- La temporada 2025-2026 estableció un récord en la presencia de distintas especies de ballenas en el Mar Argentino, confirmando la tendencia positiva de años anteriores.
- Las ballenas francas australes, las sei y las jorobadas concentran el mayor número de individuos identificados: 3410, 2600 y 250, respectivamente.
- Sin embargo, el aumento de la temperatura del mar debido al cambio climático y la pesca de krill en la Antártida amenazan la recuperación de las ballenas en el Atlántico Sudoccidental.
- La próxima apertura de actividades hidrocarburíferas en el golfo San Matías añade otro punto de preocupación sobre el futuro de estos animales que son clave para sostener las cadenas tróficas del océano.
La presencia de los mamíferos marinos más voluminosos del planeta estalló en las aguas atlánticas que cubren la plataforma continental argentina durante la temporada 2025-2026. Fueron 2110 las ballenas francas australes (Eubalaena australis) adultas avistadas y más de 816 crías registradas. También se identificaron 2600 ballenas sei (Balaenoptera borealis), 250 ballenas jorobadas (Megaptera novaeangliae) y hubo cuatro avistajes inusuales de ballenas azules (Balaenoptera musculus).
Además, hubo algunas visitas de ballenas fin (Balaenoptera physalus) y de las dos variantes de ballena minke, la común (Balaenoptera acutorostrata) y la antártica (Balaenoptera bonaerensis). Son cifras que establecen un récord y reafirman una tendencia positiva en la recuperación de especies que estuvieron al borde de la desaparición durante el siglo XX debido a su cacería indiscriminada.
La cantidad de ballenas registradas también tiene que ver con que “se mejoraron los sistemas de detección y con que también hay más gente mirando”, se apresura a aclarar Lucas Beltramino, biólogo del equipo de conservación de la Fundación Rewilding Argentina, aunque agrega que “la mayoría de las especies de ballenas en todo el mundo están experimentando una recuperación sostenida de sus poblaciones”.
Si bien coincide con el diagnóstico, Mariano Coscarella, biólogo especializado en mamíferos marinos e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), añade que “los números actuales son apenas el 10 % de los que fueron antes de las cacerías”. Por ejemplo, asegura que tras revisar los historiales de las factorías que producían aceite de ballena, “concluimos que la población de ballena franca austral rondaba los 60 000 ejemplares. Hoy debe haber un total de 11 000”.
Valeria Falabella, directora de conservación costera marina de la división argentina de Wildlife Conservation Society (WCS), le pone cifras a lo que significaron las cacerías de grandes cetáceos entre las décadas de 1920 y 1960: “Fueron 300 000 ballenas azules, 700 000 cachalotes, 200 000 ballenas jorobadas. Hubo poblaciones que se redujeron entre un 90 y un 97 % y ahora están recuperando sus antiguos espacios”.
Tres accidentes geográficos, todos ellos situados en la región patagónica, entre las provincias de Chubut, Río Negro y Santa Cruz, congregan el grueso de la densidad de ballenas divisables desde el litoral atlántico. De sur a norte, se trata del golfo San Jorge, sitio preferido de las ballenas sei y jorobada; la Península Valdés, con sus dos golfos, Nuevo y San José, reductos elegidos por las francas australes para su reproducción y para el cuidado de las crías en los primeros meses luego de su nacimiento; y el golfo San Matías, última área colonizada por las francas australes y potencial sitio de conflicto en el futuro inmediato.

Una recuperación lenta y constante
La principal razón que explica el crecimiento de las poblaciones es muy simple: “Dejamos de cazarlas”, sintetiza Mariano Sironi, director científico del Instituto de Conservación de Ballenas (ICB), institución que estudia los comportamientos de la franca austral desde 1971. “Las ballenas son un éxito de conservación a nivel global, como lo fue en su momento la reducción del agujero de ozono. Todos o la mayor parte del mundo decidió no cazarlas más (la prohibición entró en vigor en 1986) y ahora, con un retraso lógico, las poblaciones han crecido”, sostiene Coscarella, profesor de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco.
La lentitud en el proceso de regreso de estos animales a sus antiguas localizaciones se debe básicamente a sus dinámicas vitales. Las ballenas jorobadas alcanzan la madurez sexual entre los cuatro y los siete años; las sei entre los ocho y los diez; y las francas australes entre los 7 y los 15. Además, en todos los casos, y siempre que las condiciones sean adecuadas, las hembras suelen tener una única cría cada tres años, aunque ese período no siempre se cumple.
“Las modificaciones que vemos a nivel global en el mar, producidas entre otras cosas por el cambio climático, están alterando la frecuencia de pariciones de la ballena franca austral, que antes era muy regular”, asegura Sironi. “Ahora, cada vez más hembras tienen crías cada cuatro o cinco años”, precisa. Este aumento de tiempo entre dos nacimientos viene reduciendo la tasa reproductiva de la especie a partir del cambio de siglo: “Era de alrededor de un 7 % hasta el año 2000 y ha bajado a un 3 %. Es decir, sigue siendo positiva, pero a una velocidad más lenta”, indica el director científico del ICB.

Los drones revolucionaron la investigación
Los adelantos tecnológicos ocurridos desde el fin de la caza permiten conocer mucho más a fondo los movimientos, comportamientos, datos de alimentación y áreas de distribución de las diferentes especies de cetáceos. También permiten a los investigadores conocer las amenazas que puedan frenar el actual crecimiento o invertir la tendencia actual, con la anticipación necesaria para proyectar el futuro.
Por ejemplo, el uso de drones que sustituyeron a los vuelos en avión ha sido clave para tener registros más exactos de la cantidad de ejemplares que transitan las aguas cercanas a las costas. Las fotos tomadas por los pequeños aparatos voladores también se usan para el estudio de la condición corporal de los animales a través de la llamada fotogrametría. “Se toman mediciones del ancho de los individuos en tramos de un 5 % del cuerpo y de esa manera podemos estimar cuán gordo o flaco está, así como comparar el estado actual de las ballenas de Península Valdés con el de años atrás. O con el que tienen las poblaciones de Sudáfrica, Australia o las del Atlántico Norte”, comenta Sironi.
Todavía hay más. La organización Ocean Alliance diseñó un procedimiento, denominado SnotBot, que facilita la toma de muestras del moco que expulsan las ballenas al respirar. Los drones vuelan sobre los espiráculos (fosas nasales) de las ballenas, llevando adheridos a su estructura pequeños adminículos de cristal o plástico. En ellos quedan adheridas células y gotas con las que se realizan análisis genéticos y del microbioma del tracto respiratorio de los animales.
“La telemetría satelital es el otro mecanismo que está a la cabeza entre las tecnologías aplicadas para los estudios de campo en el tema ballenas”, indica Sironi. La colocación de rastreadores intradérmicos en la capa de grasa de los cetáceos permite conocer día a día la situación de un individuo. “Son cilindros de dos a tres centímetros de diámetro y entre 10 y 20 centímetros de largo, según la especie. Se instalan disparando con un rifle de aire comprimido y en cuanto quedan insertos en la grasa comienzan a transmitir datos cada vez que ese ejemplar sale a respirar a la superficie”, cuenta Beltramino.
Estos instrumentos son la base del proyecto Siguiendo Ballenas, que el año pasado cumplió su décima temporada con el marcado de 30 ejemplares de francas australes.

Golfo San Jorge, el nuevo santuario
Desde 2024, el mismo procedimiento está siendo implementado en las ballenas sei, aunque en menor cantidad. Esta especie, clasificada En Peligro de extinción por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), no suele acercarse a las costas, pero curiosamente en los últimos años sí lo hace en el golfo San Jorge. “No hay en todo el planeta un lugar de avistaje seguro de ballenas sei desde tierra. Por lo general hay que navegar durante horas y horas para encontrarlas”, asegura Mariano Coscarella.
La presencia de estos cetáceos comenzó a sorprender a los especialistas en 2019. “Fue Marina Riera, profesora de la Universidad de Nacional de la Patagonia, la que nos avisó de la abundancia de ballenas que podían verse desde Punta Marqués, un acantilado de 160 metros de altura que penetra 2.5 kilómetros en el mar en la zona central del golfo y es área protegida provincial. Nos pusimos a trabajar y al año comprobamos que el 97 % era sei”, recuerda Coscarella. Desde entonces, la presencia de la especie entre octubre y junio se ha incrementado. El imán que la atrae es la existencia de bancos de langostilla o bogavante, su principal fuente de alimentación. Los estudios de telemetría satelital indican que su área de reproducción está en Brasil, unos 700 kilómetros mar adentro.

“San Jorge es un área reproductiva del camarón. En 2018 se declaró la veda de pesca en todo el interior del golfo. No puedo asegurarlo, pero creería que desde entonces empezaron a aumentar las poblaciones de ballenas en el área”, dice Lucas Beltramino, que estudia principalmente a las ballenas jorobadas. Distribuidas casi por todos los mares del mundo, la zona de reproducción de la especie está en latitudes tropicales de todos los mares, pero migra cada año hasta la Antártida para alimentarse de peces pequeños y krill. “Hasta hace poco no había muchos registros fuera de Brasil, pero pareciera que están redescubriendo este lugar. Hay ejemplares que se quedan tres o cuatro meses, no sabemos si para abastecerse en sus idas y vueltas a la Antártida o para ahorrarse la energía que implica trasladarse hacia el sur”, dice Beltramino, y agrega: “Hoy ya tenemos 250 individuos identificados [de ballenas jorobadas] y este año pudimos equipar a algunos de ellos con rastreadores”.
El nuevo siglo trajo nuevos peligros
El ejercicio de recuperación de los espacios que les pertenecían parece un hecho consumado para las ballenas. La duda radica en si podrá sostenerse en el tiempo. “Ahora, en el siglo XXI, las amenazas a las que están expuestas son diferentes, pero igual de importantes”, afirma Valeria Falabella.
El cambio climático, con la consecuente elevación de la temperatura de las aguas, es un factor que amenaza todos los mares sin excepción. La pesca cada vez más abundante de krill en la Antártida apunta de manera directa a las especies de ballenas que tienen en esos crustáceos su principal alimento. La próxima apertura de un puerto petrolero y la radicación de hasta seis buques de licuefacción de gas natural en el golfo San Matías le añade un componente local a los peligros que acechan a los mamíferos marinos en el Mar Argentino.
“Contra lo que se preveía hasta hace muy poco tiempo, hoy se sabe que el calentamiento del mar en el Atlántico Suroccidental va a ser homogéneo. No habrá espacio de mantenimiento o de enfriamiento hacia el sur”, explica Falabella. Integrante del Foro para la Conservación del Mar Patagónico, la bióloga marina de WCS agrega: “En estas aguas australes frías y templadas se encuentran los principales supermercados del océano. De hecho, en Argentina, el frente productivo del talud [continental] es el más importante del hemisferio sur. Es donde se producen las algas y el fitoplancton que son el motor ecológico de toda la cadena trófica y el lugar en el que las ballenas siguen encontrando su alimento”.
En este punto es donde el krill adquiere una gran trascendencia, ya que, como define Mariano Sironi, “la pesca de este crustáceo es un competidor muy fuerte para las ballenas”. “Se están capturando millones de toneladas cada año que se usan como alimento para mascotas, salmones o para extraer el omega 3 que se utiliza en productos alimenticios o preparados farmacéuticos”. Combinado con el aumento de la temperatura del mar, semejante nivel de pesca de krill ya es un serio problema para las ballenas y otras muchas especies que obtienen su energía de este minúsculo crustáceo.

Una investigación desarrollada por el ICB y Ocean Alliance, publicada en la revista científica ScienceAdvances, demostró que un año con el fenómeno El Niño, con un aumento de apenas un grado en la temperatura del agua, basta para incrementar la tasa de mortalidad de ballenas franca austral hembras entre cuatro y cinco veces. “Un mar más caliente reduce la superficie helada en la Antártida debajo de la cual hiberna el krill alimentándose de pequeñas algas. Menos hielo es menos hábitat para el krill, menor población el verano siguiente y menos recursos para las ballenas y demás animales que lo consumen”, señala Sironi.
Por si fuera poco, el krill necesita a su vez de las ballenas para recuperar su población cada año. Las heces de las gigantes de los mares fertilizan las aguas con hierro, fósforo y nitrógeno, nutrientes que alimentan el fitoplancton que consume el krill cerrando el círculo virtuoso de una cadena trófica que, como subraya Falabella, “no puede romperse”. “Por eso debemos generar condiciones para que las especies puedan adaptarse y los procesos ecológicos, sostenerse”.

El petróleo y el gas amenazan en San Matías
Lo que vaya a ocurrir en el golfo San Matías, una cuenca marina semicerrada de 19 700 kilómetros cuadrados y conectado con el golfo San José, en Península Valdés, completa los ejes de preocupación por el destino de las ballenas en el Atlántico suroccidental. Un informe elaborado por el Foro para la Conservación del Mar Patagónico da cuenta de los múltiples impactos que la actividad hidrocarburífera puede provocar en la población de la ballena franca austral.
La lista incluye el incremento exponencial del tráfico marítimo con el consiguiente riesgo de colisiones con animales. Si en 2023 los desembarques pesqueros en los puertos del golfo sumaron 6700 toneladas, las operaciones previstas en la nueva estación de Punta Colorada son de 2 400 000 barriles de petróleo semanales con un mínimo de un barco de gran porte cada cinco días. A esto se deben sumar los posibles derrames y microderrames de combustibles y la contaminación acústica provocada por dichos buques y todos los que se van a emplear en el servicio logístico. Está muy probado que todo ruido en un ambiente silencioso como el fondo marítimo perturba la comunicación entre una madre y su cría o entre individuos en general, aseguran los científicos consultados.

En el norte del golfo San Matías, donde estarán las monoboyas de licuefacción de gas, la amenaza es el aumento de temperatura del agua, dado que la producción exige su uso intensivo para enfriar el gas. Según se indica en el informe del foro, el agua que se devuelva al océano después de ser utilizada para el proceso de enfriamiento tendrá entre cinco y siete grados más. La consecuencia podría ser un aumento en la generación de mareas rojas, floraciones algales nocivas por su componente en biotoxinas. En 2022, 30 ballenas francas (22 hembras, la mayoría en período de lactancia) murieron en el golfo Nuevo. Los análisis toxicológicos determinaron que 19 de ellas habían sido afectadas por toxinas paralizantes.
El citado informe del Foro para la Conservación del Mar Patagónico hace hincapié en la contribución que las ballenas brindan para mitigar el cambio climático secuestrando carbono en sus cuerpos. “Hoy el mar es la solución, nuestro principal aliado contra la crisis ambiental que enfrentamos, pero también es el principal afectado”, dice Valeria Falabella. Por lo mismo, indica que ”resulta imprescindible que los países articulen medidas para adaptar las actividades humanas a las nuevas realidades. El mar absorbe calor y dióxido de carbono, pero la capacidad de carga de absorción también tiene un límite. Y si se supera, las ballenas no serán las únicas en sufrir los efectos”.
*Imagen principal: ballena franca austral. Foto: Centro de Conservación Cetácea (CCC)