- Lermith Torres, director de la ONG Mangle, cuenta sobre su pasado como cazador y cómo su "instinto de depredador" se convirtió en una herramienta para el registro científico de aves en el estado de Zulia.
- Con el uso de insumos cotidianos como mayonesa y jabón azul, la organización ha enfrentado la crisis económica venezolana y ha rehabilitado a cientos de aves afectadas por los constantes derrames petroleros en el Lago de Maracaibo.
- Mangle logró el registro nacional de la especie de ave 1425 de Venezuela con el avistamiento de la cotua orejuda, un hito alcanzado mediante autogestión y sin financiamiento estatal.
- Una red de pescadores locales en Ancón de Iturre actúa como el principal ejército de vigilancia contra el tráfico de especies y la perturbación de hábitat críticos para los flamencos.
“Yo no soy conservacionista de toda la vida”, admite Lermith Torres con franqueza. En el occidente de Venezuela su nombre es hoy una referencia ineludible de la ornitología, pero su origen en el activismo ambiental fue un paso calculado por razones muy distintas a la filantropía. En 2006, Torres fundó el Movimiento Ambientalista No Gubernamental La Educación (Mangle), no por una epifanía ecológica sino con la idea de facilitar la consecución de un salvoconducto para cruzar alcabalas (retenes oficiales) con sus implementos de caza, sin ser cuestionado.
Sin embargo, la naturaleza reclamó a su protector. El punto de inflexión ocurrió apenas unas semanas después, durante la liberación de una tortuga caguama (Caretta caretta) bautizada como “Mangle”. Ver al animal recuperar su libertad, sumado a la influencia ética de su maestro Helímenes Perozo, lo hizo reflexionar.

Perozo -un pescador de oficio quien tras años como vigilante en el Refugio de Fauna Silvestre Ciénaga de Los Olivitos, se convirtió en el mayor especialista en flamencos de Venezuela-, no solo fue su guía para conocer diversos ecosistemas sino el maestro que hasta sus últimos días en 2010, le enseñó a Torres a mirar la naturaleza con respeto, fracturando su mentalidad de cazador. En sólo una semana, Torres vendió su escopeta de pistón, compró una cámara y juró no volver a apagar una vida silvestre.
Veinte años después, es el autor de obras como Diversidad biológica de la Ciénaga de los Olivitos (2011) y la Guía para identificación de aves playeras en Venezuela (2021). Su trabajo, validado por instituciones como Audubon de Venezuela y la Red Hemisférica para la Conservación de Aves Playeras (RHRAP), suple el vacío de un Estado que, según cuenta, ha dejado a la biodiversidad del estado de Zulia a merced del petróleo y el tráfico ilegal de vida silvestre.
En esta entrevista para Mongabay Latam, Torres detalla cómo la ciencia ciudadana y el ingenio empírico mantienen con vida el Refugio de Fauna Silvestre y Reserva de Pesca Ciénaga de Los Olivitos, un santuario para los flamencos en el Caribe y un área protegida creada el 20 de noviembre de 1986. Este ecosistema es uno de los cinco humedales de importancia internacional en Venezuela, conocidos como sitios Ramsar, y vital para la supervivencia de las aves acuáticas que habitan en la región.

—¿Quién le enseñó a cazar?
—Me enseñó mi abuelo cuando era un niño. Él empezó a darnos lo que llamamos una escopeta de pistón, a la que se le colocaba un fulminante, con la intención de proteger la siembra de maíz. No era cazar por cazar, era para subsistencia.
—Usted ha comentado que su padre también cazaba en aquellos años. ¿Él también cazaba por subsistencia o su enfoque era distinto?
—Mi padre cazaba por subsistencia, para comer, pero no era un depredador despiadado. Él no mataba ni hembras ni animales pequeños y siempre me decía que no lo hiciera. Él, por esa parte, era conservacionista, pero yo era todo lo contrario: yo quería matar todo lo que se moviera.
—¿Cuál fue el momento exacto en que decidió abandonar la escopeta para convertir la conservación en su misión de vida?
—El punto de quiebre absoluto ocurrió en 2006. Cuando mi abuelo me enseñó a disparar era para subsistir pero cuando crecí, se convirtió en una afición despiadada. Sentía una sensación de poder, de ser un “verdugo” cada vez que acertaba un tiro. No podía llegar a casa sin haber matado algo, si no encontraba una presa, le disparaba a una mariposa o a un machorro [como se nombra a los lagartos en Zulia]. Era un depredador fuerte.

Todo cambió al trabajar con mi maestro Helímenes Perozo. Yo miraba los animales y decía: “Éste es bueno en coco” o “éste queda bien con arroz”, y él me miraba asombrado. Pero cuando liberamos a la tortuga “Mangle” y la vi caminar hacia el oleaje hasta sumergirse, sentí una transformación. Me saqué el chip de cazador y metí el de conservacionista. Entendí que el mismo sigilo que usaba para matar, me servía para lograr registros científicos perfectos sin perturbar al animal.
—Después de esto, usted se especializó en aves, ¿por qué abandonó las tortugas?
—Elegimos trabajar con las aves por una cuestión de estrategia educativa. Las aves están en todas partes; te vas a un desierto y siempre encontrarás, al menos, un ave carroñera o de rapiña. En cualquier lugar y a cualquier hora del día o de la noche, siempre habrá presencia aviar, lo que nos permite impartir educación ambiental de forma constante.
En cambio, con especies como las tortugas o los caimanes, la realidad es distinta: quizás en un año entero logres avistar apenas dos o tres ejemplares, o incluso ninguno. Esto no significa que no sean importantes o que no deban protegerse, porque todos los animales tienen derecho a vivir y merecen ser parte de la educación ambiental, pero para nosotros, las aves son la herramienta más efectiva. Gracias a su abundancia y presencia constante, podemos conectar a la gente con la naturaleza en cualquier momento y lugar.

—Mangle ha desarrollado un protocolo para salvar aves afectadas por derrames petroleros usando mayonesa y jabón azul. ¿Cómo es este método y quién avaló científicamente este método?
—Comprar los químicos industriales es imposible para nosotros por los costos. El método lo aprendimos de la doctora Libicni Rivero, veterinaria de la Universidad del Zulia (LUZ), entre 2007 y 2008. Untamos al ave con mayonesa por 15 minutos y con ello las grasas disuelven el crudo pesado. Luego usamos jabón azul porque tiene un pH neutro que no daña la piel. Con un cepillito de dientes y unas 12 poncheras [cubetas] de agua tibia, vamos sacando el petróleo pluma por pluma. Es un proceso que puede durar una semana para no estresar al animal. Hoy usamos hasta mayonesa vencida que la gente nos dona. Lo importante es actuar rápido, antes de que el ave ingiera el crudo, porque ahí el daño se vuelve interno y requiere intervención médica experta.
—Usted logró el registro nacional 1425 de aves para Venezuela con la cotua orejuda. ¿Qué importancia tiene este hito frente a la falta de inventarios oficiales actuales?
—Lograr el registro 1425 con la cotua orejuda (Nannopterum auritum) en La Guajira fue un logro para el país, ocurrido el primero de marzo de 2025. Es un ave migratoria del norte, más grande que nuestra cotua brasilera. La seguimos, tomamos fotos y videos, y analizamos cada detalle en la computadora. También registramos por primera vez en Zulia y Venezuela al falaropo picofino (Phalaropus lobatus), en la sede de la empresa Produsal que se dedica al procesamiento de sal. Esto demuestra que no necesitamos ser “verdugos” de la academia para hacer ciencia; simplemente observando y tomando evidencia podemos sumar especies para Venezuela. Es lo que llamamos ciencia ciudadana.

—Su organización trabaja bajo autogestión absoluta. ¿Cómo logran rehabilitar especies peligrosas como serpientes o caimanes sin recursos estatales?
—Todo lo que tenemos lo compramos nosotros o viene de donaciones de gente que valora el esfuerzo. Tenemos jaulas en mi casa, donde rehabilitamos desde caimanes hasta serpientes cascabel. Usamos herramientas improvisadas por nosotros, como pinzas y baldes de seguridad porque no tenemos equipos de primeros auxilios profesionales. Lo hacemos por pasión. Mangle mantiene la frente en alto gracias a la convicción de su gente.
—¿Cómo ha logrado que los pescadores, que antes veían a la fauna solo como presa, sean hoy sus principales aliados en el monitoreo de flamencos?
—La comunidad de pescadores de Ancón de Iturre es la que nos mantiene motivados. Ellos entienden que si hay flamencos, hay turismo y hay salud en el ecosistema. Si alguien perturba la colonia, ellos nos avisan de inmediato: “Lermith, los flamencos están alborotados”. Para abril de 2026, puedo asegurar que tenemos más de cien mil individuos en la zona. Trabajamos de la mano con los pescadores porque ellos ven el valor de la especie. Si nosotros no educamos al pescador, el flamenco desaparece.
—¿Considera que el Estado venezolano ha evolucionado en la protección de la biodiversidad en estas dos décadas que usted lleva al frente de Mangle?
—Hay buenas leyes, pero el problema es que no se cumplen. Vemos gente traficando aves frente a la Guardia Nacional y nadie hace nada. En el Zulia tenemos un problema grave con los desechos sólidos; la gente separa la basura y luego el camión lo junta todo de nuevo. Es un pañito de agua tibia. Necesitamos acciones fuertes y vigilancia real. Instituciones como Provita han hecho un gran trabajo con el cardenalito (Spinus cucullatus), y nosotros intentamos hacer lo mismo con el flamenco, publicando incluso en la revista del Flamingo Specialist Group en Gran Bretaña, pero una sola persona o una sola ONG no puede hacerlo todo si el Estado no castiga al infractor.

—El tráfico del “semillero”, como se conoce en Venezuela al cardenalito (Spinus cucullatus), es una denuncia recurrente en sus reportes. ¿Qué tan crítica es la situación de esta especie?
—El semillero es una especie pequeña, muy buscada por su canto. Sufre una presión por el tráfico. Los llevan hasta Colombia para venderlos. Es doloroso porque estamos acabando con sus ecosistemas por un capricho humano. Yo mismo, antes de ser conservacionista, me los comía.
Esa es la diferencia: antes mataba en un segundo, ahora valoro el tiempo que toma simplemente observar la vida. Por ejemplo, me tomó tres años lograr una fotografía de la palomita azulita (Claravis pretiosa) en Burro Negro, ubicado entre los municipios Lagunillas y Valmore Rodríguez del estado de Zulia.
—Usted es colaborador de la Red Hemisférica para la Conservación de Aves Playeras (RHRAP) y otras redes globales. ¿Qué significa este respaldo internacional para una ONG de base en el Zulia?
—Significa que el esfuerzo se valora afuera aunque a veces aquí se ignore. Trabajamos con Manomet, Audubon y expertos a nivel mundial. No queremos ser líderes, queremos sumar esfuerzos. El problema es que a veces las instituciones oficiales no reconocen el trabajo de la comunidad y se llevan los méritos. Pero nosotros seguimos por convicción, no por fama. Si la comunidad conoce sus aves, las va a valorar.

—Con base en su experiencia y trabajo, ¿qué se necesita para que el Zulia deje de ser un territorio riesgoso para su biodiversidad?
—Las salidas de campo obligatorias para todos los niveles educativos. Si llevas a un niño a ver un flamenco de cerca, eso no se le olvida nunca. Dicen que loro viejo no aprende a hablar, pero nosotros no somos loros y no somos viejos; tenemos una vida para demostrar que podemos cambiar. La verdadera educación ambiental se hace en el barro, en la ciénaga, no solo en un aula.
—Esta es la primera vez que usted profundiza tanto en su pasado como cazador. ¿Por qué decidió contarlo ahora?
—Porque quiero que la gente se vea en un espejo. Que vean que es posible pasar de ser un depredador a ser un conservacionista. No lo digo para que me miren a mí, sino para que entiendan que el conocimiento se debe compartir. Nada hacemos con tener una biblioteca cerrada si no multiplicamos lo que sabemos. Mi mayor satisfacción hoy no es un premio, sino ver a mis discípulos siendo mejores que yo y compartiendo esa pasión por la vida.
*Imagen principal: el profesor Lermith Torres observando y supervisando los nidos de flamencos en el Refugio de Fauna Silvestre Ciénaga de Los Olivitos. Foto: Juan Daniel Ferrer