- La investigación del Proyecto Sotalia, tras expandir su monitoreo de siete a once comunidades costeras, confirma que la mortalidad anual de delfines de Guyana asciende a más de 200 individuos, superando las estimaciones registradas en la línea base del estudio que publicaron en 2021.
- Solo en una de las comunidades censadas se registraron aproximadamente 53 muertes anuales, de las cuales cerca del 80 % fue objeto de aprovechamiento ilícito para consumo.
- La técnica del "descarte en altamar" se ha consolidado como un patrón operativo: el 96 % de los ejemplares encontrados por los investigadores presentan cortes selectivos en el lomo para facilitar el traslado y evadir sanciones.
- La dinámica de consumo de carne de delfín como proteína alternativa está directamente relacionada con la crisis de combustible y la reducción en la capacidad operativa de la flota artesanal que ocurre desde 2016.
El tendido de artes de pesca nocturnas es una práctica ancestral heredada de generación en generación. Desde una embarcación, los pescadores calan (lanzan) de siete a diez pacas o paños de red de cerco. Cada una tiene 33 metros de largo y entre 30 y 100 mallas de fondo (3.05 a 10.16 metros de altura), según la profundidad del agua. Luego clavan una boya en la punta de la red y la sueltan manualmente, metro a metro, dejando que la marea la arrastre, hasta que se forma lo que en Venezuela se conoce como un chinchorro.
Es una técnica tradicional de faena nocturna en el Lago de Maracaibo que, aunque hace 30 años introdujo el uso de redes plásticas y se enfocó décadas atrás en la captura de la corvina (Cynoscion acoupa), hoy se ha convertido en una sentencia de muerte para el delfín de Guyana o delfín costero (Sotalia guianensis).
La cacería se da en la noche. Los marineros lanzan hasta diez paños al oscurecer y se retiran a descansar a tierra. Mientras tanto, los pequeños delfines penetran en las redes persiguiendo cardúmenes de lisas (Mugil curema) y camarones (Penaeus schmitti), y quedan atrapados en los chinchorros fijos que, ante la falta de supervisión constante, se transforman en trampas mortales.
Las investigaciones en los muelles de la cuenca confirman que las capturas accidentales, sumado al consumo comunitario por subsistencia y la contaminación por derrames petroleros y aguas residuales, comprometen la supervivencia de la especie.
Aunque este delfín tiene una distribución que va desde Honduras hasta el sur de Brasil, las poblaciones del Lago de Maracaibo poseen rasgos genéticos únicos, son totalmente fieles a zona, no migran fuera del estuario y dependen exclusivamente de las condiciones del lago para no desaparecer.

Mientras la contaminación genera una degradación silenciosa, el impacto de las mallas provoca una mortalidad inmediata y devastadora.
En el estado de Zulia es conocido localmente como tonina del lago. “Matar a una tonina es una lástima; ellas se quejan y lloran como un niño cuando quedan atrapadas”, dice Robert Díaz Flores, pescador de 53 años, quien además evoca una experiencia que marcó su oficio: “Una vez agarramos un pichón en la malla y la madre se quedó en el agua dando vueltas, golpeando la embarcación y llorando. Tuvimos que cortar la red para soltarlo”.
Este escenario fue reportado inicialmente en un estudio publicado en la revista Frontiers in Marine Science en 2021, el cual se convirtió en la línea base para entender cómo lo que comenzó como un riesgo emergente en 2021 se ha transformado en una amenaza de extinción local acelerada en 2026. Investigaciones de campo ya revelan que la mortalidad anual en el Lago de Maracaibo supera con creces los 200 individuos.

Tras cinco años de confinamiento operativo y abandono institucional, la pesca de subsistencia se ha consolidado como una práctica ilícita de supervivencia en Venezuela, agudizando de forma crítica la situación de este delfín clasificado como Casi Amenazado por la Unión para la Conservación de la Naturaleza (UICN), y Vulnerable, localmente en Venezuela.
Para los expertos, la clasificación mundial, que es de 2018, está desactualizada y debería cambiar porque los últimos años han sido especialmente graves para la situación de la especie.
La trampa costera y la crisis operativa
En el Lago de Maracaibo hay un colapso operativo de los puertos que se ha prolongado por años, alterando por completo las rutas de navegación tradicionales. La dinámica de consumo de carne de delfín como proteína alternativa está directamente relacionada con la crisis de combustible y la reducción en la capacidad operativa de la flota artesanal que se agudizó fuertemente entre 2016 y 2021.

Según detalla la bióloga Yurasi Briceño, la severa escasez de combustible ha impuesto una parálisis parcial en los puertos, forzando un cambio drástico y destructivo en la dinámica: “Al no tener gasolina para ir a aguas abiertas o caladeros tradicionales, los pescadores se han quedado confinados a pescar exclusivamente en la franja costera”.
Esta estrecha franja costera constituye el hábitat crítico y el corredor biológico donde el Sotalia guianensis desarrolla la mayor parte de su ciclo vital, incluyendo sus procesos de socialización, apareamiento y crianza.
Este confinamiento geográfico obligatorio ha creado una superposición forzada entre las actividades de la flota pesquera y las poblaciones de delfines, transformando las zonas históricas de alimentación del cetáceo en una amenaza letal de nailon.
En este contexto, diversas investigaciones impulsadas por Proyecto Sotalia y la organización YAQU PACHA en los 13 000 kilómetros cuadrados del Lago de Maracaibo han permitido profundizar, desde 2016, en la biología y las amenazas que se ciernen sobre el delfín de Guyana.
Como parte de este esfuerzo, se recopilan sistemáticamente datos sobre el número de animales muertos por la pesca y se documenta su consumo por parte de la población local. Lo que en el pasado solía ser un evento de captura accidental fortuito o esporádico en el sistema del lago, hoy se ha convertido en un evento constante, predecible y diario.

El drama del consumo y el descarte ilícito
La actualización de datos realizada por el Proyecto Sotalia, que integra el monitoreo histórico continuo (cada mes hay reporte desde al menos tres comunidades) con los hallazgos de campo hasta junio de 2026, refleja que la crisis ha adquirido dimensiones estructurales tras expandir el censo de siete a once comunidades costeras que incluyen a Campo Boscán, Cabimas, Ciudad Ojeda, San Timoteo, Santa Rosa de Agua y Santa Rita.
El dato más alarmante de la investigación de campo demuestra que la tragedia está focalizada: en una sola de las comunidades costeras monitoreadas se contabilizaron 53 muertes en un año. De este grupo, aproximadamente el 80 % (cerca de 45 ejemplares) no fueron devueltos al agua ni reportados, sino que fueron objeto de aprovechamiento ilícito para el consumo de su carne, evidenciando cómo la captura incidental se convierte rápidamente en una pesquería de subsistencia oculta , que es cuando se destina exclusivamente al autoconsumo familiar y comunitario, sin entrar en las estadísticas oficiales.

La investigación científica ha determinado que esta práctica tiene su propio patrón operativo para evadir las regulaciones ambientales venezolanas. Briceño explica que los análisis biométricos y la inspección de los restos de cuerpos varados confirman que el 96 % de los ejemplares aprovechados presentan cortes longitudinales y selectivos exclusivamente en la zona del lomo.
Esta técnica de “descarte en altamar” permite a las tripulaciones extraer la pulpa de mayor valor proteico de forma rápida y desechar el resto del cuerpo en el agua, facilitando el traslado camuflado de la carne en embarcaciones pequeñas y evitando el riesgo de transportar el espécimen entero hasta los muelles, burlando así la fiscalización de las autoridades.
Javier Enrique Paz Nava, un pescador que vive de primera mano la realidad de los puertos en el sector Punta de Palmas (municipio Miranda), describe el fenómeno con absoluta crudeza: “Aquí la gente ha comido tonina, pero salada. Cuando se enreda en el chinchorro, la salan y la traen a vender. Un kilo puede costar entre 2.5 y 3 dólares”.
Para estas comunidades costeras, sumidas en una economía de escasez y abandono, el consumo de la carne de tonina está normalizado bajo un estricto velo de discreción comunitaria y a la vez como un mecanismo de supervivencia.

El rol de los controladores naturales
El delfín de Guyana es una de las especies de delfines más pequeñas y vive exclusivamente en las costas de parte del Caribe centroamericano y algunas del Atlántico sudamericano hasta el sur de Brasil. Debido a su distribución costera, esta especie se ve muy afectada por las actividades humanas.
El profesor Tito Barros, biólogo de la Universidad del Zulia, explica que el delfín de Guyana ejerce un rol de “inspector sanitario natural” dentro de los cardúmenes de curvina (Cynoscion acoupa). Al cazar de forma selectiva a los ejemplares más lentos, viejos o afectados por patógenos, el cetáceo detiene la propagación de brotes epidémicos que podrían diezmar las poblaciones de peces sanos.
Este fenómeno, conocido en ecología como una cascada trófica, garantiza que el recurso pesquero comercial se mantenga genéticamente fuerte y abundante para el aprovechamiento humano.
El colapso de la población de delfines debido al enmalle sistemático desata un efecto dominó que desestabiliza todo el fondo ecológico del Lago de Maracaibo. “Sin el control biológico que aporta el delfín, la corvina comercial queda expuesta a enfermedades, reduciendo su densidad y afectando su valor”, advierte Barros.
Este vacío en la cadena alimenticia es aprovechado de manera inmediata por la tilapia (Oreochromis niloticus), una especie invasora sumamente agresiva y resistente a la contaminación y a los bajos niveles de oxígeno. Al no encontrar competencia ni depredación eficiente, la tilapia avanza desplazando a la fauna nativa. De este modo, la pérdida del delfín se traduce en una degradación directa de la economía local: el pescador que hoy consume o descarta una tonina sabotea el futuro de sus propios caladeros.

Ruta técnica para la coexistencia
Frente a la ausencia de políticas públicas coordinadas y el vacío institucional, el Proyecto Sotalia ha diseñado una propuesta integral basada en una ruta técnica para la coexistencia que busca romper el antagonismo entre conservación y desarrollo. El primer pilar de esta estrategia se fundamenta en un proceso profundo de “alfabetización ambiental”, dirigido directamente a los consejos de pescadores y liderazgos comunitarios.
Yurasi Briceño sostiene que el objetivo principal no es la persecución judicial ni la criminalización del trabajador del mar, sino transformar la perspectiva comunitaria: lograr que el pescador asimile los datos científicos y comprenda que la presencia del delfín en sus zonas de faena es la única garantía real de que los cardúmenes de corvina sigan siendo comercialmente viables a largo plazo.
El segundo componente de la ruta técnica exige la implementación de zonas de exclusión pesquera dinámica y el uso de tecnologías de mitigación en las artes de pesca tradicionales. Esto implica el mapeo satelital y biológico de los sectores con mayor avistamiento de madres y pichones de Sotalia guianensis, restringiendo las redes nocturnas en esos cuadrantes específicos durante las épocas críticas del año.
Además, se plantea la urgencia de dotar a las comunidades de alarmas acústicas conocidas como pingers, dispositivos que se adhieren a las mallas y emiten señales que alertan al delfín para que evite la zona.

Sin embargo, para que esta transición tecnológica sea sostenible, es indispensable que el Estado y los actores internacionales provean el apoyo logístico necesario en materia de combustible y financiamiento, permitiendo que la flota artesanal recupere su autonomía y aleje sus operaciones de las costas críticas de cría de delfines.
La pérdida de más de 200 individuos al año en el sistema del Lago de Maracaibo no puede seguir siendo tratada como una simple estadística ambiental o un daño colateral de la crisis económica, política y social de Venezuela. Según advierten los investigadores, es el síntoma definitivo de un ecosistema herido que avanza hacia el colapso.
Si las instituciones, la academia y los propios consejos de pescadores no unifican criterios para aplicar de inmediato la ruta técnica propuesta y frenar el descarte ilegal, Zulia se arriesga a perder de forma irreversible a su mamífero más emblemático. Los datos expuestos por la comunidad científica son claros: la ventana de tiempo para actuar e impedir una extinción local se está cerrando.
El destino del Sotalia guianensis y el de las familias que habitan los Puertos de Altagracia y demás comunidades costeras están amarrados al mismo cabo: permitir que la biodiversidad del estuario se extinga por la presión del hambre y la falta de combustible destruye también la base económica y cultural de la región. Como advierten organizaciones locales, como Proyecto Sotalia y YAQU PACHA, salvar al delfín de Guyana implica rescatar la identidad y el sustento del pescador zuliano, bajo la premisa de que el futuro del lago depende de la capacidad colectiva para levantar las redes a tiempo.
*Imagen principal: el delfín de Guyana o delfín costero está en peligro en el Golfo de Maracaibo. Foto: cortesía Proyecto Sotalia/Leonardo Sánchez
REFERENCIA
Briceño, Y., Sánchez, L., Trujillo, F., von Fersen, L., & Ramírez, S. (2021). Aquatic wildmeat consumption of Guiana dolphins (Sotalia guianensis) in Lake Maracaibo system, Venezuela. Frontiers in Marine Science, 8, 625801. https://doi.org/10.3389/fmars.2021.625801