de esta nacionalidad indígena, las mujeres son las encargadas de las huertas. Sus esposos pueden ayudar con la preparación y la limpieza de la tierra, sus hijos pueden acompañar y aprender, pero las mujeres dirigen “la orquesta”. Al aja solo pueden entrar mujeres sanas, ninguna puede estar enferma, ni siquiera menstruando. “Las plantas son celosas, si una mujer está enferma, se marchitan”, dice Esperanza Yanguami.

A través de capacitaciones, asesorías para hacer abonos naturales y mucho trabajo comunitario, estas 45 mujeres —y sus familias— fueron preparando la tierra, sembrando e intercambiando semillas, limpiando el terreno y cantando a las plantas sus anents. Ahora, ocho meses después, muestran orgullosas los resultados: 45 ajas shuar familiares repletas de productos, más el aja demostrativa en Nayum Entsa: 46 en total.
Es un inicio. En Pastaza viven unas 1000 familias shuar, según las cifras de la Fenash, que agrupa a 40 comunidades. Cada una de esas familias tiene su propia aja. “Unas 45 ya recuperaron el concepto de aja shuar. Las otras siguen con monocultivo o con dos o máximo tres productos. La idea es expandir para que todos tengan como era antes: si es posible 30 variedades en cada aja”, dice el presidente de la Fenash.
Nataly Grefa, directora del Observatorio Sacha Kamayuk, trabaja desde hace 10 años asesorando a comunidades de la Amazonía ecuatoriana en la regeneración y diversificación de sistemas alimentarios. Ella es bióloga y en el observatorio trabaja en la elaboración de microorganismos y abonos orgánicos con base en los propios cultivos. Además, promueve la recuperación e intercambio de semillas entre familias y comunidades.
Ha acompañado a las 45 beneficiarias de este proyecto y es testigo de cómo ese sistema se venía perdiendo, pero ahora se va recuperando. Cuando cuenta esta historia, se apasiona y mira hacia el horizonte o hacia los cultivos de la zona. Se obsesiona. “Con el tema de los químicos para mejorar la producción, esto [lo ancestral] se ha ido perdiendo”, dice. “Aquí en la Amazonía, cuando llegaron los ‘supertécnicos’ con los agroquímicos, se introdujeron los monocultivos, la ganadería. Comenzaron a talar”.
Las comunidades se dejaron seducir por la promesa del negocio y se volcaron al monocultivo: “Para una hectárea de maíz, por ejemplo, se gasta en cuatro meses de agroquímicos unos 3000 dólares, pero puedes obtener 7000 en ganancia. La gente busca lo más rápido, lo más fácil”, explica Grefa.

Así fueron creciendo los monocultivos en toda la región amazónica, los de yuca, camote, maíz, arroz, papa china, guanábana, pitahaya, café; pero también las especies que después se talan para la venta de madera: balsa, chuncho, caoba, cedro, canelo, laurel, doncel, maría, chamburo… Aún ahora, al recorrer la zona, se ven montañas de troncos despedazados y apilados para que los camiones de las madereras los recojan.
Entonces, ¿cómo convencieron a estas 45 familias para abandonar el monocultivo y volver al aja shuar? “Dándoles un valor más significativo”, responde Grefa, y agrega: “Hemos trabajado bastante en la consciencia: la importancia de la alimentación. Ha sido difícil, pero la mayoría, cuando se les hace cálculos matemáticos, entienden. ¿Qué hizo con los 350 dólares que le dieron por la madera? Se lo gastó en cerveza. Ahora ya no hay esa necesidad de que compre, el aja le da la seguridad de tener un alimento sin la necesidad de poner en riesgo ese ingreso”.
Grefa les ha enseñado a hacer abono natural, productos para controlar a los insectos y les ha enseñado el valor de compartir las semillas. “Antes no compartían. Decían: ‘Esto es mío’”. También les ha enseñado cómo mantener el suelo y aprovechar los nutrientes. Cuando llega a las comunidades, la reciben con cariño, le brindan caña de azúcar o mazamorra, chicha o caldo de gallina.
El poder regenerador de la guaba
La casa de Yolanda Tunki está al borde de una calle llena de curvas en la comunidad de Chapints. Ella tiene 53 años y lo primero que hace al llegar es darles de comer a sus gallinas: toma puñados de maíz de un saco que tiene justo a la entrada y los lanza con una sonrisa. Los animales se apuran a picotear el alimento.

Su aja shuar está junto a su casa —mimetizada— y todos los días le dedica al menos unas tres o cuatro horas de cuidado. El olor ligeramente picante penetra en las fosas nasales apenas se llega a la zona del ají. Hay tal variedad de productos que es posible ver muy pegaditos, como si fueran uno solo, un árbol de achiote y uno de arazá.
Yolanda muestra con detenimiento las plantas de guaba (también conocida como guama o pacay) que ha sembrado en filas desde marzo a lo largo de sus cultivos para que sus tierras se regeneren y no tener que trasladar su aja de ahí. “Esta aja es muy vieja y ella ya tendría que irse a otro lugar porque el suelo ya no es tan fértil, pero con los corredores de guaba podrá seguir produciendo aquí”, dice Nataly Grefa, mientras prueba un arazá que tomó del árbol que está junto al de achiote.
“En el mundo hay más de 630 variedades de guaba, pero la guaba de vejuco, que es amazónica, tiene una particularidad: en las raíces hace unas nodulaciones que son fijadoras de nitrógeno y las puedes ver desde que empieza a germinar la semilla. Como una ampolla. Ellas activan redes microbianas y hace que estos microorganismos tengan disponibilidad de nutrientes, de materia orgánica. La guaba se hace cíclica y el suelo se regenera”, explica.

Apuesta por el uso sostenible
Daniel Quisimalín, técnico del Ministerio de Agricultura en la parroquia Simón Bolívar, asegura que esta es también una apuesta por la conservación: “El monocultivo deteriora el suelo porque es bastante extractor de potasio, nitrógeno, fósforo. Al trabajar con lo mismo, en un momento el suelo se cansa, ya no produce. Hay muchas ventajas al tener diversidad: ciertas especies, como el fréjol, son captadores de nitrógeno. La papa china y la yuca airean el suelo y con el plátano hay un recambio de nutrientes en la cosecha y ahí mismo se genera el abono. Las diferentes especies en constante trabajo y producción”.
El Ministerio ha dado asesoría técnica en la recuperación de las ajas shuar. Según Quisimalín, lo que más pide la gente es abono y ahora se ha logrado que lo obtengan directamente desde su ambiente. “También es una acción contra la deforestación —agrega—: en un solo lugar, de forma planificada, hay muchas especies y variedades. El productor mantiene la frontera agrícola, no se expande. Son pocas las hectáreas deforestadas”.
Pero el tema no queda ahí. Al ser parte del Área ecológica de desarrollo sostenible de Pastaza y de la Plataforma amazónica por los bosques, el clima y el bienestar humano, las comunidades shuar de Pastaza pueden firmar convenios de conservación y uso sostenible en sus territorios. Estos convenios implican que las comunidades se comprometen a no talar, a conservar el ambiente y a reforestar. A cambio, reciben beneficios de las ONG ambientalistas que trabajan en la zona o de la Prefectura, para que puedan encontrar formas ecológicas de producción y sustento, en el marco de la bioeconomía. Estos beneficios pueden ser desde paneles solares para proyectos de turismo comunitario hasta materiales para agricultura.

Según Mesías Moncayo, 10 de las 40 comunidades que son parte de la Fenash ya han firmado este tipo de convenios. Entre las 10 poblaciones hay 6000 hectáreas conservadas, de las 46 000 que tiene la nacionalidad shuar en Pastaza. Y están en proceso 14 comunidades más.
“Queremos llegar a todas las comunidades que están en la vía con la reforestación, porque ya están explotadas. Queremos hacer un parque, senderos ecológicos, poner los nombres de todas las especies que existen: el nombre científico, en castellano y en shuar, para que cualquier persona que venga pueda saber de qué especie se trata. De esta manera ya la gente se olvidaría de talar y vender los árboles. Vamos a trabajar en temas de conservación”, agrega Moncayo.
Un vivero por la Amazonía
Uno de esos programas de conservación es el vivero comunitario de Kawa, un pueblo de tierras rojizas y casas de madera, elevadas del suelo. El vivero está en la parte alta, junto a una explanada extensa. Fue creado hace cuatro años y tiene unos 12 metros cuadrados y «camas» llenas de plántulas cuyo destino será la reforestación, la recuperación de zonas completas donde la vegetación de la zona se había perdido.
Hasta el momento, han reforestado unas 95 hectáreas en esta comunidad de 60 familias y 300 habitantes. Su presidente, Ricardo Ankuash, muestra el sitio en medio de un sol que se fortalece pasado el mediodía y enumera las especies que tienen para seguir sembrando: “Plantas frutales, flores, chontas, achiote, guabas, cacao, papaya, limón, plantas maderables, sangre de drago, plantas medicinales, hierba luisa…”.

Justo frente al vivero está el aja de Olga Wanpakit, que a sus 84 años se mueve velozmente a través de todas las especies que tiene sembradas. Hay dos plantas diferentes: el wanchup, que sirve para ahuyentar a las culebras de los cultivos; y el barbasco, usado para la pesca.
Olga también vive sola y no le gusta pedir comida a hijos ni nueras, así que todo lo que produce su aja es para su alimentación. A través de un traductor —uno de los jóvenes de la comunidad que habla castellano—, cuenta que viene a dar mantenimiento a sus plantas los lunes, los martes y los miércoles, pero si se aburre en su casa, que está a unos 15 minutos a pie, siempre se refugia en su aja. “Es como mi segundo hogar, muchas veces prefiero estar aquí”, agrega.
En el plan de estas mujeres está expandirse, como también lo hacen las mujeres de Morona Santiago, otra provincia amazónica con presencia de la nacionalidad shuar, donde hasta el momento se han recuperado 25 ajas en dos comunidades: Paantin y Amazonas. Para estas comunidades, el futuro es el aja shuar.

La Prefectura de Pastaza está construyendo lo que llaman «ejes multimodales»: carreteras planificadas de manera sostenible y en acuerdo con las comunidades, que llegan desde las comunidades hasta puertos fluviales para permitir el intercambio de productos con pueblos más alejados, a los que sólo se llega por río. “Damos la alternativa de sacar los productos de las ajas —y de las chakras, en el caso de las comunidades kichwa—”, explica Lenin Valencia, encargado de la cadena de valor en especies amazónicas de la Prefectura.
Agrega que están alistando la primera ordenanza provincial de bioeconomía y conservación, con la que garantizarán fondos para seguir expandiendo estos programas en los próximos dos años.
Mientras tanto, queda la imagen de Olga Wanpakit, caminando sostenidamente a través de las tierras rojizas de Kawa, bajo el sol intenso de la tarde, de regreso a su casa luego de haber recorrido su aja.
Y quedan también las palabras que Esperanza Yanguami dijo mientras caminaba por el aja shuar demostrativa de Nayum Entsa: “Nuestro sueño es seguir de largo con nuestra aja. Hoy me siento contenta. Con nuestras compañeras, como mujeres shuar, queremos seguir adelante y pronto sacar nuestros productos en un mercado o tener un lugar donde podamos vender. O tener alguna procesadora, hacer harinas de yuca, chifles [chips en fritura], yo qué sé”.

Imagen principal: Esperanza Yanguami muestra una planta de fréjol trepador, en el aja shuar demostrativa de Nayum Entsa. Foto: Alexis Serrano Carmona