- Jóvenes de diferentes nacionalidades indígenas de la Amazonía ecuatoriana apelan a la música para denunciar los impactos de las actividades extractivas en sus territorios.
- Cada tema es interpretado en la lengua originaria de su autor y algunos tienen subtítulos y pasajes en español para tender un puente hacia oyentes de otras culturas.
- Mongabay Latam presenta las historias de cuatro raperos indígenas: Willan Gualinga (Taki Supay) de la nacionalidad kichwa de Sarayaku; Misael Elías Criollo Grefa (Misa17), a'i cofán; Raúl Vargas (Robenban), kichwa de Pastaza, y Tzitzanu, sapara.
- Con su música están llegando a escenarios nacionales e internacionales: el tema “Ingi Tsampi”, de Misa17, suma más de 400 000 visualizaciones en TikTok a un mes de su lanzamiento.
La primera vez que Willan Gualinga se subió a un escenario fue en su comunidad, Sarayaku, en la Amazonía ecuatoriana. Recuerda que le sudaban las manos, le temblaba el cuerpo y su boca no podía pronunciar todas las palabras que se amontonaban en su mente. Tres años después de su debut, se presentó con la misma canción en el Festival Rizoma 2026, en la ciudad amazónica de Puyo, donde ya no eran decenas, sino miles de espectadores los que coreaban sus letras en idioma kichwa.
Esta vez su cuerpo se movía al ritmo y, sobre todo, con la fuerza necesaria para acompañar el mensaje que estaba transmitiendo: “Allpamanda kawsay manda jatarishun” o “levantémonos por la tierra y por la vida”, en español. Este es el nombre de su primer tema y la frase que repetía a todo pulmón durante su presentación. La canción se enfoca en los relatos de los abuelos sobre los orígenes de Sarayaku y, al igual que sus otras composiciones, pone el foco en las amenazas a su pueblo.
“A través de la música podemos transmitir los conocimientos de nuestros antepasados y, sobre todo, defender el territorio”, dice este joven de 23 años, conocido artísticamente como Taki Supay. Como él, una nueva generación de artistas amazónicos están usando el rap como una herramienta para visibilizar las amenazas que afectan a los diferentes pueblos y nacionalidades indígenas de la Amazonía ecuatoriana y, sobre todo, para demostrar por qué es necesario proteger la selva.
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“El rap es hablar de lo que sientes, de lo que está pasando y de nuestra lucha”, agrega Misael Elías Criollo Grefa, más conocido como Misa17. Él es el primer rapero de la nacionalidad a’i cofán de Ecuador y su tema “Ingi Tsampi” ya suma más de 9000 visualizaciones en YouTube y más de 400 000 en TikTok a un mes de su lanzamiento.
En el sur de la Amazonía, las letras del grupo Zona Verde, compuesto por Raúl Vargas (Robenban) y Alejandro Moya (Naruman), impulsan las demandas de sus comunidades kichwa y shuar de Pastaza por el acceso a agua limpia. En la misma provincia, pero en el territorio sapara, Tzitzanu rapea en contra de la industria petrolera y a favor de mantener viva su cultura.

Todas estas canciones transmiten su amor por los ríos, la selva, los animales y todo lo que les rodea. Pero, sobre todo, están basadas en las experiencias que vivieron los cantantes desde que eran niños, cuando empezaron a acompañar a sus padres y abuelos en la defensa de su hogar, en su oposición a diversas actividades extractivas que dejaron sus impactos ambientales en el territorio.
Cada uno canta en su lengua, lo que para ellos representa otra forma de resistencia, de mantenerse fieles a su identidad y de llevar sus saberes a otras partes del planeta. Aunque el rap de los cinco ya ha trascendido fronteras, el camino no ha sido fácil. La ausencia de estudios de grabación en la Amazonía y los altos costos de producir los videos son algunos de sus obstáculos.
A eso se suman los riesgos de exponerse públicamente a los impactos que generan las actividades económicas que quieren instalarse en sus territorios y que, según dicen, los convierte en blanco fácil de agresiones o represalias. Sin embargo, estos jóvenes confían en que esta nueva forma de resistencia, a través del arte y sus rimas, en lugar de traer más enfrentamientos, será motor del cambio que llevará el mensaje a un público más amplio, despertará conciencias y motivará a otros jóvenes a involucrarse en la defensa de la Amazonía.
Rapear para sobrevivir
A Carla Vera, docente universitaria y periodista musical, no le sorprende que el rap haya ganado popularidad en estos territorios. “Es un género que se acopla a la potencia de los discursos y de la resistencia indígena. Va en contra de la opresión, promueve la liberación, es directo y genera ese sentimiento de empoderamiento en quienes lo hacen y en quienes lo escuchamos”, dice.
Para entender el contenido de sus canciones hay que remontarse a sus orígenes. El rap surgió en el Bronx, uno de los distritos marginales de Nueva York, en la década de los 70. Las rimas cargadas de mensajes de protesta contra la situación del país, en un contexto de racismo, precarización laboral y maltrato policial, irrumpieron en la escena musical.
En la actualidad, este género mantiene esa esencia y la connotación política de sus mensajes. Para Vera, también es entendible que el rap esté ganando más popularidad en este momento, ya que responde a las amenazas crecientes que enfrenta la Amazonía.
Según datos de MapBiomas, recopilados por la Fundación Ecociencia y entregados a Mongabay Latam, el 71 % de la minería en Ecuador se encuentra en la región amazónica. De esta, casi la mitad (44.5 %) está en territorios indígenas. Por otro lado, las concesiones petroleras están en el 63 % de los territorios de pueblos y nacionalidades amazónicas.
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“No quiero ver nuestros ríos contaminados, no quiero ver nuestra selva acabada, no quiero enfermedades por la culpa del petróleo, no quiero ver más muerte en mi territorio”, rapea Misa17 en su canción “Ingi Tsampi”, que significa “nuestra selva” en su lengua A’ingae. Con una camisa que conserva la forma y los rasgos de su vestimenta tradicional (Cushma), pero más holgada, para darle un toque más urbano, y con el número 17 atrás, Misa lanza una frase tras otra sin detenerse a respirar.
Este joven de 19 años nació en Dureno, una comunidad a’i cofán ubicada en Sucumbíos, en el norte de la Amazonía, que se ha opuesto al ingreso de las empresas petroleras Texaco y la estatal Petroecuador.
Uno de los rostros más visibles en esa resistencia fue su tío, Eduardo Mendúa, quien fue asesinado en febrero de 2023. “Eduardo vive y la lucha sigue, fuerza, fuerza en honor a nuestro líder”, recita Misa17, mientras detrás de él, en el video musical, aparece una imagen del difunto defensor.
Desde que empezó a escribir sus canciones, hace dos años, ha encontrado un refugio en el rap. Al reconocerse como una persona más reservada, la música se ha convertido en el canal perfecto para expresarse. Aunque al inicio sus padres no lo apoyaban en este camino, al ver su esfuerzo y sus resultados, ahora son sus principales seguidores.
Gracias a su videoclip, el mensaje de este rapero ha llegado a otros países. “El mundo se va a dar cuenta de todos los problemas que pasamos en mi comunidad y algún día llegará más ayuda”, dice con una sonrisa, confiado de que sus deseos se convertirán en realidad.
Robenban también espera que, a través de sus canciones, se pueda difundir la importancia de proteger la selva, especialmente la cuenca del río Puyo, que es el que pasa por su hogar, la comuna San Jacinto, en Pastaza. Actualmente, las comunidades de esta zona están impulsando una acción de protección para exigir la descontaminación de este cuerpo de agua, afectado sobre todo por las descargas de aguas residuales.

Junto con Naruman, Robenban está escribiendo una canción sobre esta problemática y espera publicarla en los próximos meses. Su idea es narrar los impactos en la salud de las comunidades y en el turismo, que es su principal fuente de ingresos. En sus otras canciones, Robenban ya abordaba temáticas similares. “Se escucha el llanto de los peces mientras los ríos se secan”, rapea en su tema “Decepcionado y triste”, que es una crítica a los gobiernos por destruir la selva y “crear guerras”.
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El contenido romántico era el que más le llamaba la atención cuando inició su carrera, pero al ver los procesos de resistencia de sus mayores, decidió enfocarse en “promover la protesta consciente para defender la selva a través de la música”. Al escuchar a unos amigos improvisar canciones, conoció lo que era el rap. Así, empezó a imitarlos, sin imaginarse que, una década después, tendría seis temas propios en YouTube.
Su afición se convirtió en una profesión hace seis años, cuando conoció a Naruman, de nacionalidad shuar, y formaron Zona Verde, un nombre que hace alusión a su hogar. El grupo ya se ha presentado en diversos escenarios de la Amazonía y en ciudades de la costa ecuatoriana como Guayaquil. Además, cuentan que tienen seguidores en países como Colombia y Estados Unidos, que les envían mensajes y están pendientes de lo que pasa en sus territorios. “Queremos que los niños y la gente adulta llegue a entender que vivimos gracias a la tierra, a las aguas, a los árboles y no debemos destruirlos más”, explica este rapero kichwa de 28 años.
Una lengua universal
Al tener un integrante shuar y otro kichwa, las canciones de Zona Verde tienen frases en ambas lenguas y en español. En el caso de Gualinga (Taki Supay), sus letras son exclusivamente en kichwa y en el de Misa17, sus rimas son en a’ingae, con subtítulos y algunos fragmentos también en español. “Este ritmo me gustó apenas lo escuché, pero quería hacerlo en mi idioma”, asegura este rapero a’i cofán, cuya lengua está en peligro de desaparecer. Él está convencido de que esta es una forma de incentivar a los más jóvenes a seguir practicándola.

A Tzitzanu le ocurre algo similar, ya que el sapara también está en riesgo de extinguirse. Las manifestaciones culturales de esta nacionalidad, que vive en la frontera entre Ecuador y Perú, fueron proclamadas en 2001 como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad por la Unesco.
Su lengua fue reconocida como un repositorio de saberes y “memoria viva de toda la región”. Cuando integraron la lista de la Unesco, sólo cinco personas, de más de 70 años, hablaban el sapara a la perfección. Ahora, solo queda una abuela.
Tzitzanu es parte de la nueva generación de jóvenes sapara que están aprendiendo su lengua con el fin de evitar que desaparezca. Cuando era un niño, acompañaba a su padre, que es maestro de la lengua sapara, a las distintas comunidades de esta nacionalidad para entregar libros, diccionarios, rompecabezas y juegos para motivar a las personas de este territorio a que retomen este elemento trascendental de su cultura. Ahora, se esfuerza por mantener su lengua viva a través del rap.
Sin embargo, para este joven, de padre sapara y madre achuar, es importante rapear en varias lenguas para que el mensaje llegue a más personas. “Hablar en nuestro idioma es interesante, pero nosotros tenemos claro lo que pasa y lo que necesitamos es dar a conocer nuestra visión al mundo de afuera”, explica.
Tzitzanu, que significa “el primer hombre que llegó a la tierra a enseñar la ciencia y el arte”, honra su nombre desde 2015, cuando un primo le enseñó lo que era el rap y desde ese momento decidió que esa sería su arma para defender sus derechos y los de su hogar, que forma parte de la Comunidad Ecológica Cultural Yakuruna, un proyecto de turismo vivencial ubicado en la Amazonía de Ecuador, en la provincia de Pastaza.

“Me gusta porque puedes expresar muchas cosas en poco tiempo”, cuenta el cantante de 28 años. La oposición a los impactos del petróleo en su territorio también es uno de los temas protagonistas en sus canciones. “Somos una revelación, evolución, revolución en contra de su traición, explotación y destrucción”, se escucha en “Enraizate” o “Aiteka kaja pawetsa kaje” en sapara.
Contagiar las rimas
Tzitzanu también busca que otras personas de su comunidad ingresen al mundo del rap. Por eso, les comparte canciones de otros raperos y les explica el impacto que pueden tener estas letras.
Por su parte, Gualinga dice que “hay que dar un mensaje más claro, que muestre cómo todo está cambiando y cómo podemos perder nuestro conocimiento”. Este joven kichwa conoce de cerca lo que es la oposición al establecimiento de las actividades extractivas en territorio indígena. Su comunidad, Sarayaku, ha sido reconocida internacionalmente por resistirse al ingreso de una empresa petrolera, que intentó instalarse sin consultar a su pueblo.
El caso llegó a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que en 2012 emitió una sentencia en la que se reconocieron violaciones a los derechos colectivos de este pueblo.Ya han pasado más de 14 años y aún no se ha cumplido con algunos puntos de la sentencia, como el retiro de los explosivos que la empresa instaló en 25 000 hectáreas del territorio de la comunidad.
Gualinga tenía nueve años cuando se emitió la sentencia y ese fue uno de los eventos que le marcó, ya que le ha impulsado a buscar más formas de dar a conocer lo que está pasando en su tierra.
“Mi sueño es tener un estudio en Sarayaku donde los jóvenes puedan venir a hacer música y grabar lo que realmente les apasiona”, cuenta este rapero que conoce de cerca las dificultades de producir estos materiales en la Amazonía.
Tanto Gualinga como Tzitzanu, Robenban y Misa17 cuentan que el proceso para publicar un video o grabar sus canciones es costoso, necesitan equipos que no son comunes en la zona y tienen que viajar a ciudades como Puyo o Lago Agrio, ya que solo ahí están los estudios.

Esto se ha convertido en un obstáculo para que estos artistas publiquen sus canciones. Misa17, por ejemplo, ha escrito 12 temas, pero ha logrado sacar un video. El objetivo de todos es buscar formas de instalar más estudios cercanos a las comunidades para motivar a los niños a seguir este camino. “Vamos a crear una comunidad de raperos para seguir resistiendo”, dice orgulloso el cantante a’i cofán.
Su anhelo es que los niños de las comunidades ya no necesiten de ídolos externos, como fueron para ellos Canserbero o Santa Fe Klan. Con cada verso en kichwa, a’ingae, shuar o sapara, esta generación está construyendo sus propios referentes y demostrando que la selva también se defiende con música. El mayor desafío ahora, dice Gualinga, es perder el miedo, no solo a presentarse en los escenarios, sino a recitar con fuerza su mensaje.
*Imagen principal: Willan Gualinga, conocido como Taki Supay en el mundo artístico, se dedica al rap desde hace tres años para difundir los conocimientos ancestrales de su pueblo, al igual que las amenazas que los acechan. Foto: cortesía Willan Gualinga