- Investigadoras en México están reproduciendo a esta especie para intentar salvar los corales del sistema arrecifal que pertenece a México, Belice, Honduras y Guatemala.
- Las escorrentías que vienen desde tierra cargadas con nitratos, fosfatos y otros fertilizantes para la agroindustria, además de las aguas residuales de la población, contaminan el mar haciendo proliferar algas que asfixian a los corales.
- Para combatir la proliferación de algas, el cangrejo rey es un aliado clave, ya que es herbívoro y muy glotón.
- En cinco años, unos 175 cangrejos rey introducidos en Puerto Morelos, México, devoraron 30 toneladas de algas.
En las últimas décadas, los humanos hemos propiciado una serie de cambios en las condiciones ambientales del mar. El agua está más caliente y con más nutrientes. Esto fortalece a los rivales más mortíferos de los corales: las macroalgas. Crecen rápido y sin control, como maleza en un jardín submarino. Asfixian a los corales, les roban la luz e impiden que nazcan nuevos. En el Caribe mexicano surge un aliado inesperado: el cangrejo rey del Caribe (Maguimithrax spinosissimus). Es el cangrejo más grande del Atlántico Occidental. Se alimenta de las algas y libera espacio para que el coral florezca.
La reintroducción de este crustáceo endémico podría convertirse en una de las herramientas más efectivas para restaurar el Sistema Arrecifal Mesoamericano (SAM). Por primera vez en la región, científicas lograron cerrar su ciclo reproductivo en cautiverio y desarrollaron técnicas innovadoras de acuicultura para producirlo a escala.
El proyecto es liderado por Sara Gutiérrez y Melina Soto, miembros de la iniciativa Arrecifes Saludables para Gente Saludable. Desde 2019 ya introdujeron 175 juveniles en el arrecife de Puerto Morelos, México, y trabajan en replicar el modelo en Belice y Honduras.

El cangrejo es un glotón sensible. Estos animales pueden consumir hasta 20 % de su peso corporal en macroalgas por día y las investigadoras estiman que para 2024 su proyecto ya resultaba en la remoción de aproximadamente 30 toneladas de algas. En comparación con otros herbívoros como los peces loro y los erizos, la delicadeza con la que este crustáceo opera sus quelas [pinzas] no daña el tejido coralino, por lo que lo apodan «el jardinero del arrecife».
Pese al aumento en la disponibilidad de su alimento, sus poblaciones no han logrado crecer al mismo ritmo. Se debe a que durante sus primeras etapas de vida son presa fácil para peces y pulpos. Fomentar su crecimiento es clave, ya que, sin herbívoros suficientes, las algas dominan el paisaje y desplazan a los corales.
El contexto es lo que hace urgente la apuesta. El Reporte de Salud del SAM (2024) mantiene el indicador de macroalgas en condición «Mala» en México, Belice, Guatemala y Honduras, los cuatro países que comparten el SAM, el arrecife transfronterizo más grande del mundo.

La guerra entre las algas y los corales
Melina Soto tuvo la infancia soñada de cualquier amante del mar. Creció en el velero de sus padres, que vivían navegando por las islas del Caribe francés. Su educación fue en casa, a bordo, pero su verdadera aula era el océano. Su primer buceo fue a los 10 años en la reserva Cousteau, en la isla Guadalupe. Ese día salió del agua sabiendo que dedicaría su vida al estudio y conservación de los arrecifes de coral.
Soto llegó al Caribe mexicano para quedarse dos años; lleva veinte. En este tiempo el SAM —la segunda barrera de coral más grande del mundo— pasó de ser un ecosistema próspero a uno en decadencia.
Desde hace ocho años, Soto coordina en México la iniciativa Arrecifes Saludables para Gente Saludable, una coalición de organizaciones dedicadas a la conservación en los cuatro países del SAM. Esta se compone de más de 70 socios entre asociaciones civiles, academia, gobierno y el sector privado.
Entre otras cosas, se dedican a monitorear la calidad del agua a nivel regional, además de elaborar reportes periódicos sobre la salud del arrecife. De acuerdo con Soto, su intención es generar información que “ojalá permita diseñar mejores estrategias de manejo”.
Los monitoreos del arrecife comenzaron hace dos décadas y sus cifras confirman el declive. «Llevamos monitoreando la salud del SAM desde 2006, y desde 2016, desafortunadamente, el índice de salud general de la región está bajando: pasamos de un valor de 2.8 —un estado regular— a 2.3, que ya es un estado bastante malo». Además, «los sitios críticos se han duplicado: hoy son el 31 % de los sitios que monitoreamos, alrededor de 250 a 300 a lo largo del sistema; y el 44 % ya están en estado malo”, explica.

Hace unos 30 o 40 años, cuando el desarrollo del Caribe mexicano como potencia turística apenas comenzaba, los corales duros —los constructores de estructuras tridimensionales que brindan seguridad alimentaria y protección costera a más de 3.5 millones de personas— cubrían cerca del 50 % del arrecife. Actualmente, apenas cubren el 10 %, indica la bióloga.
Las macroalgas han colonizado el espacio y ya abarcan más de la mitad del arrecife. “El indicador más problemático, el que siempre está empeorando, es la cobertura de macroalgas: no ha parado de aumentar y casi los cuatro países estamos en un nivel crítico», explica Soto.
La bióloga apunta a varias amenazas como el cambio climático —ya que el aumento de temperaturas promueve el crecimiento de las algas— y especialmente enfatiza en la llegada de nutrientes al agua. La mayor parte de los nutrientes viene de la cuenca, es decir, desde tierra adentro: de las actividades agrícolas y de las aguas residuales de las zonas urbanas. Todos esos nutrientes —nitratos, fosfatos, entre otros— y también patógenos entran casi directamente al mar y alimentan las macroalgas, explica.
Por esta razón, parte de la estrategia de conservación impulsada por Arrecifes Saludables va “de arriba para abajo” e implica no solo el monitoreo y la elaboración de reportes, sino también la reducción de las fuentes de contaminación que amenazan a los arrecifes de coral.
En el caso de los nutrientes, Soto explica que se debe “cerrar la llave” para que las macroalgas dejen de recibir el abono que las vuelve imbatibles. Junto con algunos de sus socios, la iniciativa ha impulsado estándares de calidad del agua más estrictos para las Plantas de Tratamiento de Aguas Residuales, cuyo destino final es el mar. Mientras esa llave siga abierta, ninguna otra estrategia funcionará, advierte la bióloga.

Los corales no siempre han estado solos: una serie de aliados les han apoyado manteniendo a raya a sus competidores. En el Caribe, los erizos de espinas largas (Diadema antillarum) desempeñaron un papel histórico en la remoción de algas. Pero en la década de los 80, una enfermedad desconocida recorrió toda la región y acabó con alrededor del 98% de su población. A diferencia de otras especies que han sufrido golpes parecidos y se recuperaron, los erizos no volvieron.
Quedó la familia de los peces loro (Scaridae). Son el otro gran herbívoro del arrecife y en la región se ha hecho un esfuerzo notable para protegerlos. Es parte de la estrategia que Melina Soto describe como «de abajo para arriba», que incluye impulsar la regeneración de las poblaciones de herbívoros.
La bióloga explica que los países del SAM —México, Belice, Guatemala y Honduras— fueron los primeros en resguardar a todo el grupo. En México 10 de sus especies están protegidas por ley y los demás países usan vedas y prohibiciones.
Pero los peces loro son un gremio disparejo. Muchas especies no se alimentan exclusivamente de macroalgas carnosas. Además, tienen un lado oscuro: el pico que les da su nombre es a veces un aparato demasiado tosco para el coral: al raspar la roca en busca de algas, se llevan consigo la matriz calcárea del arrecife generando erosión (de ese residuo viene la arena blanca que caracteriza a las playas del Caribe mexicano). «No es que coman corales, pero se pueden llevar al coral también», dice Soto.
Al trabajar con arrecifes degradados —que son la mayoría, según los expertos—, quizás había que empezar a buscar otros herbívoros que no tuvieran ese efecto erosionador sobre los corales, recuerda.
Sara Gutiérrez captura un ejemplar femenino de cangrejo rey del Caribe para estudiarlo y cultivar sus huevos en cautiverio.
El acto de fe
Llega un día en el que hay que dejar a los hijos salir al mundo; o en el caso de Sara Gutiérrez, al arrecife. Uno por uno saca del recipiente de plástico a los cangrejos rey que crió durante meses. No miden más que una mano. La «mamá de los cangrejos» busca una grieta, un recoveco donde se pueda resguardar su hijo. Lo deposita y confía en que le dio lo mejor que pudo. «La reintroducción es como un sentimiento de mamá dejando a sus hijos crecer, confiando en que todo lo que hiciste tendrá un impacto positivo en el arrecife, no solo para los cangrejos y los corales, sino para la gente que depende de ellos», dice.
Los conoce bien de tanto observarlos. «Ya casi conoces a los cangrejos por personalidad: unos atrevidos que salen y se mueven, otros que se esconden de inmediato, otros que se ponen a comer como si nada. Cada uno lo tienes que agarrar tú, ponerlo en el arrecife y decir: ‘Te toca a ti, ahora es tu momento de brillar’”, dice. Luego la investigadora se aleja con la certeza casi total de que no volverá a verlo.
Desde 2019, Gutiérrez les dedica la mayor parte de su tiempo. Es colombiana de nacimiento y estudió biología en Bogotá. Llegó a México como voluntaria en monitoreos de salud arrecifal, se formó en buceo y se especializó en conservación marina. Así acabó en el Instituto Nacional de Pesca y Acuacultura (INAPESCA) —que en 2023 pasó a llamarse Instituto Mexicano de Investigación en Pesca y Acuacultura Sustentables (IMIPAS)—, un organismo gubernamental con sede en Puerto Morelos.

Investigadoras de esa institución ya habían realizado un primer piloto enfocado en reubicar, de un arrecife a otro, ejemplares adultos de cangrejos rey notando que, donde los soltaban, las macroalgas cedían. Pero mover cangrejos entre sitios solo trasladaba el problema porque el arrecife que se quedaba sin ellos volvía a llenarse de algas. Había que reproducirlos y en 2019 el INAPESCA tenía infraestructura de acuacultura en desuso.
Gutiérrez cuenta que en esa época «no tenía ni idea de cangrejos» y cuando le entregaron la tarea tuvo que aprender todo «casi desde cero». Tenía solo un libro de 350 páginas escrito por Walter Adey, un científico que en los años 80 intentó cultivar estos cangrejos en varias islas del Caribe. Releyó “mil veces” la guía y se apoyó en Jason Spadaro, un investigador de Florida, interesado en la acuicultura de estos crustáceos.
El cangrejo rey es un herbívoro voraz aunque selectivo. Como cualquier cangrejo, tiene cinco patas en cada lado de su cuerpo y usa las delanteras, llamadas quelas, como pinzas. Con ellas poda alrededor de los corales y se lleva uno a uno los bocados de algas a la boca. «Van cogiendo alguita por alguita. Comen mucho, todo el tiempo, pero siempre muy delicados, sin el efecto erosionador«, explica Gutiérrez.
Los peces loro y los erizos también son herbívoros importantes, ninguno reemplaza al otro, pero en un momento histórico con pocos corales y donde la erosión ya es muy fuerte, no se puede perder la estructura que los protege, precisa la bióloga.
Criarlos, sin embargo, está lejos de ser un acto sencillo. «Todo es un acto de fe: trabajar con una especie tan desconocida es apostarle a algo que la ciencia y la lógica dicen que funcionará, pero hasta que no lo ves, no sabes», dice Gutiérrez.

El año pasado una enfermedad provocó una mortandad grande. El culpable fue un dinoflagelado —un organismo unicelular microscópico— que vive en el agua y dentro de los propios cangrejos. Los cangrejos conviven con ese organismo sin problema, hasta que se estresan demasiado y bajan sus defensas. Entonces el parásito se reproduce y en palabras de Gutiérrez, «los conquista y los vuelve cangrejos zombis»: afecta su sistema nervioso; parecen letárgicos. «Se quedan quietos hasta que tú los mueves y no coordinan para alimentarse», explica. A los juveniles los mata rápido. «Se nos murieron casi 80 juveniles que ya estaban listos para el arrecife».
Confirmar el diagnóstico exigió extraer de los cangrejos su hemolinfa —que es como se llama su sangre— con investigadores del Colegio de la Frontera Sur (ECOSUR), en Chetumal. Descubrieron entonces que la única defensa es mantenerlos fuertes, bien alimentados y sin demasiado estrés, en agua bien oxigenada.
El proyecto nació y creció en el INAPESCA. Durante sus primeros años tuvo lo que un experimento así necesita: presupuesto, personal e interés institucional. «Ahí el proyecto pudo cocinarse, crecer y ser lo que es», dice Gutiérrez. Pero los tiempos cambian. Tras siete años, el interés y el presupuesto se desplomaron y la infraestructura se vino abajo: «El techo se caía, las bombas se dañaban y no había repuestos», recuerda.
La bióloga reconoce un patrón recurrente en la investigación y conservación en Latinoamérica, donde el presupuesto se ha visto reducido drásticamente en los últimos años afectando directamente a proyectos de este tipo. “Llegué a un punto de quiebre con mi salud mental. Luché, traté y llega un momento en que ya no puedes más cargando contra la burocracia y el mal uso de los recursos”, cuenta la bióloga.
En marzo de 2026, el equipo tuvo que dejar el instituto público y mudarse a las instalaciones de Xcaret, la mayor empresa de parques temáticos de la Riviera Maya. Otra vez fue empezar casi desde cero, ahora con apoyo del sector privado. Gutiérrez reconoce la paradoja —el grupo empresarial arrastra un historial de sanciones ambientales y señalamientos documentados, incluida la afectación a arrecifes— pero dice que su departamento de conservación es “fantástico” y que ahí, por fin, puede concentrarse en el cuidado de los cangrejos y no pelear por presupuesto: «Fue un cambio del cielo a la tierra».
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Ante la crisis amarga, una solución deliciosa
Investigar y conservar cuestan dinero. Por años el proyecto ha dependido del financiamiento público y la filantropía, ambos recursos cada vez más escasos. De la incertidumbre económica nació lo que las científicas llaman una «solución deliciosa». El cangrejo rey del Caribe, además de ser un gran aliado del arrecife, es un manjar. «Tiene un sabor mantequilloso», dice Soto. Para Gutiérrez «es más rico que la langosta» y hay un mercado dispuesto a pagar por él.
Hoy, en la Riviera Maya, el turismo demanda grandes cantidades de cangrejo rey, pero es el de Alaska. Nunca llega fresco. Viaja miles de kilómetros congelado, lo cual genera una huella de carbono enorme y ningún beneficio para el arrecife y la comunidad local. El del Caribe, cultivado, no extraído, podría ocupar su lugar y con lo que se venda a los restaurantes financiar el propio proyecto y devolver una parte de la producción al mar.
Para no incentivar la pesca de los silvestres, Gutiérrez dice que se podría instalar una medida de protección, aunque en la actualidad la pesquería de cangrejo rey no es fuerte comparada con la de la langosta. Su densidad poblacional es demasiado baja para serlo y en el arrecife se esconden muy bien. «Son Houdini hecho cangrejo», dice Gutiérrez. «Si lo encuentran lo pescan, pero no es un recurso llamativo».

La reproducción del cangrejo rey para mantener a raya las macroalgas es una apuesta prometedora, pero no es suficiente y son las mismas investigadoras quienes lo reconocen. «Los temas de cambio climático y calidad del agua se tienen que atender sí o sí», advierte Soto. Gutiérrez coincide y lo pone en perspectiva: «Lo local es muy bonito, inspira un cambio y ayuda a que el arrecife aguante, pero tiene que haber cambios a gran escala y pronto».
En cuanto a lo sistémico, Soto no se hace ilusiones sobre lo que viene: «Es una carrera contra el tiempo, una especie de resistencia: intentar salvar lo que hay. Suena triste y es muy frustrante en el día a día. No sabemos si funcionará; pero lo que sí sabemos es que si no hacemos nada seguro se perderá todo».
Y, sin embargo, el camino ya está trazado. «En México tenemos marcos regulatorios que no son malos: la norma de aguas, la ley de economía circular, la ley de política de mares y costas, políticas de cambio climático. El problema es la falta de voluntad política y, probablemente, la corrupción. Con que apliquemos la ley y le demos el presupuesto necesario para limpiar nuestras aguas y nuestras costas, e implementar la economía circular, ya sería un maravilloso principio», dice Soto.
Mientras tanto, en algún rincón del Caribe mexicano, un cangrejo que Gutiérrez crió hace su parte en la guerra que se libra por la supervivencia de los arrecifes coralinos. Es un aliado inesperado, un jardinero glotón.
*Imagen principal: cangrejo rey del Caribe se alimenta de algas en el Sistema Arrecifal Mesoamericano. Foto: cortesía Healthy Reefs Initiative