- La implementación de la transición energética se desarrolla a expensas de la biodiversidad y las comunidades, particularmente las mujeres indígenas, dicen Galina Angarova y Daniela León, integrantes de la Coalición SIRGE.
- Ellas sostienen que las mujeres indígenas están al frente de la transición energética como defensoras de sus tierras y aguas, y como visionarias que moldean caminos alternativos enraizados en el equilibrio, la reciprocidad y el cuidado.
- “No se puede lograr un futuro justo y sostenible sin la plena participación, liderazgo y consentimiento de las mujeres indígenas”, escriben en este artículo de opinión.
- Este texto forma parte de la serie Voces desde el Territorio, una recopilación de artículos de opinión escritos por autores indígenas. Las opiniones expresadas son las de los autores y no necesariamente las de Mongabay.
Esta serie, Voces desde el Territorio, reúne artículos de opinión escritos por pueblos indígenas de todo el mundo. A través de estos comentarios, compartimos nuestras realidades y reflexiones sobre temas urgentes que marcan nuestro tiempo: la destrucción ambiental, nuestra relación con la naturaleza y la injusticia sistémica. Escribimos desde el corazón de nuestras comunidades, donde los impactos de estas crisis urgentes se sienten profundamente, pero también donde las soluciones están enraizadas. A través de esta serie, hablamos desde nuestros territorios y nos aseguramos de que nuestras verdades formen parte de la conversación global.
Las mujeres indígenas poseen una profunda comprensión del mundo como una red entrelazada de relaciones entre las personas, la tierra, el agua y todos los seres vivos. En muchas cosmovisiones indígenas, el bienestar es colectivo y la salud de un elemento sustenta la salud de todos. Esta perspectiva desafía los paradigmas occidentales dominantes que a menudo separan a los humanos de la naturaleza.
Mientras el mundo se apresura hacia una nueva era económica moldeada por las transiciones energética y digital, las mujeres indígenas recuerdan a la humanidad que ningún progreso tecnológico puede sustituir una relación rota con la Tierra. Sus voces y liderazgo son esenciales para visualizar un futuro que no solo sea bajo en carbono, sino también verdaderamente afirmador de la vida.
A través de este artículo, aprovechamos la oportunidad para reflexionar sobre la intersección entre las mujeres indígenas y las transiciones energéticas y digitales en curso, explorando lo que significan estos cambios para los pueblos indígenas, especialmente para las mujeres indígenas en relación con sus derechos, medios de vida y continuidad cultural.
En todo el mundo, las mujeres indígenas están al frente de la transición energética como defensoras de sus tierras y aguas, y como visionarias que moldean caminos alternativos enraizados en el equilibrio, la reciprocidad y el cuidado. Desde los salares ricos en litio de los Andes, hasta las minas de níquel de Indonesia, se enfrentan a las prácticas extractivas que impulsan la llamada «economía verde».

Las estadísticas
Los pueblos indígenas —incluidas las mujeres— custodian gran parte de lo que queda de la biodiversidad global mediante sus conocimientos tradicionales y prácticas de gestión territorial, aún cuando constituyen una pequeña minoría de la población mundial. Sin embargo, pese a sus inmensos aportes culturales, ecológicos y económicos, las mujeres indígenas siguen estando entre los grupos más marginados del mundo, afectadas de forma desproporcionada por la pobreza, la degradación ambiental, la violencia de género y los impactos del cambio climático.
En el contexto de la transición energética, es importante prestar atención a un conjunto diferente de estadísticas. Un estudio de Nature Sustainability de 2022, realizado por la Universidad de Queensland, reveló que, de 5097 proyectos mineros a nivel mundial que involucran unos 30 minerales utilizados en tecnologías de energía renovable, el 54 % se ubica en tierras y territorios de pueblos indígenas o cerca de ellos.
Los datos del Business & Human Rights Resource Centre añaden más urgencia: su informe Transition Minerals Tracker 2025 reporta 835 denuncias de violaciones a los derechos humanos vinculadas con la minería de minerales “de transición” entre 2010 y 2024. Los pueblos indígenas se vieron afectados de manera desproporcionada: en todos los años registrados, hubo 77 denuncias que afectaron los derechos de los pueblos indígenas.
La dimensión de género también es evidente: se reportaron 27 casos que afectan a mujeres a lo largo de todos los años, relacionados con sus medios de vida, salud, participación económica y violencia de género. Estas vulnerabilidades aumentan drásticamente cuando las mujeres indígenas actúan como defensoras.

Sobre el paradigma extractivo y sus patrones
Como mujeres indígenas de dos regiones bioculturales distintas, una de Siberia y otra de Guatemala, hemos observado un patrón preocupante y recurrente: la implementación de la transición energética se está desarrollando a expensas de las comunidades indígenas y la biodiversidad. Esto nos obliga a reflexionar sobre las cargas que estos patrones imponen a las mujeres indígenas en todo el mundo, quienes ya soportan múltiples formas de opresión sistémica e interseccional.
Mientras la crisis climática obliga a la humanidad a repensar los modelos económicos y los sistemas energéticos, las mujeres indígenas se encuentran en la intersección de dos realidades: por un lado, son sometidas a cargar con los costos de la expansión del extractivismo y, por otro, son las guardianas del conocimiento ancestral que puede guiarnos hacia la sanación del planeta.
Mientras el mundo busca transitar hacia nuevas formas de existir en este planeta, no debemos repetir los mismos patrones extractivos que nos han llevado a la crisis actual. La transición hacia una «economía verde» exige una eliminación acelerada de los combustibles fósiles y una expansión drástica de las energías renovables para abastecer a las sociedades. En una de las conferencias climáticas de la ONU, la COP28, más de 100 países se comprometieron a triplicar la capacidad mundial de energías renovables para 2030, marcando un paso histórico.
El resultado ha sido un nuevo auge minero, una carrera global por asegurar estos metales y minerales considerados esenciales para las tecnologías verdes. La narrativa predominante presenta la minería a gran escala como la única manera de garantizar la transición energética. Sin embargo, esta ambición global conlleva desafíos complejos. Las tecnologías que impulsan la transición energética, desde paneles solares y turbinas eólicas hasta baterías y vehículos eléctricos, dependen en gran medida de la extracción de minerales como el litio, níquel, cobalto y cobre. Estos minerales se encuentran a menudo en, o cerca de, territorios indígenas, ecosistemas biodiversos y cuencas hidrográficas frágiles.

Sin un cambio profundo, perseguir un futuro “verde” corre el riesgo de reproducir las mismas injusticias de la era de los combustibles fósiles, solo que esta vez bajo la bandera de la sostenibilidad. La realidad es que no podemos salir de la crisis climática a través de la minería. Las soluciones reales radican en reducir la demanda general de energía, invertir en transporte público eficiente y accesible, reciclar los minerales que ya están en circulación, construir economías circulares, localizar y cerrar los ciclos del sistema alimentario, rediseñar nuestras ciudades para que funcionen con los sistemas naturales y apoyar soluciones climáticas basadas en la tierra y lideradas por pueblos indígenas.
Además, cuando los proyectos mineros llegan a territorios indígenas, rara vez se ven “verdes”. Es aquí donde los antiguos paradigmas extractivos resurgen con toda su fuerza. Las empresas mineras eligen como objetivo a los territorios indígenas porque, en comparación con las regulaciones de los países donde tienen su sede, las tierras y territorios de los pueblos indígenas, especialmente en países ricos en recursos, suelen tener protecciones más débiles. Tanto para las corporaciones como para los Estados que les otorgan licencias, estas tierras se consideran con demasiada frecuencia como mercancías en lugar de territorios vivos.
Esta forma de pensar revela la relación colonial que sigue moldeando las interacciones entre los Estados y los pueblos indígenas. El colonialismo concibe la tierra como propiedad, algo que se posee y se valora por su potencial productivo. En contraste, muchas cosmovisiones indígenas entienden la tierra como un ser vivo, un pariente no humano que respira, da, recibe y recuerda. Nunca está vacía, pues es el hogar de innumerables otras vidas, desde microorganismos hasta imponentes secuoyas.
La importancia de este replanteamiento es innegable. Una vez que comprendamos que pertenecemos a la tierra y a la naturaleza del mismo modo que pertenecemos a nuestras familias humanas, y no al margen de ellas, caminaremos de manera diferente sobre este planeta. Sufriremos colectivamente cuando se desgarren montañas, cuando lagos y ríos sean contaminados y cuando bosques enteros sean talados. Las mujeres indígenas son actores clave para reestructurar esta relación hacia el equilibrio y la renovación.

Las mujeres indígenas enfrentan desafíos únicos
En las comunidades indígenas, las mujeres desempeñan un papel fundamental en la preservación de nuestras culturas y de todas las formas de vida en nuestros territorios. Desde proteger los conocimientos ancestrales sobre las tierras indígenas, los recursos y las prácticas sostenibles, hasta transmitir las lenguas, culturas y saberes indígenas. Sin embargo, nuestras hermanas siguen enfrentando opresión sistémica, no por una sola razón, sino por muchas: por género, origen étnico, edad, discapacidades y ubicación geográfica.
Estas formas de opresión interseccionales señalan un problema crítico frente a la creciente presión por los minerales estratégicos: las consecuencias del extractivismo no se distribuyen de manera equitativa, sino que se imponen sobre las mujeres indígenas. Podemos trazar un paralelo entre la explotación de la tierra por el extractivismo —impulsada por el colonialismo— y la explotación de los cuerpos de las mujeres indígenas por el patriarcado. Esto se ilustra mejor a través de la relación cuerpo-territorio, un concepto que surgió de los movimientos de mujeres indígenas en Guatemala y Bolivia. Cuerpo-territorio se refiere a las interconexiones de género entre los cuerpos indígenas y las tierras como “territorios” de control colonial, extracción y explotación.
Así como el colonialismo explota, contamina y se apropia de las tierras indígenas, el patriarcado busca controlar, explotar y violentar los cuerpos de las mujeres indígenas. Más allá de dañar la biodiversidad, la minería también conlleva diversos impactos sociales, incluidos el consumo de drogas, el alcoholismo y el fenómeno de las mujeres indígenas desaparecidas y asesinadas (MMIW, por sus siglas en inglés). Por lo tanto, para las mujeres indígenas, la lucha por defender la tierra y la lucha por defender sus cuerpos son inseparables, porque son una misma.

La oportunidad
Las mujeres indígenas no solo son guardianas del conocimiento ancestral, las tierras y la continuidad cultural de sus comunidades, sino que también son quienes soportan la peor parte de las injusticias heredadas y contemporáneas impuestas a sus pueblos. ¿No tendría entonces sentido que quienes se encuentran tanto al frente de la protección como en la primera línea de los impactos también lideren la transición energética? Creemos que la respuesta es inequívocamente sí. Un futuro justo y sostenible no puede lograrse sin la plena participación, liderazgo y consentimiento de las mujeres indígenas.
Para que la transición energética sea más que un cambio tecnológico, para que se convierta en una transformación de valores, debe estar guiada por quienes entienden el mundo no como una colección de mercancías, sino como una red de relaciones recíprocas. Las mujeres indígenas han vivido, enseñado y encarnado este principio durante generaciones.
Para imaginar cómo sería una transición liderada por mujeres indígenas, podemos inspirarnos en la economía del don, un concepto profundamente arraigado en muchas culturas indígenas. En estas economías, la riqueza se mide por la generosidad de las personas. La persona más rica es la que más da y comparte. En la economía del don, la gratitud es la moneda por excelencia, y nunca es solitaria, ya que trae consigo bendiciones, reciprocidad y relaciones. Cuanto más se da, más gratitud y bendiciones regresan, creando un círculo continuo de generosidad y renovación.
Esta forma de economía fomenta un tipo de abundancia profunda, basada en la suficiencia, la reciprocidad, en ser suficiente y tener lo suficiente. Lo que esto significa en muchas comunidades indígenas alrededor del mundo es compartir tanto los medios de producción como los frutos del trabajo, cuidar de las personas mayores, criar a los niños y niñas con la participación de toda la comunidad, honrar a los seres que nos sostienen y asegurarse de que nadie, humano ni de otra especie, quede atrás. La economía del don encarna valores que pueden guiar la transición energética: reciprocidad, equilibrio y cuidado mutuo. Ofrece un marco para replantear lo que realmente significan el progreso, el desarrollo y la prosperidad en un mundo tensionado por la extracción y la desigualdad.
Una transición liderada por mujeres indígenas, basada en estos valores, priorizaría la regeneración por encima del lucro, el bienestar comunitario por encima de la competencia y el respeto por la Tierra viva por encima de las ganancias a corto plazo. Tejería el conocimiento ancestral y la innovación moderna en sistemas verdaderamente sostenibles de múltiples maneras: ecológica, social, económica y espiritualmente.

Durante generaciones, el poder colectivo de las mujeres indígenas ha estado transformando silenciosamente los sistemas de poder desde la base. Aunque los valores de reciprocidad, solidaridad y cuidado mutuo se comparten en muchas sociedades indígenas, a menudo se aprenden primero de nuestras madres y abuelas. Ellas nos enseñan que la organización colectiva es la fuente de vida de una comunidad y que la salud del tejido social depende de la cooperación, no de la competencia.
Más allá del nivel comunitario, estos mismos principios han impulsado movimientos por la justicia, la soberanía y la acción climática. Desde el Ártico hasta la Amazonía, desde las islas del Pacífico hasta el Sahel, las mujeres indígenas se están organizando y formando redes, alianzas y coaliciones que amplifican sus voces y exigen rendición de cuentas.
También promueven modelos de gestión ambiental basados en el cuidado, el equilibrio y la interdependencia. Su liderazgo es transformador y demuestra que la verdadera energía de la transición no reside en lo que extraemos de la Tierra, sino en cómo restauramos nuestra relación con ella.
Imagen principal: Mamá Conchita, en su chagra, con sus perros. Foto: cortesía Laura Niño/La Silla Vacía
Galina Angarova es cofundadora y directora ejecutiva de la Coalición SIRGE y activista por los derechos indígenas de la nación Ekhirit del pueblo buriato en Siberia.
Daniela De León es asistente en la Coalición SIRGE y activista maya Q’anjob’al.
Esta serie es producida por el colectivo Passu Creativa, con el apoyo de Earth Alliance y publicada por Mongabay.
REFERENCIA
Owen, J. R., Kemp, D., Lechner, A. M., Harris, J., Zhang, R., & Lèbre, É. (2022). Energy transition minerals and their intersection with land-connected peoples. Nature Sustainability, 6(2), 203-211. doi:10.1038/s41893-022-00994-6