- La deforestación amenaza a los bosques del Chocó andino en Ecuador: solo queda 3 % de la superficie natural original.
- Un estudio reciente registró información del tiempo que se toman las plantas, los animales y sus interacciones para recuperarse.
- Con la información obtenida, los investigadores sugieren que los productores permitan que las parcelas se regeneren durante 20 años antes de volver a deforestar.
- Esto podría ayudar a mantener los servicios ecosistémicos y la biodiversidad sin que los campesinos renuncien a sus fuentes de ingresos.
A las seis de la mañana, la investigadora Anna Rebello Landim ya estaba en el bosque. Caminaba en medio del sinuoso paisaje del Chocó Andino ecuatoriano hasta la cima de una de sus colinas. Desde allí, observaba con binoculares los árboles con frutos y registraba qué especies llegaban a comer. Vio a hembras alimentando a sus crías y a tucanes y pavas de monte peleando por comida cuando coincidían en un árbol. En el suelo, junto a su equipo, instaló cámaras trampa que capturaban a los mamíferos que consumían los frutos colocados frente a los lentes.
“Lo importante es entender qué pasa para que podamos ayudar al bosque a recuperarse”, dice Rebello Landim, investigadora del Senckenberg Biodiversity and Climate Research Centre de Alemania y autora principal de un estudio que analizó el tiempo de regeneración de los bosques tras la deforestación. El foco estuvo en las interacciones entre plantas y animales para la dispersión de semillas. Los resultados se publicaron a finales de 2025 en la revista Current Biology.
En términos generales, hallaron que las áreas agrícolas alejadas de remanentes de bosque son las que más tardan en recuperarse, de acuerdo con Santiago Erazo, coautor del estudio y candidato a doctor por la Universidad de Ulm en Alemania. Cuando la actividad agrícola cesa y los terrenos son abandonados, las plantas son las primeras en regenerarse.

Esto facilita la llegada de animales pequeños más móviles, como las aves, así como de animales capaces de vivir en hábitats degradados, como los roedores. Ellos dispersan semillas cuando las desechan tras comer sus frutos, al evacuar o mediante sus comportamientos de almacenamiento. Así promueven la diversificación de especies y la recuperación de la funcionalidad del bosque.
Para Mateo Vega, ecólogo y asistente de gestión de la información del Instituto Nacional de Biodiversidad (INABIO), el estudio adopta un enfoque necesario. En lugar de solo registrar la cantidad de especies en las parcelas, resalta su rol en el ecosistema. “Cuando entendemos las funciones ecológicas, podemos conectar la ciencia con los servicios ecosistémicos y la dimensión social”, dice. Con esta información pueden establecerse medidas y diseñar políticas públicas para resguardar a las especies y sus funciones.
Esto es urgente frente a la creciente deforestación que enfrenta el Chocó, un bioma que se extiende desde Panamá hasta Ecuador. En el país, la cobertura natural de esta región se redujo al 3 %, de acuerdo con Rebello Landim. Vega señala que en 40 años se perdieron más de 200 000 hectáreas de bosques, una superficie similar a la de la ciudad de Buenos Aires.

La investigación se realizó en las reservas Canandé, de la Fundación Jocotoco, y en Tesoro Escondido, ambas en la provincia de Esmeraldas, en el norte de la Costa. Estas organizaciones compran antiguos pastizales o áreas agrícolas y permiten que se recuperen de manera natural. Allí, Rebello Landim y Erazo recopilaron datos de aves frugívoras y mamíferos no voladores en parcelas en diferentes momentos de regeneración, entre los cero años y sobre los 38.
Este estudio fue parte del proyecto The Reassembly, que estudia bosques en recuperación. Es financiado por la Fundación Alemana para la Investigación y realizado en Ecuador con el apoyo del INABIO, la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y la Universidad del Azuay.
La conectividad es fundamental
La investigación encontró que los tres componentes analizados –plantas, animales e interacciones de dispersión de semillas– siguen trayectorias temporales muy distintas hasta alcanzar al menos el 90 % de la funcionalidad observada en bosques primarios.

Las plantas fueron las primeras en volver y las interacciones necesarias para el bosque se recuperaron incluso antes de que la comunidad de animales se restaurara. Para los investigadores, esto es alentador porque los hallazgos sugieren que no hace falta que se recobre por completo la diversidad de los animales para que se restablezca la funcionalidad de las interacciones de dispersión de semillas.
Encontraron que este proceso toma alrededor de 20 años. Por eso, Rebello Landim sugiere que los agricultores dejen en desuso los terrenos durante al menos ese tiempo para promover la conservación de la biodiversidad y de los servicios ecosistémicos, a la vez que se toman en cuenta las necesidades productivas. “Es interesante pensar en una manera de vivir bien con la naturaleza”, dice la investigadora.
Un factor importante fue la conectividad, pues determina la velocidad a la que se recuperan las interacciones. “Las parcelas menos conectadas con bosques se demoran mucho más en recuperar su diversidad funcional de interacciones”, explica Rebello Landim.

En parcelas aisladas o con baja conectividad, el tiempo de recuperación se dispara a más de 30 años, siendo además procesos más variables e inciertos. Esto se debe a que los animales grandes, especies que dispersan semillas grandes, evitan áreas que no cumplen con sus requisitos de hábitat o refugio. Por ejemplo, el mono araña (Atelidae) no se acerca a zonas donde no hay bosques sanos o que por lo menos estén en un intermedio alto de funcionalidad, pues su dieta se basa en frutos maduros.
En niveles medios de conectividad, las plantas se recuperan de manera casi inmediata, en aproximadamente un año. Las interacciones de dispersión de semillas requieren, en promedio, 19 años para restablecerse. Los animales recuperaron la diversidad funcional en 40 años.
En parches con alta conectividad, las interacciones pueden recuperarse en tan solo 11 años, de acuerdo con el estudio. Cuando los terrenos están rodeados de bosque, es mucho más factible que animales de todo tamaño se acerquen y dispersen semillas, contribuyendo al reverdecimiento del área, describe Erazo.
Árboles como objetos de conservación

En los bosques tropicales, el 90 % de las plantas dependen de los animales para la dispersión de sus semillas, se lee en el estudio. Este proceso es vital para la regeneración de hábitats degradados. Sin embargo, la fragmentación del paisaje suele reducir la diversidad, favoreciendo a especies pequeñas sobre las grandes y disminuyendo la efectividad de la dispersión.
En el Chocó Andino, una de las razones por las que la diversidad funcional de las plantas parece recuperarse tan rápido es la presencia de árboles remanentes que sobrevivieron a la deforestación inicial. «Tener árboles en zonas muy intervenidas permite que la regeneración sea más eficiente y rápida«, puntualiza Erazo.
Lo que sucede es que los productores dejan en pie ciertos árboles que proveen sombra al ganado, relata la autora principal. Por lo general, permanecen ejemplares maduros que ofrecen altas cantidades de frutos grandes que atraen a aves y mamíferos frugívoros de fragmentos de bosque cercanos. Esta interacción facilita la llegada de nuevas semillas.

Para Vega, el ecólogo del INABIO, esto ayuda a reconocer y priorizar a los árboles como objetos de conservación. Es decir, aunque lo ideal es que no se deforeste, el especialista reconoce las necesidades económicas de la gente que vive en el campo, por eso recomienda que haya un manejo sostenible y se dejen en pie ejemplares maduros. Esto podría facilitar la regeneración de bosques a futuro.
Otro hallazgo importante fue observar que algunos animales pueden preferir las plantaciones agrícolas por sobre las plantas nativas, lo que retrasa la restauración de las interacciones naturales. Rebello Landim relata que a las guantas (Cuniculidae) les gusta el cacao. También a las guatusas (Dasyproctidae), roedores que recolectan semillas y las entierran para comer más adelante. Para Erazo, esto señala que estas especies se adaptan a lo que les da el medio.
Tres etapas de recuperación
Los investigadores observaron que en los bosques en recuperación temprana, entre 0 y 12 años, predominan las interacciones entre aves paseriformes pequeñas y plantas con frutos pequeños. En esta etapa también se ve a mamíferos como guantas y zarigüeyas (Didelphis) interactuando con los frutos, de acuerdo con la investigadora.

Al ser altamente móviles y poco selectivos en la alimentación, los tucanes empiezan a llegar relativamente temprano, a partir de los 10 años de regeneración. Antes se consideraba que este grupo tenía una dieta 100 % frugívora, pero varios estudios han determinado que son muy oportunistas, explica Erazo. También se alimentan de murciélagos o aves, indicando que se adaptan a la disponibilidad de recursos. Gracias a que vuelan largas distancias, son importantes para dispersar semillas.
En bosques de recuperación tardía, entre 15 y 38 años, hay más diversidad de especies animales. Rebello Landim y Erazo observaron que en esta etapa, por ejemplo, las palomas (Columbidae) interactúan tanto con plantas pioneras, entre ellas las del género Cecropia, como con especies de etapas avanzadas, incluyendo las de los géneros Ficus o Nectandra.
Además, el pájaro toro (Cephalopterus) y aves más grandes empiezan a llegar. También es curioso que los loros (Psittacidae), a pesar de ser especies pequeñas y altamente móviles, se inclinan por los bosques maduros. Esto se explica porque son especialistas y prefieren ir a bosques donde hay gran disponibilidad de alimento. Por último, especies como los monos araña (Atelidae) y la pava de monte (Penélope ortoni) aparecieron solo en bosques antiguos y sin señales de disturbio.

Vega, del INABIO, destaca que los hallazgos de este estudio permiten entender mejor los servicios ecosistémicos que ofrecen los bosques, incluso en etapas iniciales de recuperación. En esta línea, la investigadora dice que, por ejemplo, hay estudios que señalan que los árboles con semillas más grandes tienen mayor capacidad de almacenaje de carbono, un servicio urgente en la lucha contra el cambio climático.
Los productores también podrían verse beneficiados de esperar 20 años antes de volver a deforestar una misma parcela, pues el bosque les podría ofrecer servicios de polinización, retención de agua durante épocas de sequía y seguridad en contra de deslaves.
Rebello Landim ya piensa en los siguientes pasos. Ahora quiere entender cómo aves, mamíferos no voladores y murciélagos ayudan a la recuperación del bosque. Por el momento puede anticipar que los murciélagos son clave, pues al preferir espacios abiertos, contribuirían a la dispersión de semillas en parcelas en etapa inicial de recuperación.
REFERENCIA
Rebello Landim, A., Albrecht, J., Brito, J., Burneo, S., Erazo, S., Newell, F. L., Tinoco, B. A., Tschapka, M., Neuschulz, E. L., & Schleuning, M. (2025). Delayed recovery of seed-dispersal interactions after deforestation. Current Biology, 35 (19), 4794–4802.e3. https://doi.org/10.1016/j.cub.2025.08.070
Imagen principal: una piaya cayana. En los bosques del Chocó Andino habitan más de 600 especies de aves. Foto: cortesía Santiago Erazo