- Mujeres chinantecas de Oaxaca colocan cámaras trampa y monitorean especies como jaguares, pumas y ocelotes en algunos de los bosques tropicales mejor conservados de México.
- Aunque el monitoreo comunitario existe en La Chinantla desde 2011, la participación de mujeres comenzó recientemente; hoy combinan las labores de conservación con el trabajo doméstico, la milpa y el café.
- Las cámaras han registrado al menos 24 especies de mamíferos y también han fortalecido el conocimiento comunitario sobre el bosque, a través de talleres, videos y actividades en escuelas locales.
- Las monitoras comunitarias se han convertido en referentes para niñas y jóvenes de sus comunidades, mientras defienden las Áreas Destinadas Voluntariamente a la Conservación (ADVC) frente a amenazas como la deforestación y el cambio de uso de suelo.
Antes de entrar al monte, Soledad García Jacobo hace una oración. Pide protección para ella y para las otras mujeres que la acompañan en la caminata. Todavía no amanece por completo cuando comienzan a subir por los senderos de La Chinantla, en Oaxaca, una de las regiones más biodiversas y húmedas de México.
La noche anterior, García Jacobo dejó preparada la comida de su hijo. Es madre soltera y sabe que pasará gran parte del día lejos de casa, caminando entre árboles gigantes, lodo, pendientes y veredas donde suelen aparecer serpientes. Desde hace casi cuatro años, forma parte de las brigadas comunitarias que monitorean fauna silvestre con cámaras trampa en San Mateo Yetla, comunidad chinanteca ubicada en el municipio de Valle Nacional.
“Nosotras hacemos una oración antes de meternos a nuestro monte para que nuestro Señor nos proteja, porque no es fácil andar en esos bosques”, cuenta. “Son unos bosques maravillosos: yo los he vivido y los he experimentado”.
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En la montaña, las brigadas buscan rastros de jaguares, pumas, ocelotes, jabalíes y otros mamíferos que habitan los bosques tropicales chinantecos. Colocan cámaras trampa sujetas a los árboles y regresan semanas después para revisar las imágenes captadas. Algunas caminatas duran hasta diez horas entre ida y vuelta.
“Me siento, como mamá y como mujer, orgullosa de mí misma”, dice García Jacobo. “He conocido el monte como nunca antes lo había conocido”.

La Chinantla se encuentra al noreste de Oaxaca y abarca 14 municipios habitados principalmente por comunidades indígenas chinantecas. La región conserva algunos de los remanentes de bosque tropical más importantes del país y es reconocida por su enorme diversidad biológica y cultural.
“Es una región hiperhúmeda, con una diversidad excepcional tanto de flora como de fauna”, explica Elvira Durán Medina, investigadora del Centro Interdisciplinario de Investigación para el Desarrollo Integral Regional (CIDIR Oaxaca), del Instituto Politécnico Nacional (IPN). “Pero además existe un vasto conocimiento alrededor de la naturaleza, de los animales, del clima y del territorio”.

Mujeres que exploran la montaña
Gran parte de La Chinantla está conformada por propiedad social y Áreas Destinadas Voluntariamente a la Conservación (ADVC), territorios protegidos por las propias comunidades. Actualmente existen 33 de estas en la región, aunque no todas cuentan con brigadas activas de monitoreo.
“Sus ADVC mantienen la cobertura pero en las zonas aledañas hay cambio de uso de suelo, eso a lo largo del tiempo podría provocar que los bosques tropicales húmedos queden aislados”, explica Rosa Elena Galindo-Aguilar, bióloga e investigadora posdoctoral del CIDIR Oaxaca, quien trabaja directamente con las monitoras comunitarias.
“Definitivamente, que exista una ADVC protege los bosques; estas han aumentado en número a lo largo de los años” agrega. “Para nosotras, las ADVC de La Chinantla son ‘semillas para un buen antropoceno’, una frase que la investigadora Elena Bennett introdujo refiriéndose a ejemplos de conservación que pueden ser ejemplos para la sostenibilidad”.

El monitoreo comunitario con cámaras trampa comenzó en 2011 impulsado por la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp). Durante más de una década, las brigadas estuvieron integradas principalmente por hombres. La participación de las mujeres comenzó apenas en años recientes, a partir de nuevas políticas de inclusión dentro de los programas ambientales.
Hoy, en comunidades como San Mateo Yetla, San Rafael Agua Pescadito, Soledad Vista Hermosa y San Antonio del Barrio, las mujeres también caminan la montaña. “No es algo sencillo”, explica Galindo-Aguilar. “Es un trabajo físicamente muy demandante. Hay recorridos larguísimos —de hasta 10 kilómetros—, jornadas completas en el monte y, además, muchas de ellas siguen sosteniendo el trabajo doméstico y el trabajo agrícola”.
Las monitoras se levantan de madrugada para preparar comida, organizar sus casas y dejar todo listo antes de salir al bosque. Muchas, a la vez, trabajan en la milpa y la siembra de café. Elena Martínez, monitora de San Rafael Agua Pescadito, comienza sus días de monitoreo a las cuatro de la mañana.

“Preparamos nuestra agua y nuestra comida desde un día antes”, cuenta Martínez. “La montaña está retirada: caminamos tres horas para llegar”. En su brigada participan dos mujeres y cuatro hombres. Durante las caminatas cargan cámaras, pilas y herramientas. “También siempre llevamos ajo machucado”, agrega, “porque a las víboras no les gusta su olor”.
Aunque muchas de ellas crecieron cerca de la montaña y conocen los senderos desde niñas, el monitoreo les abrió una nueva forma de relacionarse con el bosque. Aprendieron a programar cámaras, registrar coordenadas y reconocer rastros de animales. También comenzaron a observar detalles del territorio que antes pasaban desapercibidos.
“Es bonito andar allá, para conocer animales y aprender de los animales”, dice Martínez. “Ya conocemos más nuestros senderos, nuestro monte”, agrega García Jacobo. “Ya vamos con más confianza”.

Las cámaras trampa se colocan en sitios estratégicos identificados por las propias comunidades: veredas, pasos de fauna o árboles donde ciertos animales suelen alimentarse. Las monitoras conocen muy bien sus huellas. “Ellos tienen su propio camino”, dice Martínez al explicar cómo identifican senderos de animales. “Los pumas se fijan muy bien si hay gente, luego salen; es muy bonito y la primera vez que los vimos, nos pusimos muy felices, es el animal que más me gustó”.
Durante los talleres de capacitación, las investigadoras enseñan cómo programar las cámaras o usar aplicaciones de geolocalización como Gaia GPS. Pero en el monte, son las comunidades quienes guían el recorrido.
“Ahí ocurre un verdadero diálogo de saberes”, dice Elvira Durán. “Las comunidades saben leer el territorio, reconocer rastros, identificar señales del bosque. Nosotras aportamos la parte técnica. Además, hay que destacar que no todas hablan bien español. Entonces, si una de ellas entiende algo, se lo puede explicar a las demás en chinanteco; eso es muy relevante”.

Lo que las cámaras revelan
La experiencia de ver las fotografías y videos captados por las cámaras ha transformado también la percepción comunitaria sobre la fauna silvestre. Aunque muchas personas conocen a los animales por rastros o encuentros ocasionales, rara vez tienen oportunidad de observarlos tan de cerca.
En La Chinantla se han registrado al menos 24 especies de mamíferos mediante cámaras trampa. Entre ellas destacan jaguares, pumas, ocelotes, armadillos, tejones, jabalíes y temazates. “Es sorprendente”, dice García Jacobo. “Los he visto en las cámaras, pero siempre he tenido el sueño de ver de cerca un jaguar o un puma”.


Las imágenes circulan después en asambleas, escuelas o espacios comunitarios. Algunas brigadas imprimen fotografías para colocarlas en comedores colectivos o centros de reunión. Otras muestran videos a niñas y niños de las comunidades.
“Ellos no sabían que existían esos animales hasta que fuimos a dar una plática en la escuela”, cuenta Elena Martínez. “Les enseñamos cómo colocar cámaras y qué animales hay allá en el bosque”.
Para las investigadoras, uno de los principales retos es que las comunidades participen más allá de la colocación de cámaras. Aunque las brigadas realizan gran parte del trabajo de campo, muchas veces no acceden completamente a los resultados, análisis o publicaciones científicas derivadas del monitoreo.

“A veces hacen monitoreo durante años sin saber cómo han cambiado las poblaciones de animales o cuántas especies registraron realmente”, explica Rosa Elena Galindo-Aguilar sobre el gran volumen de información que generan en colaboración con la Conanp. “Por eso estamos tratando de regresar esa información en materiales de divulgación, videos e infografías”.
Así crearon una cuenta en redes sociales y el sitio web “Hņa nung” —como nombran en chinanteco a la montaña— para socializar el proyecto y dar a conocer sus logros. A manera de diarios de campo, Galindo-Aguilar va recorriendo las cuatro comunidades de los bosques tropicales chinantecos para conversar con monitoras y monitores comunitarios, para documentar en video y difundir su trabajo por la conservación de la biodiversidad.

Cuidar el monte
La Chinantla enfrenta amenazas como el cambio de uso de suelo, la migración y la presión económica sobre las comunidades rurales. “Hay mucha riqueza natural, pero pocas oportunidades de empleo”, explica Elvira Durán. “Muchos jóvenes migran y las formas tradicionales de vida campesina ya no son tan atractivas para las nuevas generaciones”.
Aun así, en muchas comunidades existe una defensa activa del territorio y del bosque conservado. “Estamos cuidando nuestro monte a todo lo que da”, dice García Jacobo. “Ese monte ya nadie lo toca, nadie hace deforestación porque nosotros queremos cuidarlo, así somos los de La Chinantla”.
Las monitoras saben que conservar el bosque también significa garantizar que los animales tengan refugio lejos de las zonas habitadas. “Los animales no pueden llegar hasta acá donde hay personas porque le tienen miedo a la gente”, explica Elena Martínez.

En medio de ese esfuerzo cotidiano, las mujeres también comienzan a convertirse en referentes para otras niñas y jóvenes de sus comunidades. “Ahora hay más muchachas jóvenes que ya saben poner las cámaras trampa”, cuenta Soledad García Jacobo. “Me gusta platicarles todo lo vivido y darles confianza para que suban a la montaña”.
Cuando regresan del monte, después de horas caminando entre los árboles y senderos abiertos por animales, las monitoras vuelven a sus casas, a la milpa, al café y al trabajo doméstico. Pero algo cambió en el camino. Ahora conocen otras formas de mirar la montaña que siempre estuvo ahí.
“Yo no sabía nada de los bosques; hasta que fui monitora, lo aprendí”, concluye Elena Martínez. “He experimentado tanta selva de mi comunidad… esos montes que no dejo de llamar vírgenes porque son árboles y bosques grandísimos, que me siento muy orgullosa de este trabajo, de conocerlos y de todavía poder seguir experimentándolos».

*Imagen principal: las monitoras chinantecas comenzaron a participar en la jornadas en los bosques a partir de 2023, tras las nuevas políticas de inclusión dentro de los programas ambientales. Foto: cortesía Elena Galindo