- En Ecuador, un proyecto científico creó el primer mapa de contaminación acústica de Santa Cruz, el principal poblado del archipiélago.
- Una red de estaciones acústicas escuchan cómo cambia el paisaje sonoro de la isla, donde el crecimiento urbano empieza a modificar la relación entre humanos, fauna y naturaleza.
- Los ambientes con menos ruido permiten a las aves detectar señales acústicas de su entorno, como llamadas de alarma, cantos de apareamiento y sonidos asociados con la presencia de alimento.
- La iniciativa busca que el monitoreo acústico no solo sirva para regular el ruido humano, sino también para abrir nuevas investigaciones sobre cómo las especies de Galápagos responden a un ecosistema cada vez más transformado.
A primera hora de la mañana, antes de que lleguen los primeros visitantes a Tortuga Bay, una de las playas más conocidas de Santa Cruz, en Galápagos, Ecuador, el paisaje sonoro está dominado por el viento, el movimiento de la marea que aterriza en la costa y el canto del sinsonte de la isla (Mimus parvulus).
En Galápagos, el sonido también forma parte del equilibrio ecológico. Las especies que evolucionaron durante millones de años en aislamiento dependen de señales acústicas para comunicarse, orientarse, encontrar pareja o advertir peligros. En un ecosistema reconocido mundialmente por su biodiversidad, escuchar también puede ser una forma de entender lo que ocurre.
Pero ese paisaje sonoro está cambiando.
En Puerto Ayora, el principal centro urbano de Santa Cruz, los sonidos de la naturaleza comparten espacio con otros más recientes: motocicletas, automóviles, salsa o dembow en cornetas amplificadas, discotecas, hoteles y una población que ha crecido junto con la expansión del turismo.
“El ruido es como tirar basura, pero es invisible”, dice Jeiser Vernaza, biólogo galapagueño. “Uno de los principales desafíos de la contaminación acústica es que, aunque puede modificar la manera en que las personas y otras especies habitan y utilizan el territorio, todavía no la reconocemos como una amenaza ambiental”.
Vernaza nació en Santa Cruz y estudió Biología, Ecología y Gestión en la Universidad del Azuay, en la provincia ecuatoriana del mismo nombre. Posteriormente realizó una maestría en Gestión Ambiental del Desarrollo Urbano en la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Durante esos años recorrió distintos países de Sudamérica y, al regresar a Galápagos, encontró una isla diferente a la que había dejado: una comunidad que había crecido y con nuevas presiones sobre el territorio.
“Santa Cruz, hace 30 años, era un lugar donde uno podía andar en bicicleta por todos lados. El carro era un lujo. Ahora parece que confundimos desarrollo con tener más vehículos y edificios. Progresar no significa crecer sin límites, sino encontrar un equilibrio sostenible”, señala.

El crecimiento poblacional ha sido uno de los principales cambios de Santa Cruz. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) de Ecuador, el cantón pasó de albergar 11 388 habitantes en 2001 a tener 17 233 en 2022. Durante la primera década de ese periodo, entre 2001 y 2010, la población aumentó 35.17 %, impulsada en gran medida por el turismo.
La contaminación acústica de la isla, que forma parte de la Reserva de Biósfera de la UNESCO y del Parque Nacional Galápagos, tiene una dimensión particular: aunque durante años se estudió cómo el tráfico de barcos comerciales o submarinos afectaba la fauna y la flora del lugar, ahora el trabajo de Vernaza explora el ruido en tierra firme, en las calles, los barrios y las actividades cotidianas.
Su trabajo comenzó a construirse entre 2024 y 2025 con mediciones, modelaciones acústicas y participación comunitaria. El resultado hoy es el primer mapa de ruido de Galápagos y una red de estaciones de monitoreo que permiten registrar cómo cambia, con el paso del tiempo, el entorno sonoro de la isla.
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Del ruido a la ecoacústica
La idea del proyecto surgió de una colaboración entre Jeiser Vernaza y Sebastián Romano, gerente de Southcorp, una compañía ecuatoriana especializada en acústica. Con más de dos décadas de experiencia en mapas de ruido y control acústico, Romano comenzó a explorar qué podía aportar esta disciplina en un territorio donde la conservación suele enfocarse en amenazas visibles como especies invasoras, pérdida de hábitat, contaminación o cambio climático.
“Me di cuenta de que, aunque Galápagos es uno de los lugares más importantes del mundo en términos ambientales, no existía un sistema integral de monitoreo acústico”, explica. “Existían investigaciones puntuales, pero no una visión completa del paisaje sonoro de las zonas habitadas”.

El interés por desarrollar esta herramienta surgió en 2023, en un momento particular para la conservación del archipiélago. Ese año, Ecuador concretó uno de los mayores canjes de deuda por naturaleza del mundo, que permitió reestructurar parte de la deuda externa del país a cambio de compromisos financieros para la protección de los ecosistemas de Galápagos.
El acuerdo creó nuevos mecanismos de financiamiento para la conservación, entre ellos el Galápagos Life Fund (GLF), una organización encargada de administrar recursos destinados a proyectos ambientales en las islas. Sin embargo, la operación también generó cuestionamientos relacionados con la transparencia, la participación de las comunidades locales y la gobernanza de los fondos destinados a proteger el archipiélago.
En medio de ese escenario, el proyecto de ecoacústica desarrollado en Santa Cruz recibió financiamiento del GLF en julio de 2025, con un presupuesto aproximado de acuerdo a Vernaza de 83 750 dólares destinado a la compra de equipos, instalación de estaciones de monitoreo, elaboración del mapa acústico y actividades de educación ambiental.
Pero antes de medir el ruido, el equipo debía construir una línea base: una investigación que permitiera conocer cómo sonaba la isla y entender qué cambios estaban ocurriendo en el territorio.

Escuchar antes de perder el silencio
Una de las investigadoras que lleva años estudiando la región y los procesos de comportamiento y evolución de su avifauna es Sonia Kleindorfer, directora del Konrad Lorenz Research Center for Behavior and Cognition de la Universidad de Viena y fundadora de BirdLab Australia y Floreana Ornithology. Para Kleindorfer, el sonido no es únicamente una herramienta de comunicación entre individuos de una misma especie, sino que también les permite interpretar lo que ocurre a su alrededor. Cuando el ruido humano se superpone con esas señales, parte de esa información puede quedar oculta.
“Por ejemplo, que las aves escuchen el sonido de insectos volando cerca, podría indicarles la presencia de abundantes fuentes de polen o néctar; y las voces humanas o sonidos antropogénicos, la presencia de asentamientos o una alta densidad de población”, señala Kleindorfer.
Las aves también pueden detectar señales dirigidas específicamente a ellas, como los cantos de apareamiento de otros individuos de su especie o las llamadas de alarma que advierten sobre un peligro.
Un estudio en el que participó Kleindofer, publicado en 2025 en la revista científica Animal Behaviour, encontró que el ruido del tráfico puede modificar el comportamiento y las vocalizaciones de la reinita amarilla de Galápagos (Setophaga petechia aureola). El equipo comparó aves de Santa Cruz, donde la circulación vehicular es mayor, y Floreana, una isla con menos tráfico. Observaron que aquellas que vivían cerca de las carreteras aumentaban su agresividad cuando el canto de un posible rival se reproducía junto con sonidos de vehículos.
Las aves también elevaron la frecuencia mínima de sus cantos, esto quiere decir que desplazaron hacia sonidos más agudos la parte más grave de sus vocalizaciones durante la exposición al ruido. Kleindorfer explica que un ave puede modificar temporalmente su vocalización. Por ejemplo, cantar con mayor intensidad mientras pasa un automóvil y reducirla cuando el ruido desaparece. Si esa flexibilidad mejora sus posibilidades de sobrevivir o reproducirse y tiene una base heredable podría generar un cambio evolutivo.
“Pero, por el contrario, los individuos que sufren demasiado estrés o que carecen de la capacidad morfológica o fisiológica para aumentar la amplitud de sus vocalizaciones en un entorno ruidoso podrían ser eliminados por la selección natural”, señala la especialista.
Para Kleindorfer, este tipo de investigaciones apenas comienza a mostrar la complejidad de las interacciones entre los animales y su entorno acústico. La investigadora señala que todavía estamos empezando a comprender cómo el ruido puede afectar procesos que van desde el desarrollo prenatal y la formación de los sistemas sensoriales y neuronales involucrados en el aprendizaje del sonido, hasta las diferencias entre la exposición a ruidos fuertes e intermitentes y a un ruido constante.
“Esto es solo la punta del iceberg en lo que respecta a lo que podemos aprender sobre el sonido y la vida silvestre, especialmente las aves y los pájaros cantores, que aprenden sus cantos de sus padres y se comunican vocalmente durante todo el día”, concluye.
Conocer cómo responden las especies a los cambios en su entorno acústico es una de las razones por las que en Santa Cruz, Vernaza y Romano comenzaron a trabajar en esa primera tarea: identificar dónde se concentra el ruido, qué actividades contribuyen a generarlo y cómo se distribuye en el territorio.
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La primera radiografía sonora de Santa Cruz
El primer acercamiento fue con la Cámara de Turismo de Galápagos (Capturgal), organización que reúne actores del sector turístico como hoteles, embarcaciones y operadores. Posteriormente, el equipo se fue integrando con el Gobierno Autónomo Descentralizado Municipal de Santa Cruz, la Dirección del Parque Nacional Galápagos, el Consejo de Gobierno del Régimen Especial de Galápagos, la Secretaría de Ambiente y actores del sector turístico y educativo de la isla.
Como antecedente a este proyecto, en 2021 el Gobierno Autónomo Descentralizado Municipal de Santa Cruz aprobó la Ordenanza No. 110-CC-GADMSC-2021, una normativa destinada al control de la contaminación ambiental causada por emisiones de ruido provenientes de fuentes fijas y móviles. El documento establece criterios para regular actividades que generan presión sonora dentro del cantón.
Sin embargo, para Vernaza, una de las principales dificultades era que la normativa no estaba acompañada de una línea base acústica que permitiera saber dónde estaban los puntos críticos o si los límites establecidos correspondían a la realidad de una isla con dinámicas particulares.
“Había una ordenanza, pero no existía una herramienta para aplicarla”, explica.
Según Romano, la regulación establecía valores máximos aproximados de 45 decibeles durante la noche y 55 durante el día en áreas exteriores. Sin embargo, una discoteca puede operar normalmente entre 100 y 110 decibeles, mientras que un bar puede alcanzar entre 80 y 100 decibeles.
“Si aplicamos la norma de manera estricta, tendríamos que cerrar casi todos los establecimientos. Pero una ley que no puede aplicarse, termina sin cumplirse”, afirma Romano.
A diferencia de otros proyectos ambientales enfocados exclusivamente en sensibilizar a la comunidad, el equipo decidió trabajar también con las instituciones responsables de tomar decisiones. “Si los funcionarios del municipio o del Parque Nacional no saben qué está pasando, estamos para atrás”, explica Vernaza. “El objetivo era construir una base técnica que pudiera servir para la gestión pública”.

El equipo de Southcorp, liderado técnicamente por la especialista en acústica María Luisa Ariza, inició entonces el proceso integrando la cartografía de las islas de Santa Cruz y Baltra, que incluía las principales zonas urbanas y las rurales. Luego de eso y antes de instalar equipos, buscaron entender cómo percibían los habitantes de Santa Cruz los cambios en el paisaje sonoro de la isla. A través de una consulta comunitaria se realizaron 383 encuestas para identificar las zonas donde las personas consideraban que existían mayores problemas de ruido. A partir de allí iniciaron una campaña de medición acústica en 25 puntos del cantón.
En cada punto se registraron los niveles de presión sonora, 15 minutos durante el día y 15 minutos durante la noche.
“El principal problema siempre son los humanos”, explica Jeiser. “Hay actividades sonoras que parecen pequeñas, tal vez son una o dos, pero son suficientes para que, con constancia, el promedio se altere”.
Los resultados permitieron transformar una percepción ciudadana en una primera caracterización objetiva del paisaje sonoro de Santa Cruz. Los valores más altos se concentraron en sectores con mayor circulación vehicular, actividad comercial e infraestructura urbana: la avenida Padre Julio Herrera registró 72 decibeles, seguida por Bellavista, con 71.6.
La noche mostró otro patrón. Aunque la actividad urbana disminuye, no todos los sectores recuperan el mismo nivel de tranquilidad. Los registros nocturnos estuvieron entre 42.5 y 67.7 decibeles. La Organización Mundial de la Salud recomienda mantener la exposición promedio al ruido del tráfico vial por debajo de 53 decibeles durante el día y por debajo de 45 decibeles durante la noche para reducir riesgos asociados a exposiciones prolongadas.
Los expertos advierten, sin embargo, que estos valores no pueden compararse directamente con los registros de Santa Cruz porque la metodología utilizada es distinta: la campaña en Galápagos midió momentos específicos, mientras que las recomendaciones internacionales se basan en promedios acumulados de largo plazo. No obstante, las referencias permiten mostrar dónde las actividades humanas están modificando el paisaje sonoro y qué zonas requieren mayor atención.
La diferencia entre una medición puntual y una estación permanente está en la posibilidad de observar patrones. Mientras una campaña de medición permite conocer los niveles de ruido en lugares y momentos específicos, los registros continuos permiten identificar cambios durante días, meses o temporadas completas. Por eso, el proyecto instaló cuatro estaciones de monitoreo acústico permanente capaces de registrar variaciones del sonido durante largos periodos y construir un archivo de cómo cambia el territorio.
Pero medir el ruido no era suficiente. El siguiente desafío era lograr que una problemática invisible pudiera ser reconocida por quienes habitan la isla.

Hacer visible lo invisible
Sebastián Pilla, indígena Otavalo y Salasaca, educador y especialista en políticas públicas que desde hace varios años trabaja en procesos de participación comunitaria y educación ambiental en la isla, fue un participante clave. Dentro del proyecto, su papel no estuvo relacionado con las mediciones acústicas, sino con construir los puentes necesarios para que esos datos pudieran llegar a la población.
“Muchas personas reconocen que el ruido es un problema, pero no piensan cómo afecta a otras especies”, explica Pilla.
Para él, uno de los principales retos es ampliar la conversación ambiental hacia aquellas presiones que no tienen una expresión visible. A diferencia de la pérdida de bosque, la contaminación del agua o la presencia de residuos, el ruido desaparece en cuanto deja de producirse, pero sus efectos pueden formar parte de la transformación cotidiana de un ecosistema.
Durante las actividades de educación ambiental, el equipo llevó mediciones acústicas a espacios comunitarios para mostrar algo que normalmente pasa desapercibido. Uno de los ejercicios consistía en utilizar un decibelímetro para que niños y habitantes pudieran experimentar cómo cambia la intensidad del sonido dependiendo de la fuente emisora.
La reacción de la población, cuenta el equipo, era casi siempre la misma: sorpresa.

La campaña trabajó principalmente con jóvenes de Santa Cruz, quienes ayudaron a recoger percepciones de la población en zonas donde la presión sonora era mayor, como sectores cercanos a bares y discotecas, áreas con maquinaria y el entorno del aeropuerto. Los contenidos también circularon mediante redes sociales, el Consejo Consultivo de Jóvenes de Santa Cruz y espacios comunitarios como las casas abiertas ambientales, donde distintas instituciones presentan proyectos relacionados con el territorio.
Akemi Quimbiamba, de 18 años, una de las participantes de las actividades educativas del proyecto recuerda que antes de conocer sobre ecoacústica no consideraba el ruido como un problema ambiental.
“Antes de participar, la verdad no veía el tema del ruido como algo realmente peligroso. Pensaba que simplemente eran sonidos y que no tenían mayor impacto”, cuenta.
La experiencia cambió su forma de entender el entorno.
“Después de conocer más sobre la ecoacústica entendí que los sonidos son fundamentales para muchas especies”, comenta. “Me gustaría que más personas supieran que Galápagos es un lugar único en el mundo y que protegerlo también implica cuidar aspectos que muchas veces pasan desapercibidos, como el paisaje sonoro”.
Aunque el proyecto comenzó analizando principalmente fuentes humanas de ruido, sus responsables creen que las mismas herramientas pueden abrir una nueva etapa para estudiar la biodiversidad de Galápagos. La ecoacústica utiliza los sonidos del ambiente como una forma de observar procesos ecológicos. En lugar de depender únicamente de observaciones visuales, los investigadores pueden analizar cómo cambia un ecosistema a partir de sus señales acústicas.
Para Sebastián Romano, las estaciones instaladas en Santa Cruz podrían incorporar herramientas de inteligencia artificial que permitan identificar patrones sonoros específicos y analizar grandes volúmenes de información generada por los equipos de monitoreo.
“Es una oportunidad para demostrar cómo una comunidad pequeña puede generar un modelo de gestión que después pueda aplicarse en otros lugares”, señala Romano. “El desafío no es solamente reducir unos cuantos decibeles. Es decidir qué tipo de relación quiere construir una sociedad con el lugar que habita”.
*Imagen principal: registro de sonido en la Isla de Baltra, Galápagos, Ecuador. Foto: cortesía Oficina Acústica de Galápagos