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Bosques de queñoas se resisten a desaparecer en los Andes tropicales de Bolivia

  • En los bosques de queñoas de Bolivia habitan la remolinera real y el torito pecho cenizo, dos especies de aves en peligro de extinción.
  • Programas de restauración de bosques se realizan en los parques nacionales Madidi y Cotapata en coordinación con comunidades quechuas.

La queñoa, árbol de la especie Polylepis, crece en las alturas de los Andes tropicales, por encima de los 3 000 metros. Sus bosques, que alguna vez fueron extensos, hoy son solo pequeños parches de territorio donde estos arbustos se resisten a desaparecer ante las amenazas de actividades humanas.

Su uso como la leña y material de construcción, así como la quema y el sobrepastoreo están terminando con estos árboles nativos de Bolivia y otros países sudamericanos. Según expertos, los bosques de Polylepis cubrieron, alguna vez, las laderas de los Andes tropicales desde Venezuela hasta Argentina. Sin embargo, su distribución actual es muy fragmentada, con una pérdida de alrededor del 95% de de lo que existió hace cientos de años, refiere un estudio publicado por la Universidad Mayor de San Andrés, de Bolivia.



La historia en 1 minuto. Video: Mongabay Latam.

 

“Los bosques de polylepis son los ecosistemas más impactados en los Andes tropicales de Bolivia y cuenta con un alto valor biológico de especies amenazadas”, dice Rodrigo Soria, director ejecutivo de la Asociación Armonía, que actualmente desarrolla el programa Bosques de Polylepis en territorios del Parque Nacional Madidi y el Parque Nacional y Área Natural de Manejo Integrado Cotapata con el fin de proteger estas especies.

Los bosques de queñoa están gravemente fragmentados y actualmente solo se encuentran parches en los Andes tropicales. Foto: Asociación Armonía.

En el Madidi, esta labor se realiza en coordinación con las comunidades de origen quechua Puina y Keara. “La meta de estos pueblos es recuperar los bosques de sus comunidades. Para ello, hemos realizado una gran reforestación con más de 25 mil plantones. Pero el proyecto va más allá. Estamos haciendo un mapeo de todo lo que alberga la zona además de implementar proyectos de desarrollo sostenible”.

Soria menciona que un tema importante para las comunidades es la provisión de agua, puesto que sus habitantes consumen agua de los manantiales que están cerca de estos bosques. Por tanto, la conservación de Polylepis es trascendental, “si desaparecen estos bosques, las fuentes de agua simplemente se secan”.

Las familias de las comunidades de Puina y Keara, en el Madidi, están comprometidas con la reforestación. Foto: Asociación Armonia.

En enero de este año, los comuneros de Puina sembraron aproximadamente 15 900 platones de queñoa en una jornada de mink´a o trabajo comunal quechua, en los alrededores de su localidad. Semanas después, los miembros de la comunidad de Keara, junto con guardaparques del Parque Nacional Madidi plantaron 9 560 árboles de queñoa y otras especies como la kiswara (Buddleja). La reforestación se realiza en las laderas de las montañas para restaurar los parches de los bosques de Polylepis.

El director de Armonía cuenta que el compromiso de los comuneros ha estado presente desde la preparación de los plantones, puesto que 25 familias construyeron sus propios viveros para cultivar la especie. “Cada familia preparó entre 400 y 800 plantas. Luego, el día de la reforestación, las cargaron hasta alturas más allá de los cuatro mil metros para sembrarlas”.

Bajo la sombra de los queñoales

Los queñoales son árboles que cumplen una función de estabilidad climática. Por encontrarse en bosques nublados, capturan y almacenan grandes cantidades de agua en sus ramas y follaje que liberan gradualmente. Además, su fijación en la tierra, al igual que los musgos, evita la erosión y los deslizamientos de tierra.

Además, los ecosistemas de estas plantas también son el hábitat de una gran diversidad de aves, entre ellas, la remolinera real (Cinclodes aricomae) y el torito pecho cenizo (Anairetes alpinus), dos especies gravemente amenazadas y consideradas entre las que enfrentan más peligro en el corredor Madidi-Cotapata-Pilon Lajas.

Los queñoales crecen en bosques nublados y cumplen una función climática. Foto: Asociación Armonía.

Según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), la remolinera real es una especie clasificada como En Peligro Crítico debido a que su población es muy pequeña y está restringida a un hábitat severamente fragmentado y en rápido declive.

Vive en los Andes del sudeste de Perú, en las regiones de Cusco, Apurímac, Puno, Ayacucho y Junín; y en Bolivia, en zonas adyacentes a La Paz. Se cree que históricamente era una especie común, que se encontraba a lo largo de toda la Cordillera Real.

La remolinera real es una especie clasificada En Peligro Crítico debido a que su población es muy pequeña en Bolivia. Foto: Asociación Armonía.

En tanto, el torito pecho cenizo está categorizado como En Peligro, según la UICN. Al igual que la remolinera real, su mayor riesgo es vivir restringida a un hábitat gravemente  fragmentado que, además, experimenta una disminución continua en extensión, área y calidad. Por tanto, la población de la especie se ha reducido dramáticamente.

Esta especie habita en Perú y Bolivia. Se distribuye en las regiones La Libertad, Ancash, Lima, Apurímac y Cusco, en Perú; y en la Cordillera Real, en Bolivia.

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En el Parque Nacional Cotapata, la organización Armonía trabaja con los guardaparques   para promover la vigilancia de las poblaciones de estas aves. “Necesitamos proteger los sitios donde creemos que se encuentran las poblaciones más grandes de ambas especies. En el caso de la remolinera real es el Parque Nacional Madidi”, sostiene Soria.

Más de 25 mil plantones fueron sembrados este año por las comunidades de Puina y Keara. Foto: Asociación Armonía.

Los queñoales también son el hábitat de muchos anfibios. Efectivamente, hace menos de un año, un grupo de herpetólogos descubrió cuatro nuevas especies de ranas en los parches de Polylepis de Cotapata y Madidi.

Se trata de anfibios del género Microcayla, cuyo tamaño no supera los cuatro centímetros. Debido a sus pequeñas dimensiones y la característica de vivir todo su ciclo biológico bajo las rocas, junto a musgos y raíces de queñoales, los animales estaban prácticamente ocultos de los científicos.

Mauricio Ocampo, herpetólogo que participa del programa Bosques de Polylepis y uno de los descubridores de estas ranas, cuenta que tuvieron que guiarse por los sonidos que emiten para ubicarlas. “Es prácticamente un escondite el que jugamos en las alturas con los machos, que vocalizan para atraer a las hembras bajo su piedra”, explicó luego del hallazgo.

Para las comunidades es importante la provisión de agua que le brindan los bosques de queñoales. Foto: Asociación Armonía.

El científico  James Aparicio, que también fue parte de la expedición para el descubrimiento de estas especies explica que las ranitas aún no tienen nombre, porque recién se están haciendo  los estudios filogenéticos. No obstante, precisa que podrían ser especies endémicas y con alto grado de vulnerabilidad.

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Esperanza de recuperación

Jorge Mariaca, de la Fundación para el Desarrollo del Sistema Nacional de Áreas Protegidas (Fundesnap) considera que el hallazgo de estas especies de ranas demuestra que aún hay mucho por descubrir en estos ecosistemas. “Se conoce muy poco de estos bosques y se debería impulsar la investigación científica en ellos”.

Con respecto a la aves en peligro que habitan en estos bosques, el también coordinador de Bolivia del Equipo Regional de Implementación del Fondo de Alianzas para los Ecosistemas Críticos (CEPF), precisa que “las dos especies de aves que se están conservando en estos ecosistemas fueron consideradas como detonantes, es decir, como la causa principal para que se definan los lugares donde se desarrollaría el programa Bosques de Polylepis”.

Las familias en las comunidades de Puina y Keara instalaron viveros para las plantas de queñoa. Foto: Asociación Armonía.

Mariaca explica que estos bosques han padecido su degradación desde épocas prehispánicas, pues el uso de sus ramas, principalmente para leña, por parte de los pueblos antiguos era intenso. El crecimiento de las comunidades, así como el pastoreo y la ganadería agudizaron el problema hasta llegar a los parches o relictos dispersos que se encuentran actualmente en los Andes sudamericanos. “Se cree que eran bosques continuos en todo sudamérica, pero lo que tenemos ahora son solo fragmentos”.

Sin embargo, dice, no todo está perdido. El trabajo de conservación y recuperación que se realiza en Bolivia, y también en Perú, mantiene abierta la esperanza. “En las áreas donde se están desarrollando los proyectos de conservación con las comunidades se están dando resultados positivos. En algunas zonas reforestadas hace ocho o diez  años ya se ven los resultados. Sin embargo, es importante ampliar las zonas de protección de estos bosques para promover la reforestación y el trabajo de conservación con las comunidades locales”.

Los bosques de Polylepis se encuentran por encima de los 3 500 metros de de altura. Foto: Asociación Armonía.

El uso de esta especie como leña está reduciéndose –dice Mariaca– debido principalmente al aumento del uso de la energía eléctrica y el gas. Sin embargo, precisa que otras amenazas como el pastoreo del ganado que destroza los plantones o la quema de pastizales continúan arrasando los fragmentos de estos ecosistemas.

No obstante, la esperanza se mantiene, pues la población involucrada en la conservación de los bosques ha asumido su protección no solo por el valor de estas especies, sino también por la importancia que tiene para la conservación de las fuentes de agua. Además, el esfuerzo ahora es regional ya que la recuperación de los bosques de Polylepis no solo es un trabajo boliviano, sino que también se comparte en las montañas de Perú, Ecuador, Chile, Argentina y Colombia.

Imagen principal: Asociación Armonía.

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