- En la península de Paria, la región costera más oriental de Venezuela y uno de los puntos calientes de tortugas marinas en el país, hay tres proyectos que buscan conservarlas.
- Las iniciativas son lideradas por dos científicas y un científico.
- Los proyectos tienen en común que en los tres sitios imperaba el saqueo de nidos y la cacería de estas especies, y que los métodos aplicados ayudaron a revertir esa realidad.
- La fortaleza de los proyectos Cictmar, Akupara y Macuro es que trabajan de la mano con las comunidades costeras y la educación ambiental es su bandera principal.
Transcurre el mes de enero de 1989 y en una playa del oriente venezolano llamada Cipara, un grupo de hombres camina buscando algo en la arena. Es el litoral del municipio Arismendi, estado de Sucre. Los hombres no son turistas y su búsqueda no parece azarosa sino más bien organizada, como si siguieran un patrón de líneas paralelas que logra un barrido efectivo.
No pasa mucho tiempo hasta que uno de ellos grita: ¡Aquí están!
Los demás vienen a su encuentro con los ojos iluminados. El hombre levanta algo entre sus manos que parece frágil: son huevos, huevos de tortuga. Los cargan en recipientes con mantas para evitar que se rompan. En unos minutos han rastreado toda la tajada de playa que demarcaron y la dejan vacía.
Febrero de 1993: un grupo de habitantes de El Puipuy, otro pueblito costero del municipio Arismendi, en Sucre, construyó una especie de refugio donde resguardan huevos de tortugas marinas que llegan a la playa durante cada temporada de desove, momento en el que estas especies resguardan sus huevos en nidos que ellas mismas construyen en la arena.
El refugio, sin embargo, no tiene los requerimientos que amerita un auténtico vivero de anidación asistida. No hay mantenimiento del lugar y tampoco una estrategia para la toma de datos ni el traslado cuidadoso de los huevos. Tampoco hay estrategia de educación ambiental. Aquello, más que un refugio de tortugas, es una declaración de buenas intenciones.
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Corre el mes de mayo de 2001 y muy cerca de los dos sitios anteriores, en un lugar conocido como playa Macuro, en el municipio Valdez del estado de Sucre, una jornada de saqueo de nidos de tortugas avanza agresivamente, con el fin de comercializar los huevos. Se trata de una tradición anual que caló en el espíritu de los pueblos aledaños debido al lucro que suponía. Siete años antes, se había conformado en Caracas la Convención Interamericana para la Protección y Conservación de las Tortugas Marinas, un tratado internacional que instaba a los Estados del hemisferio occidental a involucrarse de forma activa en la conservación de tortugas marinas en toda la región.
En Macuro nadie se enteró de aquel tratado y el atraco de nidos vino acompañado de la cacería de ejemplares de tortugas. Otra playa saqueada.
Los tres eventos anteriores tienen algo en común: ocurrieron en la península de Paria, una región costera en el oriente venezolano cuyas playas figuran entre los mayores atributos paisajísticos de Venezuela. La península se sitúa en el límite caribeño-atlántico, entre Venezuela y Trinidad & Tobago.

Durante todo el año, en Cipara, Puipuy y Macuro llegan cinco de las siete especies de tortuga marina que existen: cardón (Dermochelys coriacea), verde (Chelonia mydas), carey (Eretmochelys imbricata), caguama (Caretta caretta) y guaraguá (Lepidochelys olivacea). Esto estimuló el surgimiento de tres iniciativas sin fines de lucro que hicieron de la península de Paria una región con puntos seguros para que las tortugas marinas pudieran desovar y garantizar el vigor de sus poblaciones.
Un esfuerzo taciturno en Cipara y Querepare
Hedelvy Guada es bióloga de la Universidad Central de Venezuela (UCV) y fue una de las primeras científicas que llegó a Paria a finales de los años 80 a investigar tortugas marinas. En 1988 visitó la playa Cipara y no necesitó más de un recorrido para saber que estaba, quizás, ante el lugar más importante de la costa venezolana en lo que al desove de estas especies se refiere.
Sus primeros hallazgos le confirmaron que la playa Cipara era, en efecto, un punto caliente de tortugas. Pero observó algo más. Allí no solo ocurría un concierto reproductivo, sino también un saqueo agresivo de nidos y sacrificios de tortugas hembras para el consumo y comercialización. Lo constató a través de reportes que le llegaron de distintas fuentes, con encuestas realizadas en la comunidad y con el hallazgo de restos de estos animales.

La falta de financiamiento y recursos le impidieron a la bióloga mantener sus actividades en Cipara, y solo diez años después, en 1999, logró volver a la península con la misión de establecer un proyecto conservacionista.
“En 1999 recibí un premio del Conservation Leadership Programme, que me ayudó a encontrar fondos para dar inicio a las actividades del Proyecto Cictmar. Esta iniciativa arrancó con la colaboración del investigador Alejandro Fallabrino, fundador de uno de los proyectos de conservación de tortugas más reconocidos en Latinoamérica como lo es el Proyecto Karumbé, de Uruguay, y que a su vez había trabajado en el Proyecto de Conservación de Tortugas Marinas del Pacífico Mexicano, de la maestra Laura Sarti”, cuenta Guada.
El primer objetivo del Proyecto Cictmar, explica Guada, era conocer de forma fidedigna la cantidad de hembras en la playa Cipara de tortuga cardón (Dermochelys coriacea), categorizada “En Peligro” y “En Peligro Crítico” por el Libro Rojo de la Fauna Venezolana y la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), respectivamente. El proyecto tuvo éxito y tres años más tarde, en 2002, Guada y su equipo extendieron sus actividades hacia la playa Querepare, vecina de Cipara, donde también obtuvieron resultados alentadores.
“Registrábamos toda la información en campo. Contábamos los nidos y diferenciamos los que tenían huevos de los que no, para lograr un marcaje individual que permitiera estimar el número de hembras que estaban desovando en ambas playas”, explica Guada.

Desde sus inicios, el proyecto ha contado con distintos aliados, el más consecuente ha sido la alcaldía del municipio Arismendi. Dicha institución llegó a brindar apoyo financiero, pero el mayor respaldo ha sido la celeridad cuando corresponde denunciar sacrificios de tortugas.
Tanto en Cipara como en Querepare, el Proyecto Cictmar ha identificado cinco de las siete especies de tortugas marinas que existen en todo el planeta. La de mayor concurrencia es la tortuga cardón, que es la más grande del mundo. Desde 1999 el Proyecto Cictmar ha marcado cerca de 1300 tortugas cardón y liberado más de 100 000 crías.
En segundo lugar, por orden de nidos contabilizados desde que empezó el proyecto, se encuentra la tortuga caguama (Caretta caretta).
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“La tortuga cabezona o caguama fue la de mayor presencia en la zona hace 50 años, pero los pobladores la exterminaron para consumir sus huevos. La población actual de esta especie no es siquiera parecida a la que, en el pasado, reportaban los antiguos pobladores, pero pese a eso se ha logrado su retorno paulatino a Cipara y Querepare”, agrega la profesora Guada.
Después le sigue la tortuga carey (Eretmochelys imbricata) con un menor número de avistamientos. El Libro Rojo la clasifica como una especie “En Peligro Crítico”. Según Guada, esta tortuga es la menos observada en Venezuela y a su vez la más perseguida, pues su caparazón es materia prima para elaborar pajuelas de cuatro y guitarra, bisutería, espuelas para gallos de pelea y tráfico de la carne.
Finalmente, en Cipara y Querepare hay presencia de tortugas verdes (Chelonia mydas), la cual también resulta escasa y es clasificada “En Peligro” por el Libro Rojo.
“Si consideramos que por cada 1000 a 10 000 crías solo una llega a la adultez, pareciera que nuestra contribución es muy baja en términos de conservación, pero creo que lo que le da sostenibilidad al proyecto es que se ha cohesionado con otras iniciativas que también trabajan a favor de las tortugas marinas en la península de Paria”.
La sinergia del Proyecto Akupara
El reto más grande que tiene cualquier proyecto de conservación es lograr que las comunidades se sumen, lo hagan suyo y le den continuidad. A finales de la década de 1990, varias comunidades cercanas a las playas Medina, Chaguarama de Sotillo y Puipuy, en la península de Paria, se sumaron a conservar las tortugas marinas, pero sus esfuerzos fueron al principio poco efectivos, pues carecían de métodos y recursos sofisticados para ejecutar las prácticas requeridas, así como de la participación de expertos en el tema.
Esta situación llevó a la propia comunidad a buscar apoyo institucional, el cual llegó a través de un antiguo grupo de inversionistas turísticos llamado Corpomedina. Esta alianza se mantuvo hasta que, en 2015, se funda el Proyecto Akupara, una iniciativa que involucró a todos los actores de la alianza anterior con el objetivo de ayudar a preservar la población de tortugas marinas que llegaban a las playas Puipuy, Chaguarama de Sotillo y Medina. Pero esta vez a partir de una metodología estandarizada que lograra mayor eficiencia y, a su vez, llevara jornadas de educación ambiental a las comunidades cercanas.
Su fundadora, Eneida Fajardo es bióloga de La Universidad del Zulia (LUZ). Conocía la península y la dinámica de las tortugas. También conocía a la profesora Hedelvy Guada, su colega, y todo el trabajo que había hecho en Cipara y Querepare. Así que se animó a empezar un proyecto que se ha mantenido con mucho esfuerzo durante una década, ofreciendo resultados importantes a favor de la conservación de estas especies y que se ha centrado en la playa Puipuy.

“Desde hace diez años se realiza el censo de población anidadora, además de las jornadas de educación ambiental cuyo público objetivo son los turistas, los pescadores y los estudiantes. Construimos un vivero y cada año, en temporada de desove, logramos trasladar el 100 % de los huevos para resguardarlos de las altas temperaturas, del robo y de las inundaciones”, cuenta la bióloga Fajardo.
El Proyecto Akupara logró hacer sinergia con esas comunidades que tenían, desde finales de los años 90, un interés por conservar a las tortugas. Muchos de quienes participaron en aquellas jornadas improvisadas son hoy miembros activos del proyecto, mejoraron sus técnicas y adquirieron nuevos conocimientos.
Según Fajardo, en el sector de la península de Paria, donde se ha establecido Akupara, las tortugas cardón, caguama y verde son especialmente vulnerables a la pesca incidental, al saqueo de nidos, a los derrames petroleros y al aumento de la temperatura del agua.
“Hemos trabajado de la mano con el Proyecto Cictmar, de la profesora Hedelvy Guada, y el GTTMGV (Grupo de Trabajo de Tortugas Marinas del Golfo de Venezuela), diseñando estrategias complementarias. También con el grupo de ecoposadas cercanas a las playas donde se ejecuta el proyecto y hemos recibido apoyo del grupo internacional The Turtleman Foundation”, señala Fajardo.
El balance de todo este esfuerzo se resume en diez años ininterrumpidos de censos poblacionales de las tres especies de tortugas marinas en las que se enfocan Fajardo y su equipo, la reducción al 1 % del saqueo de nidos y un índice de eclosión (nacimiento efectivo) superior al 70 %.

Soluciones del Proyecto Macuro
En 2001, un grupo de conservacionistas elevó una denuncia ante el Ministerio del Ambiente, señalando que en el mercado de Güiria, el último pueblo del nororiente venezolano, ubicado en la península de Paria, se estaban consumiendo y comercializando tortugas marinas.
El ministerio envió inmediatamente una comisión, en la que viajaba el biólogo marino de la Universidad de Oriente (UDO) Clemente Balladares.
“Viajamos desde Caracas hasta Güiria en un solo viaje corrido de 12 horas. Cuando llegamos, no vimos nada en el mercado, no encontramos rastros de los vendedores de tortugas ni evidencias de sus actividades. Pero la información no tardó mucho en aparecer”, cuenta Balladares.
Tras algunas indagaciones, las mismas personas del mercado les explicaron a los funcionarios del ministerio que, durante ciertas temporadas, se venden tortugas marinas, pero que éstas son traídas de un lugar llamado Macuro.
Se trata de un pueblo vecino situado relativamente cerca de Güiria. El acceso es limitado, pues al no haber carretera, se puede llegar solo por mar o aire. Tras un rápido consenso, Balladares y su equipo decidieron llegar hasta Macuro.
“Tomamos una lancha y cargamos todas las cosas. Íbamos motivados a permanecer en Macuro y lograr soluciones rápidamente, pero la imagen que nos recibió en esa playa fue desoladora. Encontramos una cantidad absurda de nidos saqueados y varios montones de huevos rotos y muchos restos de caparazones y aletas. Los identificamos y eran de tortuga carey (Eretmochelys imbricata), la más amenazada del planeta, categorizada por la UICN como una especie ‘En Peligro Crítico de Extinción’. Aquello era un desastre total. Ese nivel de depredación nos hizo saber que debíamos tomar acciones contundentes. Allí nació el Proyecto Macuro”, explica Balladares.


El primer eslabón de la cadena metodológica del Proyecto Macuro fue el acercamiento a la comunidad. En esta etapa se logró llevar un mensaje sobre las ventajas de preservar a las tortugas y, a su vez, las sanciones que implicaba extraerlas de su ecosistema.
La segunda etapa de esa estrategia fue el seguimiento ininterrumpido de los anidamientos. En esta etapa, los expertos siempre tratan de intervenir lo menos posible, a menos que alguna nidada amerite algún tipo de ayuda para lograr la eclosión. Esto les ha valido cifras alentadoras desde que el proyecto dio inicio, siendo la más significativa la de 2014, con cerca de 14 000 tortuguillos liberados. El promedio de liberaciones anuales entre 2003 y 2025 se ha mantenido alrededor de 7500 tortuguillos.
“Aplicar esta estrategia nos ha permitido tener un balance muy positivo. Del 88 % de nidos saqueados, registrados en 2003, hemos alcanzado un índice de saqueo del 0 % en distintos años recientes. El apoyo del ministerio y del Instituto Nacional de Parques (Inparques) fue fundamental en la primera década. Durante los últimos cinco años, los apoyos han llegado de parte de ONG como Provita y Fudena”, agrega el biólogo.

A la fecha, el Proyecto Macuro ha liberado más de 100 000 tortuguillos desde que dio inicio a sus actividades, de las cuales, la mayoría son tortuga carey. Desde 2003, los saqueos de nidos se han mantenido por debajo del 10 %. Sus jornadas de educación ambiental han tenido impacto en más de 500 niños y 80 pescadores. Tanto en Güiria como en Macuro, el comercio y consumo de tortugas marinas fue erradicado.
Las soluciones que ha traído el Proyecto Macuro no se reflejan solamente en los ecosistemas sino también en el tejido social. La mayoría de los pescadores que hace veinte años saqueaban los nidos o que simplemente ignoraban la importancia de las tortugas, son hoy sus primeros protectores. José Miguel Reinoza, pescador, conservacionista y miembro activo del Proyecto Macuro, es ejemplo de ese cambio de paradigma.
“Antes del proyecto todo el mundo mataba tortugas en estas playas. El proyecto logró que la gente, y sobre todo los muchachos, quieran trabajar con nosotros. Uno les explica que es importante ayudar a estos animales a sobrevivir y ellos entienden el mensaje. Muchos se nos han unido”, dice Reinoza a Mongabay Latam.

Para Reinoza, el reto principal es lograr llevar un mensaje efectivo con respecto a los prolongados ciclos de vida de las tortugas marinas que, a diferencia de otras especies, son más longevas. Sobre eso, Reinoza agrega: “Uno le explica a los pescadores que no maten a las tortugas, que las protejan, porque una tortuga de esas tarda mucho en crecer. Mire, nosotros hace dos años marcamos una con una plaquita. En estos días un pescador la encontró y nos la trajo viva. La medimos y medía lo mismo que hace dos años, 75 centímetros de largo. O sea, no creció nada en dos años. Entonces uno le explica a los pescadores y a los muchachos que tomen conciencia, porque son animales que crecen muy lentamente”.
Imagen principal: tortuguillo de cardón en la playa Puipuy. Foto: cortesía Proyecto Akupara