- Mujeres indígenas de las comunidades tikuna, cocama y yagua convierten la pesca artesanal en una herramienta de autonomía económica, conservación ambiental y seguridad alimentaria.
- Actúan como monitoras de pesca y guardianas de los lagos, promoviendo buenas prácticas y el cumplimiento de los acuerdos comunitarios.
- Participan en la gobernanza del territorio, recuperan especies nativas y preservan saberes y técnicas tradicionales de pesca.
- Juntas han creado un emprendimiento basándose en los conocimientos ancestrales, con el objetivo de impulsar la sostenibilidad de los recursos pesqueros, así como fortalecer la identidad cultural y económica de la comunidad.
Tres veces por semana, Luz Evila Guaman y sus compañeras recorren en canoa el sistema acuático de los Lagos y la Quebrada Yahuarcaca, en Leticia, uno de los complejos lagunares más importantes para la pesca artesanal en la Amazonía colombiana. Con cámaras y planillas de registro, las pescadoras tikuna, cocama y yagua monitorean la salud del ecosistema: documentan especies, contabilizan capturas —“cuántos bocachicos, cuántos dormilones, cuántas lisas”, detalla Guaman—, verifican el tamaño de las mallas y dialogan con pescadores locales y foráneos.
Si detectan incumplimientos a los acuerdos comunitarios de pesca, llegan con información. El objetivo es claro: “Esto es para el futuro de nuestros hijos, para los que vienen atrás”, dice la pescadora. “No queremos perder nuestros lagos, queremos tenerlos llenos de pescado y que esto crezca, en vez de que se acabe. Por eso les decimos: ‘Ayudémonos, cuidémoslos’”.

Cuando iniciaron las primeras labores oficiales de monitoreo biocultural, en 2019, el ecosistema compuesto por 22 lagos lucía muy distinto: algunos cuerpos de agua estaban gravemente deteriorados, tapados con mallas de pesca abandonadas y sometidos a una explotación intensiva con artes de pesca no selectivas. “Venían personas de otras partes a explotar los lagos, los peces, y mataban hasta los animales, como las aves”, recuerda Guaman.
Las especies en peligro de extinción, como el pirarucú, la arawana y la gamitana, no eran respetadas, y los ecosistemas se veían afectados por la extracción de los gramalotes, pastos flotantes que sirven de refugio para los peces, y la tala de los árboles pepeaderos, que les proporcionan alimento.
En la actualidad, los grupos de monitoras varían en número de integrantes por jornada —cuatro, cinco, ocho, diez— y son habitantes de las siete comunidades indígenas que habitan el sistema lagunar: La Milagrosa, La Playa, El Castañal, San Sebastián, San Juan, San Antonio y San Pedro. Todas son integrantes de TIKA, la organización de pescadores artesanales que regula y protege esa zona, agrupación compuesta por casi una centena de socios, entre los que también se encuentran sus esposos y demás integrantes de sus familias.

“Con esta organización que tenemos ha mejorado mucho y los peces ya se miran grandecitos; antes no dejaban a las crías crecer, porque en tiempo de desove lo mataban todo. Ahora ya se mira la mejoría de los lagos y las quebradas”, afirma Guaman. “El trabajo es rotativo, porque hay veces que los recursos no alcanzan. Si este mes trabajé yo, el otro mes trabaja otra compañera y descanso yo. Luego sigue otra y así. Queremos que lo que ganamos con los proyectos, aunque sea de a poco, nos beneficie a todas”, sostiene.
Cada dato recogido por las mujeres —junto con sus compañeros de la organización— alimenta un historial colectivo que en 2026 marcó un hito: por primera vez desde la fundación de TIKA en 2011, se realizó un monitoreo anual completo —de febrero de 2025 a enero de 2026— para convertir los registros en decisiones de conservación.
“Este proceso toca hacerlo continuamente, porque si uno se descuida —o nos descuidamos—, la desorganización vuelve y decae”, agrega Guaman. “Nos organizamos por zonas y por comunidades, vamos mirando y documentamos los peces, qué aves habitan, qué animales encontramos y qué ruidos se escuchan. También vemos qué pescadores están en cada lago, con qué dimensión de malla están pescando y si cumplen los reglamentos”.

Pesca sostenible para el futuro
La casa de Guaman se llena de olor a pescado tostándose al fuego. En la cocina, diez mujeres se mueven con ligereza: seleccionan bocachicos, lisas rayadas, dormilones, palometas y sardinas. Los evisceran, los lavan y los ponen a deshidratar. Cuando la carne ha perdido humedad, retiran las espinas gruesas y la cabeza, y la pasan por el molino hasta darle una textura fina y uniforme.
La mezcla vuelve entonces al fuego. El tostado aviva el aroma e intensifica el sabor, dice Guaman. Después la llevan a los empaques: es una fariña de pescado de tono dorado y ligero sabor ahumado. La llamaron Choní, un producto de origen amazónico que aprovecha especies nativas de menor valor comercial con el objetivo de generar mayores ingresos. Su proceso es un rescate de técnicas tradicionales y saberes propios aprendidos de sus abuelas y abuelos.

“Nuestros ancestros conservaban el pescado para que tuviera una vida más larga y para tener alimento en tiempos de invierno y escasez”, explica Guaman, coordinadora del proyecto productivo. “Lo hacían artesanalmente: asaban muy bien el pescado, escogían la carne y la conservaban en canastos con hojas. En eso nos basamos para nuestro proyecto; estamos retomando prácticas de muchos años atrás, porque son costumbres que se estaban perdiendo”.
La iniciativa comenzó a gestarse en 2023 y ha contado con el apoyo y financiamiento del Gobierno colombiano para la compra de maquinaria. A partir de 2025, con el acompañamiento de la Fundación Grupo PROA y el programa EcoGourmet de Conservación Internacional Colombia —que busca fortalecer la cadena de valor de la pesca artesanal en Colombia y otros países de Latinoamérica mediante capacitación técnica y financiera, buenas prácticas de pesca, distintos financiamientos y acceso a nuevos mercados—, también lograron establecer un punto de venta fijo en Leticia, tener presencia en ferias locales y atender la creciente demanda del producto en hoteles de la región.

“Choní es un producto muy único porque detrás hay todo un proceso de conservación y no muchos productos pueden decir eso”, dice Camila Pérez, directora ejecutiva de Grupo PROA. “Además de ser comunitario y hecho por mujeres, es un producto local, tradicional y elaborado cumpliendo con todos los estándares de calidad. Detrás de todo eso hay una organización con cerca de 98 familias de pescadores y pescadoras que cuidan un territorio, están pendientes de lo que ocurre con sus peces y que quieren seguir haciendo muchas cosas porque reconocen que de eso depende el bienestar de sus familias”.
Las mujeres han convertido a Choní en una apuesta por el comercio justo, la autonomía económica de las mujeres indígenas y la seguridad alimentaria en las comunidades.

“Es un producto muy completo, muy nutritivo, porque cuando uno come pescado fresco bota la escama, bota el hueso y se come solo la carnecita”, describe Guaman. “En cambio, en este producto viene todo completo. En el proceso de la fariña se incluyen la escama, los huesos, las aletas; trae calcio, omega 3, colágeno. Todos los nutrientes que pueda tener el pez los trae nuestro producto”.
Aunque el emprendimiento funciona hasta ahora en la casa de Guaman —que ha sido acondicionada para resguardar la maquinaria y los utensilios—, el sueño de las mujeres es contar con un espacio propio. No se trata solo de un lugar para producir y vender sus productos cumpliendo con todos los reglamentos sanitarios, sino también un punto de encuentro y formación para las mujeres de las comunidades.

“El terreno ya lo tenemos en la comunidad. Nomás falta la infraestructura: que nos ayuden a levantar una casa donde podamos poner todas nuestras maquinarias, nuestros utensilios y la cocina porque también nos va a llegar una nevera y estufas”, afirma Guaman. “Lo más básico ya lo estamos logrando nosotras; lo más difícil es la casa. Yo sé que estamos demostrando que sí estamos poniendo empeño, yo sé que pronto también nos colaboran con esa casa. Esto no es un juego ni es algo pasajero: estamos buscando algo real, que nos garanticen esa oportunidad de seguir en este proceso”.
La segunda necesidad, agrega la coordinadora, es obtener los documentos legales del emprendimiento y cumplir con los requisitos que estos implican —como la tabla nutricional, el código de barras y el registro sanitario— para poder comercializar sus productos a nivel nacional.

El futuro de los lagos y quebradas
Carlos Andrés Ferreira, ingeniero ambiental, socio fundador de TIKA e hijo de Guaman, recuerda que el proceso de recuperación del sistema lagunar comenzó en 2003, cuando las comunidades se organizaron y poco a poco empezaron a limpiar la zona. Entre 2008 y 2010 crearon sus acuerdos de pesca comunitarios y en 2011 se consolidaron formalmente como organización. Desde entonces, han desarrollado diversos ejercicios de control y vigilancia pesquera para garantizar el cumplimiento de estos acuerdos. En todo este proceso, las mujeres han desempeñado un papel clave.
“No es que ellas hayan iniciado un proceso nuevo, sino que ya estaban inmersas en todo el trabajo de TIKA, como monitoras pesqueras y como integrantes de la mesa directiva; algunas son coordinadoras de pesca en sus comunidades o forman parte de la junta directiva”, explica Ferreira. “Es una ganancia para TIKA porque sus liderazgos funcionan como vocerías dentro de su comunidad, pero también como representación de su propia iniciativa productiva, que está ligada al proceso de organización y manejo pesquero”.

Cuando las organizaciones comenzaron a trabajar con TIKA y el grupo de mujeres en el primer monitoreo anual, se evidenció la realidad que enfrentaban las comunidades indígenas: a pesar de la abundancia aparente, la sobrepesca, el crecimiento poblacional y la presión en las zonas fronterizas con Perú y Brasil obligaban a muchas familias a recurrir a los mercados de esos países para conseguir alimento.
Según Jack Hernández, coordinador de Economía Azul de Conservación Internacional Colombia, la situación era alarmante: “Uno piensa que hay mucha pesca, pero lo que todo el mundo nos decía es que no hay pescado, que se acabó el pescado en el Amazonas y que hay una crisis de seguridad alimentaria en la selva amazónica».
Hernández afirma que muchas veces los habitantes indígenas les decían que les tocaba ir a Perú o a Brasil a comprar pescado. «Entre el 90 y el 95 % del pescado que hay en Leticia proviene de Brasil; en Colombia prácticamente no hay pesca, y las comunidades enfrentan una crisis muy grande”, agrega.
De ahí la importancia de continuar con los trabajos de conservación, afirma Ferreira.

A partir de los monitoreos y vigilancia, la intensidad del uso de mallas ha disminuido significativamente, lo que se refleja en el retorno de especies que estaban ausentes y en un aumento de individuos en el sistema lagunar, afirma el biólogo Carlos Rojas, colaborador en la coordinación de las actividades de monitoreo biológico.
“Los datos han evidenciado, por ejemplo, que el uso de estas artes de pesca extractivas han llevado a la depresión de la población del bocachico, que es una de las especies que más se consume y que más importancia económica y nutricional tiene para la comunidad”, explica Rojas. “Todo ese trabajo que ha venido haciendo TIKA este año ha logrado evidenciar con datos sólidos que realmente sí hay una aceptación directa sobre el tema del recurso pesquero y la amenaza tanto a la soberanía como a la seguridad alimentaria de las comunidades que están en el territorio”.

La organización, en alianza con entidades territoriales, Corpoamazonia y la Policía Ambiental, ha promovido la sensibilización entre los pescadores sobre el uso de mallas adecuadas, evitando prácticas dañinas como redes excesivamente largas que cerraban los cuerpos de agua. Aunque TIKA no tiene autoridad para decomisar mallas, se ha consolidado como promotora de la pesca responsable y de la conciencia ambiental en el territorio.
El futuro de los Lagos y la Quebrada de Yahuarcaca, y de la pesca artesanal en la región, depende de la unión y la perseverancia de las comunidades. Para Luz Evila Guaman, la clave está en multiplicar los esfuerzos y sumar más manos al cuidado del territorio.
“Entre más nos unamos a conservar, más sacaremos adelante esto. Aquí se necesitan muchas manos y muchas cabezas para seguir concientizando. Esto es algo duro, pero no difícil: es de perseverancia, porque si uno deja las cosas a mitad de camino, se vuelve a lo mismo”, concluye la pescadora. “Si nos seguimos uniendo más mujeres, más personas y más familias, lograremos que esos recursos no se acaben. Si hay más mujeres indígenas que quieren unirse, sacar otro proyecto o emprendimiento, bienvenido sea, porque esto es para todos”.

*Imagen principal: pescadoras tikuna, cocama y yagua monitorean la salud del sistema de Lagos y la Quebrada Yahuarcaca, en Leticia. Foto: cortesía Conservación Internacional Colombia