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El Vaticano condena la caza furtiva de elefantes y se compromete a tomar medidas

Elephant herd in Kenya. It's estimated that around 25,000 elephants were killed by poachers in 2011, though the number could be even higher. Photo by: Rob Roy.
Manada de elefantes en Kenia. Se calcula que los cazadores furtivos mataron alrededor de 25 000 elefantes en 2011, aunque la cifra podría ser aún mayor. Foto: Rob Roy.


En respuesta a una investigación publicada por la National Geographic, el Vaticano condenó la cacería furtiva de elefantes para obtener el marfil y se comprometió a tomar tres medidas para colaborar con la lucha por salvar a los elefantes del mundo. El artículo de la National Geographic Adoración del marfil por Bryan Christy, se enfoca en cómo las religiones —en especial los artículos religiosos de cristianos y budistas— intervienen en la creciente demanda de marfil obtenido en el mercado negro, lo que provoca, año tras año, la muerte violenta de decenas de miles de elefantes en peligro de extinción.



«Estamos plenamente convencidos de que la masacre de elefantes es un tema muy grave y es correcto que todo aquel que pueda hacer algo al respecto se comprometa a hacerlo», dice una carta escrita por el padre Federico Lombardi, director de la oficina de prensa de la Santa Sede en el Vaticano.



Sostiene que, según la tradición católica, «la Creación ha sido confiada a la humanidad para ser cultivada y protegida como un regalo valioso recibido de nuestro Creador y, por lo tanto, no debe ser destruida, tratada con violencia o explotada, sino que debe tratarse con una gran responsabilidad hacia las criaturas mismas y hacia las futuras generaciones humanas para que ellas puedan disfrutar de estos bienes esenciales y maravillosos».



El Vaticano anunció tres medidas para ayudar en la lucha contra el comercio de marfil, según los artículos de Lombardi: llevar el caso ante el Pontificio Consejo “Justicia y Paz” para ayudar a estudiar el problema; difundir información sobre el problema mediante Radio Vaticana en África; y dar mayor difusión a la Academia Pontificia de Ciencias, que estudia casos como este. De todos modos, el Estado eclesiástico niega haber jugado un papel en exacerbar la crisis actual sobre caza furtiva de elefantes.



En el artículo de investigación tan analizado, Christy escribe detenidamente sobre un sacerdote filipino con una pasión desenfrenada por el marfil. Pero el Vaticano sostiene que no se puede asociar las acciones de un sacerdote con el Vaticano.


«Un sacerdote en Filipinas que parece ser responsable de comerciar marfil de manera ilegal no tiene absolutamente nada que ver con la responsabilidad del Vaticano, que no sabe nada sobre él ni tiene relación alguna con él», escribe el padre Lombardi. «Lo que hagan los sacerdotes o las instituciones católicas en el mundo con respecto a estos temas, está sujeto a las leyes y a los controles de los países donde están presentes».




Además, el padre Lombardi agrega que la persona que vende marfil en una tienda cerca del Vaticano —mencionada en el artículo— está bajo la jurisdicción italiana.



«El Vaticano no tiene responsabilidad alguna ni puede ejercer control sobre la tienda Savelli ni sobre ningún otro negocio ubicado en los alrededores del Vaticano. Si las autoridades italianas descubren alguna actividad ilegal, hacen bien en intervenir. Pero pensar que aquí existe un centro importante de tráfico de marfil que debe eliminarse de raíz para salvar a los elefantes africanos no tiene ningún sentido», escribe el padre Lombardi.



Continúa defendiendo a la Iglesia Católica al sostener que esta jamás ha promovido el uso de marfil en artículos decorativos o religiosos.



«La Iglesia nunca […] ha estimulado el uso del marfil en lugar de cualquier otro material. Nunca hubo razón alguna para pensar que el valor de la devoción religiosa pudiera estar relacionado con el valor del material de la imagen que se utiliza. Mucho menos existe una institución promovida o alentada por las autoridades de la Iglesia para comerciar o importar marfil», escribe Lombardi.



El papa Benedicto XVI ha sido considerado, en general, como el papa más ecológico de la historia desde su elección en 2005. Ha sido consistente en hablar sobre la urgencia del cambio climático y la pérdida de biodiversidad, al mismo tiempo que llamaba a reformar los sistemas económicos del mundo para reconocer los muchos valores que tiene la naturaleza. Incluso ha relacionado la continua degradación medioambiental con la cultura mundial del materialismo ya que sostiene que «en un mundo aislado en su materialismo, es más fácil para el ser humano convertirse en dictador de las demás criaturas y de la naturaleza».