- El descubrimiento hecho hace una década de que el tiburón nodriza del Pacífico y del Caribe son especies diferentes abrió preguntas sobre un animal todavía poco estudiado.
- Bahía Santa Elena, en el Pacífico norte de Costa Rica, funciona como un laboratorio natural para estudiar la respuesta de los tiburones nodriza del Pacífico a condiciones extremas.
- Provistos de tecnología innovadora, los científicos han descubierto que esta especie puede desplazarse mucho más de lo que se creía.
- También comprobaron que son altamente sociales: han visto agrupaciones de hasta 40 y 50 animales en las áreas más cercanas a los manglares.
Hasta hace unos 10 años, se consideraba que los tiburones nodriza del Pacífico Tropical Oriental (Ginglymostoma unami) y del Caribe (Ginglymostoma cirratum) pertenecían a una misma especie. En 2015, investigadores latinoamericanos cambiaron la historia tras identificar diferencias taxonómicas y genéticas que posibilitaron reconocerlas como especies distintas. A diferencia del tiburón del Caribe —de cuerpo más largo y habituado a aguas cálidas— el del Pacífico posee un tronco más corto y robusto, dientes planos, y una mayor tolerancia al frío.
Desde el descubrimiento, investigar a los tiburones nodriza del Pacífico ha cobrado especial relevancia porque buena parte del conocimiento sobre estos tiburones, también llamados gata, provenía de la especie del Caribe, siendo Bahamas y Florida los principales lugares de estudio, explica Mario Espinoza, docente e investigador del Centro de Investigación en Ciencias del Mar y Limnología (CIMAR) de la Universidad de Costa Rica (UCR).
Entre los curiosos del tiburón gata del Pacífico está justamente Espinoza, que viaja frecuentemente seis horas por carretera desde San José, la capital de Costa Rica, hasta la Bahía Santa Elena, en la frontera con Nicaragua, en busca de estos desconocidos animales.
Para estudiarlos, Espinoza y el equipo investigador del CIMAR-UCR han echado mano de innovadoras herramientas tecnológicas: sensores submarinos para registrar sus desplazamientos, cámaras portátiles que registran el mundo desde la perspectiva de los tiburones y drones con un sistema de inteligencia artificial (IA) capaces de obtener datos biométricos, como la longitud de los animales y la frecuencia con que mueven la cola.
Cada herramienta les permite agilizar las respuestas a sus preguntas: ¿Dónde se mueven? ¿Qué hábitats utilizan? ¿Qué hacen cuando nadie los observa?

Los científicos saben que la bahía, que forma parte del Parque Nacional Santa Rosa, del Área de Conservación Guanacaste (ACG), es un sitio importante de residencia y agregación para la especie, especialmente para las hembras. Pero todavía investigan qué explica esa fidelidad, si está relacionada con la alimentación, la reproducción, el refugio u otras condiciones del hábitat.
Eso sí, los hallazgos con la tecnología ya están cambiando lo que creían sobre estos animales: ahora cuestionan la idea de que el tiburón nodriza del Pacífico es un animal perezoso y sedentario. También han registrado que son altamente sociales porque se agrupan hasta 40 o 50 individuos en los manglares de la zona.
Llenar esos vacíos de información es especialmente relevante porque la especie está En Peligro de extinción, según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

El smartwatch de los tiburones
La jornada comienza con el lanzamiento de una línea de fondo de 19 anzuelos cerca de un manglar, donde los investigadores han registrado que los tiburones suelen agruparse. Trajeron todo el equipo desde la UCR, en San José, y compraron la carnada a pescadores locales.
Aunque esperaban capturar al menos dos tiburones, después de una hora ya tenían tres hembras y un macho.
Con cada uno el protocolo es el mismo: junto a la embarcación, sin extraerlos del océano, les hacen una pequeña incisión para insertarles un chip —o verifican si ya tienen uno y se trata entonces de una recaptura—, los miden y les toman muestras de sangre.
Una recaptura, explica la estudiante española Chiara Del Pinto, miembro del equipo expedicionario, les permite saber si ya habían trabajado con ese tiburón y comparar datos, como cuánto ha crecido desde la última vez que lo vieron. En las hembras, también pueden observar cambios en su condición corporal que, junto con los análisis de sangre, ayudan a determinar si están preñadas.
También les colocan la pieza tecnológica más novedosa del proyecto: una pequeña cámara de monitoreo móvil.
La herramienta fue desarrollada por estudiantes de ingeniería de la Universidad de Stanford y esta es la primera vez que el equipo de la UCR lo coloca por su cuenta, sin los ingenieros que participaron en su desarrollo.
Las cámaras no solo graban videos, sino que también tienen sensores que les permiten registrar con precisión milimétrica la temperatura del agua, la profundidad a la que nadan y la velocidad.
“Nos puede decir si el tiburón está estático en el fondo o si se está moviendo y qué tan rápido se está moviendo. También nos permiten entender la asociación entre el tiburón y el ambiente, el tipo de hábitats que está utilizando y, sobre todo, cómo está interaccionando con otras especies”, detalla Espinoza.

Desde su primer diseño de septiembre de 2025, la cámara se ha perfeccionado. Antes requería taladrar la aleta dorsal y ahora funciona con un pequeño arnés pectoral que evita perforar al animal. Además, su costo de confección es entre ocho y diez veces menor que otros artefactos comerciales similares.
“Yo les sugerí trabajar en un diseño más pequeño, en una forma de anclaje menos invasiva, y así llegamos al diseño que vamos a utilizar hoy”, describe el investigador.
Para manipular a los tiburones, los colocan panza arriba. Eso les permite entrar en un estado llamado inmovilidad tónica, similar a una parálisis temporal.
«Es como una especie de parálisis y en muchas investigaciones se utiliza como anestésico natural», explica Del Pinto, quien analiza muestras de sangre como parte de su investigación de maestría para estudiar los ciclos hormonales y determinar si los tiburones utilizan la bahía para reproducirse.
Las cámaras acompañan a los tiburones durante una o dos horas y registran sus movimientos, las interacciones con otros animales y los hábitats que recorren. Después se desprenden automáticamente y flotan en la superficie, donde el transmisor permite al equipo localizarlas con una antena de radio.
«La idea de este proyecto con cámaras es tener a los tiburones como plataformas móviles de monitoreo. Van a ser nuestros ojos debajo del agua», explica Espinoza.

Desarmando el mito del tiburón perezoso
Después de completar el protocolo con los cuatro tiburones y mientras esperan recuperar las cámaras, Mario Espinoza se lanza a bucear en varios puntos del mar para recolectar receptores, aparatos que detectan por transmisión acústica el movimiento de 41 tiburones que tienen marcados.
Al regresar al hotel, los investigadores descargarán los datos que los receptores han acumulado durante los últimos tres meses en una computadora y, a la mañana siguiente, volverán a instalarlos en los mismos sitios, esta vez con las memorias limpias.
Un primer análisis de los datos recolectados entre 2018 y 2022 les permitió concluir que el tiburón nodriza del Pacífico permanece más del 40 % del tiempo dentro de la bahía. Además, las hembras suelen permanecer por mucho más tiempo que los machos.
“A raíz de este estudio [el de los receptores] empezamos a entender que algunos individuos realmente son muy residentes, permanecen casi que todo el tiempo en Bahía Santa Elena. Otros son más bien dispersos: salen y entran de la bahía, o salen y no vuelven en años y luego regresan”, explica Espinoza.
Para el experto, ese es justamente uno de los principales hallazgos tras estudiarlos por una década: antes de contar con esos datos, los investigadores tenían una imagen mucho más estática del tiburón nodriza. “No sabíamos qué tanto se movía, qué tanta distancia podían recorrer”, explica.
Los transmisores acústicos terminaron de cambiar esa imagen. Detectaron que al menos uno de los tiburones marcados en Bahía Santa Elena se movilizó más de 400 kilómetros, ida y vuelta, en dirección sur.
“Realmente eso nos evidenció que son animales muy móviles, animales que pueden conectar diferentes ambientes”, comenta Espinoza.

Estudiar el cambio climático en un laboratorio natural
Cuánto se mueven no es la única pregunta. Las condiciones particulares de Bahía Santa Elena también permiten estudiar cómo responden estos animales a cambios extremos en el océano.
Al estar dentro de un área protegida, la bahía ofrece a los científicos la oportunidad de estudiar el comportamiento de estos tiburones bajo condiciones menos alteradas. Además, “Costa Rica no es un país con pesca dirigida a la especie, entonces podemos ver naturalmente qué pasa con ella cuando no tiene tantas amenazas, pero donde el ambiente los puede impactar”, explica Espinoza.
Por ejemplo, en este lugar ocurre un fenómeno estacional llamado afloramiento costero, en el que los vientos alisios, entre diciembre y mayo, hacen que el agua superficial del océano se intercambie por agua profunda, mucho más fría, cargada de nutrientes y con menor concentración de oxígeno. Eso lo hace un área perfecta de estudio, un “laboratorio natural”, describe el científico.
“El afloramiento costero produce un sistema muy productivo, con mucho alimento en una época, pero también trae cambios de temperatura muy abruptos. Por ejemplo, si yo me meto al agua en julio, la temperatura está entre 28 y 29 °C. Durante el afloramiento, hemos registrado temperaturas de hasta 14 °C”, detalla.
Para los investigadores, estos cambios extremos de temperatura ofrecen una oportunidad para estudiar cómo las especies se adaptan y se movilizan ante condiciones ambientales cambiantes.
Ese conocimiento podría ayudar a entender cómo responderán al cambio climático y qué pueden hacer para contribuir a su conservación.
La familia que también hace ciencia
El equipo investigador de la UCR realiza giras de campo cada tres o cuatro meses en Bahía Santa Elena. Entre una visita y otra, cuenta con aliados permanentes en la comunidad: los hermanos Minor y Steven Lara, los capitanes de la embarcación.
Los dos vecinos de Cuajiniquil –la comunidad cercana a Bahía Santa Elena– han convertido el negocio familiar de turismo de aventura en un apoyo permanente para la investigación de tiburones, rayas, corales y algas.
La relación es de beneficio mutuo. Mientras que los científicos aportan métodos y preguntas rigurosas, los Lara añaden la lectura diaria de un ecosistema que conocen como el patio de su casa.

Esta presencia constante ya ha dado frutos. Hace poco, los hermanos registraron un ejemplar de tiburón limón de gran tamaño (Negaprion brevirostris). El hallazgo apunta a que la bahía podría funcionar como un sitio de crianza para otras especies amenazadas, entre ellas el tiburón punta negra (Carcharhinus limbatus), el tiburón limón y el tiburón toro (Carcharhinus leucas).
Además, el conocimiento no se queda atrapado en una bitácora de investigación. Los Lara han diseñado un modelo de turismo ecológico donde cada turista que hace snorkel o buceo también recibe información científica del ecosistema.
«Toda esa información al final nosotros la transmitimos tanto a la gente de la comunidad como a los turistas. Es un tour ecológico para conocer más del ambiente marino», detalla Steven Lara.
Al explicarles qué buscan los científicos y por qué, los visitantes aprenden a observar el fondo marino de otra manera y, a menudo, terminan reportando avistamientos inusuales o comportamientos extraños directamente a los investigadores.
Así, entre científicos, cámaras, sensores y vecinos que conocen la bahía como su propia casa, se multiplican los ojos sobre unos tiburones cuya vida bajo el agua apenas empieza a revelarse.
*Imagen principal: el investigador Mario Espinoza sostiene una tiburón nodriza mientras la estudiante de maestría Chiara Del Pinto coloca en su cuerpo un arnés con una cámara móvil que registrará durante al menos una hora los movimientos del animal. Foto: César Arroyo Castro