- Las poblaciones de los corales Acropora palmata y Acropora cervicornis están en un declive masivo en el Caribe colombiano.
- El cambio climático, la pérdida de peces herbívoros y enfermedades han reducido dramáticamente estas especies que hasta los años 80 tenían una fuerte presencia en los arrecifes someros (de aguas poco profundas) del Caribe colombiano.
- Voluntarios en trabajos de restauración, como el del Consejo Comunitario Afrodescendiente de las Islas del Rosario, han visto perder cultivos de seis años en cuestión de días.
- En la Reserva de la Biósfera Seaflower, en el Archipiélago de San Andrés y Providencia y Santa Catalina, la cobertura de coral de A. palmata muestra hoy una cobertura de apenas 1.25 %.
Ocho años atrás, los habitantes del Consejo Comunitario Afrodescendiente de las Islas del Rosario, en el Caribe colombiano, comenzaron un proyecto piloto de protección costera con soluciones basadas en la naturaleza. Desde el comienzo, su idea fue consolidar alternativas de restauración de los ecosistemas marinos y para ello han trabajado sin descanso en el monitoreo de los arrecifes circundantes.
Pero no ha sido suficiente. El acelerado deterioro de los corales no les da tregua. Según cuentan, desde 2023, la mortandad de su arrecife, que alcanza los diez metros de profundidad, ya es del 60 %. Lo que queda hoy es muy frágil. Lavinia Fiori, integrante del Consejo, relata a Mongabay Latam que “tenía una Acropora palmata [una especie de coral] de seis años de edad creciendo, estaba orgullosa, y en 2023 se nos blanqueó todo lo que hicimos». «Es duro intentar restaurar y que no funcione. El deterioro ha sido muy rápido, nosotros lo vemos todos los días. Es un dolor inmenso”, asegura.
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El Consejo Comunitario es una comunidad con propiedad colectiva dentro del Parque Nacional Natural Corales del Rosario y el archipiélago de San Bernardo. Además de desarrollar actividades turísticas enfocadas en la restauración ecológica, los comuneros monitorean los ecosistemas marinos. Pero sus esfuerzos se quedan cortos. Según Fiori, el calentamiento de las aguas ha dificultado su labor de jardinería marina y a esto se suma, según cuenta, que esos esfuerzos de conservación riñen con el turismo de placer, la burocracia estatal y la fragilidad de los ecosistemas ante el cambio climático.
“Es el único piloto que se está haciendo en un área protegida y nos ha tocado a nosotras mismas imponer la voluntad. Las alianzas con las instituciones estatales son importantes, pero no son suficientes a la hora de restaurar los arrecifes”, dice.

Los arrecifes de coral en el mar Caribe, según la Red Mundial de Monitoreo de Arrecifes de Coral (GCRMN, por sus siglas en inglés), cubren 24 230 kilómetros cuadrados, lo que representa el 9.7 % de la extensión mundial de arrecifes coralinos.
El Caribe se caracteriza por tener arrecifes de coral donde la diversidad taxonómica -variedad de especies- y la redundancia ecológica -múltiples especies en un mismo ecosistema- son muy bajas. De igual manera, las especies que predominan no tienen la capacidad para competir con especies exóticas y enfermedades traídas de otros lugares, lo que hace particularmente vulnerable a esta región.
Dos de las especies más conocidas en el Caribe pertenecen a la familia Acroporidae: el cuerno de alce (A. palmata) y el cacho de venado (A. cervicornis). Y ambos revelan lo que está sucediendo con los arrecifes de coral. Muchos investigadores que se dedican a este tema temen que estemos ante un proceso irreversible. Los corales de varias zonas del país como en San Andrés y Providencia, así como en el parque Tayrona, también están amenazados, lo que genera un panorama difícil para la región Caribe colombiana en su totalidad.
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Organismos frágiles en aguas perjudicadas
Rocío García Urueña, bióloga marina de la Universidad del Magdalena, en Colombia, empezó a trabajar con corales acroporas en 1995, en las Islas del Rosario. Ella cuenta que toda la cresta arrecifal, algo así como la primera línea de batalla de los ecosistemas de coral, se componía en su mayoría por A. palmata. “Hoy, en la cresta arrecifal de Isla Grande [parte de Islas del Rosario], no hay una sola A. palmata”, menciona.
García también trabaja estudiando el Parque Nacional Natural Tayrona, ubicado en el departamento del Magdalena, en Colombia, a unos 200 kilómetros del Consejo Comunitario Afrodescendiente. En 2020, ella y su equipo de trabajo publicaron una comparación de la presencia de formaciones coralinas de A. cervicornis, entre 2001 y 2018, y calcularon una reducción del 99.3 % en las formaciones de esta especie.
Las acroporas tienen una estructura ramificada y pueden llegar a crecer hasta diez centímetros al año. Se calcula que las colonias que aún permanecen en el Caribe colombiano podrían tener de 500 a 1000 años, una escala que para el tiempo humano y los cambios drásticos que se están presenciando, revela una situación complicada para el desarrollo de estas especies. Al ser tan frágiles, cualquier alteración o condición de estrés afecta su crecimiento.

Cuando ocurren fenómenos como el blanqueamiento, los corales expulsan las zooxantelas, las microalgas que los recubren y les proveen su color característico. Al expulsarlas, estos pequeños animales invertebrados transparentes que construyen un esqueleto duro de carbonato de calcio, llamados pólipos, resultan afectados, pues son la forma con la cual el coral, por un lado, se adhiere a los sustratos marinos y, por el otro, con la que absorbe y expulsa nutrientes.
Cada pólipo de una acropora es muy pequeño y cuenta con especies de tentáculos que mantienen limpio el coral. Al ser tan pequeños no tienen tanta eficiencia recuperándose de las afectaciones de algas, de la sedimentación de los ríos o de enfermedades.
El problema que han observado las investigadoras se da cuando las condiciones de estrés (calentamiento, polución, radiación, enfermedades) se mantienen a lo largo del tiempo y empiezan a incorporarse algas en los tejidos del coral. Al tomar el control del coral, las algas no permiten que los microorganismos simbióticos se incorporen y dan paso a los pastos marinos transformando el paisaje.
Un poco más al norte, en la Reserva de la Biósfera Seaflower, en el Archipiélago de San Andrés y Providencia y en Santa Catalina, la cobertura de coral de A. palmata, que era de entre el 50 % y 70 % en la década de 1970, actualmente tiene una cobertura que se estima en 1.25 %. Esta reducción se debe en gran parte a enfermedades como la banda blanca, (White Band Disease) y la viruela blanca (White Pox Disease).

Según Alexandra Pineda, directora científica del Seaflower Research and Conservation Foundation, los eventos de blanqueamiento masivo, sumados a los huracanes y tormentas tropicales, han hecho que la población de acroporas se reduzca a mínimos preocupantes en el archipiélago colombiano. Esta presión aumenta con la temperatura del agua, que puede llegar a superar los 30 °C, cuando lo normal es 27 °C.
“Hasta el momento, con la pérdida de A. palmata, por ejemplo, no ha habido ninguna especie que colonice y provea las mismas funciones en esos arrecifes”, menciona Pineda. Estos corales ayudan a mitigar el oleaje en las costas y a prevenir la erosión. “Teníamos un parche espectacular que estaba dentro del área marina protegida en la zona de no entrada y no pesca, pero prácticamente se acabó”.
Sembrar es más que fragmentar un coral
Para mitigar la pérdida de los arrecifes en Colombia existen hoy diferentes iniciativas de repoblamiento y siembra de coral. Lo importante a la hora de restaurar es recuperar la funcionalidad del ecosistema, advierte Tomás López Londoño, biólogo marino del Ministerio de Ambiente. Para esto es necesario fomentar una diversidad genética que le permita a los corales tener más resiliencia a largo plazo.
El Centro de Investigaciones, Educación y Recreación San Martín (CEINER), que administra el Oceanario de las Islas del Rosario, es un centro de conservación que lleva más de 15 años de trabajo en procesos de restauración de corales. A lo largo de este tiempo, con apoyo internacional, han intentado innovar en temas de restauración sexual y asexual.
Actualmente están recolectando gametos de diferentes colonias del arrecife de coral de las Islas del Rosario para asegurar la diversidad genética de las especies a restaurar, ya que “hemos visto que el arrecife coralino por sí solo no se va a poder recuperar de una forma adecuada”, asegura Jaime Rojas, director científico del Oceanario.

Rojas y su equipo se han dado cuenta de que entre más tiempo pasen los pólipos de coral en el laboratorio, más se fortalecen y tienen más probabilidad de crecer in situ. Para él, lo importante no es tanto la cantidad sino la calidad cuando se trabaja en procesos de restauración. “Uno siempre hace una reproducción con una parte de los gametos que se recogen porque el resto se libera, no se puede ser tan ambicioso. En la acuicultura, si uno es ambicioso lo que pasa es que le va mal”, advierte.
En el Oceanario hay genotipos que ya no existen en el medio natural. “Gracias a la guardería existen y tenemos más variedad genética para seguir restaurándolos”, menciona Rojas. Allí se ha constituido una especie de biblioteca que guarda el acervo de distintas especies de corales. Actualmente el centro cuenta con más de 40 000 corales cultivados ex situ, lo que pretende asegurar su viabilidad a largo plazo.
Según Rojas y López, antes era mucho más fácil obtener gametos de corales acropóridos en el medio natural, pero ahora es difícil encontrar gametos provenientes de la reproducción sexual, por lo que hoy predominan las técnicas de reproducción sexual asistida.
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La reproducción sexual asistida es crucial “para evitar que el día de mañana, si tenemos un evento climático extremo, como alza de temperaturas o una enfermedad, todo se nos muera de lo mismo”, señala Alexandra Pineda. Esto ayuda a garantizar una variabilidad genética para que las especies resistan un poco más a ciertos factores de riesgo en el ambiente.
“Una población que empieza a reducir su variabilidad genética, empieza a perder también la capacidad de resiliencia, puede perder la capacidad de adaptación, y puede entrar en algo que se conoce como efecto de cuello de botella”, concluye la científica de la Fundación Seaflower.
Arrecifes en cuidados intensivos
La profesora García Ureña recuerda que en 2024 encontraron un parche coralino donde se presentaba el desove de Acropora palmata. Estos desoves ocurren en una ventana de tiempo muy corta, por lo que son difíciles de registrar y este evento fue crucial para mejorar procesos de fertilización asistida.
“Cuando se recolectan los huevos se ponen en un tubo, se hace la fertilización y se sigue el proceso embrionario hasta la formación de larvas”. Una vez se tienen las larvas, se les colocan unos sustratos para que se empiecen a asentar y allí pasan a la fase de pólipos haciendo metamorfosis. “Cuando ya tienen un tiempo los llevamos al arrecife para que se vayan incorporando”, asiente.

Para García, hay distintos obstáculos que se deben superar en el proceso de restauración. Uno de ellos es el proceso de post asentamiento y el otro es la calidad del sustrato en el que se asientan los pólipos. En el post asentamiento hay riesgos, pues las larvas son diminutas y están expuestas a cualquier depredador o alteración del ecosistema. Por otro lado, la calidad del sustrato es crucial pues los corales prefieren superficies rugosas. Otras superficies son dominadas por algas filamentosas que superan el crecimiento de los pólipos, tapándolos hasta hacerlos desaparecer.
Es por eso que su equipo viene trabajando con algas coralinas costrosas que no hacen daño a los futuros corales. También estudian cómo proveer especies de animales herbívoros a esas nuevas colonias para que estos organismos puedan ejercer un control de las algas y se pueda superar la etapa de post asentamiento.
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En Colombia se han dado proyectos como el de Un millón de corales (2021-2023) que buscó la siembra de 204 hectáreas de distintas especies en doce áreas geográficas del país. Diez de esas se encontraban en el Caribe y dos en el Pacífico, donde se cultivaron alrededor de 1 050 000 fragmentos de coral. “Es una iniciativa que deja grandes experiencias y estamos trabajando en cómo vamos a continuar porque lo que más nos interesa es unificar esos procesos de restauración metodológicamente, tener unos protocolos claros, entendiendo que el país tiene diversidad geográfica y especies que responden diferente, así como especies muy resilientes en determinados sitios”, indica Ximena Rojas, directora de Asuntos Marinos del Ministerio de Ambiente.
Rojas enfatiza en la necesidad de fortalecer el monitoreo de las siembras una vez que son dispuestas en el mar. Este es un trabajo permanente, pues las nuevas colonias requieren de un cuidado incesante. Es por esto que el trabajo de las comunidades locales es muy importante, pues sin ellos sería imposible revertir o frenar el deterioro acelerado de los corales. “Ahorita estamos en un momento muy delicado y nos debemos preparar a lo que se viene de calentamiento. Nosotros debemos estar monitoreando, debemos estar generando alertas tempranas”, destaca por su parte Lavinia Fiori.
*Imagen principal: ejemplar de Acropora palmata saludable. Foto: cortesía Alexandra Pineda