- El Santuario Nacional Los Manglares de Tumbes es la única área protegida en Perú que conserva los bosques de manglar en el norte.
- En esta área intangible, los extractores y pescadores con derechos ancestrales, que realizaban la actividad antes de la creación del área protegida, pueden continuar con sus faenas.
- Uno de ellos es Guido Noblecilla, un pescador que aprendió esta labor de su padre y sus abuelos y que actualmente lidera una asociación dedicada a conservar los manglares dentro del santuario.
- Se trata de una agrupación de extractores que junto con otras cinco han formado el Consorcio Manglares para conservar este ecosistema junto con las autoridades.
A Guido Noblecilla lo encontramos navegando en el estero Matapalo, en el Santuario Nacional Los Manglares de Tumbes. Estaba en plena faena de pesca, buscando atrapar un robalo o cualquiera de las especies que se encuentran en las aguas del área protegida, un ecosistema único que protege más de 2000 hectáreas de bosque de manglar en Perú, donde el pescador tiene autorización especial para su actividad.
Protegido con una gorra para el sol y provisto de sus herramientas para pesca de pinta -la que solo utiliza el cordel-, Noblecilla se sumerge casi todos los días en las aguas de los esteros siguiendo una tradición familiar. Aprendió a pescar a los 10 años, con su padre, quien también lo aprendió de su abuelo.

Son varias generaciones de pescadores que realizaban estas faenas desde antes de que los manglares de Tumbes sean declarados por el Estado peruano como santuario nacional. Por eso, Noblecilla conserva su título de pescador ancestral, junto con otros 20 pescadores, que están autorizados para realizar la pesca dentro de un área protegida con el máximo nivel de conservación.
“Nuestros padres y nuestros abuelos estuvieron aquí, por eso nosotros también podemos estar en esta zona”, afirma mientras desde su bote muestra cómo utiliza las diferentes carnadas para atrapar a cada una de las especies de peces que ingresan desde el mar Pacífico a los canales naturales del área protegida.
“Cuando estamos aquí, nos sentimos parte de esta naturaleza y muy agradecidos por haber nacido en Tumbes, alrededor de estos ecosistemas. Es extraordinario, los manglares son maravillosos”, asegura el pescador que ahora lidera la Asociación San Pedro, una de las seis agrupaciones que forman parte del Consorcio Manglares, organización que junto con el Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Sernanp) están a cargo de mantener intacto uno de los lugares más espectaculares en Perú.
—¿Desde cuándo se dedica a la pesca en el santuario?
—Mi padre era pescador y extractor de conchas y, desde niño, más o menos a los 10 años, comencé a entrar con él, cuando los manglares todavía no habían sido reconocidos como santuario. En esa época prácticamente toda la cobertura de bosque de manglar estaba completa. Había harto recurso y mi papá prácticamente nos mantenía de esas actividades. Yo entraba con él, pero no para trabajar, sino porque me gustaba, me apasionaba estar dentro de ese ecosistema. Lo acompañaba a pescar.
Luego, cuando a los 20 años me comprometí, empecé a trabajar para mantener a mi familia. Era extraordinario porque el ecosistema era tan productivo que uno no se preocupaba por seguir estudiando, por tener otras actividades, sino, simplemente, se dedicaba a la pesca, a la extracción de conchas.

—¿Usted pertenece a una familia de extractores y pescadores?
—Exacto. Hace varias décadas, mis tatarabuelos fueron dueños de la Hacienda Zarumilla, hasta antes de la reforma agraria, cuando repartieron las tierras. Desde entonces, mis abuelos se dedicaron a la captura de un pez que se llama lisa. Mi papá también se dedicaba a la extracción de conchas y a la captura de peces.
Según me comentan, mi familia proviene de Portugal. Eran dos hermanos, uno se quedó en Ecuador y otro pasó a Zarumilla, en Perú. Los dos, bastante ambiciosos, comenzaron a producir estas tierras, a comprar ganado, convirtiéndose prácticamente en dueños de un 90 % de estas tierras. Antes, las personas para salir a pescar, para construir una casa, para cortar leña, tenían que primero pedirle permiso a ellos.
Varias generaciones tuvieron por herencia diferentes cantidades de ganado y tierras hasta que llegó la reforma agraria. Mi papá se dedicaba a la agricultura y a la pesca porque eran actividades en las que se sentía libre.
—¿Cómo era su experiencia de ir a pescar cuando era niño?
—En esa época no habían bicicletas, no había motos, no había pistas hacia la zona de pesca. Los caminos eran trochas y nos íbamos a las 4 o 5 de la mañana a pie. Dos horas y media de camino desde Zarumilla hasta la playa El Bendito. Todos los días íbamos a pie a la actividad de las conchas o a pescar.
Luego, cuando tenía más o menos 15 años, nos dedicamos a la extracción o la recolección de larvas de langostino. Entonces, los días que no iba al colegio, sábados y domingos, me iba a pescar y a extraer larvas. Esto duró varios años hasta que terminé secundaria y luego, a los 20 años, me dediqué a la extracción de conchas negras y de cangrejo rojo de manglar, unos 12 años, hasta que el ecosistema fue decayendo. Entonces opté por dejar de extraer conchas y me dediqué a la pesca.
—Afirma que el ecosistema empezó a decaer. ¿Qué pasó?
—Antes de la llegada de las empresas langostineras, todo el ecosistema manglar de toda la región de Tumbes estaba completo, pero debido a que estas empresas ocupaparon áreas para la crianza de estos langostinos, empezaron a talar grandes extensiones de bosque de manglar, estaban destruyendo toda la biodiversidad.
Eran zonas bastante productivas en conchas y en cangrejo rojo de manglar y de diferentes especies menores que servían para el ciclo biológico de las aves y otras especies que se alimentan de esos pequeños crustáceos. Pero todo comenzó a mermar. Ese fue el mayor problema que tuvimos en las décadas de 1980 y 1990. Por eso, si no se daba la ley para el santuario nacional, no estaríamos hablando ahorita de un santuario de 2972 hectáreas.

—¿Qué cantidad de bosques se perdió por las langostineras?
—Teníamos más de 20 000 hectáreas de bosque de manglar en todo Tumbes. Ahora contamos con alrededor de 8000 hectáreas. Estamos hablando de más del 50 % de bosque de manglar que se perdió.
—¿Esta reducción del ecosistema afectó también a la pesca?
—Antes uno escogía los peces para poder capturarlos. Uno decía: en tal sitio abunda el robalo, en esta zona hay pargo, en la zona de Capones hay corvinas o robalo grande. Entonces, uno escogía los sitios porque sabía que ahí era mejor para la pesca. Cuando las empresas langostineras comienzan a lavar sus pozos, el agua con sedimentos los botaban a los canales artificiales que llegaban a los esteros naturales. Entonces, ocasionaron un grandísimo daño porque al lavar sus pozas para desinfectarlas empiezan a echar cal y otros productos químicos hacia los esteros.
Como consecuencia, los peces disminuyeron porque los que entraban a desovar a los canales se encontraban con esas aguas fuertes y optaban por regresar al mar y algunos morían.
—¿Ahora qué peces están disponibles en los manglares?
—Las especies que más se pescan en el santuario, que uno busca en las aguas más puras, donde prácticamente no hay contaminación, es la cachema, que es un tipo de corvina pequeña. Encontramos frecuente por esas zonas al robalo rayado, que es más grande; el roncador; el periche; la chaparra; y la lisa. Ya no en la misma dimensión que había antes, pero sirven para subsistir.
—¿Usted realiza solo pesca con cordel?
—La pesca con cordel es una actividad que no perjudica a nadie porque es selectiva. Donde hay 100 peces, con suerte captura 5, 6, 10 o 20. Pero si la persona tira una malla [red], quizá captura 20, 30 y al resto los asusta. Es un poco fuerte esa actividad para el ecosistema que tienen los canales no tan profundos.

Para las faenas de pesca primero capturamos los langostinos con la atarraya y eso nos sirve como carnada. La atarraya es una malla de nylon tejida, con plomo en la parte inferior. Se tira al agua para que caiga en forma de plato redondo y el peso del plomo hace se hunda en el canal, atrapando los langostinos que están dentro de esos canales. Por eso, no vamos de frente a la actividad de pesca a cordel, sino que primero tenemos que buscar la carnada.
Después de una hora y media o dos horas, nos dirigimos a la embarcación para ir a los esteros. Llegamos como a las 7 de la mañana. Pero no todos los días es a la misma hora. A veces un día sacamos la carnada, la guardamos en un balde dentro del canal para que permanezca viva y al día siguiente salimos a las 3:30 o 4 de la mañana de frente a la actividad de la pesca.
Todo depende de la marea. Por eso siempre miramos la tabla de mareas, si el volumen de agua será elevado y luego será bajo. De acuerdo a eso también se escogen los sitios para pescar. No es solo coger los cordeles, coger la atarraya e irse a cualquier hora. Hay que saber a qué hora uno puede ingresar y qué horas son mejores las mareas para poder pescar. La pesca es una aventura, un día puedo capturar bastante y al día siguiente nada.
—¿Por qué, como pescadores ancestrales, pueden trabajar dentro del santuario?
—A nivel nacional solamente existen siete santuarios nacionales, que tienen carácter de intangibilidad, pero si hay actividades que se vienen haciendo ancestralmente dentro del santuario, se puede continuar, respetando las normas establecidas, ya sea por ordenanzas o por cualquier acuerdo. Nosotros como extractores debemos respetar esas ordenanzas, como, por ejemplo, no extraer cangrejo rojo y conchas negras que tengan menos de la talla mínima.
Para los peces, antes se aplicaba una pesca de rodeo con redes con cocadas pequeñas que era perjudicial para el área, entonces se decidió que esa red debería desaparecer y, poco a poco, desapareció, ya no había matanza de especies menores. Todo eso tiene que respetarse para seguir realizando las actividades ancestrales dentro del área.
—¿Cuántos pescadores hay dentro del área?
—Unos 20 pescadores. Son 2972 hectáreas de santuario, que incluye las islas de manglar y los canales naturales, pero si vemos la extensión de los esteros creo que sería el 10% de todo el manglar.

—¿Lo que pesca en el Santuario es para consumo personal?
—Acá en el santuario, debido a que somos pocos pescadores, a diferencia de otros puertos, la pesca que obtenemos en un día la llevamos al pueblo, a veces la vendemos entre la familia o los vecinos y cuando traemos regular pesca que, por ejemplo, supera los 15 kilos, lo podemos vender a un intermediario. En mi casa, cuando traigo 5 o 6 kilos, lo vendemos entre la familia o los vecinos.
—¿Por qué se creó la Asociación San Pedro?
—Nace en 1988 debido a que las autoridades comenzaron a hostigar al pescador y las empresas langostineras comenzaron a posesionarse de una forma tan agresiva de los espacios que, si uno cruzaba por un muro que ellos habían construido, comenzaban a intimidar disparando balas, nos asustaban. Entonces, optamos por agruparnos y formar esta asociación con la finalidad de tener un respaldo y enfrentar la situación de una forma legal para que todos los compañeros tengan un poco más de tranquilidad y un respaldo.
La Asociación San Pedro nació con 132 personas entre pescadores, concheros, extractores de cangrejo, recolectores de larva de langostino. Posteriormente, se dividió y se formaron otras asociaciones que hasta el día de hoy permanecen.
Ahora tenemos 43 socios que se dedican a la extracción de concha de cangrejo rojo de manglar, a la pesca con cordel y una mínima proporción son extractores de conchas negras. Además, nos acompaña un grupo de mujeres, esposas e hijas de los extractores, que conforman un comité de damas, quienes se dedican, por ejemplo, a sacar la pulpa de cangrejo para comercializar. Y cuando hay paquetes de turismo que quieren alimentación, nos avisan primero a nosotros y coordinamos con el comité de damas para brindar ese servicio a los turistas. En total somos alrededor de 60 personas.

—¿La asociación forma parte del Consorcio Manglares?
—Todas las organizaciones acordamos formar parte de este consorcio, con la finalidad de que los proyectos puedan ser canalizados hacia el consorcio para poder ejecutarlos nosotros mismos dentro del área y hacer las rendiciones de cuenta como es debido, pero que todo quede dentro del área, que sea en beneficio de las diferentes organizaciones para mejorar la calidad de vida. Nosotros como asociaciones, como consorcio tenemos un equipo técnico que puede administrar y ejecutar los proyectos.
—¿En el santuario existen amenazas?
—Lamentablemente sí, por ser zona de frontera, tenemos el ingreso de señores que entran con embarcaciones o botes grandes y redes desde Ecuador. Como consorcio hemos hablado con la jefatura del Sernanp [Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas] para tener reuniones con la Marina de Guerra del Perú y la Policía Nacional para que ofrezcan mejor control y vigilancia. Parece que ya se está consiguiendo porque hemos visto lanchas de la marina dentro de los esteros y eso hace que los señores ya no ingresen al área. Todo se hace con el consorcio, para mejorar la situación dentro del ecosistema.
Estoy convencido de que si seguimos trabajando así como consorcio, de la mano con las autoridades, este ecosistema va a mantenerse y mejorarse. Nosotros siempre esperamos que alguien apueste por el santuario. Supongamos que hoy día van a entrar diez extractores de conchas negras, pero que llegan 15 a 20 turistas, entonces, esos extractores ya no van a ir a sus faenas de todos los días, sino que se van a dedicar al turismo. Si eso ocurre a menudo, quiere decir que los extractores tendrían otra actividad, una alternativa para dejar de extraer y lograr que los recursos aumenten.
Antes de la creación del santuario, antes de la creación de las vedas al cangrejo rojo, por ejemplo, en los meses de diciembre y enero, en la temporada que se ponían las cangrejas en celo y los cangrejos machos salían detrás de ellas, las personas que no eran asociadas, que no conocían de conservación ni del manglar, simplemente cogían un saco cualquiera y comenzaban a recolectar hembras, machos pequeños, hacían una barrida dentro del área. Entonces, eso comenzó a disminuir el recurso, pero con las vedas eso cambió.

Antes, un extractor de cangrejo sacaba 150 unidades en un promedio de tres horas. Un extractor de conchas negras sacaba en promedio 300 a 400 conchas y todas escogidas, en un promedio de tres horas. Hoy, un extractor de cangrejo rojo de manglar, en cinco horas, extrae 48 unidades. Y los extractores de conchas que sacaban 300 a 400 en tres horas, hoy, en cinco horas sacan entre 70 a 100 conchas. Sin la creación del santuario, sin las vedas, sin el consorcio, hoy las conchas negras y el cangrejo rojo del manglar serían un recuerdo.
Por eso estamos luchando como asociados, como personas que pertenecemos a este ecosistema, que prácticamente hemos nacido en este sitio, para que se hagan las cosas bien y para conseguir más proyectos, con la finalidad de que todos tomen conciencia y digan: este territorio, estas conchas son nuestras y tenemos que cuidarlas.
—¿Qué significa para usted el santuario?
—El santuario es mi tranquilidad. No digo que me sienta mal en mi casa porque mi familia es hermosísima. Tengo a mi esposa, tengo a mis hijos, mis nietos, que son hermosísimos. Pero estar en el ecosistema de manglar, en el santuario, es relajante, uno se siente parte de la naturaleza. Yo siempre digo: el día que no esté aquí, si hay otra vida, quisiera llegar a un lugar igual.
*Imagen principal: el pescador ancestral Guido Noblecilla en el Santuario Nacional Los Manglares de Tumbes. Foto: Yvette Sierra Praeli