- Informes de todo el sector de la conservación señalan niveles crecientes de agotamiento, depresión y angustia, impulsados por la exposición constante al deterioro ambiental, junto con la precariedad de la financiación, las largas jornadas laborales y el escaso apoyo institucional.
- Las encuestas sugieren que una parte sustancial de los profesionales —especialmente el personal joven y las mujeres— experimentan una tensión psicológica de moderada a grave.
- El trabajo conlleva una carga emocional particular: muchos conservacionistas desarrollan vínculos profundos con especies y lugares, solo para presenciar su degradación o pérdida, lo que produce un duelo persistente que a menudo pasa desapercibido fuera del ámbito laboral.
- Este artículo pertenece a una serie ocasional en la que Rhett Ayers Butler, fundador de Mongabay, comparte análisis, perspectivas y resúmenes de historias.
Hay un tipo particular de agotamiento que no proviene solo de largas jornadas. Proviene de prestar atención.
Quienes trabajan en conservación están entrenados para notar lo que la mayoría no ve: un arrecife que ha perdido su color, un bosque que ya no alberga las mismas aves, un río que lleva menos vida cada temporada. Están entrenados para contar, medir y documentar el cambio con rigor. Pero también son personas que eligieron este trabajo porque aman algo fuera de sí mismas: una especie, un lugar, un mundo vivo que consideran digno de proteger.
Ese amor no es una debilidad. Es el motor. Y últimamente, también se ha vuelto una fuente de dolor.

A finales de 2024, Rachel Graham, científica marina y directora ejecutiva de MarAlliance, una organización sin fines de lucro con sede en Belice, escribió en LinkedIn que conocía a cinco científicos de conservación que habían muerto por suicidio ese mismo año. La reacción fue inmediata: duelo, reconocimiento y una avalancha de personas diciendo, sin rodeos, que también estaban pasando por momentos difíciles. La publicación se difundió porque puso en palabras algo que muchos llevaban en silencio. Personas en el sector reconocieron ese sentimiento en sus propios cuerpos y en la forma en que colegas dejaban de responder. Habían visto desaparecer, sin aviso, a personas capaces. Se habían asustado de sus propios pensamientos al final de otra semana especialmente dura.
Esta no es la historia de unos pocos individuos frágiles. Es la historia de un sector que exige compromiso, pero que a menudo no puede ofrecer estabilidad, seguridad ni cuidado a cambio.
Una encuesta amplia de profesionales de la conservación publicada en 2023 encontró que más de una cuarta parte de los encuestados experimentaban angustia psicológica de moderada a severa. Eso no implica que quienes trabajan en conservación sean más propensos a problemas de salud mental. Indica que muchos están cargando demasiado, con demasiada frecuencia, y con muy poco apoyo. Las mujeres y quienes están en etapas tempranas de su carrera eran especialmente vulnerables. El patrón apunta menos a debilidades individuales que a la forma en que está organizado el trabajo.
Comencemos con lo evidente: el trabajo en sí.

Proteger la vida en la Tierra hoy implica trabajar en una era marcada por la pérdida. Las poblaciones de vida silvestre han disminuido con rapidez en las últimas décadas. Las pesquerías están bajo presión. El clima cambia a un ritmo que a menudo supera los planes. Para muchos, esto no es abstracto. Es el suelo que pisan, el agua en la que se sumergen, el silencio creciente en los monitoreos nocturnos, los animales que reconocen como individuos.
Hay duelo en ello y también algo más agudo: la sensación de que el sufrimiento no es accidental. Gran parte responde a decisiones humanas y a los sistemas que las sostienen. Cuando se trabaja cerca del daño, las pérdidas no siempre se sienten como “naturaleza”. Se sienten como consecuencias.
Eso puede generar lo que algunos llaman lesión moral: la angustia que surge de presenciar daño, preocuparse profundamente y aun así sentirse incapaz de detenerlo. Incluso cuando se hace todo lo posible, la magnitud de lo que no puede cambiarse puede resultar abrumadora. Con el tiempo, aparece una pregunta difícil de formular: ¿es suficiente todo esto?
El duelo es real. Pero rara vez se conceden a quienes trabajan en conservación los rituales sociales que ayudan a sobrellevarlo. No existe un funeral para un humedal degradado. No hay licencia por un ecosistema que ha cruzado un umbral. A veces incluso se les pide ser “racionales”, como si el duelo fuera un fallo profesional en lugar de una señal de apego.

Así, el duelo se vuelve privado. Se expresa como irritabilidad, insomnio, una especie de entumecimiento emocional o una sensación de inutilidad difícil de nombrar. Puede parecer agotamiento. A veces se convierte en depresión. A veces en algo más grave.
A esto se suma la forma en que opera el sector.
La conservación suele presentarse como una vocación. Eso puede inspirar, pero también crea una trampa. Cuando un trabajo se entiende como vocación, el sufrimiento empieza a verse como prueba de compromiso. Las largas jornadas se convierten en señal de seriedad. Los bajos salarios, en evidencia de entrega. Decir “no” empieza a sentirse como una traición.
El modelo de financiamiento refuerza esta dinámica. Muchas organizaciones dependen de subvenciones de corto plazo, presupuestos restringidos y una incertidumbre constante. Se pide a los equipos resultados ambiciosos mientras se preguntan, cada pocos meses, si podrán sostener sus operaciones. Incluso la formación básica puede quedar fuera. En algunos casos no hay espacio para salud mental, capacitación o personal suficiente. El mensaje, aunque no sea intencional, es claro: el proyecto importa más que las personas.
Ese mensaje se internaliza.

Cuando las personas trabajan más allá de su capacidad durante demasiado tiempo, el cuerpo interviene. Puede llamarse agotamiento, pero a menudo es un colapso más amplio: la mente y el cuerpo negándose a sostener un ritmo insostenible.
Hay presiones que no aparecen en los informes. El trabajo de campo puede ser aislante. Muchas personas viven lejos de casa, en culturas distintas, a veces en lugares donde admitir angustia implica estigma o riesgo profesional. Trabajo y vida personal se mezclan en espacios reducidos. Algunas labores ocurren en contextos de conflicto. Guardaparques son atacados. Colegas son asesinados. En esos entornos, hablar de “autocuidado” puede parecer insuficiente.
Y luego están las desigualdades.
Las mujeres enfrentan discriminación, acoso, brechas salariales y la carga adicional de demostrar credibilidad. Muchas también asumen responsabilidades de cuidado. Para algunas, la presión es cuestión de supervivencia.
Los hombres, por su parte, pueden ser menos propensos a buscar ayuda en contextos donde el estoicismo se asocia con fortaleza. Esa reticencia puede ser peligrosa. Admitir dificultad sigue viéndose como debilidad. En un campo donde la reputación importa, el temor a parecer “poco resiliente” no es infundado.

Este es el costo de cuidar: sentir el peso del mundo dentro de sistemas que a menudo tratan a las personas como reemplazables.
Y, sin embargo, esa no es toda la historia.
Si lo fuera, la conservación sería hoy mucho más limitada.
Las personas siguen apareciendo. No por desconocimiento, sino porque han encontrado formas —a veces frágiles, a veces construidas con esfuerzo— de mantenerse conectadas con lo que da sentido al trabajo. La pregunta no es si deben endurecerse. Es qué condiciones permiten sostener ese compromiso sin quebrarse.
Algunas son personales; muchas, colectivas.
A nivel personal, un cambio importante es separar la identidad del resultado

Si el valor propio depende de salvar lo que se ama, el desgaste es inevitable. No se trata de importar menos. Se trata de no exigir a una vida lo que ninguna vida puede lograr.
Se puede amar un lugar sin hacer de su destino la medida del propio valor.
No es desconexión. Es preservar la humanidad dentro de la crisis.
Otro cambio es trabajar según la capacidad, no según la necesidad. La necesidad siempre supera lo posible. El trabajo nunca termina. Si todo se vive como urgencia, la urgencia se vuelve permanente. Con el tiempo, eso desgasta a cualquiera.
La capacidad no es falta de compromiso. Es el límite que hace sostenible el trabajo.
La comunidad también protege. Muchas personas se sienten solas incluso rodeadas de colegas. Pero cuando encuentran espacios donde pueden hablar con franqueza, algo cambia. A veces, basta con reconocer: no soy el único.

A nivel organizacional, hay una verdad simple: el bienestar no es secundario. Es estructural. Un programa no puede sostenerse si agota a su gente. No puede afirmar que valora la vida mientras trata a su personal como prescindible.
Hay medidas concretas: chequeos regulares, formación para reconocer señales de angustia, cargas de trabajo realistas, tiempo de descanso protegido, canales seguros para reportar abusos y apoyo en salud mental como práctica estándar. No son beneficios. Son condiciones básicas.
Los donantes también tienen un rol. Exigir resultados sin financiar salarios o bienestar es diseñar para el agotamiento. El financiamiento flexible no solo aporta recursos. También permite sostener equipos y planificar con mayor estabilidad.
No es negación. Es un método.

Implica centrarse en lo que puede influir, conectar esfuerzo y resultado, registrar pequeñas victorias como evidencia de que actuar importa. Implica contar historias de éxito con honestidad, para que otros puedan aprender. Implica no dejar que la desesperanza monopolice el relato.
Las historias de éxito no eliminan la pérdida. Evitan que sea el único desenlace imaginable.
También devuelven algo esencial: la capacidad de actuar.
Cuando las personas se sienten impotentes, se retiran. Cuando ven que sus acciones tienen efectos, permanecen.
Por eso tantas personas en conservación siguen adelante. No por certeza, sino por haber visto momentos que contradicen el fatalismo.
Esos momentos no son toda la verdad. Pero tampoco lo es la desesperanza.

El mundo no solo se está perdiendo. También resiste. También se adapta. También, en muchos lugares, se está reparando.
Cuidar un mundo en declive tiene un costo. Pero no es inevitable. Depende de cómo se financia, se lidera y se valora a quienes hacen el trabajo.
Un movimiento que protege la vida debe aprender a proteger a su gente.
No porque sean frágiles, sino porque son humanos.
Y porque el trabajo es largo.
Si estás pasando por un momento difícil en este campo, no significa que estés fallando. Puede significar que has prestado atención durante demasiado tiempo sin suficiente apoyo.
No necesitas dejar de cuidar. Puede que necesites cambiar cómo lo sostienes.
La esperanza no está en que todo se salvará. Está en que el cuidado puede sostenerse en el tiempo.
La conservación siempre ha sido un trabajo de largo plazo.
No se trata de cargar el mundo entero.
Se trata de sostener tu parte el tiempo suficiente para que otros puedan sostener la suya.
Así ocurre la reparación.
Una persona. Un equipo. Un lugar. Un paso, ganado con esfuerzo, cada vez.
*Este artículo se publicó originalmente en inglés con el título “The cost of caring for a dying world” el 22 de marzo de 2026 en Mongabay.