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Las alianzas para la conservación benefician al pueblo Tacana, parque boliviano




Este artículo se publicó en Mongabay.org bajo el programa de reportaje Special Reporting Initiatives (SRI, por sus siglas en inglés) program y puede ser vuelto a publicar en su página web, revista, boletín o diario bajo las siguientes condiciones.


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El territorio Tacana protege bosques, conserva recursos y refuerza la identidad



De rodillas en un pequeño claro entre árboles tropicales, Baldemar Mazaro coloca hábilmente un círculo de palos y un lazo con una cuerda en la comunidad de San Miguel de Bala. Le pasa una rama a una turista y le pide que pinche los palos como si la rama fuse la nariz de un animal olfateando, buscando comida.


De repente, el lazo se rompe arrancando la rama de la mano de la mujer y dejándola colgada de un arbolito cercano.




Los turistas dan un salto para atrás y Mazaro se ríe.




«Así es como cazaban nuestros padres y abuelos”, dice.


El suyo es un modelo a escala reducida –una trampa de verdad atraparía a un roedor grande, un ciervo pequeño o, posiblemente, incluso un pecarí.





Mujeres preparan comidas para los turistas que visitan San Miguel del Bala a través de la operación turística de la comunidad. Foto de Barbara Fraser



Aunque ahora, en esta parte de San Miguel de Bala no se puede cazar. Parcialmente ocupando el Parque Nacional Madidi, la icónica zona amazónica boliviana protegida, la comunidad forma parte de la Tierra Comunitaria de Origen Tacana, o TCO Tacana, la tierra de una de las docenas de poblaciones indígenas que viven en las tierras bajas de la Amazonia boliviana.




Ahora, en vez de cazar animales para comer, Mazaro hace demostraciones con las trampas que usaban sus antepasados. El parque se ha convertido en una atracción turística, dice, proporcionando un ingreso para las familias y la comunidad de San Miguel.


También protege la cabecera de los ríos que son vitales para las comunidades de los alrededores y su creación ayudó a controlar a los cazadores furtivos y leñadores que se estaban aprovechando de las comunidades Tacana y sus recursos, añade.


Al principio la relación era inestable, dicen los antiguos líderes de la comunidad Tacana que recuerdan los primero años.




El parque se estableció sin consultar con la gente que vive allí. Las comunidades vieron el parque –con sus restricciones a la caza, a la pesca y a la tala de árboles – como una más en una serie de apropiaciones de tierra por parte de forasteros.


Una carretera, planes para una azucarera y concesiones madereras concedidas por el gobierno en los años 80 ya habían atraído forasteros a la zona y los colonos estaban cogiendo las mejores tierras y sacando los mejores árboles, según Aizar Terrazas.





Turistas prueban a prensar jugo de caña de azúcar en San Miguel del Bala, en el territorio indígena Tacana. Foto de Barbara Fraser


Los líderes empezaron a organizar y trabajar para conseguir el título de sus tierras después de que las poblaciones indígenas de Bolivia protagonizaron una manifestación “por el territorio y la dignidad” en 1990. El Consejo Indígena del Pueblo Tacana, CIPTA se formó en 1993, y recibió derechos sobre la tierra oficiales de cerca de 389.000 hectáreas una década después. Está pendiente una solicitud adicional.




El Parque Nacional Madidi, que fue establecido en 1995 y las zonas protegidas de los alrededores forman un corredor con la Reserva Tambopata y el Parque Nacional Bahuaja Sonene en el vecino Perú. En total, el corredor cubre unos 4,2 millones de hectáreas bajando desde las montañas de los Andes hasta la llanura amazónica en uno de los ecosistemas más diversos, biológicamente, del mundo.




La variedad del paisaje proporciona un hábitat para la fauna salvaje amenazada o en peligro de extinción que va desde los cóndores y los osos andinos hasta los jaguares y las nutrias de río. También es el hogar de más de 250.000 miembros de siete poblaciones indígenas de las tierras bajas así como las comunidades Quechua y Aymara de las tierras altas.


Debido a que Madidi y las zonas protegidas vecinales de Apolobamba, Ixiamas y Pilón Lajas en Bolivia están habitadas o coinciden con comunidades, un uso complejo de la tierra y un sistema de zonificación ha dividido el parque en áreas con un alto estado de protección y otros conocidos como áreas naturales de gestión integrada, donde viven residentes y donde pueden usar los recursos naturales de acuerdo con los planes de gestión.





Mujeres preparan comidas para los turistas que visitan San Miguel del Bala a través de la operación turística de la comunidad. Foto de Barbara Fraser


La combinación hace la gestión compleja, dice el director del parque, David Pomier. Según él, su presupuesto anual, equivalente a unos 300.00 dólares, no es suficiente para cubrir los salarios de los 26 guardabosques responsables por las dos millones de hectáreas de Madidi, así como el personal administrativo, la educación de la comunidad y los programas de desarrollo para las comunidades locales para incrementar sus ingresos y disminuir la presión por la extracción ilegal de los recursos naturales del parque.



El turismo, una opción, pero no fácil


San Miguel del Bala es una de varias comunidades que ha optado por el ecoturismo, aprovechándose de la proximidad del parque para reemplazar los ingresos que anteriormente derivaban de la caza, la pesca o la venta de madera antes de que el parque fuese establecido.




Desde su oficina en Rurrenabaque —la ciudad más cercana con un aeropuerto y, por lo tanto, por defecto, la capital turística de la zona— San Miguel ofrece cortos viajes para que los turistas visiten la comunidad, prueben a prensar jugo de caña de azúcar, aprendan sobre las artesanías tradicionales y pasen la noche en cabañas cerca de las rutas de senderismo en la franja de protección del parque.


Los viajes de dos días dan a los visitantes una muestra del dramático escenario de la zona cuando van dejando atrás la llanura amazónica y van subiendo lentamente en lancha por el Río Tuichi hacia colinas verdes y cubiertas de nubes. Viajes más largos van más allá río arriba a un segundo albergue dentro del parque, donde la fauna salvaje es más abundante.





El guía Baldemar Mazaro le da a una visitante “uñas” falsas hechas de pétalos de flores durante un paseo por la naturaleza en el bosque cerca de San Miguel del Bala. Foto de Barbara Fraser


La idea de una empresa turística surgió primeramente en 1998, tres años después de que se creara el parque. Tardó otros cinco años en materializarse con la asistencia de varios grupos internacionales sin ánimo de lucro, dice Constantino Nay, director general de la operación turística.



«La gente preguntaba quien se iba a beneficiar y cómo”, dijo. “Les preocupaba que perdiésemos nuestras tradiciones”.


Algunos miembros de la comunidad trabajan como guías, asistentes, empleadas domésticas o pilotos de barco y reciben un salario y la operación turística compra los productos que necesita de la gente en San Miguel.


Los beneficios son repartidos de acuerdo a un sistema elaborado por las comunidades para todas las empresas comerciales, con parte de los beneficios volviendo a la empresa, parte para un fondo comunitario y otra parte para cada familia en la comunidad. En un buen año, cada familia en San Miguel recibe entre 400 y 500 dólares de la empresa turística.



«Pero no es fácil ser una empresa exitosa», dice Nay.


Mantener una empresa turística altamente estacional funcionando sin caer en la deuda es un dolor de cabeza, dice.




En el mercado, Nay compite con unas dos docenas de empresas que ofrecen de todo, desde un servicio de lujo hasta un servicio básico. En la comunidad, debe atender las expectativas de sus vecinos de trabajos o un mayor reparto de los beneficios.





El guía Baldemar Mazaro muestra a los visitantes como colocar una trampa de caza en el bosque cerca de San Miguel del Bala, en el territorio indígena Tacana. Foto de Barbara Fraser


El director del parque, Pomier, le gustaría ver empresas turísticas empezar en más comunidades alrededor del parque, ofreciendo nuevas rutas y servicios diferentes. El turismo beneficiaría a las comunidades, así como a los gobiernos locales y al servicio del parque, ya que cada uno de ellos recibe una porción de la entrada al parque.


Actualmente, ese ingreso es más del 25 por ciento del presupuesto del parque, dijo, pero es difícil de predecir. Grandes inundaciones a principios de este año mantuvo alejados a los turistas disminuyendo fuertemente los ingresos del parque.


Las inundaciones –anormalmente altas durante varias semanas- también se llevaron por delante uno de los edificios en el albergue de San Miguel. Se reconstruyó en un terreno más alto, un coste extra para el negocio del turismo. A lo largo del Río Beni, el agua también despojó a las familias de sus cosechas y su ganado y, en algunos casos, de sus casas.


La ayuda de emergencia tardó en llegar y no duró lo suficiente, dice Pomier. Que, a su vez, puso presión sobre los recursos naturales del parque, ya que la gente que lo había perdido todo, intentó satisfacer sus necesidades de subsistencia y reemplazar sus pertenencias con los recursos dentro de la zona protegida.


El desastre y sus secuelas resaltaron la necesidad de un plan de mitigación, dice Pomier. Y, aunque los residentes locales dicen que la escala de la inundación no tenía precedentes, algunos observadores están preocupados porque puede que no sea inusual en el futuro.


El desastre puede haber sido, al menos en parte, el resultado de un error de cálculo humano. Algunos estudios indican que las presas río abajo en el Río Madeira en Brasil pueden haber exacerbado la inundación porque su diseño no permitía que las grandes cantidades de agua río arriba bajasen tan rápido como era necesario.





Niños miran a los barcos pasar desde la orilla del río en Rurrenabaque, Bolivia. Foto de Barbara Fraser


El territorio indígena protege contra la deforestación




Las inundaciones de febrero hicieron la seguridad alimentaria y las oportunidades económicas una prioridad para los líderes de la comunidad, dice N¡colás Cartagena, presidente del CIPTA.


«Pasamos hambre, porque no podíamos trabajar y las familias no tenían dinero”, dice.




Tanto a él como a los otros líderes les gustaría abrir plantas para procesar las frutas y otros productos del bosque, subiéndose a la ola de la fruta acai de su vecina Brasil.




Sin embargo, proyectos como ese, requieren capital, formación y mucho tiempo. Pero sin las oportunidades de empleo, dice, los jóvenes abandonan las comunidades por las ciudades lejos del TCO Tacana. Algunos trabajan en el turismo, pero muchos son atraídos por la tala. Aun así, no hay suficientes trabajos para todos los adolescentes que se gradúan del instituto.


Desde la turística y comercial ciudad de Rurrenabaque, donde el Río Tuichi se encuentra con el Beni, los barcos transportan pasajeros a San Buenaventura. Desde allí, un camino de tierra circunvala el Parque Madidi, conectando con las ciudades de Tumupasa y Ixiamas.





La tala es aún un gran negocio alrededor del territorio indígena Tacana; los índices de deforestación son mucho más bajos dentro del territorio que en los alrededores. Foto de Barbara Fraser


Esta zona está fuera del parque, una diferencia resaltada cada vez que un camión cargado con troncos pasa rodando lentamente. La parte más grande del TCO Tacana está en este lado de los sistemas montañosos de El Bala y Mamuque, bordeando la carretera y en las tierras bajas por el Río Beni.


Aquí, el mismo TCO actúa como una zona protegida, reflejando en un creciente número de estudios que los índices de deforestación son más bajos en los territorios indígenas que en las tierras de los alrededores y, a veces, hasta más bajos que en los parques gestionados por el gobierno.




Un estudio reciente, llevado a cabo por el CIPTA y la Wildlife Conservation Society, calculó un índice que deforestación anual del 0,5 por ciento en el TCO Tacana entre 2005 y 2010, comparado con el 3,7 por ciento en las tierras que no pertenecen al TCO y el 2,3 por ciento en las granjas y otras propiedades fuera del TCO. El estudio predijo que la gestión de la tierra del TCO evitaría la deforestación de 230.842 hectáreas para 2021, un área que cubriría más de la mitad de Rhode Island.



Eso es verdad aunque la madera sigue siendo la mayor fuente de ingresos en las tierras de la comunidad, dice Cartagena. Pero las regulaciones internas y la zonificación por actividades como la agricultura y la tala, junto con los planes de gestión de la madera, mantienen la deforestación bajo control. Nueve comunidades tienen organizaciones forestales comunitarias, cada una con un plan de gestión.


Los ingresos podrían triplicarse si las comunidades vendiesen madera cortada, dice Cartagena, pero les falta el equipo y la infraestructura necesarios.


Otros proyectos para generar ingresos de los recursos naturales se han encontrado con resultados dispares. Un proyecto sobre la miel no tuvo éxito, dijo. El cacao parece más prometedor, con un fabricante de chocolate boliviano accediendo a comprar la materia prima y comerciar el producto final como un producto del territorio indígena.


La venta de pieles de caimán Yacaré es un negocio en crecimiento para varias docenas de personas de las distintas comunidades, con la posibilidad de ventas a productores internacionales, dice Cartagena. El caimán Yacaré (Caiman yacare), un pariente del cocodrilo, es el que se encuentra más al sur de todos los cocodrilos. La caza excesiva y la caza furtiva por su piel han provocado una aguda caída en la población en varias partes de Sur América, aunque está en recuperación como resultado de los esfuerzos de conservación.




En los años 90, forasteros contrataban a los locales para cazar caimanes alrededor de las comunidades Tacana. Debido a la caza incontrolada, la WCS empezó a trabajar con el TCO en 1999 para ver si había lugares donde fuese posible la caza sostenible.





La tala todavía es un gran negocio alrededor del territorio indígena de Tacana; los índices de deforestación son mucho más bajos dentro del territorio que en las zonas de los alrededores. Foto de Barbara Fraser


Como resultado, las comunidades tomaron un control más fuerte de sus territorios, lo que benefició no solo a las poblaciones de caimán sino también a otros recursos, dice Guido Miranda, coordinador de gestión de la fauna salvaje de la WCS.




Un plan de gestión elaborado en 2006 y 2007 fijó cuotas para unos 35 lagos donde los locales podían coger el 25 por ciento de los animales que tuviesen una longitud de, al menos, 1,8 metros, que se estimaba que era un uno por ciento de la población total de unos 500.000 caimanes en esa zona, dice Miranda.



Los miembros de la comunidad han encontrado que una temporada del caimán de dos a tres semanas en septiembre y octubre es más rentable y eficaz para gestionar la población y vender las pieles al por mayor en vez de individualmente, como lo hacían en el pasado.


Al principio, salaban las pieles y las vendían a intermediarios. Luego empezaron a venderlas directamente a la curtiduría. En 2010, alquilaron un servicio de curtiduría para poder vender ellos mismos las pieles procesadas. Ese año, tuvieron ingresos de 13.000 dólares, en comparación con los 11.000 dólares de 2008, dice Miranda.


Sin embargo, el mercado es cíclico y los ingresos cayeron el año pasado. Este año, las comunidades salaron las pieles y negociaron con un comprador extranjero. También empezaron a promocionar la carne en los restaurantes de La Paz y Cochabamba bajo un programa dirigido por el gobierno que certifica que la carne de caimán proviene de fuentes sostenibles, dice Miranda.


El sistema de gestión del caimán ha llamado la atención de las comunidades indígenas que les gustaría probarlo alrededor de la Reserva Nacional Pacaya-Samiria en el noreste de Perú, donde ya gestionan tortugas y algunas especies de peces.




Recuentos más recientes muestran que la población de caimán en el TCO Tacana es saludable, dice Miranda. El último plan de gestión aumento el tamaño mínimo a dos metros para evitar la captura involuntaria de hembras.




Un riesgo es la muerte accidental de caimanes negros, que están protegidos, pero dice Miranda que, generalmente, los cazadores experimentados no los confunden.





La venta de pieles de caimán yacaré rinde ingresos para algunas comunidades en el territorio indígena Tacana en Bolivia. Foto de Barbara Fraser


A pesar de todos los esfuerzos de conservación en el TCO Tacana, a Neide Cartagena le preocupa que haya cambios en el horizonte para las comunidades indígenas y los bosques de sus alrededores. Planes para pavimentar la carretera a Ixiamas podría resultar en una mayor deforestación, como ha ocurrido en otras partes del Amazonas, aunque dice que habrá un fondo para mitigar los impactos.




Según Miranda, también se habla de un embalse en el Río Tuichi y perforaciones petrolíferas en arrendamientos que se superponen a Madidi, pero no hay detalles.


Ahora que los derechos de la tierra Tacana están mayormente seguros, Neide Cartagena está trabajando para reforzar el orgullo de la gente en su identidad a través de un programa para enseñarles el lenguaje Tacana. Cartagena es una antigua vicepresidenta del CIPTA que ahora dirige el Instituto de Lenguaje y Cultura de TCO en Tumupasa.




Sus hijas, jugando en un árbol de mango en el jardín de su casa, enseñan a un visitante a contra hasta diez en Tacana. Los niños son los más entusiastas, pero está ganando popularidad entre los adolescentes, dice. A principios de año, el instituto empezó un curso para funcionarios gubernamentales y profesores.




«La idea no es enseñar el idioma, sino enseñar en el idioma”, dice. “Sabemos que será un proceso”.


El lenguaje está unido a la identidad y a la conservación, porque al ir dejando la gente de usar el idioma, han perdido las historias que moldearon las vidas de sus padres y sus abuelos y su relación con su medioambiente, dice Cartagena.




«El parque conserva animales y plantas», dice, mirando hacia las colinas cubiertas de nubes que se alzan sobre la llanura amazónica. “Estar cerca de Madidi es, sobretodo, una ventaja. Los indígenas siempre hemos vivido con la naturaleza”.


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