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El santuario que protege a los bonobos, los parientes más cercanos de los humanos

  • Lola ya Bonobo, el primer santuario de bonobos, fue fundado en 1994 por Claudine Andre, que llegó a la República Democrática del Congo (RDC) cuando era joven y que, tras conocer a un bonobo en el zoo de Kinshasa, dedicó su vida a la especie. En la actualidad, el Lola ha sido reconocido mundialmente como modelo para la rehabilitación de primates.
  • El éxito del santuario reside en la “conservación inclusiva”, un proceso por el cual el Lola no solo cuida de los bonobos rescatados en la RDC, sino también de las comunidades humanas cercanas —dando apoyo a granjas, escuelas e instalaciones médicas. Las comunidades, a cambio, apoyan al Lola.
  • Los bonobos del santuario —a menudo traumatizados tras ser rescatados del comercio de grandes simios— pasan años en rehabilitación, atendidos por madres de acogida humanas y el atento personal de Lola. Cuando se considera que están listos, los grupos de bonobos se devuelven a la naturaleza del Congo.
El santuario Lola ya Bonobo es reconocido por su conservación de bonobos (Pan paniscus). Foto de Kim Harrisberg

La impactante energía urbana de Kinshasa, capital de la República Democrática del Congo, parece un mundo diferente de la extensión verde del santuario Lola ya Bonobo en Les Petites Chutes de la Lukay, una reserva forestal de 75 acres hogar de más de 70 bonobos rescatados, los parientes más cercanos de los humanos.

Dentro del santuario, los chillidos de los bonobos se alzan sobre la corriente del río Lukaya. El nombre del santuario se traduce como “paraíso de los bonobos” en Lingala. Es un refugio seguro para los grandes simios rescatados de un destino que otros de su especie sufren cuando los capturan para comerciar con su carne, convertirlos en mascotas o utilizarlos como animales de circo. En Lola ya Bonobo encuentran un hogar con una madre de acogida humana, se curan del trauma de su captura ilegal y se les da una segunda oportunidad en la vida con un programa de rehabilitación.

Conocidos como los “hippies del bosque”, los bonobos son grandes simios pacíficos que fascinan a los conservacionistas, activistas y a la sociedad. Por desgracia para ellos, su naturaleza confiada los convierte en objetivos fáciles para los cazadores. La caza y la pérdida de hábitat han dejado menos de 15 000 bonobos en la naturaleza en la actualidad. La especie está catalogada como En Peligro por la UICN.

Estos grandes simios, con los que compartimos el 98.7 por ciento de nuestra configuración genética, son únicos y merecen ser conservados por multitud de razones: el único lugar en el que se encuentran de forma natural es el Congo; las hembras son los “macho alfa” de la especie; los bonobos resuelven la mayoría de conflictos con sus compañeros a través del sexo, disipando las tensiones con encuentros amorosos; y actúan como enlace vital en la comprensión de nuestra historia evolutiva.

Joven bonobo observando mientras otros bonobos juegan. Foto de Kim Harrisberg

El nacimiento de un santuario

La fundadora de Lola ya Bonobo, Claudine Andre, llegó a Kinshasa desde Bélgica cuando era joven con su padre veterinario. Como explica en la web del Lola: “Mi primer colegio fue el bosque”. Pasó su infancia rodeada de naturaleza y comprometida con ella.

Ya de adulta, en 1993, cuando un joven bonobo llegó al zoológico local en el que era voluntaria, se creó un vínculo entre ellos que guió decisiones importantes en la vida de Claudine. Se dedicó a establecer un santuario para bonobos y a aumentar la concienciación sobre la necesidad de protegerlos —objetivos que consiguió a la vez que criaba a cinco hijos.

En 1994, abrió Lola Ya Bonobo, el primer santuario de bonobos del mundo, una institución que ha resistido ante la incertidumbre económica, la inestabilidad política e incluso los conflictos armados. Desde entonces, Claudine ha sido premiada con la Orden Nacional del Mérito por Francia y el Premio del Medioambiente Prince Laurent por Bélgica. En la actualidad, viaja por el mundo para aumentar la concienciación sobre la difícil situación de los bonobos, a la vez que recauda fondos para asegurarse de que su paraíso de bonobos sigue prosperando.

Un bonobo macho disfruta su tentempié diario de pepino entre el denso follaje del santuario. Foto de Kim Harrisberg
Los bonobos utilizan palos para alcanzar y llevarse verduras flotantes del agua del lago del santuario. Foto de Kim Harrisberg

El cerebro del bonobo

Una visita rápida al santuario revela la extraordinaria inteligencia de los bonosos, una aptitud que ha sido observada muchas veces por los que se dedican a cuidar de los animales. “Nos dimos cuenta de que entienden tres idiomas”, exclama el veterinario residente Raphaël Belais como un padre orgulloso. Los animales, dice, responden a “francés, inglés y lingala”.

Cuando planifican tratamientos médicos, suelen hablar fuera del alcance de los oídos de los bonobos, ya que estos reconocen sus nombres, incluso si los pronuncian un día antes y se esconden para evitar la medicación.

Estos grandes simios saben a qué hora llega su comida y utilizan rocas como herramientas para abrir frutos secos y semillas —una técnica que dos recién llegados enseñaron a los bonobos del santuario y que se extendió como la pólvora entre todos los bonobos de la reserva.

La inteligencia sofisticada de los bonobos está acompañada de su carácter amigable, que es una técnica de supervivencia valiosa. Los estudios han mostrado que los chimpancés estresados liberan testosterona, lo cual los hace más agresivos. En el caso de los bonobos se libera cortisol (una hormona del estrés), pero el resultado no es un conflicto. En lugar de eso, el cortisol empuja a los bonobos a buscar cercanía física. Otros estudios han mostrado que esta tendencia amorosa lleva a una mayor cooperación y hace a los bonobos más efectivos que a los chimpancés en la recuperación de comida.

El presidente de los agricultores de la comunidad Mamfufu Junior Mbo (izquierda) orgulloso de sus cultivos, y otro agricultor. Lola ya Bonobo ofrece equipamiento y formación a las comunidades agrícolas cercanas y utiliza las cosechas para alimentar a los bonobos. Foto de Kim Harrisberg

Conservación a través de la comunidad

A poco rato en moto desde el Lola se encuentra la comunidad de Mamfufu. Aquí, los residentes desmalezan y riegan sus huertos sin conexión visible con los bonobos o el santuario. Estos huertos, sin embargo, son una pieza esencial en la estrategia de participación comunitaria del santuario.

“La conservación no funciona si solo piensas en los animales”, explica Fanny Minesi, hija de Claudine y directora de operaciones del santuario. “Tenemos que pensar también en la comunidad [humana] y en cómo su bienestar puede beneficiar a los animales y viceversa”. Esa filosofía se transmite en las campañas de agricultura comunitaria de Lola, como la que se encuentra en Mamfufu.

No obstante, cómo imagina uno que se beneficiará la comunidad y cómo acaban realmente beneficiándose las personas son dos cosas distintas, dice Fanny. Para explicarlo, ofrece el ejemplo de las agencias de desarrollo internacional ingenuas que distribuyen redes antimosquitos en las comunidades africanas, que las acaban utilizando como redes de pesca. “Tenemos que comunicarnos con la comunidad [local], incentivarlos e incluirlos en el proceso de conservación”.

Esta relación cercana entre el santuario y la comunidad es especialmente fuerte para los agricultores locales en Mamfufu y las comunidades cercanas que suministran casi toda la comida para los bonobos. Los agricultores se formaron para esa tarea a través de una iniciativa del Lola —adquiriendo las habilidades y materiales necesarios para cosechar de forma sostenible y producir los pepinos, cebollas, lechugas y otros alimentos que se destinan a la alimentación de 70 bonobos hambrientos.

“La agricultura me ha ayudado a mantener a mis hijos y pagar sus tasas escolares”, explica Junior Mbo, presidente de los agricultores de la comunidad, posando orgulloso delante de sus florecientes cultivos. “Antes todo estaba descuidado y las semillas se iban con la lluvia. Ahora hacemos un seguimiento de cuánto se planta y cuánto crece”.

La comunidad está ligada al Lola de otras maneras. Mamfufu Primary, la escuela local, confía en el santuario para recibir material escolar y otros tipos de ayuda. El director de la escuela, Michel Mukoko, señala a una estructura dilapidada: “Este es el edificio de la escuela. No es fácil. Es arriesgado y se podría caer, pero el Lola ayuda mucho con artículos de papelería y apoyo”.

Como resultado, el Lola tiene una reputación en el área que lo rodea no solo porque rescata bonobos, sino porque apoya a granjas, escuelas y hospitales —con camas, suministros médicos y formación como parte de la misión de desarrollo del Lola.

“Esto es lo que hace que Lola funcione”, reflexiona Raphaël. “Este [apoyo] hace que la gente crea en el proyecto [de los bonobos], y por eso la población local quiere ayudar. Saben que nuestro objetivo es proteger a los bonobos, pero no solo se trata de eso, también se trata de las personas”.

Michel Mukoko, director de Mamfufu Primary, recibió material escolar y otros tipos de ayuda del Lola Ya Bonobo. El santuario tiene estrechos vínculos con las escuelas y hospitales locales. Foto de Kim Harrisberg
Este bonito autobús decorado lleva a niños de excursión para que aprendan sobre los bonobos y los visiten casi de forma semanal. El santuario contempla la educación como herramienta principal para combatir el tráfico de bonobos. Foto de Kim Harrisberg

Conservación a través de la educación

Una de las formas más influyentes y efectivas en que el Lola ha conseguido que la comunidad se involucre es con los programas educativos; hasta 20 000 niños visitan el santuario cada año para aprender sobre los bonobos.

Susie Katwenda, bióloga e investigadora del Lola, ha trabajado con el santuario durante once años y es una de las personalidades notables con las que los niños se encuentran en sus visitas: “¿Qué le importa la conservación a los lugareños?”, pregunta claramente. “Los lugareños en el bosque ecuatorial necesitan comer algo. Intentamos ayudar a los animales, pero también nos encargamos de las personas. Porque si la gente tiene hambre, les dará igual, no habrá oídos que nos escuchen”.

Los programas educativos del Lola siempre implican un diálogo, dice Katwenda. Eso significa que los habitantes locales pueden expresar sus necesidades y preocupaciones, que se sienten escuchados y que sus tradiciones culturales se respetan. “Hacemos que [la gente] también sean responsables de los bonobos y los ayudamos con la pesca y la agricultura y otros métodos de supervivencia [alternativos a la caza]. Luchamos juntos por los bonobos”.

Los niños de la zona son los principales aliados y fuentes de información del Lola. Suelen avisar al personal cuando alguien captura bonobos y los encierra en jaulas o cuando los venden en los mercados. Cuatro de los bonobos huérfanos que viven actualmente en el santuario se rescataron gracias a los avisos de estudiantes.

El proceso educativo del Lola está bien estructurado: primero, el personal se desplaza hasta los colegios para mostrar a los niños imágenes de los bonobos y hablar sobre el comportamiento de los animales. Después se realiza una visita al santuario, ven una película y se les da algo de comer. “Aprenden, pero también es una aventura”, dice Katwenda.

El momento en que Susie se sintió más orgullosa fue cuando se pusieron en contacto con ella unos lugareños que habían capturado un bonobo para venderlo, pero luego habían cambiado de idea. “Se pusieron en contacto con nosotros y se disculparon. El bonobo estaba herido. Creamos un plan para traerla aquí [al santuario]. Fue un momento maravilloso, ver a la comunidad implicada en la protección del bonobo, ver cómo [sus ideas] habían cambiado”.

Una madre de acogida da leche para comer a un bonobo huérfano. Foto de Kim Harrisberg

Conservación a través de la rehabilitación

Los visitantes del santuario perciben las similitudes genéticas entre nuestras especies, especialmente cuando ven a los huérfanos de bonobo recién llegados relacionarse con sus madres de acogida humanas, que cuidan de los animales hasta que están listos para ser presentados a sus compañeros. Sus rituales matutinos juntos son fascinantes y divertidos de observar. Los bonobos bebé son como humanos de tres años peludos, muy ágiles y muy traviesos. Se bañan con baldes de agua y les frotan el pelo con aceite antes de darles leche de una botella. Los bonobos buscan que les hagan cosquillas, se ponen celosos si un hermano las recibe primero, comen fruta con fervor y se persiguen unos a otros en su gimnasio de la selva.

Ver su animada actividad hace que uno casi se olvide del trauma que sufrieron estos bonobos antes de llegar al santuario: muchos seguramente vieron cómo mataban a sus madres y las descuartizaban para vender su carne antes de ser capturados y atados o enjaulados.

Los maravillosos vínculos que se consiguen con las madres de acogida son parte del desarrollo del proceso de rehabilitación. Así es cómo empiezan a curarse: recibiendo amor de la misma especie que les hizo daño. El largo proceso de rehabilitación, que dura varios años con los diferentes grupos, concluye cuando los bonobos se vuelven a soltar en su hábitat natural de la cuenca del Congo.

Los jóvenes huérfanos se bañan cada día. Foto de Kim Harrisberg

Volver a casa

Es por la tarde en el santuario. Los insectos zumban en la humedad mientras el sol es cada vez menos intenso y el bosque empieza a oscurecerse. Un grupo de bonobos se ha reunido cerca del río a esperar premios en forma de caña de azúcar que Jean Claude Nzumbe, uno de los cuidadores del Lola de más edad y con más experiencia, va a repartir. La conexión de Jean Claude con la naturaleza empezó cuando era joven. De niño juntaba insectos heridos en un carrito de juguete para protegerlos, de ahí viene su apodo “Sr. Mariposa”.

El Sr. Mariposa pronto dirá adiós a este grupo de bonobos, al cual llevaran a Ekolo ya Bonobo, “la tierra de los bonobos” para completar su rehabilitación. Este bosque de 20 000 hectáreas yace en la cuenca del Congo, cerca de la ciudad de Basankusu.

También allí, Lola trabaja estrechamente con la comunidad humana local, ofreciendo servicios y proporcionando un mejor acceso a la sanidad. El Lola suministra equipamiento para la clínica de maternidad, medicamentos y material educativo para las escuelas. Gracias a su apoyo, la comunidad entiende mejor la importancia de los bonobos en su nuevo hábitat y apoyan firmemente la misión del Lola.

Una hembra alfa se estira para atrapar su tentempié vegetal diario. Ese día era una cebolla que capturó con una mano como una jugadora de béisbol profesional. Foto de Christopher Clark

Durante el largo tiempo en su cargo, Jean Claude dice que ha visto de todo: estaba allí cuando los primeros bonobos llegaron al santuario en 1994, y más tarde cuando se realizó la primera liberación de bonobos a su hábitat natural con éxito en 2009.

¿Alguna vez se lamenta de tener que decir adiós a sus “niños” cuando se marchan de vuelta al bosque? “No”, responde. “Es lo que se supone que tiene que pasar”.

A pesar de esa afirmación, a Jean Claude se le inundan los ojos cuando recuerda cómo reaccionó el primer grupo rehabilitado cuando fue a verlos al bosque seis años después: “Me vieron e inmediatamente se pusieron a gritar y bailar. Me hizo darme cuenta de lo especial que es esta especie y de por qué es tan importante protegerlos. Se habían adaptado muy bien, estaban muy felices, pero aún me recordaban. Fue un momento especial y me conmovió mucho”..”

La rehabilitación de bonobos es un proceso laborioso que lleva tiempo, energía y atención. Implica años de crianza con madres de acogida humanas y personal que ayuda a los animales traumatizados a curarse. “Me han enseñado a ser paciente”, reflexiona Jean Claude. “También que todo se soluciona con amor”.

Un huérfano observa a su madre de acogida humana tras su baño diario. Foto de Kim Harrisberg