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La problemática relación de la conservación con las personas

  • Desde sus inicios, la conservación ha tenido un problema con la gente. El terrible historial de marginalización de los indígenas y las comunidades locales que viven en los ecosistemas designados para protección ha hecho que recuperar la confianza de estos grupos y construir relaciones con ellos sea uno de los aspectos más complicados para la conservación actual.
  • En la parte 4 de Conservación Dividida, el veterano reportero de Mongabay, Jeremy Hance, explora cómo ha cambiado el sector para incluir a las comunidades locales como aliados de la conservación, y el trabajo que queda por hacer.
  • Conservación Dividida es una serie exhaustiva de cuatro partes que investiga cómo ha cambiado el sector de la conservación en los últimos 30 años y los desafíos a los que se enfrenta en un futuro incierto. Hance completó la serie a lo largo de 8 meses. Los artículos originales en inglés se publicaron semanalmente entre el 26 de abril y el 17 de mayo.

A mi hija de cinco años le gusta fingir que es una Yanomama. Sale, toma ramas y hojas y hace “comida”. Gira piedras buscando insectos y observa los pájaros. Habla de cosas como las ranas punta de flecha y los perezosos de tres dedos. Los Yanomama, o Yanomami, son una tribu indígena en grave peligro que vive en la selva Amazónica. Se podría pensar que mi hija ha oído hablar de ellos a su padre, que es periodista ambiental, pero en realidad lo aprendió en su clase de preescolar, donde estudiaron la selva durante tres semanas.

A mi hija le encanta hacerse pasar por Yanomama, pero aún no sabe lo mal que están las cosas para los pueblos indígenas del mundo. A lo largo de la historia, los pueblos indígenas han sido tratados con brutalidad, menospreciados y diezmados por los intrusos.

El proceso continúa. Una de las crisis humanitarias más flagrantes hoy en día —y de las que menos se informa —es el trato a los pueblos indígenas en manos de gobiernos sedientos de poder, empresas amorales y oleadas de colonizadores.

La conservación también ha jugado un papel en ese panorama. Los gobiernos han utilizado la conservación de la tierra y de la vida silvestre como justificación para sacar a los pueblos indígenas de sus tierras, a veces, con el apoyo —o simplemente, el silencio— de los grupos conservacionistas.

Desde sus inicios, la conservación ha tenido un problema con las personas. De hecho, la mayor crisis interna a la que se ha enfrentado el sector en el último siglo es cómo ha tratado a los pueblos locales, y más exactamente, a los pueblos indígenas. Un pasado terrible ha hecho que recuperar la confianza de la gente que vive cerca de las zonas que son objetivo de protección y construir relaciones con ellos sea uno de los aspectos más duros para la conservación actual.

No obstante, tras una larga, y dura, mirada al espejo, el sector ha cambiado. Muchos conservacionistas y grupos aceptan ahora el establecimiento de reservas indígenas como una de las formas más innovadoras, y siendo realistas, efectiva, de proteger especies de la extinción. Muchos de los conservacionistas también trabajan directamente con los grupos indígenas, preguntando y escuchando en lugar de decir y exigir, pero aún queda mucho por hacer.

Pasado —y presente— terrible

Chico San en New Xade, un campamento de reasentamiento para la gente expulsada de la Reserva de caza de Kalahari central. Foto cortesía de Wikimedia Commons.

En los 90, el gobierno de Botsuana empezó a expulsar a gente San y Bakgalagadi de la Reserva de Caza del Kalahari Central. Paradójicamente, el parque se creó en 1961 en parte para permitir que los bosquimanos indígenas vivieran y cazaran sin que los molestaran dentro de sus fronteras, ganándose la vida como lo habían hecho durante milenios. También se creó para salvaguardar su rica vida silvestre. Sin embargo, las cosas cambiaron después de que varios ecologistas y funcionarios mostraran su preocupación por el descenso en las poblaciones de vida silvestre en la reserva. Esto dio la excusa al gobierno para que estableciera control sobre los bosquimanos y, supuestamente, se asegurara los diamantes bajo la tierra.

La respuesta del gobierno, demostró ser, sin sorpresas, un desastre humanitario. Forzó a los bosquimanos a reasentarse fuera de la reserva, donde dependen de las limosnas del gobierno para sobrevivir. Las fuerzas de seguridad los han golpeado de forma rutinaria por intentar volver a cazar o rebuscar en su tierra nativa, aunque los cazatrofeos ricos pueden pagar para disparar a los animales dentro del parque. Ellos están exentos de la prohibición de caza que se aplica a los habitantes locales. En la actualidad, los San y Bakgalagadi todavía luchan en una batalla legar para volver a la tierra que sus ancestros llamaban hogar.

Los bosquimanos de Botsuana no están para nada solos en estas prácticas de abuso o desplazamiento en nombre de la conservación, típicamente para abrir el paso a una nueva zona protegida o proteger la vida silvestre de la caza tradicional. De hecho cuando una de las primeras zonas protegidas modernas —el parque nacional Yosemite en California— se estableció, la gente que vivía allí, la tribu Miwok, fue asesinada o forzada a marcharse durante décadas.

Es casi imposible conocer el alcance total de los efectos de la conservación en los habitantes locales, pero un artículo calculó que, solo en África, hasta 14 millones de personas se han convertido en “refugiados de la conservación” desde los inicios de la conservación moderna, entre ellos los Masái al este de África, que fueron empujados a dejar sus tierras tradicionales de pastoreo para abrir camino a los muchos parques de los que los turistas extranjeros disfrutan hoy. El gobierno de India también reconoce haber desplazado a más de un millón de personas, la mayoría de ellos para proteger a los tigres, pero no hay muchas más cifras.

Campamento Indio Mariposa, valle de Yosemite, California, de Albert Bierstadt ca.1872. Imagen cortesía de Wikimedia Commons.

“El problema para los pueblos indígenas es que este tipo de conservación es ‘conservación sin humanos’ o ‘conservación que evita a las personas’, dijo Mina Susana Setra, activista de la tribu Dayak en el Borneo Indonesio que trabaja para la ONG de derechos Alianza de Pueblos Indígenas de los Archipiélagos. “Solo fomenta la naturaleza, la flora y la fauna, pero no a los humanos”.  Señaló a la campaña “La naturaleza habla”, aún en marcha, de la ONG Conservación Internacional como un buen ejemplo de este tipo de filosofía, con un mensaje al final de cada vídeo: “La naturaleza no necesita a las personas. Las personas necesitan la naturaleza”.

Setra me dijo, por correo electrónico, que el gobierno de Indonesia ha “copiado” este estilo de conservación y ha “menospreciado nuestro propio sistema de ‘conservación’ basado en la comunidad”.

Dijo que esto ha llevado a un gran número de grupos indígenas a ser desplazados de su territorio para dejar espacio a los parques nacionales del país, como el pueblo Dongi-Dongi, para la creación del Parque Nacional Lore Lindu en Sulawesi; los Banding Agung, para el Parque Nacional Bukit Barisan Selatan en Sumatra, y los Kasepuhan Karang, para el Parque Nacional Monte Halimun Salak en Java.

“Los Kasepuhan Karang luchan por desarrollar las prácticas económicas y culturales que les han dado sustento durante generaciones”, dijo Setra, quien apuntó que el grupo indígena había vivido durante más de 600 años en una tierra que ahora es parte del parque.

En parte, esta historia tan desagradable entre la conservación y los pueblos indígenas surgió porque muchos sistemas de conservación tempranos los iniciaron gobiernos europeos coloniales, que no solo explotaron la riqueza material de sus colonias, sino que también pusieron valor a sus riquezas silvestres. El racismo, por supuesto, también tiene un papel importante. Los invasores y los gobiernos, describieron a los pueblos indígenas (y algunos aún lo hacen) como atrasados, extraños y con necesidad de reeducación y conversión a una religión y estilo de vida occidentales en un intento de salvar sus almas paganas —y robar sus tierras.

A la vez, los gobiernos de todo el mundo han utilizado la conservación como excusa para eliminar, debilitar o simplemente exterminar grupos indígenas, una de esas veces como táctica de la guerra del gobierno estadounidense contra los Americanos Nativos que quedaban en el siglo XX. Los propios conservacionistas no quedan absueltos de culpa, ya que han sido defensores de los parques que se solapan con las zonas indígenas durante mucho tiempo —al menos en el pasado— y veían a los grupos indígenas como una seria amenaza para la naturaleza, más que como sus protectores.

Los conservacionistas empezaron por propagar la idea de que la verdadera naturaleza debe estar vacía de gente, según Jonathan Mazower, director de Abogacía de Survival International, organización activista radicada en Londres y dedicada a los grupos indígenas.

Elefantes de Sumatra en el Parque Nacional Bukit Barisan Selatan, Indonesia. Foto de Rhett A. Butler.

“Una idea prevalente entre los conservacionistas ha sido que toda presencia humana supone una amenaza directa al entorno natural, y que ciertas zonas tienen que ser devueltas a su estado ‘salvaje’ con la expulsión de la gente que hay en su tierra”, dijo a través de un portavoz.

Llamó a esta visión de la naturaleza “una idea colonial basada en [una] falsa presunción”, ya que esas tierras “habían sido gestionadas por indígenas durante milenios”.

Gran parte de las llamadas naturalezas del mundo han estado habitadas durante, por lo menos, miles de años. La única naturaleza del planeta que permanecía sin modificar por parte de los humanos en la época en que los polinesios conquistaron el Pacífico alrededor del año 1000 d.C. era la Antártida y el fondo del mar. Hoy en día, con el cambio climático, la acidificación de los océanos y la pesca de arrastre, no hay nada que no se haya visto afectado.

Aún así, Don Weeden, director de la Weeden Foundation en Bedford Hills, Nueva York, que apoya los proyectos de conservación de la vida silvestre, afirma que la creencia de que los grupos indígenas han sido gravemente dañados por la conservación en el pasado se desprende de excepciones desafortunadas y no la norma general.

“Toma cualquier conjunto de políticas y acciones y siempre vas a encontrar algunas que tuvieron consecuencias no intencionadas o que quizás estaban algo mal dirigidas, pero son bastante excepcionales y no tipifican a la conservación tradicional”, me dijo.

Aunque los expertos debaten sobre el alcance de los impactos y daños, muy pocos niegan que se haya tratado mal a los indígenas y pueblos locales en nombre de la conservación.

Los grupos de conservación se despiertan

Después de casi un siglo de abusos repetidos de forma similar, el mundo de la conservación tuvo un despertar —de varios tipos. En parte, esto se dio a causa del aumento de conciencia entre los conservacionistas y el reconocimiento, a veces doloroso, de sus pecados en el pasado. También se deben tener en cuenta los proyectos fracasados y el aumento de la investigación, que muestra que los pueblos indígenas a menudo protegían las tierras igual de bien, o mejor, que las áreas protegidas formalmente.

El enfoque que se aplicó durante mucho tiempo de expulsar a la gente de sus tierras para conservar la vida silvestre —a menudo descrito como “pistolas y vallas” o “conservación de murallas” — es cuestionable. El primer signo real de evolución llegó en 1975. Fue en ese momento cuando el Congreso Mundial de Parques, congreso decenal que organiza la Unión Internacional por la Conservación de la Naturaleza (UICN), adoptó una resolución que reconocía los derechos de los indígenas y pueblos tradicionales.

Mujer Dani, Papúa, Indonesia. Foto de Rhett A. Butler.

El aumento de la autonomía de los pueblos indígenas en todo el mundo hizo que el proceso avanzara, según Fred Nelson, director ejecutivo de Maliasili Initiatives, una ONG con sede en Burlington, Vermont, que trabaja con grupos de conservación en África para conectar las necesidades humanas con los beneficios ambientales.

Nelson señaló al aumento del reconocimiento y algunos derechos territoriales concedidos a los pueblos indígenas en Sudamérica, Australia y Canadá desde los 90. Los conservacionistas no solo se dieron cuenta de que no estaba bien marginar a los grupos indígenas, sino de que en muchas partes del mundo los grupos indígenas se estaban alzando y pidiendo la palabra.

“Obligaron a la conservación a cambiar y trabajar de forma más colaborativa con los pueblos indígenas, que se están haciendo con claros derechos sobre su territorio además de más influencia en el desarrollo y los procesos de políticas”, dijo Nelson.

En cuanto al lado académico, Nelson habló del trabajo de la economista política Elinor Ostrom, ganadora de un premio Nobel y ya fallecida, que estudió cómo algunas comunidades han sido capaces de gestionar ecosistemas de forma sostenible durante largos periodos de tiempo.

Hoy en día, la mayoría de grupos de conservación han desarrollado políticas para trabajar con grupos indígenas y muchos conservacionistas han empezado a verlos como socios y, a veces, hasta mentores. De ahí han surgido no solo colaboraciones dinámicas entre conservacionistas y habitantes locales, sino también métodos nuevos y, podría decirse que mejores, para proteger la vida y los territorios silvestres, que se están convirtiendo en algo primordial en el sector. Entre ellos encontramos los llamados proyectos de “conservación comunitaria” y la expansión de derechos sobre las tierras para los pueblos indígenas.

Conservación tradicional, nueva y comunitaria

Las actitudes hacia los pueblos indígenas y locales empezaron a cambiar justo antes del nacimiento de una nueva filosofía en la conservación en las tres últimas décadas. La “nueva conservación”, como ha sido nombrada, se centra en cómo beneficia la naturaleza a las personas y sus preocupaciones económicas. Sus métodos incluyen el desarrollo de sistemas de certificación para promover bienes producidos de forma más sostenible, sistemas de pago por servicios del ecosistema que pretender hacer que el mercado o los gobiernos paguen para mantener los ecosistemas por los servicios que ofrecen a la humanidad, y la colaboración con las mayores industrias del mundo para frenar el daño que provocan.

La nueva filosofía avanzó en muchas grandes ONG de conservación, como CI, the Nature Conservancy (TNC) y el Fondo Mundial por la Naturaleza (WWF), y encaja bien con la nueva forma de pensar en los indígenas y pueblos locales como socios en la conservación.

Niños de una aldea en la provincia Luang Namtha, Laos. Foto de Rhett A. Butler.

“Comprendemos que no se puede conservar la vida silvestre a costa de las personas, que al final las dimensiones ambientales y sociales en el paisaje van de la mano”, me dijo Deon Nel, Director de Conservación Global de WWF-Internacional.

Aun así, según Nelson, la nueva conservación no es la responsable del cambio de mentalidad de los conservacionistas acerca de los pueblos locales e indígenas. Más bien es un producto parcial de ese despertar.

“[El cambio] ha sucedido de mil formas diferentes en mil lugares diferentes en todo el mundo y se acumulado gradualmente en cambios sistémicos dentro del pensamiento y la práctica de la conservación”, dijo Nelson.

Añadió que los programas de nueva conservación son hoy “en parte, una función del reconocimiento gradual de que la conservación debe, para tener éxito, hablar de las necesidades e intereses de las comunidades rurales en todo el mundo —que son, en definitiva, la mayoría de conservacionistas en campo”.

Nelson defendió que las visiones más tradicionales de la conservación —como el mandato de preservar la naturaleza como un bien moral y cultural— son una “forma poscolonial de pensar y actuar” y simplemente no funcionan en lugares como África oriental y del sur, donde trabaja su organización.

“Pensar que los agricultores sin recursos de Mozambique o Ruanda sacrificarían su bienestar y sus opciones de vida porque los conservacionistas de los EE.UU. o de Europa valoran la existencia de los animales silvestres en África es un callejón operativo sin salida”, dijo. “Para la mayoría de personas en África rural que llegan a encontrarse con ellos, los elefantes y los leones son terroríficos, y a menos que esas personas reciban un valor compensatorio o un beneficio, es absurdo esperar que quieran tenerlos cerca. Para mí lo principal para la conservación en África es hacer que esa gente valore la vida silvestre”.

Aunque el nacimiento de la nueva conservación también ha llevado a un apasionado debate sobre su eficacia y enfoque, el problema con las personas es una de las pocas áreas en las que los nuevos conservacionistas y los tradicionales están de acuerdo.

Por ejemplo, aunque los conservacionistas tradicionales se centran principalmente en proteger los territorios y la vida silvestre y no en las personas, algunos trabajan estrechamente con los habitantes locales y los ven como el mejor recurso a la hora de proteger las especies y lugares protegidos.

Noga Shanee, cofundador de la ONG Neotropical Primate Conservation (NPC por sus siglas en ingles), me dijo que aunque su grupo es estrictamente tradicional en su objetivo de proteger especies en el norte de Perú, depende de los habitantes locales para fomentar sus actividades. “Las comunidades con las que trabajamos hacen la mayoría del trabajo de conservación ellos mismos. Eligen las áreas que quieren conservar y lo hacen lo mejor que pueden”, dijo.

NPC trabaja con los agricultores para que desarrollen sus propios parques de conservación comunitaria, algo que, según dijo, los habitantes locales están encantados de hacer. La conservación comunitaria significa que los locales, más que las ONG o los gobiernos, son los máximos responsables de las decisiones y establecen sus propias normas para proteger sus propias áreas. Sin embargo, para trabajar también deben convencer al gobierno de que reconozca sus parques.

Los aldeanos votan a favor de establecer una zona de conservación para proteger el hábitat del mono de cola amarilla. Foto de Sam Shanee/Neotropical Primate Conservation.

“Muchos de los proyectos en los que trabajamos habían buscando activamente una organización que les ayudara a cumplir sus sueños. No tuvimos que convencerlos ni, desde luego, enfrentarnos a ellos”, explicó Shanee.

Los puntos positivos de trabajar de esta forma son innegables, según Shanee. “Estas reservas son mucho más respetadas por las comunidades locales  y algunas sufren niveles de deforestación más bajos que las que dirige el estado”.

No obstante, Shanee avisó de que el gobierno peruano pone las cosas innecesariamente difíciles al éxito de la conservación comunitaria, probablemente porque no le gusta perder el control de la tierra. “Los habitantes locales no pueden encargarse del papeleo y los pagos ellos mismos”, dijo de la burocracia pesada de Perú en torno a la conservación comunitaria. “Estoy seguro de que es completamente intencionado”.

Mono de cola amarilla macho (Lagothrix flavicauda) al noreste de Perú. Foto: Sam Shanee/Neotropical Primate Conservation

Esta falta de apoyo puede generar violencia. Shanee dijo que los pueblos locales que trabajan con su grupo han sido marginados socialmente e incluso sujetos a secuestros y amenazas de muerte. Los ecologistas locales y los líderes indígenas suelen jugárselo todo cuando se enfrentan a los gobiernos o la industria por el medioambiente. Según la ONG internacional ecologista y de derechos humanos Global Witness, al menos 1024 ecologistas y activistas territoriales fueron asesinados entre 2002 o 2014.

La conservación comunitaria también está sucediendo, por supuesto, en organizaciones que se han inclinado hacia la nueva conservación en los últimos años. CI empezó centrándose solo en la biodiversidad, pero el grupo dio un giro importante en la última década aproximadamente para centrar su misión en las personas, específicamente en cómo la naturaleza ayuda a las personas.

En el Bird’s Head Seascape frente a la costa de Papúa Occidental en Indonesia, CI ayudó a establecer zonas de conservación gestionadas de forma local. El grupo dice que el proyecto redujo la pesca ilegal de forma efectiva en un 90 por ciento y aumentó el turismo de buceo, lo cual derivó en beneficios para los habitantes locales. (CI también fue la primera gran ONG conservacionista en situar a una persona indígena en su consejo de directivos, Megaron de la tribu Kayapo de Brasil).

La investigación sobre la efectividad de la conservación comunitaria ha dado resultados diversos. Aunque hay muchos programas positivos y efectivos, la conservación comunitaria también se enfrenta a desafíos, como gobiernos escépticos, beneficios económicos más bajos de lo esperado, problemas de gobernanza local, y a menudo atención a una sola especie sin contemplar otro tipo de vida silvestre. En resumen, muchos de los temas que pueden obstaculizar la conservación en general, también amenazan el éxito de la conservación comunitaria.

An Una mujer Aweer frente a un manglar y la costa en Lamu, Kenia, que un grupo de conservación comunitaria trabaja por proteger. Foto cortesía de USAID/Flickr.

Derechos de los indígenas sobre la tierra: ¿el santo grial de la conservación?

Los conservacionistas han empezado a darse cuenta recientemente de que los territorios indígenas y los derechos sobre las tierras indígenas pueden ser herramientas potencialmente innovadoras en la conservación. Los territorios indígenas, llamados zonas indígenas protegidas en Australia, son lugares en los que el gobierno reconoce legalmente el derecho de un grupo indígena a la tierra y le permite que lo gestione de forma colectiva.

Según un informe titulado Common Ground publicado en marzo por un trío de ONG lideradas por Oxfam, cerca del 50 % de los terrenos de la tierra están reclamados por “usuarios tradicionales de la tierra” —pueblos indígenas o locales que han vivido y utilizado la tierra durante una cantidad determinada de tiempo. Sin embargo, el informe apunta que solo se ha reconocido legalmente la titularidad de un diez por ciento. La mayoría se encuentra en cinco países: el principal es Brasil, donde los territorios indígenas cubren unos 110 millones de hectáreas, el 13 % del terreno, y los otros son Australia, Canadá, México y China. (Las reservas de grupos indígenas en los EE.UU. no están en la lista porque puede que no sean parte de un territorio tradicional o representen una gran reducción de lo que se ocupó históricamente, y a menudo los nativos Americanos fueron obligados a instalarse allí después de décadas de guerra y promesas incumplidas.)

Áreas en Brasil en las que los pueblos indígenas y comunidades locales han obtenido derechos legales sobre el territorio. Imagen cortesía de Global Forest Watch con información de Fundação Nacional do Índio (FUNAI).

En la mayor parte del mundo los pueblos locales e indígenas no tienen ningún derecho sobre su tierra. En África, por ejemplo, el Banco Mundial calcula que los gobiernos no reconocen el 90 por ciento de la tierra rural gestionada de forma comunitaria, lo cual ha llevado a una plaga de apropiación de tierras en el continente.

Los conservacionistas estás reconociendo tarde lo que ha sido obvio para los activistas indígenas desde hace tiempo: que en lugar de amenazar a la naturaleza, las formas de vida tribales causan mucho menos daño al medioambiente que los estilos de vida occidentales y que las tribus son protectoras increíblemente efectivas de sus tierras.

“El bosque es para los pueblos indígenas el recurso para todo: la conexión con los espíritus de sus ancestros que los guían continuamente a través de los milenios; la comida y el agua para su generación y las que vengan después; refugio para su gente; medicina para los enfermos; defensa cultural en un mundo dinámico y cambiante; una dignidad e identidad en la crisis de valores, que les hace estar orgullosos de ser indígenas”, dijo Setra. “Es su hogar y morirían en la lucha por mantenerlo a salvo”.

De hecho, un aumento en la investigación muestra que los territorios indígenas suelen ser tan buenos como las zonas protegidas estrictamente para detener la deforestación y, en algunos casos, hasta mejores. Hay tanta tierra potencialmente reclamable con gran biodiversidad que grandes tramos podrían protegerse y ser gestionados por administradores indígenas en lugar de los gobiernos, pero los gobiernos los respetarían, y ahí estaría la diferencia.

“Ciertamente, creo que todos en el sector de la conservación hemos reconocido que los pueblos indígenas tienen un papel importante en la conservación y que las reservas indígenas tienen mucho sentido”, dijo Weeden.

Por eso, muchos conservacionistas están fomentando el concepto de los derechos sobre las tierras indígenas, contribuyen con conocimientos a los movimientos a favor de los derechos territoriales y ayudan a establecer fronteras territoriales con la geolocalización. En algunos casos, ayudan a gestionar los territorios indígenas una vez se han establecido, actuando como mano derecha de los líderes indígenas.

“Aquellos que llevamos en el movimiento de la conservación mucho tiempo, siempre hemos participado en ese tipo de actividades porque los conservacionistas con experiencia que trabajan en este ámbito en los rincones remotos de nuestro planeta saben que no se puede triunfar sin colaborar con la gente”, dijo Russell Mittermeier, vicepresidente ejecutivo de CI y antiguo presidente, además de renombrado científico experto en conservación de bosques tropicales.

 

Un anciano cuenta una historia de un sueño en la zona protegida indígena de Angas Downs en el territorio norte de Australia Wikimedia Commons.

Los títulos legales permiten a los pueblos indígenas mucha más libertad para mantener industrias —como la tala, la minería y los combustibles fósiles— alejadas de su tierra. Les dan la capacidad de recurrir al gobierno si ocupantes ilegales o apropiadores de tierra entran en su territorio. También les permiten, si quieren, establecer zonas de protección estricta en su terreno.

“Es básicamente imposible que las comunidades locales practiquen la conservación si no tienen derechos legales sobre su tierra y sus territorios; no pueden controlar su entorno sin esos derechos”, explicó Nelson por correo. “La comunidad de la conservación necesita ser MUCHO más proactiva con la reforma de los derechos comunitarios sobre la tierra de lo que lo ha sido”.

Por supuesto, un título de tierra legal para los grupos locales también conlleva riesgos para la conservación. Uno de ellos es que los indígenas o los propietarios locales podrían decidir permitir a la industria que entrara a su tierra más adelante. Por ejemplo, en Papúa Nueva Guinea, algunas empresas despiadadas han utilizado sobornos, intimidación e incluso la fuerza para llegar a los bosques que supuestamente pertenecen a las comunidades que viven allí.

Otro riesgo es que a medida que crece la población y cambian las necesidades, los grupos indígenas podrían empezar a tener más una influencia más severa sobre el medioambiente. De hecho, la investigación ha mostrado que la extinción de la megafauna en todos los continentes excepto África hace unos 10 000 años (animales como el mamut lanudo, el tigre diente de sable o el rinoceronte lanudo) no fue culpa del cambio climático sino de pequeños grupos de cazadores-recolectores que hicieron desaparecer a la mayoría de grandes animales de reproducción lenta. Podría ser que si la población global sigue creciendo a este ritmo asombroso, y si los bosques siguen sufriendo sobrecaza y los océanos sobrepesca, no queden muchas elecciones fáciles. Esos son el tipo de miedos que desvelan a los conservacionistas.

Los partidarios de que los territorios indígenas sean una herramienta de conservación, y no solo una cuestión de derechos humanos, dicen que hay mucha menos probabilidad de que los pueblos indígenas inviten a la industria a los bosques que los gobiernos, y que por los siglos de conocimientos y tradición, seguirán siendo protectores mucho mejores de los bosques que los guardabosques y las vallas.

Amasina, chamán Trio en Surinam en 2008. Foto de Rhett A. Butler.

Una forma de hacer frente a las preocupaciones de la conservación es que los territorios indígenas estipulen específicamente más protecciones para la naturaleza. Mittermeier señaló a Surinam, donde el año pasado, con apoyo de CI y WWF-Guayanas las comunidades indígenas declararon un enorme corredor de conservación que se extiende en 7,2 millones de hectáreas (28 000 millas cuadradas). “Esta zona tiene más o menos el tamaño de Irlanda y solo viven unas 3000 personas en ocho comunidades”, dijo Mittermeier.

Esta zona indígena no solo protege a las poblaciones indigenas que viven allí, sino que también protege específicamente los recursos naturales como los ríos en su zona.

Para Setra, activista Dayak, lo que debe hacer el gobierno de Indonesia “antes de nada” es conceder a los pueblos indígenas los derechos legales sobre su tierra.

“Lo que nosotros decimos es: apoyo a la geolocalización comunitaria y reconocimiento de los territorios indígenas y las tierras colectivas, y ofrecer protecciones fuertes y seguras para la gente que protege los bosques, la naturaleza y el medioambiente”.

Aun así, esta batalla por el reconocimiento de los títulos de propiedad también se ha topado con una de las mayores iniciativas que ha desarrollado la conservación en las últimas décadas. El programa de Reducción de las Emisiones de la Deforestación y la Degradación de los Bosques en Países Desarrollados (REDD+) paga a los países en desarrollo —y potencialmente a las comunidades locales— para que mantengan los bosques en pie y así mitigar el cambio climático. Sin embargo, muchos grupos indígenas ven REDD+ como una forma más de que los gobiernos y las grandes ONG de conservación se hagan con poder sobre sus bosques —como repetición de los parques nacionales que absorbían su tierra —. Muchos grupos indígenas han luchado mucho para que REDD+ no entre en sus bosques, mientras que otros defienden que el largo proceso burocrático los ha ignorado cuando esperaban obtener un beneficio económico del programa.

REDD+ está claramente bajo el paraguas de la nueva conservación, y aunque la nueva conservación pregona que se preocupan por la gente, parece vivir en una paradoja. Por una parte, la nueva conservación ve en su núcleo a las personas, y especialmente los beneficios económicos que pueden obtener, como parte esencial para avanzar en la conservación. Al mismo tiempo, los programas de pago por servicios del ecosistema como REDD+ no solo han demostrado ser difíciles de aplicar, sino que han empezado a apartar a algunos de los grupos indígenas de cuyos ambientes dependerían ciertos programas.

La nueva conservación también ha sido criticada por deteriorar su mensaje de que las personas son lo primero con su énfasis en la colaboración con industrias poderosas y grandes empresas, entre ellas algunas de las mayores empresas de minería y combustibles fósiles con trágicos historiales en el tema de las comunidades indígenas y locales. Por ejemplo, uno de los socios de CI, Chevron, está implicado en un litigio de miles de millones de dólares con varias comunidades indígenas en Ecuador por los derrames de petróleo y la contaminación que la empresa heredó cuando se fusionó con Texaco. El caso ha dado muchas vueltas, pero las comunidades indígenas afirman que Chevron ha falsificado las pruebas y ha pagado a funcionarios para evitar pagar las indemnizaciones que han ordenado los tribunales. Aún así, CI sigue siendo socio de este gigante petrolero.

Niño Vezo en Madagascar. Foto de Rhett A. Butler

Las zonas protegidas tradicionales y la protección de la vida silvestre

Obviamente, es incluso más fácil criticar a los conservacionistas tradicionales por ignorar las necesidades humanas, ya que se siempre se han centrado en la vida y la tierra silvestre más que en las personas —así durante más de un siglo.

Sin embargo, Weeden, que tiene titulación en salud pública y ha trabajado en el sector de la ayuda en países en desarrollo, me dijo que la historia es más complicada. Dijo que la suposición de que los conservacionistas tradicionales son “elitistas” o “no se preocupan por el sufrimiento humano o la pobreza” son “falsas”.

“No se trata de ser antihumano, sino de preocuparse con pasión por las otras 10 o 15 millones de especies”, dijo.

Guarda indígena en un parque durante la patrulla forestal en Surinam. Foto de Rhett A. Butler.

En una época en la que las industrias extractivas avanzan más en el terreno para conseguir acceso a los recursos naturales cada vez más escasos, los conservacionistas y pueblos indígenas acaban apoyando las zonas estrictamente protegidas. Paul Salaman, director ejecutivo del grupo de conservación tradicional Rainforest Trust, de Virginia, me dijo que ve que los grupos indígenas cada vez aceptan más las zonas tradicionales protegidas, en lugar de combatirlas, como una forma de mantener a las empresas y los colonizadores alejados, especialmente si están involucrados en el proceso.

“Hay algunas comunidades indígenas que aceptan las zonas protegidas estrictas adyacentes a su tierra, y cualquier cosas que ayude a evitar que empresas, plantadores de palma de aceite, empresas madereras, minería de oro entren y destruyan esa zona”.

Señaló el trabajo de Rainforest Trust con los indígenas Matsés en Perú. Después de que el grupo ayudara a que los Matsés establecieran una reserva indígena, los Matsés apoyaron que se apartara la tierra adyacente como parte de una reserva naturales estricta, según Salaman. En 2009, Rainforest Trust y su socio local, CEDIA, ayudaron a fundar la Reserva Nacional Matsés, que cubre más de un millón de acres (4046 km2).

“Llegamos justo a tiempo”, dijo Salaman. “Había habido una fiebre del oro en la zona”.

En efecto, las zonas protegidas estrictas no siempre tienen malos resultados para la gente que vive cerca de ellas. Algunas investigaciones han mostrado que las comunidades que viven cerca de las zonas protegidas están mejor que otras comunidades similares más lejos, lo cual aporta más pruebas de que la conservación tradicional puede beneficiar a las personas —siempre y cuando estas estén incluidas en la discusión y se respeten sus derechos.

“No hay derechos sobre el bosque sin bosque”, me explicó Phil Dickie, portavoz de WWF-Internacional. “Así que la protección importa”.

Incluso los esfuerzos de la conservación centrada en la vida silvestre pueden beneficiar a los lugareños. Adrew Terry de Durrell Wildlife Conservation Trust en la isla de Jersey, dijo que su organización, que se centra por completo en salvar de la extinción a especies increíblemente amenazadas, ha descubierto que sus esfuerzos suelen ayudar a la gente que vive en las cercanías.

Por ejemplo, el proyecto del porrón de Madagascar de Durrell ha ofrecido muchos beneficios para el pueblo malgache. Durrell trabaja para restaurar los humedales y el lago de La Sofía como un lugar donde liberar al porrón de Madagascar (Aythya innotata), En Peligro Crítico —un pato que cuenta con una población mundial de unos cien ejemplares, una tercera parte de ellos en cautividad. Los humedales alrededor del lago sufren deforestación extendida en las márgenes, encenagamiento, tienen agua de mala calidad, bajos niveles de biodiversidad y peces exóticos, dijo Terry, que apuntó que incluso así, este ecosistema de agua dulce está entre lo más sanos ecológicamente en el centro de Madagascar.

Porrón de Madagascar (Aythya innotata), pato en Peligro Crítico. Foto de Frank Vassen/Flickr.

Durrell trabaja ahora con ciudadanos locales para mejorar la calidad del agua y gestionar mejor los humedales mejorando la gestión de ganado, diversificando los cultivos y apoyando la educación primaria, entre otras tácticas. Muchas de esas actividades tienen el estilo de los programas de nueva conservación, y Terry dijo que su grupo, aunque suele ser tradicional en su visión, empleará cualquier herramienta que considere que ayuda a cumplir con el trabajo de salvar especies. Además de los beneficios inmediatos de la agricultura mejorada y la educación, el proyecto acabará por beneficiar a la población local al proporcionarles agua más limpia y mejor pesca local de agua dulce.

“Las especies están intrínsecamente conectadas a sus entornos más amplios—no se puede salvar una especie sin considerar las presiones que actúan en su ecosistema y los otros elementos que conforman ese ecosistema”, dijo Terry. “Creemos, y podemos demostrar, que centrarse en las especies puede unir a la gente de verdad y centrar la atención para abordar problemas de los ecosistemas al completo.

En otras palabras, incluso la conservación centrada en la vida silvestre puede beneficiar a las comunidades locales, simplemente con la mejora de la salud del medioambiente y trabajando con los lugareños como socios. Durrell no intervino en la zona por la pobreza de sus habitantes, sino por un pato que casi se había extinguido. Al final, puede que todos vivan un futuro mejor.

¿Puede llegar demasiado lejos el énfasis en las personas?

A medida que la noción de incluir a las comunidades indígenas y locales en las decisiones que rodean a la conservación ha ganado adeptos, también ha recibido algunas acometidas en contra. John Payne, jefe de Borneo Rhino Alliance, dijo que a veces, los esfuerzos para trabajar con todos los locales o los llamados grupos interesados y apaciguarlos han ido “más allá de un juego de niños”.

“Pueden pasar años mientras se desarrollan las conversaciones y el desgaste de los bosques y la población animal ocurre, potencialmente, hasta el punto de la extinción total. A largo plazo, se salvará poco valor biológico con el proceso de consulta, y habrá mucha gente pobre y en situación de desventaja,” me dijo Payne.

Guía de la naturaleza en el Borneo Indonesio. Foto de Rhett A. Butler.

Señaló al establecimiento de dos parques en el Borneo Malasio como ejemplo: el Parque Nacional Tabin en 1984 y el Santuario de Vida Silvestre Kinabatangan en 1997. “Ninguna de estas zonas protegidas se habría establecido si hubiera habido un proceso de consulta entre los interesados parecido a lo que creemos que se debe hacer hoy en día”, dijo.

El Parque Nacional Tabin probablemente se hubiera visto descarrilado por los intereses de una aldea local y de la tala, según Payne. En cuanto al Santuario de Vida Silvestre Kinabatangan, dijo que los lugareños se opusieron casi unánimemente al parque y que solo siguió adelante por la voluntad de un puñado de funcionarios del gobierno.

En la actualidad, sin embargo, la visión local del Santuario de Vida Silvestre Kinabatangan ha dado un giro de 180 grados, según Payne. Los lugareños ven el parque como una de sus alternativas económicas en una región que se hunde entre plantaciones de monocultivo —y uno de los últimos recordatorios de un mundo pasado.

“Hay un sentimiento de pesar porque el grueso de la región sean plantaciones de palma aceitera, cuyos dueños viven lejos de la región y cuya mano de obra es extranjera”, dijo, añadiendo que, hoy en día, el ecoturismo en el parque al menos ofrece a los lugareños un camino diferente en su vida profesional.

Árbol enorme en el Parque Nacional de Yasuní en la Amazonía Ecuatoriana con un guía Huaorani vestido de rojo a la derecha. Foto de Jeremy Hance.

Según el punto de vista de Payne, la lección es que la gente de la zona no podía imaginar que la mayoría del bosque en el que habían vivido durante generaciones se pudiera transformar en palma de aceite, así que el valor de establecer una reserva no estaba claro. Dijo que es típico. Establecer nuevas áreas protegidas, a veces requiere “el liderazgo y la persistencia de unos pocos contra las ideas de la mayoría”.

Shanee de NPC también avisó de que los conservacionistas deben ser precavidos con las expectativas locales. Dijo que su grupo no trabaja con comunidades si su objetivo principal es la mejora económica —lugareños obsesionados con la idea de que REDD+ les llevará dinero, por ejemplo.

“Algunas personas de verdad creen que si conservan la tierra, el dinero lloverá sobre ellos instantáneamente”, dijo. “Eso es resultado de los discursos confusos y problemáticos de este tipo de sistemas”.

Así es cómo se venden estos sistemas a los lugareños e indígenas: la conservación los hará más ricos, la conservación les traerá mejoras económicas, la conservación ayudará a su familia. Aunque los conservacionistas quieran decir la verdad desesperadamente, la realidad es mucho más complicada. Los beneficios económicos potenciales a menudo necesitan años de mucho trabajo para materializarse —si es que llegan a hacerlo— como en el caso de las operaciones de ecoturismo, artesanía y otras empresas comerciales a pequeña escala, o los programas de pago por servicios del ecosistema.

Una vez la gente se da cuenta de que no se van a hacer ricos, “vuelven a sus actividades normales, que suelen ser bastante destructivas”, añadió Shanee.

En lugar de eso, NPC trabaja con las comunidades para proteger la naturaleza por otras razones —su espiritualidad, el compromiso con la sostenibilidad o la posibilidad de obtener un mayor reconocimiento del gobierno y la sociedad Peruana en general entre ellos. Ciertamente, la mejora económica puede ser uno de los resultados, pero no debe ser el objetivo, dijo Shanee, o los conservacionistas se arriesgan a alienar a la gente local.

Bosque nuboso en las cercanías de un proyecto de conservación comunitaria en Perú. Foto de: Sam Shanee/Neotropical Primate Conservation.

La polémica continúa

A pesar de todo el progreso, la relación entre los conservacionistas y los habitantes locales sigue siendo complicada. Los recuerdos de los abusos del pasado persisten y los lugareños siguen lanzando acusaciones de elitismo, falta de respeto y robo de tierras tradicionales para convertirlas en zonas protegidas.

Incluso cuando los conservacionistas quieren trabajar en colaboración con los locales, a veces se enfrentan a malas decisiones de los gobiernos que tratan a los pueblos indígenas como ciudadanos de segunda clase o quieren hacerse con el poder en los grupos minoritarios.

Cualquier noción de que el conflicto entre la conservación y los pueblos indígenas y locales ha acabado es inocente, según Mazower de Survival International.

“Muchas de las grandes organizaciones de conservación —WWF, Wildlife Conservation Society, Conservation International, African Wildlife Foundation y the Nature Conservancy— son culpables de abuso a los derechos de los pueblos indígenas”, dijo. “Nunca han hablado en contra de los desplazamientos, han fundado proyectos que violaban los derechos tribales, y tratan quejas como las nuestras como ‘asuntos’ de relaciones públicas en lugar de actuar rápidamente”.

El grupo lanzó una queja formal recientemente con la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo contra WWF por su supuesta conexión con abusos al pueblo indígena Baka en Camerún. La queja acusa a WWF de ayudar a establecer una serie de zonas protegidas sin el consentimiento adecuado de los Baka, y que los guardabosques de las zonas protegidas, en general financiados por WWF, han destruido hogares Baka y los han amenazado con violencia.

Sin embargo, Dickie, portavoz de WWF-Internacional, negó esas afirmaciones. Dijo que WWF, no solo estuvo por encima de los requisitos formales en el establecimiento de una zona protegida en la región, sino que también pasó cinco años trabajando con las comunidades locales para refinar la propuesta del parque basándose en sus aportaciones, prestando especial atención al hecho de involucrar a los miembros de comunidades marginadas de forma política y social.

Añadió que WWF ha financiado formación en derechos humanos para los ecoguardas desde 2006. “Investigar incidentes es difícil, particularmente en ausencia de detalles, pero en los casos en que WWF ha podido identificar cualquier caso de abuso relacionado con los ecoguardas, ha llevado el caso ante el ministerio y los otros interesados. Algunas de esas intervenciones parecen haber tenido algún efecto”, dijo Dickie.

La situación aquí es volátil y compleja. Trabajar en lugares del mundo como Camerún —donde la pobreza, los conflictos y la falta de gobierno prevalecen— obliga los conservacionistas a caminar sobre la cuerda floja entre los deseos por preservar especies, proteger los bosques y mitigar el sufrimiento humano.

La región es hogar de los Baka (que han vivido en los bosques durante generaciones) y agricultores de habla Bantu que tiene gran parte del poder político. Si a eso se añade el influjo de refugiados de la República Centroafricana, y navegar en las tensiones tribales se convierte en algo casi imposible. Al mismo tiempo, la caza furtiva se está militarizando cada vez más, dijo Dickie, y algunos Baka se han involucrado, especialmente en la caza de elefantes. No obstante, como muchos otros grupos pobres y marginales, los Baka solo están siendo utilizados como soldados en esta guerra por la vida silvestre, actuando según las órdenes de gente más poderosa, dijo.

Dickie insistió en que WWF está hacienda lo que puede para mejorar la vida de los Baka y los Bantu mientras protege la vida silvestre. Entre otras cosas trabajan con organizaciones de la comunidad Baka, ayudan a establecer iniciativas de policía comunitaria y aumentar el número de guardabosques Baka. (Hasta hace poco el gobierno de Camerún solo permitía a los Bantu ser guardabosques)

“Desafortunadamente, tenemos problemas para igualar lo que los cazadores [de elefantes] están dispuestos a pagar”, dijo Dickie.

WWF cuenta con políticas que rigen cómo participa con los grupos indígenas que los reconocen como “administradores clave” de su tierra y hacen “esfuerzos especiales” para asegurar sus derechos. Dickie añadió que “WWF lleva un tiempo considerable intentando saber si Survival está preparado para colaborar en iniciativas que podrían beneficiar a los Baka” —hasta ahora en vano.

Mazower defendió que aunque las políticas de WWF y otros grupos de conservación “suenan excelentes sobre el papel” son “a menudo ignoradas en la práctica”. Afirmó que los grandes grupos de conservación eligen continuamente a la industria, las empresas y el turismo por encima de los pueblos indígenas.

Hombre Masái, este de África. Foto de Rhett A. Butler.

No está solo en su crítica a la conservación actual. A pesar de todo el trabajo que se está haciendo con los grupos indígenas y de habitantes locales, muchos conservacionistas aún creen que no se ha avanzado mucho desde el siglo XIX, según Shanee.

“Creo que la conservación ha cambiado mucho en sus discursos, pero poco en esencia”, dijo, apuntando que muchos parques antiguos se establecieron para asegurar que hubiera animales de caza para los ricos cazadores colonialistas. Dijo que su mentalidad privilegiada sigue existiendo en muchos círculos de la conservación actual.

“Los agricultores locales que intentan salvar sus cultivos o dar de comer a sus familias son acusados de furtivos, mientras que la gente rica blanca que mata por diversión se percibe como gente que hace un noble esfuerzo de conservación”, dijo Shanee en referencia al apoyo de grupos como WWF y la UICN a la caza de trofeos bajo ciertas condiciones. “Es un concepto racista y socialmente injusto que aparta a los locales de la conservación”.

Incluso la fiebre del desarrollo de proyectos de ecoturismo, que a menudo se venden como generadores de ingresos para los locales, puede tener la misma actitud, según Shanee: foco en los occidentales ricos y privilegiados por encima de la gente que de verdad vive en la zona.

“Ahora venden la idea un poco mejor con nombres como ‘Programa de Conservación Integrada y Desarrollo’”, dijo, pero “la idea es básicamente la misma, la conservación se utiliza como excusa para el territorialismo”.

No obstante, Nelson dijo que en África, al menos, el ecoturismo es lo único que mantiene la vida silvestre con vida. “Donde puede que los occidentales vean el Parque Nacional Serengeti bajo el prisma de un patrimonio mundial precioso apartado a perpetuidad, la razón de que el Serengeti esté en general bien gestionado y reciba tanta inversión es que es un bien extraordinariamente valioso a través del turismo”, explicó.

Lo mismo sucede con los gorilas de montaña en Ruanda y Uganda. “No solo han sobrevivido, sino que han aumentado su población a través de años de crisis política y guerra en la región porque son un bien muy valioso para esos países —el gobierno vende un solo permiso para dar un paseo y ver gorilas por 750 dólares— y esto es lo que genera el mayor nivel de ‘voluntad política’, a menudo esquiva, para protegerlos”, dijo Nelson. “La industria del turismo de Ruanda al completo se apoya literalmente en esos pocos cientos de gorilas”.

Gorila de montaña en el Parque Nacional Impenetrable Bwindi, Uganda. Foto de Rhett A. Butler.

La conservación solo triunfará en África si “habla a las aspiraciones sociales, económicas y políticas de la gente y la sociedad africana —[si] se elimina eso, la conservación perderá”, según Nelson.

¿La naturaleza necesita a la gente?

Dado el lío que hay en la conservación actual, puede que sea hora de consultar a expertos de diferentes sectores, según Terry de Durrell.

“Es un error real observar enfoques desarrollados por especialistas en ayuda humanitaria o sociólogos y pensar que, como biólogos, sabemos cómo aplicarlos.

A medida que los conservacionistas se han exigido más y más —y el gobierno y la sociedad les han exigido más— han fracasado en reconocer que quizás, solo quizás, no puedan hacerlo todo. Desde luego, no bien. O sea, solo evitar la extinción masiva ya es mucho pedir. Así que quizás sea hora de empezar a trabajar con expertos tanto cuanto sea posible. No solo con economistas y líderes empresariales, sino también psicólogos, sociólogos, antropólogos, especialistas en trauma en zonas de conflicto, y por supuesto líderes indígenas y de las comunidades locales.

El problema de la conservación con las personas no está solucionado, no del todo. Dada la propia naturaleza de la conservación, puede que siempre haya tensiones. Según Setra, quizás todos tengamos que pensar en cómo vemos la naturaleza y cómo pensamos sobre nuestra propia especie.

Los pueblos indígenas “han sido, y en muchos casos aún son, verdaderos conservacionistas, mucho antes de que [la conservación] existiera en sí misma, ya llevaban siglos haciendo esto”, dijo. Luego cambió la frase de la campaña (“La naturaleza no necesita a la gente. La gente necesita la naturaleza”) para ilustrar su argumento.

“La conservación necesita a la gente, la naturaleza necesita a la gente”, dijo.

Asentamiento indígena en la selva de Surinam. Foto de Rhett A. Butler.

 

 

Bibliografía