Tras diez años del Acuerdo de París, expertos señalan que el progreso es lento y la ambición insuficiente. Preocupa que el sistema multilateral está debilitado y los planes climáticos actuales no bastan para frenar el aumento global de la temperatura.
Imagen principal: Simon Stiell, secretario ejecutivo de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, sostiene un documento sobre Acuerdo de París. Foto: Lucia Vasquez-Tumi / UN Climate Change
Transcripción
Aviso: Las transcripciones son generadas automáticamente y ligeramente editadas para garantizar su precisión. Pueden presentar errores.Este martillazo marcó un antes y un después para el mundo.
Así fue como en 2015, hace ya 10 años, se dio por pactado el tan nombrado Acuerdo de París. Es importante y todos deberíamos estar pendientes de eso porque es un tratado internacional que significó un consenso inédito al que llegaron los gobiernos de 195 países, más la Unión Europea, para combatir la crisis climática.
Básicamente, países ricos y en desarrollo se comprometieron a implementar, voluntariamente, acciones para reducir las emisiones de gases contaminantes y de efecto invernadero, como el dióxido de carbono y el metano. Son gases que provienen de la quema de gasolina y diésel en cuando montamos en carro, de industrias como la del cemento, de la deforestación de los bosques o de la ganadería.
Ya que ha pasado una década podemos hacerle un balance. Y es complejo porque, sí: ha habido un muy positivo impulso a las energías limpias, pero el progreso ha sido lento y los compromisos de los países, sobre todo de los que más contaminan, han sido insuficientes.
Vamos por partes.
Las metas que impuso el Acuerdo de París tomaron como referencia la temperatura promedio entre los años 1850 y 1900, es decir, antes de que la industrialización a gran escala comenzara a calentar el planeta
En esa época, según la Organización Meteorológica Mundial, el termómetro marcaba, en promedio, entre 13 y 14°C.
El Acuerdo de París fijó como meta entonces que el promedio de la temperatura mundial aumente máaaximo 2°C con respecto a los niveles preindustriales, e incluso años después se planteó mantenerla por debajo de 1.5 grados.
Eso parece muy poco, pero la ciencia advierte que cada fracción de temperatura que aumentemos implica la pérdida de miles de seres vivos y cambios irreversibles, como por ejemplo el blanqueamiento masivo de corales, un fenómeno en el que esos ecosistemas mueren, entre otras cosas, por el calentamiento de los océanos.
¿Pero bueno, entonces cómo llegamos a la meta de los 1.5 grados? Toca cortar las emisiones de gases de efecto invernadero a la mitad para 2030.
Eso ha impulsado un movimiento sin precedentes hacia las energías limpias. Hoy, por ejemplo, la inversión en energías como la eólica, la solar y la hidroeléctrica duplica la inversión en combustibles fósiles.
Si miramos en América Latina, la inversión en renovables aumentó un 25 % desde la firma del Acuerdo, con Chile, Colombia y Costa Rica a la cabeza; mientras que la inversión en combustibles fósiles se redujo en 20 %.
Por eso hay gente que tiende a ver el vaso medio lleno. Hace poco, por ejemplo, el secretario ejecutivo de ONU Cambio Climático, Simon Stiell, dijo que sin el Acuerdo de París, la Tierra estaría rumbo a escenarios de hasta ¡5°C de calentamiento!
Viendo eso uno pregunta, bueno, ¿qué es lo que falta?…
Un montón.
Las emisiones de gases contaminantes siguen aumentando. Los diez años que han pasado desde la firma del Acuerdo han sido también los más calientes de la historia, y los embates del clima son cada vez peores: sequías extremas en la Amazonía, huracanes cada vez más destructivos y pérdida masiva de corales.
De hecho, ya el planeta se ha calentado cerca de 1.2 grados, así que si los gobiernos no actualizan sus planes de mitigación y adaptación al cambio climático con metas más ambiciosas, la advertencia de muchos expertos es que el termómetro marcará un drástico aumento ¡de entre 2.6 y 3.1 grados para finales de siglo!
Eso pinta muy grave y la fórmula del Acuerdo sigue siendo la misma: que cada gobierno presente planes para reducir emisiones, las llamadas Contribuciones Nacionalmente Determinadas (NDC, por sus siglas en inglés). Pero la propia ONU ha calificado esos planes como insuficientes.
Y a esto se suma la falta de financiación. Los países ricos prometieron movilizar 100 mil millones de dólares para la acción climática cada año a partir de 2020, pero comenzaron a hacerlo tarde y sobre todo con préstamos, en lugar de donaciones.
Por eso será clave lo que pase en la COP30 que se realizará en Belén, una ciudad en plena Amazonía de Brasil. Allá van otra vez gobiernos de todo el mundo a negociar esquemas de financiación y a evaluar si las nuevas NDC, presentadas este año, deben ser aún más ambiciosas.
Pero el panorama es borroso por varias razones, entre las que está este señor: Donald Trump retiró por segunda vez a Estados Unidos del Tratado de París y dejó muy resquebrajado el sistema multilateral que permitió firmar el tratado en 2025. Además ha venido ganando seguidores en América Latina, como el presidente de Argentina, Javier Milei.
La sociedad civil llegará a la COP30 a exigir cambios concretos. Rumbo a Belén, por ejemplo, partió una flotilla indígena desde Ecuador (así como la de Greta Thunberg que intentó llegar a Gaza), con la idea de que los gobiernos que participan en la cumbre tengan en cuenta sus demandas.
En fin: la COP30 mostrará si aún es posible mantener alguna esperanza en que se cumplan los compromisos del Acuerdo de París. El termómetro de la temperatura mundial se sigue calentando.





