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El Cerrado: crece el aprecio por la sabana brasileña, incluso mientras desaparece

  • El Cerrado brasileño, una inmensa sabana que en su día cubrió dos millones de kilómetros cuadrados, un área más grande que Gran Bretaña, Francia y Alemania juntas, se extiende al este y al sur del Amazonas.
  • El Cerrado ha sido infravalorado durante mucho tiempo por los científicos y los activistas ambientales, y hoy en día los investigadores se están dando cuenta de su increíble biodiversidad. El bioma contiene más de 10 000 especies de plantas, más de 900 aves y 300 especies de mamíferos, pero está en peligro por el ingreso de la agroindustria y la ganadería.

Esta es la primera de seis historias en una serie de las periodistas Alicia Prager y Flávia Milhorance que viajaron al Cerrado en febrero enviadas por Mongabay para evaluar los impactos de la agroindustria en la población y el medio ambiente de la región. Puedes ver el video resumen de la serie del Cerrado aquí (en inglés).

Fuimos dando brincos por una carretera de arena roja llena de baches que corta a través de un matorral verde aparentemente impenetrable que se levanta a ambos lados. Es la estación húmeda en el estado de Bahía Occidental, Brasil, y el Cerrado prospera.

La inmensidad largamente infravalorada por la que conducimos es la sabana más biodiversa del mundo: el 5 % de los animales y plantas del planeta son indígenas de este bioma. Aquí viven más de 10 000 especies de plantas, más de 900 aves diferentes y 300 tipos de mamíferos. Recientemente los científicos también descubrieron que las hierbas de crecimiento profundo de la región, los arbustos y los árboles, junto con sus suelos, juegan un papel extraordinario en el almacenamiento de grandes cantidades de carbono: una protección contra el calentamiento global.

Una vista de la sabana del Cerrado y las mesetas. Fotografía del Alicia Prager

El Cerrado, a pesar de lo grande que es hoy en día, está muy disminuido. Hubo un tiempo en que cubría dos millones de kilómetros cuadrados (772 204 millas cuadradas); un área más grande que Gran Bretaña, Francia y Alemania juntas; más del 20 % del territorio de Brasil; que se extiende al este y al sur del Amazonas. Hoy en día, menos de la mitad permanece en un estado natural, y un simple 7,5 % ha sido protegido oficialmente.

A la sombra de su hermano internacionalmente reconocido, el Amazonas, el bioma está profundamente amenazado. La deforestación tiene lugar a un ritmo más rápido en el Cerrado que en el Amazonas, con la mayor parte de esta rápida transformación del paisaje empujada por la cría de ganado y la producción de soja.

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El Manifiesto del Cerrado

El Cerrado es la última frontera de la agricultura industrial y sus protecciones legales siguen siendo deficientes. Sin embargo, en los últimos años las voces locales y nacionales han empezado a pedir la protección de este bioma olvidado, un clamor que ya ha sido escuchado y magnificado por los científicos ambientales y los ecologistas de todo el mundo.

En octubre de 2017, veintitrés empresas globales —principalmente supermercados y cadenas de comida rápida— firmaron el Manifiesto del Cerrado, una llamada a la acción para acabar con la deforestación en el Cerrado. En un plazo de tres meses donde los cofirmantes casi se triplicaron, llegando hasta 61, la causa ganó especial atención en el Foro Económico Mundial de este año en Davos.

Además, una campaña nacional para conservar el Cerrado (“Sin Cerrado, sin agua, sin vida”) está ganando impulso. Hoy en día, las 43 organizaciones que participan en la iniciativa, incluidas las ONG ActionAid y Rede Social, y el Ministerio Público Federal (MPF) del gobierno, están empujando al gobierno brasileño, las Naciones Unidas, el Banco Mundial y otras instituciones, para que mejoren la vigilancia del constante daño ambiental y de los impactos sobre las poblaciones tradicionales e indígenas que viven allí.

Las colaboradoras de Mongabay, Alicia Prager y Flávia Milhorance, en una misión para Mongabay, pasan en coche sobre un río en el Cerrado, febrero de 2018. Fotografía de Flávia Milhorance
Un yaguarundí captado en cámara mientras cruza una carretera sin asfaltar. Fotografía de Natália Machado / Universidad Federal de Goiás

 

“Esta campaña es el resultado de la creciente concienciación de la importancia del Cerrado. Busca una [forma de] desarrollo que sea menos predatoria para la población y el medio ambiente”, dijo Gerardo Cerdas Vega, de Action Aid, que ha publicado un informe que documentaba los impactos de la deforestación de la agroindustria en el Cerrado.

Las pérdidas forestales en el bioma del Cerrado, del 2000 al 2014. Por favor, haga clic en el mapa para la versión interactiva. Crédito de: Willie Shubert / Map for Environment

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Más de 100 especies amenazadas

¿Qué fue lo que finalmente puso el foco de la atención del mundo en la sabana brasileña?

En primer lugar, fue la rica biodiversidad del bioma y su rápida merma. Casi la mitad de las más de 10 000 especies de plantas que crecen allí son únicas de la región. Pero los investigadores advierten que una mayor reducción del Cerrado debido a la agricultura probablemente llevaría a una extinción masiva irreversible de especies. Mariella Superina, de la UICN, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y los Recursos Naturales que mantiene la Lista Roja global de especies amenazas, estima que, actualmente, al menos 137 especies de mamíferos están en peligro en el bioma.

Tomemos como ejemplo al armadillo gigante (Priodontes maximus). Está clasificado como Vulnerable por la UICN, es muy susceptible al cambio en el uso de la tierra y le cuesta adaptarse a medida que los pastos indígenas del Cerrado, los arbustos y los árboles son convertidos en tierras de cultivo. No hay un total exacto de especies, pero según Superina, la población ha disminuido significativamente. Las estimaciones actuales sitúan su densidad en menos de 4 armadillos gigantes por cada 100 kilómetros cuadrados (39 millas cuadradas). Eso, junto con el empeoramiento de la fragmentación del hábitat, reduce las oportunidades de que el P. maximus encuentre pareja. También está amenazado el suministro de alimento de la especie, ya que la creciente agroindustria usa insecticidas para eliminar los insectos de los que se alimentan los armadillos. (Brasil usa más pesticidas que cualquier otra nación del planeta y la producción de la soja es especialmente intensiva en pesticidas).

Un armadillo gigante (Priodontes maximus). Fotografía de Fernando Trujillo / UICN

Otra especie icónica del Cerrado es el leopardo tigre (Leopardus tigrinus), un felino pequeño que pesa de media unos 2,4 kilógramos (5,3 libras). Está especialmente en peligro porque la mayor parte de su ámbito está dentro de las partes no protegidas del Cerrado, por lo tanto está muy afectado por la conversión de hábitat a tierras de cultivo. El L. tigrinus ocupa territorios ampliamente dispersos, así que se enfrenta a una dificultad parecida al armadillo gigante, mientras intenta localizar una pareja por todo el paisaje fragmentado. La Lista Roja de la UICN describe al leopardo tigre como Vulnerable, pero los investigadores esperan una importante reducción en los próximos años.

Un leopardo tigre (Leopardus Tigrinus). Fotografía de miguel vanegas en Visual Hunt / CC BY-NC-SA
Una pareja de mochuelos de madriguera (Athene cunicularia). Fotografía de Nathália Machado / Universidad Federal de Goiás

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“Un bosque boca abajo”

La imaginación pública tiende a ver las sabanas como aburridas. Pero unas pocas horas en coche por el Cerrado revelan una riqueza de hábitats. La vegetación de la región —esparcida a lo largo de más de dos millones de kilómetros cuadrados— adopta muchas formas diferentes. Las llanuras alardean de tramos de bosque cubiertos de ramas enjutas. Al ascender a los chapadões, que es como se llama a las mesetas del Cerrado, las hierbas y los arbustos toman el control. Parches de árboles bajos torcidos están esparcidos de modo aislado entre los afloramientos rocosos. La sabana de la meseta es el objetivo principal de la agroindustria, ya que estas tierras son las más fáciles de deforestar; llanas y más fáciles de arar, plantar y cosechar con grandes tractores; y recibe más lluvia.

El Cerrado tiene dos estaciones principales: húmeda y seca. Las graves sequías anuales, que van de abril a septiembre, llevan a recurrentes incendios forestales espontáneos. La flora y la fauna, enfrentados a estas duras condiciones, hace tiempo que tuvieron que desarrollar características para asegurar la resistencia y adaptarse a precipitaciones extremas. A esto hay que añadir el intercambio de especies entre el vecino Amazonas y el Bosque Atlántico, que permitió al Cerrado desarrollarse a lo largo de eones hasta ser un bioma robusto y muy diverso, concluye un estudio estadounidense publicado en la revista PNAS.

En la superficie, los árboles desarrollan una corteza gruesa y corchosa para protegerse de las llamas y asegurar una rápida recuperación. Algunos incluso se benefician de los incendios forestales regulares, que limpian el espacio en el hábitat y estimulan la liberación de semillas. Además, las raíces largas son necesarias para aprovechar los suministros de agua profundos en la estación seca. Un árbol característico del Cerrado es el pau-terra (Qualea grandiflora), cuyas raíces le permiten acceder a capas de suelo profundas que permanecen húmedas incluso después de meses sin lluvia.

Una vista típica del paisaje de la sabana. Fotografía de Flávia Milhorance
Un jacamará colirrufo (Galbula ruficauda). Fotografía de Nathália Machado / Universidad Federal de Goiás

“El Cerrado es un bosque boca abajo”, explica Rafael Loyola, un profesor de la Universidad Federal de Goiás. Esta exuberante ecología subterránea, en gran medida invisible, no solo ha provocado que la población lo subestime, sino también que el hábitat sea más difícil de restablecer una vez perturbado. “Simplemente plantar un puñado de árboles no recupera el Cerrado”, dice.

La sustitución masiva de los árboles del Cerrado con pastos y cultivos también puede estar cambiando el ciclo hidrológico regional, que podría entorpecer aún más la rehabilitación de los ecosistemas indígenas, dice Marcelo Simon, con la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (EMBRAPA). Una reciente investigación muestra que la conversión del bosque a la agricultura podría estar agravando las sequías de Brasil, en detrimento de los árboles y otra flora indígena.

Un compañero constante durante los viajes por el Cerrado es el burití (Mauritia flexuosa), una gran palma de escoba que mira al bosque o enmarca las icónicas veredas, como llaman los brasileños a los frecuentes claros creados por las praderas y los humedales. Los habitantes tradicionales usan el burití para una amplia variedad de propósitos: producen medicina de él, comen la fruta rica en vitamina A, prensan la planta para producir aceite y usan las hojas de la palma como tejados impermeables. El burití no es la única planta usada por las comunidades tradicionales, que también valoran los muchos frutos producidos por el Cerrado. Entre los más populares están el pequi (Caryocar brasiliense) y el araticum-do-cerrado (Annona crassiflora), también conocido como marolo o bruto.

 

La fruta burití. Fotografía de Flávia Milhorance
Joelma de Souza Santos muestra frutas de guayaba. Entre las frutas más populares están el pequi (Caryocar brasiliense) y el araticum-do-cerrado (Annona crassiflora), también llamado marolo o bruto. Fotografía de Alicia Prager

La población del lugar depende de estos frutos para una variedad en sus dietas, al igual que nosotras. No importaba cuán retrasadas estuviéramos, o quién nos estuviera guiando por la campiña de Bahía Occidental, siempre encontraban tiempo para una rápida parada al borde de la carretera para coger fruta —para comerla o mostrárnosla—. Los ojos adiestrados de los habitantes del lugar podían detectar rápidamente desde lejos el pequi o araticum-do-cerrado más maduro.

Muchas de estas frutas siguen siendo desconocidas para la mayoría de los brasileños, pero son esenciales para mantener la íntima relación de los residentes del Cerrado con la naturaleza. Durante todo nuestro viaje, en nuestro coche, bolsas llenas de pequis amarillos redondeados emanaban un fuerte aroma afrutado. Las cáscaras son tan gruesas como la corteza de los árboles y se requiere una gran paciencia si deseas penetrar estas gemas deliciosas —quizás eso sea una metáfora y una lección que Brasil y el mundo necesita aplicar a esta sabana—.

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El lugar de nacimiento de las aguas

La magnífica diversidad biológica del Cerrado proporciona solo uno de los motivos para salvarlo. Los investigadores también enfatizan la importancia de la región como cuenca fluvial inmensa y crucial para Brasil.

Ubicado en el centro del país y compuesto de muchas mesetas, el bioma ayuda a la distribución de agua a otras partes de la nación. Abastece a ocho de las 12 cuencas hidrográficas en Brasil, entre ellos los ríos Amazonas, Paraguay y São Francisco, además de tres acuíferos: Guarani, Bambuí y Urucuia. “Pero la eliminación de la vegetación indígena reduce la resistencia del ecosistema y su capacidad para almacenar y entregar esa agua”, dice Bernardo Strassburg, fundador del Instituto Internacional para la Sostenibilidad en Río de Janeiro.

Hay otro motivo extremadamente importante para proteger este bioma —un motivo que no solo preocupa a la población de Brasil—. La deforestación representa un alto porcentaje de las emisiones de gases de efecto invernadero de Brasil, pero la vegetación del Cerrado que crece en profundidad almacena inmensas cantidades de carbono. Sin embargo, al mismo tiempo que la agroindustria convierte la sabana en campos de soja y pastizales para vacas, esa capacidad de almacenar carbono va disminuyendo.

El lobo de crin (Chrysocyon brachyurus) está entre las 60 especies animales clasificadas como Vulnerables por la UICN. Otros mamíferos del Cerrado en la Lista Roja incluyen el zorro hoary (Lycalopex vetulus), el oso hormiguero gigante (Myrmecophaga tridactyla), el jaguar (Panthera onca), el tapir (Tapirus terrestris), el ciervo de los pantanos (Blastocerus dichotomus) y el venado de las pampas (Ozotoceros bezoarticus). Fotografía de Náthalia Machado / Universidad Federal de Goiás
Cataratas fluyen por las mesetas del Cerrado para abastecer los ríos de Brasil. Fotografía de Flávia Milhorance

Según un informe de Chain Reaction Research, instituto de investigación estadounidense, la deforestación del bioma del Cerrado entre el 2013 y el 2015 (cuando se despejaron 1,9 millones de hectáreas, o 7335 millas cuadradas), representó el 29 % de las emisiones de carbono de Brasil durante ese periodo.

Desafortunadamente, para un mundo desesperado por frenar las emisiones de gas de efecto invernadero, la ley brasileña podría permitir la eliminación adicional de hasta el 80 % de la vegetación indígena del Cerrado. Si se permite que esta deforestación intensa alcance sus límites legales, otros 385 millones de toneladas de CO2 podrían ser liberados a la atmósfera, según una investigación del Laboratorio de Biogeografía de la Conservación de la Universidad Federal de Goiás de Brasil.

Los científicos que ahora entienden que el Cerrado tiene un papel crucial en el almacenamiento de carbono, están insistiendo en que el gobierno apruebe leyes más duras para conservar la sabana.

Un tití de pincel negro (Callithrix penicillata), una especie de la cubierta forestal. Fotografía de Donald Hobern, Flickr CC

Pero el bioma podría tener serios problemas, incluso sin la conversión continuada de bosques a la agroindustria. El cambio climático también está pasando factura, al provocar estaciones secas más severas. Se calcula que las precipitaciones van a disminuir entre un 10 y un 20 % para el 2040, dice Simon de la EMBRAPA. Otros estudios predicen incendios forestales más frecuentes debido al agravamiento de las sequías, lo que podría amenazar a las especies indígenas y al almacenamiento del carbono.

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Estratégicamente “vacío”

Históricamente, los documentos oficiales y los discursos políticos hace tiempo que declararon que el Cerrado es un espacio vacío que está situado en el medio de Brasil, dice Clóvis Caribé, investigador de la Universidad Federal de Bahía. “Este argumento fue usado por el gobierno y las corporaciones para llevar más lejos el plan de desarrollo que sigue a la dinámica económica, pero sin tener en cuenta a los grupos indígenas y a las comunidades tradicionales que llevan viviendo ahí mucho tiempo”.

La migración a esta región central “vacía” se intensificó primeramente en la década de los 60, con la construcción de la capital de la nación, Brasilia. Se intensificó otra vez una década después, cuando la expansión agrícola y los proyectos de infraestructura llegaron al bioma. Hoy en día, más de 25 millones de personas viven en el Cerrado, un 15% de la población brasileña.

 

Una vista del atardecer en la sabana del Cerrado. Fotografía de Flávia Milhorance

Simon explica que durante muchas décadas, la sabana de suelo pobre del Cerrado fue comparada desfavorablemente con el Amazonas y el Bosque Atlántico ricos en biodiversidad. Como resultado, muchos en el gobierno y la industria vieron el bioma como una zona de sacrificio, para ser entregada a la agroindustria y el progreso económico brasileño. Como consecuencia, incluso cuando crecieron los esfuerzos para salvar al Amazonas, pocos de esos esfuerzos prosperaron en el Cerrado. Afortunadamente, eso está cambiando.

Boletín de noticias y alertas

Por fin salimos de una carretera irregular de tierra al asfalto. Camiones grandes que transportan materias primas nos pasaban a toda velocidad en su camino a los puertos costeros brasileños donde sus cargamentos serán transferidos a buques oceánicos para ser exportados. Junto a la calzada, un campo de soja que parece interminable se extendía al horizonte en todas las direcciones. Mientras tanto, cuando seguíamos nuestro viaje en coche y mientras lees esto, la frontera de la agricultura brasileña continúa expandiéndose y el bioma del Cerrado continua reduciéndose.