- La Mancomunidad Las Meliponas, en el cantón Puyango, provincia de Loja, ha desarrollado un sistema de conservación del bosque a partir de la producción sostenible de miel de abejas sin aguijón.
- Para producir miel, cada hacendado se compromete a destinar al menos una hectárea de sus fincas para reforestar, eliminar los monocultivos, abandonar el uso de agroquímicos y conservar los remanentes de bosque.
- En apenas cuatro años se han firmado 64 acuerdos de conservación, que representan unas 285 hectáreas, y se han restaurado otras 63 que habían sido taladas y convertidas en pastizales.
- Los meliponicultores lograron la declaratoria de un área municipal de conservación de cerca de 29 000 hectáreas y el siguiente paso es llevar su modelo de trabajo a otras zonas ecuatorianas que tienen abejas nativas, especialmente en la Amazonía, parte de la Costa y el sur del país.
Apenas se abre la tapa del nido, se materializa una estructura irregular de colores ocres, llena de ondas y formas montañosas con cráteres, como diminutos volcanes. Nada que ver con la imagen simétrica de un panal de celdas hexagonales.
Las abejas también son diferentes: oscuras, tonos uniformes, sin esa cola vistosa de franjas amarillas y negras a la que estamos acostumbrados. Pululan velozmente. Un detalle importante: no tienen aguijón (o lo tienen atrofiado). No son de aquellas que pican y mueren.
Se trata de abejas nativas americanas, distintas a las otras, las introducidas (Apis mellifera), las del aguijón. Mercedes Montalván las mira con ternura, con sonrisa leve. Explica que esos pequeños cráteres se llaman potes o botijas y ahí fabrican la miel. Que las flores de los frutales cítricos son sus favoritas, que la especie que se conoce como catana es la más fuerte, produce más miel.
“Sin abejas no hubiera vida —dice Montalván—. Nosotros hemos asumido esto desde la conservación, hay que seguir cuidándolas”.

Su finca está en un poblado llamado El Arenal, en el cantón Puyango, de la provincia ecuatoriana de Loja, cerca de la frontera con Perú. Una parroquia que, en 2015, junto a Ciano y Vicentino conformaron la Mancomunidad Las Meliponas e iniciaron una cruzada para proteger a las abejas sin aguijón (tribu Meliponini) y al bosque seco que rodea el sector. Este ha sido históricamente afectado por la ganadería, las quemas agrícolas, el uso de agroquímicos y el monocultivo de maíz.
Entre las tres comunidades albergan a unos 2800 habitantes, en 30 barrios y una superficie de 166 kilómetros cuadrados. Como parte de esta cruzada, lograron la declaratoria del Área de Conservación Municipal y Uso Sostenible (Acmus) de Puyango, con cerca de 29 000 hectáreas.
Hasta el momento, han firmado 64 acuerdos de conservación con finqueros, gracias a los cuales ellos se comprometen a mantener y regenerar el bosque, abandonar el uso de agroquímicos y parar la quema agrícola, a cambio de recibir apoyo de autoridades y organizaciones ecologistas para producir y vender la miel que producen estas abejas.
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En 11 años, 285 hectáreas han entrado bajo estos acuerdos y se han restaurado otras 63, que habían sido taladas y convertidas en pastizales. En su lugar, se han sembrado sistemas agroecológicos, basados en plantaciones de café (cuyo néctar es apetecido por las abejas), especies nativas y árboles frutales.
La finca de Mercedes Montalván y su esposo, Ulbio Aguilar, llamada Rancho Hijanonga (en honor a un árbol de la zona), fue la primera en firmar un acuerdo, en 2022. Ya no tienen maíz y lo han cambiado por estos sistemas agroforestales, que incluyen lo que llaman plantas melícolas: aquellas que aportan néctar y polen para estas abejas. Allí donde hasta hace cuatro años había pastos y monocultivo, hoy se vuelve a ver bosque.
“Este es un producto totalmente natural —dice Montalván, sentada frente a una mesa en el patio de su casa—. Para poder mantener las abejas no se pueden hacer fumigaciones. El compromiso debe ser así: la conservación y la concienciación para que estos productos químicos se vayan eliminando”.

Las casas de las meliponas
Ahora el Rancho Hijanonga basa su economía en dos productos principales: el café y la miel. Han logrado construir 160 nidos: unas cajas de una madera especial (que no tenga mucho olor), que parecen pequeños edificios, fabricadas con una técnica brasileña conocida como ‘Inpa’, que facilita la extracción de la miel, la protección de las abejas y su reproducción.
Hasta el momento, desde México hasta Argentina, se han identificado más de 400 especies de abejas sin aguijón. En Ecuador hay cerca de 200, aunque los expertos aseguran que, mientras se siga estudiando estos insectos, aparecerán más. Están distribuidas en el sur del país (especialmente en las provincias de Loja, El Oro y Zamora Chinchipe), aunque también hay algunas especies en la Amazonía y el Chocó Andino.
Sólo en la Mancomunidad Las Meliponas se han descrito 32 especies, de las cuales, 14 son usadas para la producción de miel, técnica conocida como meliponicultura.
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La finca de Mercedes Montalván se ha convertido en un museo. En el amplio patio de su casa tiene muestras de estas cajas por todos lados: en el garaje, junto a los árboles, en los caminos. Cada una lleva un letrero con el nombre común de la especie y su denominación científica: canananbo (Melipona indecisa), pitón cacho abajo (Nannotrigona sp.), catana cuchara larga (Scaptotrigona sp.), pitón cacho arriba (Nannotrigona sp.), limoncillo (Lestremelita limao), pulao (Cephalotrigona sp.), catana mocha (Scaptotrigona erwiniana), pirunga (Paratrigona sp.).
“Mi esposo empezó con catanas, la que más se da aquí —dice Montalván—. Luego ha venido trayendo algunas de la Costa y la Amazonía”.
Las abejas son consentidas: les han construido, además, dos cuartos (de unos 20 metros cuadrados cada uno), exclusivamente para ellas. Puro lujo: en las paredes están incrustadas estas pequeñas cajas, en bloques, como si fuera un conjunto habitacional miniatura. De cada caja sobresale una corneta por la que las abejas entran y salen cuando quieren, con libertad de ir al bosque en busca de alimento y volver.

De la zona en la que viven y de las plantas donde hacen su trabajo de polinización dependerá el sabor, la textura y la consistencia de su miel.
Junto al garaje, Montalván muestra un cuartito lleno de pequeñas botellas con mieles de distintas tonalidades. Unas dulces, otras algo cítricas y algunas llegan a la acidez. Son más líquidas que las de las abejas africanas (Apis mellifera scutellata) porque tienen mayor componente de agua.
Vestida con pantalón deportivo, camiseta y gorra roja, Mercedes Montalván muestra todos los frascos y ofrece una degustación. Conoce las diferencias de memoria: “Aquí -muestra dos frascos juntos-, tenemos miel de la misma especie, pero de otra zona. Y hay una diferencia”.
La miel se cosecha una vez al año, entre finales de noviembre e inicios de diciembre. De cada una de las 160 cajas-nido pueden llegar a salir desde un gotero hasta cinco litros, dependiendo de la especie. Se venden botellas de 250 mililitros a ocho dólares cada una y de 350 mililitros a diez dólares.
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¿Cómo empezó todo?
Vista desde arriba, la zona de la Mancomunidad Las Meliponas es una sucesión de montañas con porciones deforestadas y otras con lo que ha sobrado del bosque seco, lo que los técnicos llaman remanentes.
En medio de todo, las abejas nunca se fueron. “Mi papá contaba que mi abuelo tenía un [nido de] cananambo, o sea la melipona, que le producía 10 litros de miel”, dice Milton Guaicha, gerente técnico de la Mancomunidad, detrás de su escritorio en el Centro Integral de Abejas Nativas (CIAN), un edificio de caña guadua y ladrillo, en la población de Ciano.
“Un compañero en Vicentino, de 85 años, es el meliponicultor más longevo y tiene un nido de 60 años. Siempre han estado, aunque desapercibidas”, agrega.
Según explica, además de la deforestación y el monocultivo, las abejas son amenazadas por agroquímicos, la introducción de especies vegetales no nativas, la abeja africana y el mal manejo humano para la extracción de miel. Cuando se formó la Mancomunidad, la más amenazada era la Melipona indecisa y por eso eligieron su nombre como símbolo.
“Las meliponas tienen poca población, 2300 o 3000 individuos por nido [otras especies pueden llegar a 7000] —explica Guaicha—. Tampoco pueden hacer muchos panales de cría. Las otras especies hacen hasta 16, estas llegan máximo a 10. La gente les manipulaba y comenzaron a morir. Era la principal amenaza, así que nos agrupamos para buscar alternativas”.

Conformada la Mancomunidad, también crearon la Asociación de Producción Alimenticia de Meliponicultores Melipuyango (Asopromelpuy) y sacaron su marca: Melipuyango.
Entonces, buscaron apoyos. A las juntas parroquiales se fueron sumando: la Municipalidad de Puyango (con la Acmus), asociaciones, grupos organizados y ONG ecologistas.
La principal aliada ha sido Naturaleza y Cultura Internacional (NCI), que ha intervenido a través de la cooperación belga, con la ONG Bos+. Bruno Paladines, coordinador de la NCI, trabaja en la conservación del bosque seco hace 25 años y recuerda que ya entonces, en comunidades como Zapotillo (en el sur de Loja), veía nidos de meliponas.
“Han formado parte de la cultura de los campesinos, han estado en sus casas, en su alimentación —dice—. Ellos entienden que están en los cafetales, las huertas, las chacras. A mí me llamó la atención que forman parte de su vida, más allá de la lógica de mercado”.
Cuando representantes de la Mancomunidad le hablaron del proyecto no sólo se sumó, sino que es el autor del eslogan que hasta ahora acompaña esta propuesta de conservación: ‘Miel por bosque’. “Esta frase da voz a las abejas, está pensada desde su perspectiva —explica—: yo te doy miel, pero tú me das bosque”.
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Fue entonces cuando los campesinos y NCI elaboraron un plan de comanejo y llegó un nuevo actor: la academia. La Universidad Técnica Particular de Loja (UTPL) censó en 2022 a los meliponicultores y hoy están a la espera de una actualización. En ese momento se determinó que 326 hogares en las tres parroquias se dedicaban a esta actividad (139 en El Arenal, 126 en Ciano y 61 en Vicentino); 590 personas en total: 402 hombres y 188 mujeres. Con estos datos comenzaron los acuerdos de conservación.
Avanza la tecnificación
Milton Guaicha es agrónomo por la Universidad Nacional de Loja e hizo su tesis sobre el origen botánico de la miel melipona. Se ha dedicado a conocer el comportamiento de cada especie. Sabe en qué zona del panal nacen las crías, reconoce la celda de una reina y sabe que si hay unas cuatro o cinco reinas por nacer ese nido no fracasará.
En el flamante edificio del CIAN, enseña detalladamente algunas muestras de estas cajas de madera, pequeños edificios desmontables que permiten extraer la miel y dividir los nidos para multiplicarlos (un proceso que conocen con el nombre de trasiego), sin causar daño a las poblaciones de abejas y sin impurezas, cosas que sí sucedían cuando se cosechaba de manera rústica, directamente desde los pedazos de tronco talados e instalados en las fincas.
Estos nidos son como legos, se pueden armar y desarmar. En la parte baja hay una base, donde se acumulan desechos, que las abejas obreras limpian constantemente. Más arriba, las celdas de las crías. Luego, la mielera, la estructura rugosa y montañosa donde se produce la miel. Visto de otra forma: abajo está la vivienda, arriba la fábrica. Hay una tapa: el techo removible del edificio.

Asopromelpuy ha contratado a un carpintero, a quien Guaicha le enseñó a construir el nido para cada especie, porque no todas necesitan el mismo. Muchos meliponicultores también han ido aprendiendo.
La consigna es no tocar a las abejas y panales que están en el bosque. De las 32 especies identificadas en la zona, aseguran que han “domesticado” 14. Pero eso no quiere decir que de esas 14 especies no haya también poblaciones silvestres. Así se protege a las abejas en el bosque y además se multiplican sus poblaciones totales.
Cuando se formó la Asociación fue difícil encontrar a 12 finqueros que se quisieran sumar. Ahora existen 17 miembros formales, los productores más fuertes (con unos 1600 nidos en total), y ocho adherentes no oficiales.
Entre todos producen 20 toneladas anuales de miel y cada uno entrega a la Asociación el 30 %, el resto lo venden por su propia cuenta. Sus principales mercados están en Quito, en una cadena de tiendas de productos orgánicos, así como en almacenes naturistas de la Prefectura, de la Universidad Nacional de Loja y unas biotiendas que creó la Mancomunidad del Bosque Seco, de la cual también forma parte Puyango. Además, tienen puntos de venta en las ciudades lojanas de Macará, Celica y Zapotillo, y ya reciben pedidos por redes sociales.
Su idea inmediata es formar un meliponario en el CIAN para mostrar lo que hacen y transformarlo también en un centro de acopio para la miel de la Mancomunidad.
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Conservación
¿Qué ha pasado en estos años? Milton Guaicha hace una lista. “El proyecto, más que por lo económico, va por la conservación. Es el tema de cuidar las abejas y el ecosistema”, dice. Menciona que la gente dejó casi en su totalidad la quema agrícola. “Ahora, de las 2800 personas, quizá sólo unas 40 sigan con la costumbre de quemar, pero seguimos insistiendo en que no lo hagan”.
Un segundo punto es la recuperación del bosque. En las zonas donde antes había pastizales o monocultivos ahora está el sistema agroforestal de “plantas melícolas” y se han destinado 63 hectáreas a la restauración del bosque seco.
En tercer lugar, cita la eliminación del uso de agroquímicos. “Eso es palpable —dice—. Quienes quieren entrar a la meliponicultura tienen que garantizar al menos una hectárea de sistema agroforestal. Y olvidarse de herbicidas y químicos”.
La preservación de las abejas sin aguijón es la prioridad. Aquí Guaicha vuelve al ejemplo de la Melipona indecisa, la especie que más estaba en riesgo en la zona. Cuando empezó el proyecto tenían seis nidos identificados y ahora tienen 120.

El biólogo Ariel Guerrero, analista e investigador del Museo de Zoología de la Universidad San Francisco de Quito (USFQ), define a este sistema de conservación como mixto: si bien hay una intervención humana con las cajas-nido, su trabajo se hace en zonas naturales que están siendo restauradas.
“Cambia el comportamiento humano y ese es el cambio más radical —explica—. Aunque Puyango, lamentablemente, sufre un montón de presiones por minería, en esta zona específica la gente deja las actividades extractivas. Las personas ven la necesidad de proteger un espacio para que sea útil y genere servicios ecosistémicos”.
El experto detalla la importancia de las abejas como polinizadoras y dice que su rol ecológico es “fundamental para la dispersión de las especies [de plantas]”. Asegura que la protección del ecosistema es real: “Con la recuperación, con el cambio de pastizal a un ambiente natural, las abejas van a tener diversidad, distintos estratos de polinización. La diversificación de su dieta beneficia tanto al ecosistema como al propio estado de salud de las abejas”.
Lo que vendrá

En febrero de 2023 entró en vigencia una ordenanza municipal en Puyango “para enaltecer a las abejas nativas sin aguijón como patrimonio natural intangible del cantón y procurar su conservación, protección y manejo sostenible”, con lo cual se elevó el tema a política pública.
Se determinó que una vez al año (entre noviembre y diciembre, durante la cosecha), se realice el ‘Festival internacional de abejas nativas sin aguijón’, al que asisten invitados de otras zonas con meliponas.
Han llegado productores de los cantones lojanos de Zapotillo, Pindal, Macará, Espíndola y Quilanga; de las provincias amazónicas de Zamora Chinchipe, Morona Santiago y Pastaza; y también representaciones del Chocó Andino y de la provincia costera de El Oro.
El plan es extender el modelo de conservación del bosque desde Puyango a todos estos poblados. Incluso, se creó un Manual para el correcto desarrollo de la meliponicultura.
“Puyango se ha convertido en un núcleo —dice Bruno Paladines, de NCI—. Ahora queremos fortalecer la investigación, comercialización y asociatividad. Tener cientos de productores con más miel de la que pueden consumir ha sido un logro. El siguiente paso es comercializar”.

José Cárdenas tiene 43 años y ha vivido siempre en El Arenal, Puyango. Trabaja en este modelo de conservación desde 2009 y es uno de los fundadores. Viste camisa a cuadros, pantalón formal y un gorro que parece quedarle pequeño. Su finca tiene seis hectáreas, calcula que hasta el momento ha logrado reforestar el 60 % y asegura que sigue plantando nuevas especies. Tiene almendro, hijanonga, achiote y frutales. Su objetivo es llegar al 100 % de reforestación.
Empezó en la meliponicultura con 10 nidos y hoy tiene 60. Aunque no es parte de la Asociación, tiene su propia marca y obtiene unas 250 botellas de 250 mililitros de miel al año.
Es una tarde soleada, su finca queda en una zona alta y permite una imagen profunda del bosque. Cárdenas camina entre los nidos como si estuviera practicando un ritual. “Hay que cuidar que no caigan plagas, mosquitos que les matan —detalla—. También hay que evitar los robos. Y las telarañas”.
Se muestra alegre, aunque no es muy expresivo. De regreso a su hacienda, se detiene, piensa y se cuestiona: “¿Qué representan las abejas para mí? Representan la vida, la polinización de nuestros cultivos y la conservación de este ecosistema”.
*Imagen principal: Mercedes Montalván muestra una de las cajas-nido en el “museo” que ha construido en el meliponario afuera de su casa. Foto: Alexis Serrano Carmona