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Amazonía en llamas: siete incendios en el Guaviare consumen selva de Colombia

  • Las quemas de los pobladores se salieron de control y ahora arrasan con buena parte del bosque.
  • Mongabay Latam y Semana viajaron a la zona y encontraron que detrás de estos incendios existe un problema mayor vinculado a la ganadería, la especulación de tierras y el desarrollo de proyectos viales.

(Este artículo es una colaboración periodística entre Mongabay Latam y Semana Sostenible de Colombia)

El Guaviare, gran santuario natural, arde en llamas. Afuera del casi infranqueable Parque Nacional Natural Serranía de Chiribiquete —que con 4,3 millones de hectáreas está por convertirse en una de las áreas protegidas más importantes del mundo— reluce con el fuego la otra cara de la moneda, que gira en las manos de los pobladores que lo provocan, ajenos, desinteresados del esplendor del magnífico bosque. La periferia del santuario está convertida en un cementerio de árboles quemados, abandonados sobre la tierra ennegrecida.

La postal del Chiribiquete es magnífica. La vista se pierde en una extensión de capa vegetal espesa. Esa postal conserva la noticia alentadora de que aún hay mucho bosque por proteger y conservar. Esa era la imagen que el presidente Juan Manuel Santos buscaba, cuando el pasado martes, junto al duque Charles de Wellington y a Alejandro Santo Domingo, cabeza de uno de los emporios económicos más grandes del país, entre otros, se internó en el Guaviare. Pero para llegar al Chiribiquete tuvieron que pasar por su maltratado entorno y terminaron encontrando una realidad opuesta.

Este viernes, solo hizo falta que el helicóptero se elevara unos metros sobre la pista de la base de la Policía antinarcóticos, para empezar a captar la dimensión del daño. Cerca al casco urbano de San José del Guaviare, la capital, ya podían observarse las primeras humaredas. Hasta ahí solo se veían quemas iniciadas por los pobladores que aún permanecían bajo control. Pero 20 minutos de recorrido después, buscando las coordenadas del municipio vecino de Calamar, el panorama se volvió preocupante. El humo se extendía por amplias extensiones de selva.

El Guaviare es una joya de la conservación porque la mayor parte de su territorio, selva robusta que conecta la Amazonía con la Orinoquía, está protegido por la ley. Según las cuentas de la Corporación para el Desarrollo Sostenible del Norte y Oriente Amazónico, Guainía, Guaviare y Vaupés (CDA), si se suma la extensión declarada como parque natural con la que corresponde a reservas forestales y la de los resguardos indígenas, el 91 % de sus 5,5 millones de hectáreas es intocable, al menos en el papel.

En la realidad se calcula que además de las casi 445 000 hectáreas que no gozan de protección, y corresponden a la zona de reserva campesina, hay tierras que podrían llegar al millón de hectáreas y que han sido parcialmente intervenidas, deforestadas y explotadas, aunque la norma lo prohíbe. 

Guaviare, cuya selva conecta la Amazonía y la Orinoquía, es uno de los cinco departamentos con mayor tasa de deforestación en Colombia. Foto: Jaime Florez.

A excepción de las temporadas en las que el clima se desajusta, cada verano, durante los últimos 60 años, dicen los viejos habitantes, ha sucedido lo mismo. Los pobladores, aunque en la gobernación dicen que sobre todo los empresarios, porque un campesino no tiene la plata necesaria para deforestar, aprovechan la aridez para realizar quemas controladas. Miles de hectáreas arden durante el primer y el último trimestre de cada año, durante los tiempos de verano. Los registros de deforestación del IDEAM confirman las apreciaciones de la gente. Y también indican que el Guaviare fue el segundo mayor foco de deforestación del país durante 2017. 

Tras 40 minutos de vuelo, el Black Hawk se topa con un gran incendio, en el sector de Cerro Azul. En el fondo de una humareda revuelta por el viento, elevada cientos de metros, el fuego desatado sigue expandiéndose, contagiándose como una plaga entre los árboles. El helicóptero tarda cinco minutos en rodear ese paisaje desolador. La mayoría de los incendios que alcanzan esas dimensiones comienzan como una quema controlada que se les escapa de las manos.

Otros tantos minutos de vuelo después, y cerca del río Guayabero, que separa al Meta y a Guaviare, los pasajeros a bordo del helicóptero confirman que la tierra sigue ardiendo. En total, según las observación del IDEAM, concordantes con los organismos de socorro, por estos días hay cuatro grandes incendios activos, tres menores y decenas de quemas.

Cada año, en temporada de verano, los pobladores originan quemas controladas que muchas veces se desbordan y terminan en incendios forestales. Foto: Jaime Florez.

Las cicatrices que guarda la selva de los veranos pasados, de las talas y los fuegos anteriores, se cuentan por centenares. En algunas todavía se ven los árboles derrumbados sobre la tierra. Y en muchas de ellos aparece una de las razones de la tala. Desde arriba se ven como manchas diminutas y blancas. Son las reses que pastan, que se comen el bosque. La CDA calcula que en el departamento se usa una hectárea por cada cabeza de ganado. Es una desproporción arrasadora en términos ecológicos.

Sin embargo, cada vez coge más fuerza la hipótesis de que la deforestación en el Guaviare tiene que ver más con el acaparamiento de tierras por parte de unos cuantos. Y son varios los factores que confluyen allí. Por un lado, circula el rumor de que el gobierno local quiere tramitar una nueva extracción de tierra al territorio protegido. Esa idea, en teoría, hace que los colonos ocupen terrenos a la espera de que luego les sean adjudicados. Y a eso se suma una falsa pero difundida noción de que solo la llanura, el terreno sin árboles, puede ser titulado. Ese proyecto de sustracción no se ha concretado, ni siquiera se sabe si se propondrá, pero genera una especulación riesgosa.

Otro detonante es la marginal de la selva, la vía que se esboza desde hace varios años para conectar San José del Guaviare con San Vicente del Caguán. Aunque no se ha concretado, la sola promesa hace que donde se estima su trazado, se asienten personas esperando a que se construya, aguardando de paso la valorización de esos terrenos.

Las carreteras tienen una relación evidente con la tala y la quema. El sobrevuelo del Black Hawk lo dejó claro. Desde el aire se ven las trochas amarillas fragmentando el verde de la selva, como cicatrices en la tierra. Y a su alrededor, los boquetes de deforestación. En algunos tramos, las vías parecen la frontera entre la selva tupida y la planicie arrasada.

Esta semana se registraron siete incendios activos y decenas de quemas. Foto: Semana. Foto: Jaime Florez.

El recorrido por el Guaviare dejó sobre la mesa dos emergencias latentes. A largo plazo hay líos de tierra por resolver, asuntos de vocación económica entre la población, e incluso nociones culturales frente al territorio. Pero la emergencia inmediata es la tragedia del bosque en llamas. Para afrontarla, luego de la visita de Santos a la región, se desplegó una comitiva liderada por Luis Gilberto Murillo, ministro de Ambiente, junto a la cartera de Defensa, la Fiscalía, la Fuerza Pública, los organismos de socorro y las autoridades locales.

En 48 horas se organizó un plan de contingencia para frenar los incendios en el Guaviare. Capturaron a cinco personas que deforestaban ilegalmente en la vereda Caño Mosco; identificaron los puntos calientes en la selva; tres helicópteros, un avión y decenas de hombres se sumaron a la lucha contra las llamas. El grupo de respuesta se fortaleció al punto que esperan que, para la mañana de este sábado, el gran incendio de Cerro Azul, el más grave de todos, esté controlado.

«Lo que estamos haciendo es avanzar en el plan de emergencias para controlar los incendios, en todas las acciones del control de los delitos ambientales. Creo que se ha diseñado un muy buen plan de acción en cabeza de la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo», explicó Murillo.

Pero el verano volverá cada año. De una estrategia integral a largo plazo —que las autoridades esperan convertir en un plan piloto para el país— depende que el fuego no vuelva a encenderse en unos cuantos meses.