- Pionera con sus largas expediciones por el Chaco paraguayo, la científica Fátima Mereles construyó una carrera durante 50 años que reveló especies desconocidas, ecosistemas frágiles y vacíos históricos en los herbarios del país.
- Cuenta que ha visitado todas las reservas de Paraguay: su trabajo ayudó a poner al país en el mapa de la botánica suramericana.
- Describió cuatro especies nuevas para la ciencia en el mundo y está a punto de hacerlo con una más.
- Alerta que las áreas protegidas están cada vez más aisladas y que la pérdida de conectividad amenaza a especies únicas de orquídeas, cactus y otras plantas endémicas que solo sobreviven en estos ecosistemas.
La paraguaya Fátima Mereles conoce el Chaco como pocos. Lo recorrió durante meses, en las décadas de 1970 y 1980, cuando aún no existían imágenes satelitales, leyendo el territorio a partir de fotografías aéreas compradas al Instituto Geográfico Militar de Paraguay y analizadas en estereoscopio, un tipo especial de microscopio óptico que permite observar los objetos en tres dimensiones, con profundidad y relieve. “Se veía muy bien, era como estar volando bajo en un avión, mejor incluso que las imágenes satelitales de ahora”, asegura.

La doctora en Ciencias investigó entre bosques secos, palmares de karanda’y (Copernicia alba) y humedales interminables, con machete en mano y la lluvia como compañera habitual. Durante los recorridos, las extenuantes horas de caminata, el lodo ni el calor no fueron los mayores obstáculos sino los mosquitos, a los que califica como un “desafío casi insoportable”, que sólo logró vencer después de muchos meses de trasegar por los caminos del Chaco húmedo.
En esos años duros de campo realizó el primer estudio integral del Chaco húmedo paraguayo y su continuidad con Argentina, un trabajo que le llevó casi cinco años en la década de 1990.
De esas expediciones surgieron también la caracterización de nuevas especies para la ciencia y las bases para el ordenamiento territorial chaqueño. De esta forma se convirtió en pionera de esta área y sus trabajos derivaron en la base de otras investigaciones y conocimiento sobre tan importante zona.
Hoy, tras más de cincuenta años de estudio e investigación, Mereles advierte que las reservas que ayudó a estudiar están más aisladas y que la biodiversidad que documentó con rigor está desapareciendo, sin corredores que la sostengan.
“El manejo de reservas queda en papel y los guardaparques son mínimos”, asegura. La científica ha visitado todas las reservas naturales de Paraguay y a algunas ha ido decenas de veces.

—Usted dedicó una vida entera a estudiar y preservar la biodiversidad en los ecosistemas paraguayos. Si le pregunto cómo está hoy la biodiversidad, ¿cuál sería el primer sentimiento que tiene?
—Es una pregunta compleja. Obviamente, la producción y la actividad humana avanzan. El hombre avanza no solamente con su producción sino también con sus viviendas. Si recorremos un poco la región oriental, yo que la recorro desde la década del 80, vemos que tenemos reservas boscosas muy escasas, completamente aisladas.
Como núcleos podemos hablar apenas de seis que se van degradando. Por ejemplo, la reserva del Bosque Mbaracayú, las reservas de Itaipú, San Rafael y del parque Ybycuí. También tenemos, por el lado norte, al Parque Nacional Serranía San Luis y el Parque Nacional Paso Bravo. Es lo que prácticamente nos queda, pero lamentablemente sin conexión, no tienen continuidad a través de corredores de biodiversidad. Es por esos corredores donde la fauna podría moverse. Todo esto hizo que hoy tengamos especies amenazadas, incluso en peligro crítico. No sabemos si algunas realmente ya se han extinguido. Tenemos más de 230 endémicas y Paraguay es el único responsable de preservarlas porque son nuestras especies, dado que están dentro de nuestras fronteras.

Lo que sí he presenciado de tanto trabajar en los territorios del Chaco es que las formaciones vegetales han mermado muchísimo y, a mi modo de ver, hoy corren riesgo de quedarse completamente aisladas, lo cual es un peligro porque van perdiendo resiliencia. Tenemos aproximadamente 6500 especies de plantas vasculares, además de hongos y líquenes.
—¿Cuáles de esas 6500 especies le generan mayor preocupación?
—Hay que tener muchísimo cuidado con las especies endémicas que no están teniendo mucha atención desde el punto de vista de las políticas públicas. Muchísimas de ellas son herbáceas que pasan desapercibidas y caen dentro del contexto de cambio de uso de suelo sin que nos demos cuenta. Estoy hablando de algunas familias que son de bosques húmedos y secos. Por ejemplo, la familia orquidácea es una de las grandes amenazadas, alguna de ellas a lo mejor con especies extintas ya, quién sabe, porque se han tumbado los bosques y ellas vivían en esos árboles. Los árboles que han caído con los cambios de uso del suelo, sobre todo en la parte húmeda del país, es decir, en lo que llamábamos antes bosque paranaense.
Y por otro lado, del lado de los bosques secos, la familia del cactus. Hay cactus muy pequeños que son familias que tardan muchísimo en crecer y son especies que están muy amenazadas. Por ejemplo, los llamados comúnmente “disco cactus”, que tienen una forma redonda, gorda y son muy atractivos. Hay unas cuatro a cinco especies de estas que son afectadas cuando hay cambio de uso de suelo.

—¿Cómo está el país en materia de cumplir compromisos en biodiversidad?
—A mi modo de ver, se hace lo que se puede, pero podría hacerse un poquito más. Creo que los que estamos fuera [del Gobierno] podríamos ayudar mucho más. Todavía estamos en el tiempo en el que nuestras publicaciones no son consideradas y deberían tenerse en cuenta. Podríamos apoyar un poco más, formar comités, etcétera. Es el caso de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES), por ejemplo, donde toda la vida hemos dicho que una autoridad científica de aplicación debería estar en la Universidad Nacional de Asunción (UNA), cosa que nunca se ha hecho. Y no en la parte administrativa. El administrativo tiene su rol dentro de CITES, pero no es precisamente el rol científico.
—Muchas veces los planes de manejo de reservas naturales quedan en el papel. ¿Qué falla en la implementación?
—En general, en los planes de manejo —porque he participado en la creación de algunos–- se exige todo lo que se pueda. Uno vuelca ahí todo lo que desearía que suceda en las áreas protegidas, que no siempre se puede. Por ejemplo, muchas de ellas, o algunas por lo menos, adolecen todavía de límites reales, es decir, tienen títulos de propiedad. Ahí existe, por ejemplo, la colaboración de organizaciones no gubernamentales que ayudan en ese proceso porque también delimitar un parque, mojonear [poner linderos], cuesta mucho dinero.
Médanos del Chaco es una de esas áreas. El caso San Rafael es muy complejo porque hay muchísimos propietarios privados adentro. Es un problema porque si uno quiere transformar eso en un área de reserva, tiene que adquirirla. Lamentablemente, en el sur del Chaco no tenemos reservas.
Por otra parte, está la cuestión de los guardaparques. El Parque Nacional Defensores del Chaco tiene uno, dos o tres máximo para más de 700 000 hectáreas. Eso es una debilidad.

—Usted recolectó más de 11 000 ejemplares de plantas. ¿Cuál fue el hallazgo que considera como el más importante para la botánica de Paraguay?
—Describí cuatro especies nuevas para la ciencia en el mundo y estoy a las puertas de hacerlo con una más. Son de la familia en la cual trabajo desde hace mucho tiempo, que es la familia de las Cyperaceae, con el género Eleocharis. Son cuatro especies nuevas para la ciencia, para Paraguay y el mundo [Eleocharis canindeyuensis, Eleocharis grandirostris, Eleocharis grossimucronata y Eleocharis occidentalis]. Siempre es muy emocionante encontrar especies que nunca se han descrito y que uno tiene el placer de hacerlo con este trabajo.
Dos las encontré recolectando yo misma: una es del Chaco y la otra es del área del Mbaracayú. Las otras dos las encontré como material del herbario, trabajando en el Missouri Botanical Garden, cuando accedí a una beca.
Hace poco, colaboré también con ir a buscar una leguminosa que resulta que no es solamente una especie nueva, sino un género nuevo para la ciencia procedente de Paraguay.
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—¿Cuál es el momento que usted recuerda con más cariño en su profesión?
—Muchos son los recuerdos, los viajes al Chaco. Prácticamente abríamos de nuevo las picadas [caminos que se abren a la fuerza en un bosque], algunas hechas por quienes buscaban petróleo, muy viejas, de la década de 1960 y otras fueron picadas que se hicieron durante la guerra del Chaco (1932-1935). Y también la satisfacción de haber ganado el Premio Nacional de Ciencias en 1998 con el Departamento de Botánica de la Dirección de Investigación de la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Nacional de Asunción. Con el licenciado Danilo Salas, de la Fundación Moisés Bertoni, hemos editado el primer libro y hasta el momento el único libro de humedales de Paraguay coeditado con otros compañeros, y ganamos una mención dentro del Premio Nacional de Ciencias también. Es siempre muy satisfactorio que se reconozca el trabajo, ya que muchas veces el campo es duro. Así como es hermoso, es también duro.

—Usted ha ocupado cargos de gran responsabilidad, como la presidencia del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT). ¿Qué desafíos enfrentó siendo mujer en un ámbito históricamente dominado por hombres?
—Más que los desafíos por ser mujer —que no tuve ahí problemas— eran desafíos de comenzar a llevar adelante los objetivos reales de la institución. CONACYT era conocido por sus trabajos en investigación. Algunos trabajos salían de la parte bibliográfica realizada por el staff en ese momento, pero no teníamos plata para la investigación. No había proyectos de investigación, no había un sistema nacional de investigadores, ni siquiera un programa, que fue lo que antecedió al actual sistema, con el programa nacional de incentivo a investigadores y que vino con la persona que me sucedió en el cargo.
Fue difícil también políticamente porque me tocó trabajar en un ámbito de cambio político. Tuve que liderar cuando hubo un cambio de gobierno de uno que venía de muchos años a uno que era socialista. Fue difícil en ese sentido, comenzar a trabajar prácticamente de cero.
Imagen principal: Fátima Mereles lideró el proceso de transformación en el Conacyt para conseguir mayor espacio y financiamiento para investigadores. Foto: cortesía Fátima Mereles