- Mónica Guzmán Rojo es hidrogeóloga boliviana, profesora e investigadora de la Universidad Católica Boliviana (UCB), sede Santa Cruz.
- Además, es corresponsal de aguas subterráneas para Bolivia de International Groundwater Resources Assessment Centre (IGRAC), el centro de evaluación de aguas subterráneas de la UNESCO.
- En entrevista con Mongabay Latam explica que en algunos territorios de Bolivia ya se están utilizando reservas estratégicas de agua.
- Plantea, además, cuáles son los desafíos de las autoridades en Bolivia en medio de una crisis hídrica mundial.
Mónica Guzmán Rojo es una hidrogeóloga boliviana, profesora e investigadora de la Universidad Católica Boliviana (UCB) sede Santa Cruz. Tiene un doctorado en Ciencias de la Ingeniería por la Vrige Universiteit Brussel. Su trabajo se centra en hacer visible el agua subterránea, especialmente cómo los cambios de uso de suelo y los incendios pueden alterar la recarga y, con eso, la seguridad hídrica en diversos territorios, en especial la Chiquitania boliviana. Tiene diversas distinciones, entre ellas la que recibió en 2025: el Premio Marie Curie de la Academia Nacional de Ciencias de Bolivia.
A nivel internacional es corresponsal de aguas subterráneas para Bolivia de la International Groundwater Resources Assessment Centre (IGRAC), el centro de evaluación de aguas subterráneas de la UNESCO. Actualmente está a cargo del Programa de Educación y Divulgación (EOP) de la Unión Internacional de Ciencias Geológicas (IUGS).
En diálogo con Mongabay Latam advierte que en algunos territorios de Bolivia ya se están utilizando reservas estratégicas de agua y plantea un diagnóstico: hay lugares donde la lluvia del año ya no basta y el sistema empieza a depender de sus ahorros hídricos. El factor principal es el cambio climático, explica. Añade que la acción humana también contribuye a esta afectación de otras maneras: deforestación, uso de fuego que desborda en incendios, ocupación de zonas frágiles de recarga y la degradación del suelo.

La situación de los glaciares y el deterioro reciente de cuerpos de agua, como el lago Poopó y la laguna Concepción, son solo la cara visible de una crisis más profunda que ocurre bajo tierra, donde las aguas subterráneas muestran señales de deterioro observadas en las últimas dos décadas.
La crisis de aguas subterráneas es el agotamiento y contaminación acelerada de los acuíferos, provocada por extraer más agua de la que se recarga naturalmente por vía de las lluvias. Se debe principalmente a la sobreexplotación agrícola, industrial y poblacional, agravada por el cambio climático.
“Gobernar y tomar decisiones sobre el territorio, en cualquiera de estos temas, pasa necesariamente por poner la variable agua sobre la mesa y creo que ese es uno de los grandes desafíos que todavía tenemos por delante”, asegura Guzmán.
—¿Cuál es la situación de Bolivia en cuanto al agua y los recursos hídricos con los que cuenta el país?
—Para empezar a hablar de Bolivia me parece útil tomar como referencia un informe reciente de la Universidad de las Naciones Unidas sobre la bancarrota hídrica. Ese informe propone mirar los recursos hídricos como si fueran un estado de cuenta. Es una mirada estratégica porque no invita a observar solo la disponibilidad anual de agua, es decir, cuánto llueve, ni tampoco solo cuánto se consume. Nos invita a mirar el sistema completo, como si fuera una caja de ahorros.
Entonces, esa noción resulta útil porque, cuando uno mira los ingresos, los egresos y el balance general, puede ver con más claridad si el sistema todavía se sostiene con sus ingresos corrientes o si ya está recurriendo a sus ahorros. Bajo esa lógica, el informe advierte que en muchos lugares del mundo ya se están comprometiendo reservas de agua que no se reponen con rapidez.
—¿A qué se llama ahorros de agua?
—Justamente, en este informe se menciona que esos ahorros de agua son, por ejemplo, los glaciares, los grandes lagos y los acuíferos. Si podemos monitorear y ver que estas masas de agua efectivamente están disminuyendo, ya tenemos una señal de alerta. Y digo esto porque en Bolivia también vemos indicios de ese problema. Volviendo a tu pregunta, sabemos que hay lagos que han entrado en un estado muy crítico, como el Poopó. Vemos también que los glaciares están en una situación igualmente crítica. Y luego esta otra parte, menos visible pero sumamente importante: los acuíferos, porque también podemos estar gastando agua subterránea más rápido de lo que ingresa al suelo sin darnos cuenta. Entonces, si bien Bolivia todavía tiene importantes recursos hídricos en comparación con otras regiones del mundo, tenemos algunos síntomas de que en algunas zonas hay reducción básicamente de nuestra cuenta hídrica “bancaria”.
—¿Bolivia ya está usando sus ahorros hídricos?
—Volviendo a los ejemplos que he señalado de forma genérica, como los lagos que ya visiblemente están disminuyendo su extensión, los glaciares que realmente están en una situación muy desfavorable, en esos territorios sí podríamos afirmar que se están gastando ciertos ahorros de agua. Y algo parecido pasa en lugares donde la recarga es cada vez menor y la extracción es mayor. Si hablamos de acuíferos, ahí también podemos decir que ese lugar está gastando sus ahorros de agua. Por eso el tema de la lluvia es tan fundamental, porque en términos generales la mayor parte del agua que consume cualquier país viene de ahí. Entonces, la clave es tratar de que el consumo no se aleje demasiado de la cantidad de agua que realmente ingresa al sistema, ya sea por lluvia o, en algunos casos, por deshielo.

—¿En Bolivia está lloviendo más o menos en comparación a los últimos cinco años?
—Más allá de si en los últimos cinco años ha llovido más o menos, creo que lo importante es no mirar solo la lluvia como un número anual. También importa cómo está distribuida, cuánto se pierde por temperaturas más altas y qué estamos haciendo en el territorio. La deforestación, la persistencia de incendios y la extracción intensiva de agua hacen que, en muchos lugares, la salida sea mayor y la entrada al sistema sea menor. Entonces, aunque llueva, eso necesariamente no significa que estemos logrando sostener el mismo ahorro de agua.
—¿Qué zonas de Bolivia cree que son las más afectadas por la crisis hídrica?
—Hay varias zonas, pero en mi caso el análisis se ha centrado especialmente en el agua subterránea. Es uno de los elementos más críticos justamente porque no la vemos, no podemos observar a simple vista el estado de los acuíferos y solo podemos aproximarnos a él mediante algunas herramientas, especialmente satelitales, validadas con datos de campo. Entonces, cuando analizamos 40 años de recarga hídrica, es decir, la fracción de la lluvia que logra permear el suelo y llegar a recargar los acuíferos, encontramos una señal preocupante: esa fracción viene disminuyendo, sobre todo en los últimos 20 años.
Y si miramos con más atención, el punto de quiebre aparece aproximadamente entre 2012 y 2015. Las zonas que más llaman la atención están, por ejemplo, en Santa Cruz, en municipios de la Chiquitania alrededor de la ruta bioceánica [Chiquitania] y también en la zona de transición entre La Paz, Beni y Cochabamba, hacia el TIPNIS [Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure] . En esos territorios, la recarga ha disminuido en los últimos 20 años en alrededor de 2.5 milímetros por año, o incluso más, lo que equivale a perder cada año al menos 2.5 litros de agua por metro cuadrado.
—¿Y en la Amazonía hay poblaciones que estén ya viendo impactos por esta crisis?
—Definitivamente. Si hablamos de la cuenca amazónica y nos guiamos por los límites hidrológicos, en la parte alta, que es donde hemos hecho los estudios, sí hay episodios de escasez que son cada vez más frecuentes. Pasan las lluvias, entramos al periodo de estiaje y se da la situación de que los pozos ya no abastecen, algunos manantiales dejan de emanar agua o los caudales disminuyen. Entonces, esto es muy complicado para la población y, como es una cuestión persistente, ya se empieza a notar que no es solo una crisis, sino una nueva normalidad a la que tenemos que adaptarnos.
—¿Se pueden hablar de casos irreversibles en algunas zonas?
—Sí, creo que en muchos lugares, y justamente muchos especialistas señalan que uno de los casos más claros está relacionado con los glaciares, porque efectivamente son masas de agua que, una vez que se pierden, no se recuperan fácilmente, al menos no en escalas de tiempo humanas. Pero, en el caso de las aguas subterráneas, dependiendo de con qué enfoque miremos la situación de los recursos hídricos, también podemos tener situaciones que podríamos categorizar como irreversibles o difícilmente reversibles.
En el caso de la contaminación, tenemos lo que llamamos migración de contaminantes. Y es que, en grandes centros urbanos donde no se cuenta con cobertura completa de alcantarillado y todavía se depende en parte de pozos ciegos u otras soluciones in situ puede haber migración de contaminantes, por ejemplo de nitratos, que van avanzando verticalmente hacia abajo. En el caso de Santa Cruz de la Sierra, las cooperativas de agua cada vez perforan pozos más profundos porque nos estamos alejando lentamente de esos episodios de contaminación en los pozos de agua. Revertir esta situación en el corto o mediano plazo va a ser muy difícil, porque si cada vez perforas más profundo, también haces que esos contaminantes bajen más rápido.

En cuanto a la cantidad de agua, por ejemplo en la zona de San José de Chiquitos, que es la zona que más he estudiado, el tema de la deforestación y los incendios forestales ha sido bastante agresivo en los últimos años. Esto hace que, a raíz de incendios muy severos, en algunas zonas cambie la estructura del suelo. ¿Qué quiere decir esto? Que, si bien en el periodo postincendio la recarga puede disminuir en el corto plazo por efectos superficiales, por ejemplo por la presencia de cenizas o costras, cuando el incendio ha sido muy severo el calentamiento también modifica la estructura del suelo. Y ese ya es un cambio mucho más persistente, porque la ceniza eventualmente se lava, pero el suelo no necesariamente recupera por completo su condición previa. Entonces, este tipo de situaciones pueden ser irreversibles o muy difíciles de revertir, tanto en cantidad como en calidad.
—¿Qué otras amenazas enfrentan las aguas subterráneas?
—De hecho, creo que la base de muchas amenazas sobre los acuíferos, que son los reservorios de aguas subterráneas, es la falta de conocimiento técnico que impide llevar una contabilidad hídrica adecuada. En un acuífero, lo que sacas tendría que ser igual o menor que lo que entra; es decir, el límite máximo de extracción debería guardar relación con la recarga. El problema es que muchas veces no contamos con esa información, no tenemos balances hídricos actualizados y, en el caso de los acuíferos, esto es todavía más difícil por su propia complejidad técnica. Entonces, muchas veces terminamos sacando agua a ciegas. Y ahí puede pasar que algunas actividades parezcan no consumir demasiado, pero si el acuífero recibe poca recarga, o si esa recarga ocurrió hace muchos años, igual estamos haciendo que descienda la capa freática y que la reserva de agua disminuya. Eso puede volverse muy complicado. Desde luego, las actividades grandes que consumen mucha agua deben monitorearse con mucha más atención y sus límites deberían definirse en función de la cantidad de agua que realmente está entrando al acuífero cada año.
Y aquí otra vez tropezamos con lo mismo: si no conocemos ese dato, si no tenemos claro el balance entre lo que entra y lo que sale, ¿cómo vamos a seguir creciendo, desarrollándonos y promoviendo actividades o emprendimientos sin hacerlo a ciegas? Ese es el punto más complicado.
—¿Qué riesgo corren las poblaciones al ver afectadas sus aguas subterráneas?
—Evidentemente, la situación más complicada suele darse en las zonas rurales. Y aquí vuelvo al ejemplo que te mencionaba: Santa Cruz de la Sierra, como gran centro urbano, frente a San José de Chiquitos, en un contexto más rural. Si en una ciudad como Santa Cruz de la Sierra el problema se complica, muchas veces la respuesta puede ser perforar pozos más profundos o perforar más pozos. Eso seguramente tiene un impacto en los costos y en la tarifa, pero en general hay más margen para sostener ese tipo de soluciones.

En cambio, si el mismo problema ocurre en una zona como San José de Chiquitos, donde un pozo se seca o una vertiente deja de emanar agua, la situación puede volverse mucho más delicada. Muchas comunidades obtienen su agua directamente de esas vertientes, de modo que, si esa fuente falla, no estamos hablando solo de un aumento en la tarifa, sino de una alteración muy fuerte de la vida cotidiana. A veces eso obliga a transportar agua desde otros lugares o a buscar otras soluciones, como perforar pozos, pero para una comunidad eso puede ser muy costoso, especialmente en zonas del precámbrico, donde perforar en roca encarece mucho más todo.
Ahí es donde entra con fuerza el criterio de justicia hídrica. Si nos quedamos sin agua, o si conseguirla se vuelve cada vez más difícil, no todos enfrentamos ese problema de la misma manera. Hay sectores y poblaciones que van a sentir las consecuencias de una forma mucho más dura y eso es algo que deberíamos cuidar mucho más.
—¿A quién le cabe la responsabilidad en estos casos?
—Yo creo que va por muchas vertientes. Obviamente, el tema de la conciencia y de generar sensibilidad en la población es muy importante, pero también hay varios temas pendientes que deberían ser atendidos por los gestores del agua. Y esos temas van desde cosas grandes, que se tendrían que resolver a mediano plazo, como actualizar y articular mejor el marco institucional con el que hoy se gestiona el agua en Bolivia. Bolivia sigue teniendo como referencia una ley de aguas que data de 1906 y al mismo tiempo existen normas e instituciones sectoriales para temas como riego, agua potable y saneamiento. Entonces lo que se ve es una necesidad de mejor articulación y de prioridades más claras. Porque, si en una cuenca o en un acuífero tenemos que extraer agua para distintos usos, alguien tiene que ordenar esos usos y definir límites para no terminar consumiendo más de lo que el sistema puede sostener. Y junto con eso, también hay otro desafío clave, incorporar la variable agua en decisiones que a veces parecen ir por otro lado, como el ordenamiento territorial, el manejo del fuego y otras intervenciones sobre la superficie. Si el agua entra de verdad en esos espacios de decisión, ya se pueden tomar medidas mucho más estratégicas, no solo para la sostenibilidad de los proyectos, sino también para la seguridad hídrica de las comunidades.
Entonces sí, la ciudadanía informada es clave. No solo para cuidar el agua en lo cotidiano, sino también para exigir reglas más claras, prioridades mejor definidas y una articulación institucional más consistente con la seguridad hídrica del territorio.
*Imagen principal: Mónica Guzmán, en un encuentro por los bosques y agua en la localidad de San José de Chiquitos, Santa Cruz, Bolivia. Foto: cortesía Mónica Guzmán